Versículo destacado

Hechos 17:16 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se agitaba dentro de él al ver que la ciudad estaba entregada por completo a la idolatría. "

Hechos 17:16

menu_book El versículo en contexto

14 Entonces los hermanos enviaron inmediatamente a Pablo para que fuera como si se dirigiera hacia el mar, pero Silas y Timoteo permanecieron allí.

15 Los que acompañaban a Pablo lo llevaron hasta Atenas. Después de recibir la orden de que Silas y Timoteo fueran a reunirse con él cuanto antes, partieron.

16 Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se agitaba dentro de él al ver que la ciudad estaba entregada por completo a la idolatría.

17 Por eso razonaba en la sinagoga con los judíos y con las personas devotas, y diariamente en la plaza con quienes se encontraban con él.

18 Entonces ciertos filósofos epicúreos y estoicos se enfrentaron con él. Algunos decían: «¿Qué querrá decir este charlatán?». Otros decían: «Parece ser un predicador de dioses extranjeros», porque les predicaba a Jesús y la resurrección.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Un erudito que conociera y amara el saber antiguo podría pensar que sería muy feliz en Atenas, rodeado de filósofos y lleno de preguntas sobre el pensamiento griego. Pero Pablo, aunque era una persona educada y activa, no hizo de eso su propósito allí. Tenía una obra más importante que realizar. No intentaba superarse a sí mismo mediante la filosofía de ellos; había aprendido a considerarla una enseñanza vacía (Colosenses 2:8). Su tarea, en el nombre de Dios, era corregir sus errores religiosos y apartarlos de la idolatría —y del dominio de Satanás por medio de esos ídolos— para llevarlos al servicio del Dios verdadero y viviente en Cristo.

Así afectó al espíritu de Pablo la terrible ignorancia y superstición de los atenienses (Hechos 17:16). La ciudad estaba completamente entregada a la idolatría. Los escritores antiguos decían que Atenas tenía más ídolos que toda Grecia junta y el doble de festivales religiosos que las demás ciudades. Recibían a cada nuevo dios que les proponían y le construían un templo y un altar. Por eso tenían casi tantos dioses como habitantes. Es importante notar que, donde más florecía el conocimiento humano, también florecía más la idolatría, y con frecuencia esa idolatría era la más insensata y absurda. Esto respalda el punto de Pablo: aunque afirmaban ser sabios, se hicieron necios (Romanos 1:22). En cuanto a la religión, sus mentes estaban llenas de imaginaciones inútiles. El mundo no conoció a Dios por medio de su propia sabiduría (1 Corintios 1:21). Podían haber razonado contra muchos dioses e ídolos, pero parece que los mayores amantes de la razón eran también los mayores esclavos de los ídolos. Esto muestra cuán necesaria era la revelación divina, incluso para restaurar la religión natural, y que esa revelación tiene su centro en Cristo.

Lo que Pablo veía lo perturbaba profundamente. No quería presentarse públicamente hasta que llegaran Silas y Timoteo, para que el mensaje fuera confirmado por más de un testigo. Pero mientras tanto, su espíritu se agitaba dentro de él. Le dolía ver que la gloria de Dios era entregada a los ídolos, y sentía compasión por las personas cuyas almas veía esclavizadas por Satanás y arrastradas por él. Miraba a aquellos que obraban mal y se afligía; se llenaba de horror. Sentía una santa indignación contra los sacerdotes paganos, que conducían al pueblo cada vez más hacia la idolatría, y contra los filósofos, que sabían más, pero nunca hablaban en su contra y se dejaban llevar por la corriente.

Pablo dio testimonio contra la idolatría y trabajó para llevarlos a la verdad. Como señala Witsius, no entró furioso en los templos para derribar sus imágenes, destruir sus altares o insultar públicamente a sus sacerdotes. Tampoco recorrió las calles gritando que todos eran esclavos del diablo, aunque eso fuera cierto. Se comportó de manera apropiada y se mantuvo dentro de límites prudentes, haciendo solamente lo que correspondía a una persona sensata.

Primero fue a la sinagoga de los judíos, quienes eran enemigos del cristianismo, pero no adoraban ídolos, y se unió a ellos en aquello que estaba bien. Aprovechó esa oportunidad para hablar de Cristo (Hechos 17:17). Conversaba con los judíos y razonaba cuidadosamente con ellos, preguntándoles qué excusa podían dar para rechazar a Jesús si realmente estaban esperando al Mesías. Allí también encontró a personas devotas que habían abandonado los templos de los ídolos, pero se habían detenido en la sinagoga judía. Pablo habló con ellas para guiarlas más adelante hasta la iglesia cristiana, pues la sinagoga era solamente un pórtico que conducía a ella.

También hablaba de asuntos religiosos con todas las personas que encontraba. En el mercado, donde se realizaban las compras y las ventas y se conversaba públicamente, debatía cada día con quienes estaban allí o con aquellos que se encontraba. Por lo general, eran gentiles que nunca asistían a la sinagoga judía. Quienes defienden verdaderamente a Cristo deben estar dispuestos a hablar en favor de él en cualquier compañía y siempre que se presente la oportunidad. Los ministros de Cristo no deben pensar que basta con decir algo bueno acerca de él una vez por semana. Deben hablar de él con honra cada día a las personas que encuentran.

Algunos filósofos quisieron saber más acerca de la enseñanza de Pablo. No todos le prestaban atención, pero algunos consideraron que valía la pena interrogarlo; precisamente ellos eran quienes sostenían ideas que chocaban más directamente con el cristianismo. Los epicúreos pensaban que Dios era muy parecido a ellos: un ser inactivo, al que nada le importaba y que no hacía distinción entre el bien y el mal. Negaban que Dios hubiera creado el mundo o que lo gobernara. También negaban que las personas debieran preocuparse por lo que decían o hacían, porque creían que no había ningún castigo que temer ni recompensa que esperar. El cristianismo se opone a todas esas ideas permisivas y ateas. Los epicúreos vivían para el placer corporal y hacían consistir la felicidad en él, mientras que Cristo nos enseña primero a negarnos a nosotros mismos.

Los estoicos tenían una opinión de sí mismos todavía más elevada, y su orgullo era tan malo como el amor al placer de los epicúreos. Presentaban a su hombre sabio como igual a Dios y, en cierto sentido, incluso superior a él. Séneca dijo: «Hay algo en lo que el hombre sabio supera a Dios». El cristianismo se opone directamente a esa idea. Nos enseña a negarnos a nosotros mismos, a humillarnos y a dejar de confiar en nosotros mismos, para que Cristo sea todo en nosotros.

Las opiniones sobre Pablo estaban divididas, tal como las personas estaban divididas acerca de Cristo (Hechos 17:18). Algunos lo llamaban un charlatán y pensaban que simplemente arrojaba al aire ideas sueltas, sin plan ni propósito, como una persona confundida mentalmente. «¿Qué querrá decir este charlatán?», preguntaban. La palabra griega se refiere a alguien que recoge fragmentos de palabras e ideas y los lanza alrededor sin sentido ni propósito.

Algunos críticos dicen que aquí la palabra representa a un pajarito que no sirve para comer ni para tenerlo en casa, un ave que recoge las semillas que quedan en el suelo o a la orilla del camino y va de un lugar a otro con ese fin. Según esta interpretación, consideraban a Pablo un hombre insignificante y despreciable, o pensaban que iba de un lugar a otro difundiendo sus ideas solamente para conseguir dinero, una moneda aquí y otra allá, como el ave que recoge un grano tras otro. Lo trataban como a un holgazán y no lo valoraban más que a un cantante callejero.

Otros lo llamaban anunciador de dioses extraños y pensaban que hablaba de esa manera para hacerse importante. Si Pablo hubiera estado presentando dioses extraños, Atenas habría parecido el mejor lugar para hacerlo. Él no estaba presentando abiertamente nuevos dioses, como muchos otros lo hacían, pero ellos pensaban que sí porque predicaba a Jesús y la resurrección. Desde que llegó a Atenas, volvía una y otra vez a esas dos grandes verdades, que en realidad son doctrinas centrales del cristianismo: Cristo y la vida futura; Cristo como nuestro camino y el cielo como nuestra meta. Aunque no los llamaba dioses, ellos pensaban que quería convertirlos en dioses. Así, distorsionaron el mensaje cristiano y lo expresaron en términos paganos, como si creer en Jesús y esperar la resurrección significara adorar nuevos ídolos.

Entonces propusieron darle una oportunidad pública, completa, justa y abierta para que explicara su mensaje (Hechos 17:19-20). Habían escuchado fragmentos de su enseñanza y querían comprenderla mejor. Les parecía extraña y sorprendente, muy diferente de la filosofía que durante tanto tiempo se había enseñado y defendido en Atenas. En efecto, decían: «Esta es una enseñanza nueva que no entendemos. Estás trayendo a nuestros oídos cosas extrañas, cosas que nunca hemos escuchado y que no sabemos cómo evaluar». Esto sugiere que no tenían los libros de Moisés y de los profetas, o que no les prestaban atención. Si los hubieran tenido en cuenta, la doctrina de Cristo no les habría parecido tan nueva y extraña.

Querían escuchar más simplemente porque la enseñanza era nueva y extraña. «¿Podemos saber qué es esta nueva enseñanza? ¿O es como los misterios secretos de los dioses, algo que debe mantenerse oculto? Si se puede conocer, nos agradaría escucharlo, y queremos que nos expliques qué significan estas cosas para que podamos evaluarlas». Era una petición razonable. Hacían bien en querer saber cuál era la doctrina antes de aceptarla, y fueron lo bastante justos como para no condenarla antes de escuchar una explicación.

Lo llevaron al Areópago, el mismo lugar llamado la colina de Marte en Hechos 17:22. Era el ayuntamiento, o la sala del consejo, donde los magistrados se reunían para tratar asuntos públicos y donde se celebraban los juicios. También funcionaba como una especie de foro público, semejante a un salón universitario donde los hombres instruidos se reunían para compartir sus ideas. El tribunal que allí se reunía era conocido por su imparcialidad y recibía apelaciones de muchos lugares. Si alguien negaba la existencia de Dios, podía ser llevado ante ese tribunal. Allí condenaron a muerte a Diágoras por burlarse de los dioses, y ningún dios nuevo podía ser aceptado sin la aprobación del tribunal. Llevaron a Pablo allí para examinarlo, no como a un criminal, sino como a un orador cuyas ideas querían escuchar.

Esta ocasión también revela el carácter general de los habitantes de aquella ciudad (Hechos 17:21). Todos los atenienses —tanto los nativos como los extranjeros que vivían allí para aprender— pasaban el tiempo haciendo nada más que hablar de algo nuevo o escuchar algo nuevo. Eso explica por qué sentían curiosidad por la enseñanza de Pablo: no porque fuera verdadera y buena, sino porque era novedosa. Es una descripción triste, pero todavía hay muchas personas que imitan esa conducta.

Eran personas que vivían para conversar. Pablo le dijo a Timoteo que se dedicara a la lectura y a la meditación (1 Timoteo 4:13, 15), pero ellos despreciaban esa forma más antigua y pausada de aprender, y preferían hablar y escuchar. La buena compañía puede ayudar a una persona, especialmente cuando ya cuenta con una base sólida de estudio; pero el conocimiento adquirido únicamente por medio de conversaciones suele ser superficial y limitado. También les encantaba la novedad. Querían tener algo nuevo que contar o escuchar, ya fuera sobre filosofía, política o religión. En el ámbito religioso, esto significaba nuevos dioses, nuevos demonios, nuevas imágenes y nuevos altares (Deuteronomio 32:17; 2 Reyes 16:10). Siempre estaban cambiando.

También se metían en los asuntos de los demás y querían saber lo que no les correspondía, mientras descuidaban sus propias responsabilidades. Los chismosos suelen ser entrometidos (1 Timoteo 5:13). Y pasaban el tiempo en nada más, una manera sombría de describir la vida de una persona. El tiempo es valioso, porque la eternidad depende de cómo lo usamos y avanza rápidamente hacia ella. Sin embargo, gran parte se desperdicia en conversaciones inútiles. De vez en cuando es provechoso conocer cómo se manifiesta la providencia de Dios en los acontecimientos públicos, ya sea en nuestro país o en otros, y en la vida de nuestros vecinos y amigos. Pero convertirnos en buscadores constantes de noticias y dedicar todo nuestro tiempo a eso es cambiar algo de gran valor por algo de poca importancia.

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