Versículo destacado
Hechos 11:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea oyeron que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. "
Hechos 11:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea oyeron que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios.
2 Cuando Pedro subió a Jerusalén, los de la circuncisión discutieron con él,
3 diciendo: «Entraste en casa de hombres incircuncisos y comiste con ellos».
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La predicación del evangelio a Cornelio fue motivo de gran alegría para nosotros, pobres pecadores de las naciones gentiles. Fue como llevar luz a quienes estaban sentados en oscuridad. Puesto que esto sorprendió tanto a los judíos creyentes como a los que no creían, vale la pena considerar cómo lo recibieron y qué dijeron al respecto.
La noticia llegó rápidamente a la iglesia de Jerusalén y a la región cercana, porque Cesarea no estaba muy lejos. Algunos difundieron el informe con buena intención y otros de mala fe. Así que, antes de que Pedro regresara a Jerusalén, los apóstoles y los creyentes de allí y de Judea oyeron que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios, es decir, el evangelio de Cristo. El evangelio no es solamente una palabra proveniente de Dios; es la misma palabra de Dios, el centro y el resumen de toda la revelación divina. Ellos habían recibido a Cristo, porque su nombre es llamado «La Palabra de Dios» (Apocalipsis 19:13).
Esto no significaba solamente que algunos judíos que vivían entre los gentiles, o algunos gentiles convertidos al judaísmo, habían creído. Significaba que los mismos gentiles, personas con quienes los judíos pensaban que era ilícito relacionarse normalmente, habían sido incorporados a la comunión de la iglesia. En otras palabras, habían recibido la palabra de Dios de dos maneras. Primero, la palabra les fue predicada, lo cual era un honor mayor del que esperaban. Es sorprendente que esto les pareciera extraño a personas que habían sido enviadas a predicar el evangelio a toda criatura. Sin embargo, el orgullo y el prejuicio obstinado suelen aferrarse incluso a las verdades más claras de Dios. Segundo, ellos recibieron la palabra y se sometieron a ella, una obra mucho mejor realizada en ellos de lo que cualquiera esperaba.
Probablemente los creyentes habían supuesto que predicarles el evangelio a los gentiles no serviría de nada, porque gran parte de sus argumentos se basaba en el Antiguo Testamento, que los gentiles no aceptaban. Pensaban que los gentiles no tenían inclinación religiosa y que difícilmente recibirían su influencia. Por eso les sorprendió oír que los gentiles habían recibido la palabra del Señor. Debemos tomar nota de esto. Muchas veces perdemos la esperanza de hacerles bien a personas que, cuando se les da la oportunidad, demuestran estar muy dispuestas a aprender.
Pero esto también ofendió a los judíos creyentes (Hechos 11:2-3). Cuando Pedro subió a Jerusalén, los hombres de la circuncisión —creyentes judíos que todavía sentían un gran respeto por la circuncisión— discutieron con él. Lo acusaron de una falta grave, diciendo que había entrado en casa de hombres incircuncisos y había comido con ellos. Desde su perspectiva, eso manchaba, si no es que hacía perder, el honor de su apostolado, y pensaban que la iglesia debía disciplinarlo. Estaban muy lejos de tratarlo como alguien que no podía ser corregido, o como la cabeza suprema de la iglesia, ante quien todos debían responder mientras él no respondía ante nadie.
Aquí vemos lo dañino que es que la iglesia se vuelva estrecha y trate de excluir a quienes no son exactamente como nosotros. Algunas personas quieren quedarse con las riquezas de la iglesia, así como otras quieren quedarse con toda la riqueza del mundo. Quisieran ser los únicos en la tierra. Estos hombres tenían el mismo espíritu que Jonás, quien, por sentir celos de su propio pueblo, se enojó porque Nínive había recibido la palabra de Dios e incluso defendió su enojo.
Los ministros de Cristo no deben sorprenderse cuando son criticados y enfrentan discusiones, no solo por parte de enemigos abiertos, sino también de amigos que profesan la fe. A veces se les ataca no por sus pecados y debilidades, sino por haber hecho buenas obras en el momento correcto y de la manera correcta. Sin embargo, si hemos examinado nuestro propio trabajo, podemos alegrarnos en nuestro interior, como Pedro, aunque nuestros hermanos hablen contra nosotros. Quienes son valientes y celosos en el servicio de Cristo deben esperar críticas de quienes esconden su frialdad bajo el nombre de prudencia. Quienes tienen un corazón amplio, generoso y caritativo deben esperar ser juzgados por personas orgullosas y estrictas, que dicen: «Quédate por tu cuenta; yo soy más santo que tú».
Pedro les respondió con un relato completo y justo de lo sucedido, suficiente tanto para defenderse como para dejarlos satisfechos (Hechos 11:4). Les contó todo desde el principio y en orden, para que ellos mismos pudieran juzgar si había hecho mal. Al final, quedó claro que todo el asunto era obra de Dios, no de Pedro.
Primero, da por sentado que, si hubieran entendido correctamente el asunto, no habrían discutido con él, sino que lo habrían aprobado. Esa es una buena razón para ser cuidadosos y moderados en nuestros juicios. Si entendiéramos claramente aquello que condenamos con tanta rapidez, quizá encontraríamos motivos para estar de acuerdo. Cuando vemos que otros hacen algo que parece dudoso, debemos considerar cuál era su intención. Si no podemos preguntárselo, debemos darle la interpretación más favorable posible y no juzgar antes de tiempo.
Pedro también quería que ellos quedaran convencidos, y se tomó el trabajo de explicar sus actos. No apeló a su posición como jefe de los apóstoles, pues estaba muy lejos de pensar en esa clase de supremacía que algunos reclamarían después de él. Tampoco se limitó a decir que él ya tenía la conciencia tranquila y que ellos no debían preocuparse por el asunto. Más bien, estuvo dispuesto a dar razón de su esperanza respecto a los gentiles y a explicar por qué había abandonado las mismas ideas que ellos todavía sostenían. Nos debemos a nosotros mismos y a nuestros hermanos explicar con claridad nuestros actos cuando al principio parecieron incorrectos y causaron ofensa, para quitar los tropiezos del camino.
Entonces Pedro presenta su defensa. Dice que una visión le había enseñado a dejar de aplicar las distinciones establecidas por la ley ceremonial, es decir, las reglas externas acerca de lo limpio y lo impuro bajo la ley de Moisés. Repite la visión, tal como aparece en Hechos 10:9 y los versículos siguientes. Allí se dice que el lienzo fue bajado hasta la tierra; aquí Pedro dice que llegó hasta él mismo, lo cual muestra que estaba destinado especialmente a instruirlo. También debemos considerar de la misma manera todas las revelaciones de Dios a las personas: como algo que llega hasta nosotros y que, por la fe, se aplica a nuestro propio corazón.
Añade que, cuando el lienzo llegó hasta él, fijó la mirada en él y lo observó con atención (Hechos 11:6). Si queremos entender las cosas de Dios, debemos concentrar la mente en ellas y reflexionar cuidadosamente. Luego les cuenta que recibió la orden de comer toda clase de animales, sin hacer distinción y sin plantear objeciones de conciencia (Hechos 11:7). Parece que, después del diluvio, al ser humano se le permitió por primera vez comer carne (Génesis 9:3). Más tarde, la ley ceremonial limitó ese permiso; pero ahora esas restricciones habían sido eliminadas y el asunto volvía a quedar abierto.
Cristo no quiso quitarnos el uso de las cosas buenas de la creación por medio de otra ley que no fuera la sobriedad, el dominio propio y la elección del alimento que permanece para vida eterna por encima de lo que pronto se echa a perder. Pedro explicó que él también se había mostrado tan renuente como ellos a hablar con los gentiles o a comer su comida, y por eso había rechazado la orden: «De ninguna manera, Señor, porque jamás ha entrado en mi boca nada común o impuro» (Hechos 11:8). Pero Dios le mostró que la situación había cambiado, porque Dios había limpiado a personas y cosas que antes eran consideradas impuras. Por tanto, Pedro no estuvo equivocado al cambiar de opinión cuando Dios mismo había cambiado el asunto.
En situaciones como esta, debemos actuar de acuerdo con la luz que tenemos ahora. Sin embargo, no debemos aferrarnos tanto a nuestras opiniones que rechacemos una verdad adicional cuando Dios nos la muestra (Filipenses 3:15). Para asegurarse de que Pedro entendiera, la visión apareció tres veces. Tanto la orden «Mata y come» como la razón «Lo que Dios ha limpiado, no lo llames común» se repitieron por segunda y tercera vez (Hechos 11:10). Para confirmar que realmente provenía de Dios, aquello que Pedro vio fue llevado de nuevo al cielo, el lugar de donde había venido.
Pedro también dijo que el Espíritu le indicó que fuera con los mensajeros enviados por Cornelio. La visión ocurrió justo después de que ellos llegaron, lo que mostraba que tenía el propósito de prepararlo para esa visita. Aun así, el Espíritu le dijo que fuera con los hombres de Cesarea sin hacer distinción ni poner objeciones (Hechos 11:11-12). Eran gentiles, pero Pedro no debía oponerse. También llevó consigo desde Jope a algunos hermanos de la circuncisión, es decir, creyentes judíos, para que ellos mismos pudieran comprobar que había actuado con cuidado. No actuó solo, sino con el consejo de otros, y tampoco se apresuró.
Después Pedro les contó que Cornelio también había tenido una visión, por medio de la cual recibió la orden de enviar a buscar a Pedro (Hechos 11:13). Cornelio había visto en su casa a un ángel que le dijo que enviara mensajeros a Jope para buscar a Simón, llamado Pedro. Es bueno que quienes caminan con Dios y mantienen comunión con el cielo comparen sus experiencias y las compartan unos con otros. Esto ayuda a fortalecer la fe. La visión de Cornelio confirmó a Pedro, y la de Pedro confirmó a Cornelio.
También había un detalle importante en lo que el ángel le había dicho a Cornelio. Antes, el mensaje simplemente indicaba que Pedro iría a decirle lo que debía hacer (Hechos 10:6, 32). Aquí queda más claro: «Él te dirá palabras por las cuales tú y toda tu casa serán salvos» (Hechos 11:14). Eso hacía que el asunto fuera mucho más importante. Las palabras del evangelio son palabras por las cuales podemos ser salvos para siempre; no basta con oírlas o leerlas, sino que debemos creerlas y obedecerlas. Ellas nos muestran en qué consiste la salvación, nos abren el camino hacia ella y nos conducen a ella si seguimos sus enseñanzas. Entonces seremos salvos de la ira y la maldición de Dios, y seremos felices para siempre.
Quienes reciben el evangelio de Cristo con frecuencia verán que la salvación también alcanza a sus familias. «Tú y toda tu casa serán salvos» significa que él y sus hijos serían incorporados al pacto, es decir, a la promesa salvadora de Dios, y recibirían los medios de salvación. Su familia sería igualmente bienvenida a esa bendición, incluso el siervo de menor rango, si creían. «Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (Lucas 19:9). Hasta ese momento, se entendía que la salvación pertenecía a los judíos (Juan 4:22). Ahora estaba llegando a los gentiles con la misma plenitud con la que siempre había estado entre los judíos. Las promesas, los privilegios y los medios de salvación estaban alcanzando a todas las naciones con la misma riqueza y plenitud.
Lo que resolvió el asunto más allá de toda discusión fue que el Espíritu Santo descendiera sobre los gentiles que escuchaban. Eso completó la prueba de que era la voluntad de Dios que Pedro recibiera a los gentiles en comunión. El hecho era evidente y no podía negarse. Pedro dijo: «Cuando comencé a hablar» —y quizá sentía cierta vacilación interior, preguntándose si hacía bien en predicarles a personas incircuncisas—, «el Espíritu Santo descendió sobre ellos, tal como descendió sobre nosotros al principio» (Hechos 11:15). No podía haber ninguna equivocación. Dios mismo mostró su aprobación de lo que se había hecho. Sin duda, la predicación es correcta cuando por medio de ella se da el Espíritu Santo. Pablo emplea un argumento semejante con los gálatas: «¿Recibieron el Espíritu por las obras de la ley o por oír con fe?» (Gálatas 3:2).
Esto también le recordó a Pedro las palabras de su Maestro cuando Jesús estaba a punto de dejarlos: «Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo» (Hechos 11:16; Hechos 1:5). Esa promesa mostraba, en primer lugar, que el Espíritu Santo es un don de Cristo, resultado y cumplimiento de su promesa cuando subió al cielo. Por tanto, este don claramente procedía de él. Que estos creyentes fueran llenos del Espíritu Santo era obra suya. Así como lo prometió por medio de su palabra, lo realizó con su poder, y eso demostraba su favor. En segundo lugar, el don del Espíritu Santo es una especie de bautismo. Quienes lo recibieron fueron bautizados de una manera más excelente que cualquiera de los que Juan había bautizado con agua.
Cuando Pedro comparó aquella promesa con este don, y surgió la pregunta de si estas personas debían ser bautizadas o no, comprendió que Cristo mismo ya había resuelto el asunto (Hechos 11:17). Dios les había dado el mismo don que había dado a los creyentes judíos cuando creyeron en el Señor Jesucristo. Puesto que Dios lo había hecho, Pedro dijo: «¿Quién era yo para oponerme a Dios?». ¿Podía negarles el bautismo en agua a quienes Dios ya había bautizado con el Espíritu Santo? ¿Podía negarles la señal externa a quienes Dios les había dado la realidad interna? ¿Quién era él para oponerse a la voluntad divina o resistir la sabiduría del cielo?
Quienes impiden la conversión de las personas se están oponiendo a Dios. Y también van demasiado lejos quienes intentan excluir de su comunión a personas que Dios ya ha recibido en comunión consigo. La explicación de Pedro los convenció, y el asunto quedó resuelto de buena manera.
Esto se parece al caso de las dos tribus y media, cuando explicaron a Finees y a los líderes de Israel por qué habían construido un altar junto al Jordán. Una vez que se conoció la verdadera razón, la disputa terminó y todos quedaron satisfechos con el resultado (Josué 22:30). Algunas personas mantienen un juicio severo aun después de que se ha demostrado que era equivocado, pero ese no fue el caso aquí.
Estos creyentes, aunque pertenecían al grupo de la circuncisión y naturalmente se inclinaban en la dirección contraria, cambiaron de opinión cuando escucharon los hechos. Primero, dejaron de criticar. Guardaron silencio y ya no hablaron contra lo que Pedro había hecho, porque ahora veían que Dios estaba obrando. Los judíos, que se habían enorgullecido de su posición especial, comenzaron a ver cómo Dios humillaba ese orgullo al hacer que los gentiles fueran incorporados para compartir plenamente con ellos. De esta manera se cumplió la profecía: «Ya no serás arrogante en mi santo monte» (Sofonías 3:11).
Segundo, pasaron de la queja a la alabanza. No se limitaron a dejar de discutir con Pedro. Glorificaron a Dios por lo que había hecho mediante el ministerio de Pedro. Se alegraron de que su error hubiera sido corregido y se regocijaron porque Dios había mostrado más misericordia a los gentiles de la que ellos habían estado dispuestos a mostrar. Dijeron: «Así que también a los gentiles Dios les ha concedido el arrepentimiento que lleva a la vida».
Dios no solo les había dado los medios para arrepentirse, al abrirles una puerta a sus mensajeros, sino también la gracia misma del arrepentimiento, al darles el Espíritu Santo. Cuando el Espíritu viene como Consolador, primero convence a las personas de su pecado y las lleva a sentir tristeza por él; después las dirige a Cristo y les da gozo en él. El verdadero arrepentimiento conduce a la vida. Lleva a la persona a la vida espiritual, y todo el que se arrepiente de verdad lo demuestra al comenzar una vida nueva, santa y apartada para Dios. Quienes mueren al pecado por medio del arrepentimiento comienzan a vivir para Dios, y solo entonces empiezan realmente a vivir.
Todos los que se arrepienten de verdad vivirán. Serán restaurados al favor de Dios, y ese favor es vida, mejor que la vida misma. Recibirán consuelo al tener la seguridad de que sus pecados han sido perdonados, y comenzarán a disfrutar desde ahora la vida eterna, cuya plenitud recibirán después. El arrepentimiento es un don de Dios. No es solamente su gracia gratuita la que lo acepta, sino también su gracia poderosa la que lo produce en nosotros. Él quita el corazón de piedra y nos da un corazón de carne. «El sacrificio que agrada a Dios es un espíritu quebrantado», y él mismo provee ese sacrificio.
Dondequiera que Dios se propone dar vida, también concede arrepentimiento. El arrepentimiento es la preparación necesaria para recibir el consuelo de una conciencia perdonada y una paz firme en este mundo, y para ver y disfrutar de Dios en el mundo venidero. Es un gran consuelo saber que Dios exaltó a su Hijo Jesús no solo para conceder arrepentimiento a Israel y perdón de pecados (Hechos 5:31), sino también a los gentiles.
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De este capítulo
Hechos 11:2
"Cuando Pedro subió a Jerusalén, los de la circuncisión discutieron con él,"
Hechos 11:3
"diciendo: «Entraste en casa de hombres incircuncisos y comiste con ellos»."
Hechos 11:4
"Pero Pedro comenzó desde el principio y les explicó todo en orden, diciendo:"
Hechos 11:5
"Yo estaba orando en la ciudad de Jope y, en un trance, tuve una visión: vi descender cierto recipiente, semejante a una gran sábana que bajaba del cielo sostenida por las cuatro esquinas, y llegó hasta mí."
Hechos 11:6
"Fijé la mirada en él, lo observé y vi cuadrúpedos de la tierra, fieras, reptiles y aves del cielo."
Hechos 11:7
"También oí una voz que me decía: “Levántate, Pedro; mata y come”."
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