Versículo destacado

Hechos 16:6 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Después de recorrer Frigia y la región de Galacia, el Espíritu Santo les prohibió predicar la palabra en Asia. "

Hechos 16:6

menu_book El versículo en contexto

4 Mientras pasaban por las ciudades, les entregaban para que los guardaran los decretos que habían establecido los apóstoles y los ancianos que estaban en Jerusalén.

5 Así las iglesias eran fortalecidas en la fe y aumentaban en número cada día.

6 Después de recorrer Frigia y la región de Galacia, el Espíritu Santo les prohibió predicar la palabra en Asia.

7 Cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió.

8 Y pasando junto a Misia, descendieron a Troas.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos vemos los viajes de Pablo mientras se dedicaba a hacer el bien. Él y Silas, su compañero de trabajo, recorrieron Frigia y la región de Galacia. Al parecer, el evangelio ya había sido sembrado allí, aunque no se nos dice si Pablo mismo lo había llevado por primera vez. Su carta a los Gálatas da a entender que había predicado entre ellos desde los primeros tiempos y que ellos lo habían recibido con mucho cariño (Gálatas 4:13-15).

Esa misma carta también muestra que, más adelante, falsos maestros —a menudo llamados judaizantes porque intentaban someter a los cristianos a la ley judía— causaron mucho daño en esas iglesias. Pusieron a los gálatas en contra de Pablo y los apartaron del evangelio de Cristo, por lo que Pablo los reprendió con firmeza. Sin embargo, parece que ese problema ocurrió mucho después de este viaje.

En ese momento, se les impidió predicar en Asia, es decir, en la provincia de Asia Menor, no en el continente asiático. Tal vez esto se debió a que otros obreros ya estaban trabajando allí, o a que la gente todavía no estaba preparada, como lo estaría más adelante, cuando todos los habitantes de Asia oyeron la palabra del Señor (Hechos 19:10). El doctor Lightfoot también sugiere que Cristo estaba dirigiendo a Pablo hacia una nueva tarea: predicar en Filipos, una colonia romana. Hasta entonces, Pablo había predicado principalmente a los griegos, y este cambio llevaría el evangelio más hacia el occidente.

Fue el Espíritu Santo quien les impidió ir allí, ya fuera mediante una dirección interior clara o por medio de profetas que hablaban bajo la dirección del Espíritu. Los movimientos de los ministros y la expansión, por medio de ellos, de los recursos mediante los cuales Dios concede su gracia están bajo su cuidado especial. En el Antiguo Testamento, a un profeta se le prohibió predicar por completo; se le ordenó que guardara silencio (Ezequiel 3:26). Aquí, a los ministros del Nuevo Testamento no se les ordena dejar de predicar, sino ir donde había una necesidad mayor.

Ellos querían entrar en Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió (Hechos 16:7). Entonces llegaron a Misia, y parece que predicaron allí mientras la atravesaban. Era una región pobre y despreciada, pero los apóstoles no consideraron que estuviera por debajo de ellos visitarla. Sabían que eran deudores tanto de los sabios como de los que no lo eran (Romanos 1:14). Más adelante, Bitinia tuvo iglesias prósperas, y la carta de Pedro fue enviada a los creyentes de esa región (1 Pedro 1:1). Así que, aunque el evangelio no llegó a ellos en ese momento, llegó a su debido tiempo.

Aunque es probable que Pablo y Silas quisieran ir a Bitinia, en aquella época tenían medios especiales para conocer la voluntad de Dios y se sometieron a ella, aun cuando iba en contra de sus propios planes. Nosotros también debemos hacer lo mismo y seguir la providencia de Dios, como Israel seguía la columna de nube y de fuego. Si Dios nos impide hacer lo que intentamos, debemos aceptarlo y confiar en que es para bien. Algunos manuscritos antiguos dicen que fue «el Espíritu de Jesús» quien les impidió ir, lo cual muestra que los siervos de Cristo siempre deben ser guiados por su Espíritu.

Pasaron por Misia, sembrando la buena semilla mientras avanzaban, y llegaron a Troas, la ciudad relacionada con la antigua Troya. Más adelante se estableció allí una iglesia (Hechos 20:6-7), y es posible que haya sido fundada en esta ocasión. También parece que Lucas se unió a Pablo en ese lugar, porque a partir de entonces usa con frecuencia la palabra «nosotros» al narrar la historia de Pablo (Hechos 16:10).

Ahora llegamos al llamado especial de Pablo a Macedonia, particularmente a Filipos, su ciudad principal, que estaba habitada en gran parte por romanos (Hechos 16:21). Pablo tuvo muchas visiones. Algunas lo animaron, mientras que otras, como esta, lo guiaron en su trabajo. Un ángel se le apareció para mostrarle que era la voluntad de Cristo que fuera a Macedonia. Pablo no debía desanimarse por las repetidas interrupciones de sus planes anteriores, porque, aunque no podía ir adonde quería, sí podía ir adonde Dios tenía una obra para él.

Pablo vio a un hombre de Macedonia. Tal vez reconoció su origen por su ropa o por su manera de hablar, o quizá el hombre dijo de dónde era. Algunos piensan que el ángel tomó la apariencia de ese hombre. Otros creen que Pablo vio su imagen en un sueño o en su mente mientras dormía o estaba entre dormido y despierto. En cualquier caso, Cristo estaba guiando a Pablo de una manera que después sería común: moviendo el corazón de personas necesitadas para que pidieran ayuda. Pablo no fue enviado a Macedonia directamente por un mensajero celestial, sino que fue invitado por un mensajero de Macedonia.

Aquel hombre no era gobernante ni sacerdote. Pablo no estaba acostumbrado a recibir instrucciones de personas así. Se le mostró a un hombre común, sincero y serio, que no se acercaba para burlarse de él, sino para pedirle ayuda con toda urgencia. La petición era sencilla: «Ven a Macedonia y ayúdanos» (Hechos 16:9). En otras palabras: «Ven a predicarnos el evangelio y permite que participemos de la bendición de tu trabajo».

La petición se basaba en lo que otros ya habían recibido. Era como si el hombre dijera: «Tú has ayudado a muchos. Hemos oído cuánto bien has hecho en otros lugares; entonces, ¿por qué no habríamos de pedirte esa misma ayuda? Ven y ayúdanos». El bien que otros han recibido por medio del evangelio debe impulsarnos a buscarlo también para nosotros.

Era como si dijeran: «Tu trabajo y tu alegría consisten en ayudar a las almas necesitadas. Eres como un médico para los enfermos y debes estar dispuesto cuando un paciente te llama. Ven y ayúdanos». También querían decir: «Necesitamos tu ayuda tanto como cualquier otro pueblo del mundo. Nosotros, los macedonios, somos tan ignorantes de la religión, tan indiferentes ante ella, tan idólatras y tan pecadores como cualquiera. Somos igual de hábiles para arruinarnos; por eso, ven pronto. Si puedes hacer algo, ten compasión de nosotros y ayúdanos».

También estaban diciendo: «Algunos de nosotros tenemos cierta conciencia de las realidades espirituales y nos preocupamos por nuestras propias almas y por las almas de los demás. Hemos hecho todo lo que hemos podido con la ayuda de la luz natural, es decir, del entendimiento que las personas tienen sin una revelación especial de Dios. Yo he hecho mi parte por una persona. Hemos llegado tan lejos como podemos al exhortar a nuestros vecinos a temer y adorar a Dios, pero podemos hacer muy poco bien entre ellos. Ven y ayúdanos. El evangelio que predicas tiene razones y poder mayores que todo lo que hemos recibido hasta ahora». También estaban diciendo: «No te limites a ayudarnos con tus oraciones desde allá; eso no será suficiente. Tienes que venir y ayudarnos». Las personas necesitan mucho la ayuda para sus almas, y es su deber buscarla e invitar a quienes pueden brindársela.

Pablo y sus compañeros entendieron por medio de esta visión que el Señor los había llamado a predicar el evangelio allí (Hechos 16:10). Estaban dispuestos a ir adonde Dios los guiara. A veces podemos reconocer el llamado de Dios a través del llamado de una persona. Si un hombre de Macedonia dice: «Ven y ayúdanos», Pablo puede entender correctamente que Dios le está diciendo: «Ve y ayúdalos». Los ministros pueden trabajar con gran valor y alegría cuando ven que Cristo los llama no solo a predicar el evangelio, sino a predicarlo en ese momento, en ese lugar y a esas personas.

Entonces Pablo viajó a Macedonia. No fue desobediente a la visión celestial, sino que siguió esta dirección divina con más alegría y paz de las que habría tenido al seguir cualquiera de sus propios planes. En cuanto conoció la voluntad de Dios, dirigió sus pensamientos hacia ese lugar. Ya no pensó en Asia ni en Bitinia, sino que de inmediato intentó ir a Macedonia. Solo Pablo tuvo la visión, pero se la contó a sus compañeros y todos, confiando en lo que él les dijo, decidieron ir a Macedonia. Así como Pablo siguió a Cristo, sus compañeros también lo siguieron a él; o más bien, siguieron a Cristo junto con él.

Se prepararon de inmediato, sin demora. Los llamados de Dios deben obedecerse enseguida. No debemos discutir nuestra obediencia ni posponerla. Hazlo hoy, antes de que tu corazón se endurezca. Observa que no pudieron llegar a Macedonia inmediatamente, pero sí intentaron ir de inmediato. Si no podemos actuar tan rápido como quisiéramos, al menos podemos apresurarnos a hacer el esfuerzo, y eso será aceptado.

Zarparon tan pronto como pudieron, aprovechando el primer viento favorable desde Troas. Podían estar seguros de que habían terminado allí el trabajo que Dios les había encomendado cuando él los llamó a otro lugar. Viajaron directamente y con éxito hasta Samotracia; al día siguiente llegaron a Neápolis, una ciudad en la frontera entre Tracia y Macedonia; y finalmente desembarcaron en Filipos, una ciudad llamada así por Filipo, rey de Macedonia y padre de Alejandro Magno. Filipos era la ciudad principal de esa parte de Macedonia o, según otra lectura, la primera ciudad a la que llegaron después de salir de Troas. Como un ejército que comienza a conquistar un país al tomar el primer lugar que encuentra, Pablo y sus colaboradores comenzaron por la primera ciudad. Si el evangelio era recibido allí, podría extenderse con mayor facilidad por toda la región.

Filipos también era una colonia romana. Esto significa que los romanos habían establecido allí a parte de su población y que, al menos, los magistrados y la clase gobernante eran romanos. Había allí personas de muchos orígenes, lo cual les daba más oportunidades de hacer el bien.

Aun así, Pablo y sus compañeros recibieron una bienvenida fría en Filipos. Uno habría esperado que, puesto que habían recibido un llamado tan claro de parte de Dios, los recibieran con entusiasmo, como sucedió con Pedro cuando fue a ver a Cornelio. ¿Dónde estaba el hombre de Macedonia que le había rogado a Pablo que fuera cuanto antes? ¿Por qué no animó a sus compatriotas a recibirlo? ¿Por qué no honraron a Pablo ni le entregaron las llaves de la ciudad? No ocurrió nada de eso. Permanecieron algunos días en la ciudad, probablemente en una posada y pagando sus propios gastos, porque nadie los invitó siquiera a comer hasta que Lidia los recibió en su casa. Habían ido allí con toda la rapidez posible, pero una vez que llegaron, quizá sintieron que habría sido mejor quedarse donde estaban.

Esto era parte de la prueba: ver si podían soportar el silencio y la soledad cuando esa era la situación que les tocaba vivir. Las personas fuertes y útiles no están preparadas para este mundo si no pueden soportar que las ignoren. Los ministros del evangelio no deberían sorprenderse si los invitan con insistencia a un lugar y luego los tratan con frialdad cuando llegan.

Cuando finalmente tuvieron la oportunidad de predicar, fue en un lugar apartado y ante un grupo pequeño y humilde (Hechos 16:13). Hasta donde sabemos, allí no había una sinagoga judía que sirviera como punto de partida, y ellos tampoco fueron a los templos paganos para predicar allí. Más bien, después de preguntar por el lugar, encontraron una pequeña reunión de mujeres devotas: creyentes gentiles que adoraban al Dios verdadero y estarían dispuestas a escucharlos. El lugar de reunión estaba fuera de la ciudad. Allí se permitía reunirse, pero no se habría tolerado una reunión así dentro de las murallas.

Era un lugar donde acostumbraban orar o, como dicen algunos, un oratorio o casa de oración: una capilla o sinagoga pequeña. Yo entiendo que se trataba de un lugar donde se ofrecían oraciones con regularidad. Quienes adoraban al Dios verdadero y se negaban a adorar ídolos se reunían allí para orar juntos, siguiendo la forma de devoción más antigua y común: invocar el nombre del Señor. Cada una también oraba en privado todos los días, como lo han hecho siempre quienes adoran a Dios. Pero, además, se reunían el día de reposo.

Aunque eran pocas, aunque la gente del pueblo las despreciaba, aunque se reunían a cierta distancia y aunque, hasta donde sabemos, eran solamente mujeres, se aseguraban de celebrar una reunión solemne para adorar a Dios el día de reposo, siempre que les fuera posible.

Cuando no podemos hacer todo lo que quisiéramos, debemos hacer lo que sí podemos. Si no hay sinagogas, debemos agradecer los lugares más privados y usarlos según las oportunidades que tengamos, sin dejar de reunirnos. Este lugar estaba junto a un río, quizá porque era tranquilo y apropiado para la reflexión. Se dice que los adoradores de ídolos escogían piedras lisas del arroyo para echar suertes (Isaías 57:6), pero estas prosélitas, mujeres gentiles que se habían acercado al judaísmo, quizá pensaban en los profetas que recibieron visiones junto a ríos: uno junto al río Quebar (Ezequiel 1:1) y otro junto al gran río Hidequel (Daniel 10:4).

Pablo, Silas y Lucas fueron allí y se sentaron para enseñarles, de modo que también pudieran orar con ellas. Les hablaron a las mujeres reunidas allí, animándolas a vivir de acuerdo con la luz que ya habían recibido y guiándolas hacia el conocimiento de Cristo. Entonces se relata la conversión de Lidia, quien probablemente fue la primera persona de ese lugar que llegó a creer en Cristo, aunque no la última.

En Hechos no solo leemos acerca de ciudades enteras que fueron transformadas, sino también acerca de muchas personas en particular. Esto es importante, porque que una sola alma se vuelva a Dios es algo grande. Además, no todas las conversiones ocurrieron mediante un milagro, como en el caso de Pablo; algunas sucedieron por la obra ordinaria de la gracia, como en el caso de Lidia. Debemos observar con atención quién era esta mujer.

Primero, se nos da su nombre: Lidia. Es un honor para ella que su nombre esté escrito en el libro de Dios, de modo que sea recordada dondequiera que se lea la Escritura. Los nombres del pueblo de Dios son preciosos para él, y también deberían serlo para nosotros. Es posible que nuestros nombres no estén escritos en la Biblia, pero si Dios abre nuestro corazón, encontraremos nuestros nombres escritos en el libro de la vida, y eso es mucho mejor (Filipenses 4:3; Lucas 10:20).

Segundo, se nos habla de su trabajo. Era vendedora de púrpura, lo que podía significar que vendía tintura púrpura, telas púrpuras o seda. Esto se menciona para reconocer su mérito, porque tenía un oficio honrado. También era un trabajo humilde; no era una mujer que usara púrpura, algo poco común y costoso. Quienes tienen oficios honestos no deberían avergonzarse de ellos si los desempeñan con fidelidad. Lidia tenía trabajo que hacer, pero también era adoradora de Dios y encontraba tiempo para cuidar su alma.

Nuestro trabajo cotidiano puede armonizar muy bien con la religión. No es una excusa para dejar de adorar a Dios en privado, en familia o en las reuniones públicas diciendo: «Tenemos tiendas y negocios que atender». También tenemos que servir a Dios y cuidar nuestra alma. La religión no nos llama a alejarnos de nuestro trabajo diario; nos enseña a hacerlo correctamente. Todo tiene su tiempo y su lugar.

Tercero, se nos dice de dónde era: Tiatira. Esa ciudad estaba muy lejos de Filipos, donde ella vivía entonces. Había nacido y crecido allí, pero quizá se mudó por causa de su matrimonio o porque su negocio la llevó a ese lugar. La providencia de Dios a menudo establece los límites de nuestra vida y, en ocasiones, cambia nuestro lugar o nuestra condición de maneras que sirven a su propósito salvador. En el caso de Lidia, la providencia la llevó a Filipos bajo el ministerio de Pablo, y cuando se presentó esa oportunidad, ella la aprovechó bien. Nosotros también debemos hacer lo mismo con las oportunidades que Dios nos da.

Cuarto, se nos dice cuál era su religión antes de que el Señor abriera su corazón. Adoraba a Dios conforme a la luz que había recibido y estaba entre las mujeres devotas. A veces la gracia de Dios alcanza a personas que eran muy malvadas antes de su conversión, como los cobradores de impuestos y las prostitutas, de quienes Pablo dice: «Y eso eran algunos de ustedes» (1 Corintios 6:11). Otras veces alcanza a quienes ya tienen un buen carácter, como el eunuco, Cornelio y Lidia.

No basta con ser adoradores de Dios. También debemos creer en Jesucristo, porque nadie llega a Dios como Padre sino por medio de Cristo como Mediador, quien nos lleva a Dios. Aun así, quienes adoran fielmente a Dios conforme a lo que conocen están bien dispuestos para recibir a Cristo cuando él les es revelado. Al que tiene, se le dará más. Quienes verdaderamente adoran a Dios comienzan a reconocer su necesidad de Cristo y entienden cómo valerse de su mediación.

Lidia también escuchaba a los apóstoles. Donde se ofrecían oraciones, también se predicaba la palabra cuando había oportunidad de hacerlo. Escuchar la palabra de Dios es parte de la adoración. ¿Cómo podemos esperar que Dios escuche nuestras oraciones si nosotros no queremos escuchar su palabra? Quienes adoran a Dios conforme a la luz que tienen deberían buscar más luz. Debemos aprovechar bien los comienzos pequeños, pero no debemos conformarnos con ellos.

La gran obra realizada en Lidia fue que «el Señor abrió su corazón». El Señor Jesús, a quien le ha sido dada esta autoridad, y el Espíritu del Señor, quien santifica a las personas, fueron los agentes de esta obra. La conversión es obra de Dios. Él produce en nosotros tanto el querer como el hacer. Eso no significa que no tengamos ninguna participación, pero sí significa que sin la gracia de Dios no podemos hacer nada. Tampoco hace a Dios responsable de la ruina de quienes perecen. La salvación de quienes son salvos debe atribuirse por completo a él.

Este cambio se produjo en su corazón. La conversión es una obra del corazón. Significa que se renuevan el corazón, la persona interior y la mente. Su corazón no solo fue tocado; fue abierto. El alma inconversa está encerrada y asegurada contra Cristo, como Jericó estaba cerrada delante de Josué (Josué 6:1). Cristo se pone a la puerta del corazón y llama cuando trata con el alma (Apocalipsis 3:20). Cuando un pecador es verdaderamente convencido de recibir a Cristo, el corazón se abre para que entre el Rey de gloria. La mente se abre para recibir la luz de Dios, la voluntad se abre para recibir la ley de Dios y los afectos se abren para recibir el amor de Dios. Cuando el corazón se abre a Cristo, el oído se abre a su palabra, los labios se abren en oración, la mano se abre para dar con generosidad y los pasos se ensanchan para toda clase de obediencia al evangelio.

Uno de los efectos de esta obra fue que ella prestó mucha atención a la palabra de Dios. Su corazón se había abierto de tal manera que escuchó con atención lo que Pablo decía. Hizo más que sentarse a escuchar su predicación: le dedicó toda su atención. Algunos entienden que esto significa que aplicó las palabras de Pablo a su propia vida. Eso ocurre cuando la palabra realmente nos hace bien y deja una huella duradera: cuando la tomamos en serio y la aplicamos a nosotros mismos.

Esta fue una prueba clara de que su corazón había sido abierto, y era fruto de la gracia de Dios. Dondequiera que Dios abre un corazón, esto se manifestará en una atención cuidadosa a su palabra, tanto por causa de Cristo, porque es su palabra, como por nuestro propio bien, porque dependemos profundamente de ella.

Ella también se entregó abiertamente a Jesucristo y profesó la fe cristiana. Fue bautizada, y mediante ese acto solemne fue recibida en la iglesia de Cristo. Su familia fue bautizada con ella, incluidos los niños pequeños que estaban bajo su cuidado y quienes ya tenían la edad suficiente para responder a su influencia y autoridad. Ella y su familia fueron bautizadas conforme al mismo principio por el que Abraham y su familia fueron circuncidados: la señal del pacto pertenece al pueblo del pacto y a sus hijos.

También fue muy bondadosa con los ministros y tenía mucho deseo de aprender más acerca de las cosas que pertenecen al reino de Dios. Les rogó, en efecto: «Si ustedes consideran que soy fiel al Señor y creen que soy una cristiana sincera, demuéstrenme esa confianza al venir a mi casa y quedarse allí». De esta manera quería expresar su gratitud a quienes Dios había usado para producir ese cambio tan bendecido en su vida.

Cuando su corazón se abrió a Cristo, su casa se abrió para recibir a sus ministros por causa de él. Los recibió con la mejor hospitalidad que podía ofrecer, sin pensar que fuera demasiado para aquellos de quienes había recibido tanto bien espiritual. Incluso insistió con firmeza en que se quedaran. Esto parece indicar que Pablo dudaba en aceptar, porque no quería ser una carga para las familias de los nuevos creyentes. Él quería predicar el evangelio sin cobrarles (1 Corintios 9:18; Hechos 20:34), para que los de afuera no tuvieran motivo de acusar de avaricia a los predicadores ni los creyentes tuvieran razones para quejarse del costo de seguir la fe.

Pero Lidia no aceptaba un no por respuesta. No quería creer que ellos la consideraban una verdadera creyente a menos que aceptaran su invitación. Fue como Abraham, quien invitó a los ángeles diciendo: «Si he hallado gracia ante tus ojos, te ruego que no pases de largo junto a tu siervo» (Génesis 18:3). También deseaba tener la oportunidad de recibir más instrucción. Si ellos se quedaban en su casa por un tiempo, podría escucharlos todos los días, no solo el día de reposo cuando se reunía la iglesia (Proverbios 8:34). En su propia casa podría escucharlos, hacerles preguntas, orar con ellos cada día y pedirles que bendijeran a su familia. Quienes conocen algo de Cristo no pueden evitar desear conocerlo más, y buscan oportunidades para crecer en su comprensión del evangelio.

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