Versículo destacado

2 Samuel 12:15 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces Natán se fue a su casa. Y el SEÑOR hirió al niño que la esposa de Urías le había dado a David, y el niño enfermó gravemente. "

2 Samuel 12:15

menu_book El versículo en contexto

13 David le dijo a Natán: «He pecado contra el SEÑOR». Y Natán le dijo a David: También el SEÑOR ha quitado tu pecado; no morirás.

14 Sin embargo, debido a que con este acto has dado a los enemigos del SEÑOR una gran ocasión para blasfemar, el niño que te ha nacido ciertamente morirá.

15 Entonces Natán se fue a su casa. Y el SEÑOR hirió al niño que la esposa de Urías le había dado a David, y el niño enfermó gravemente.

16 David rogó a Dios por el niño; ayunó, entró y pasó toda la noche acostado en el suelo.

17 Los ancianos de su casa se levantaron y fueron adonde estaba él para levantarlo del suelo, pero no quiso ni comió pan con ellos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Después de comunicar su mensaje, Natán no se quedó en la corte. Se fue a su casa, probablemente para orar por David, precisamente por el hombre a quien acababa de advertir. Dios usó a Natán como instrumento para llevar a David al arrepentimiento y como mensajero tanto de misericordia como de juicio. Al hacerlo, Dios honró su ministerio y mostró que el poder de su palabra está por encima de todo.

Más adelante, David llamó Natán a uno de los hijos que tuvo con Betsabé, en honor al profeta (1 Crónicas 3:5). Ese hijo fue antepasado de Cristo, el gran Profeta, por medio de la línea de David (Lucas 3:31). Después de que Natán se fue, David probablemente se apartó para orar y escribió el Salmo 51. Aunque ya le habían dicho que su pecado había sido perdonado, siguió suplicando misericordia y lamentó profundamente su pecado. El verdadero arrepentimiento hace que una persona se avergüence de lo que hizo, aun después de que Dios haya apartado su ira (Ezequiel 16:63).

Entonces el niño enfermó gravemente, porque el SEÑOR lo hirió (2 Samuel 12:15). Es posible que sufriera convulsiones o alguna otra enfermedad terrible. La enfermedad y la muerte de los bebés, que no han pecado de la misma manera deliberada en que pecó Adán, son señales claras del pecado original, es decir, de la condición pecaminosa que las personas heredan desde el nacimiento.

David también se humilló bajo esta señal del desagrado de Dios y oró por la vida del niño (2 Samuel 12:16-17). Ayunó, pasó toda la noche acostado en el suelo y no permitió que nadie lo convenciera de comer o levantarse. Esto mostró que su arrepentimiento era genuino.

En primer lugar, estuvo dispuesto a cargar con la vergüenza de su pecado y a mantenerla delante de sí. Si el niño vivía, siempre le recordaría lo que había hecho, tanto contra sí mismo como contra los demás. Lejos de desear que el niño muriera, como muchos podrían haberlo hecho en esa situación, David oró sinceramente por su vida. Quienes se arrepienten de verdad soportan con paciencia la vergüenza de sus pecados de juventud (Jeremías 31:19).

En segundo lugar, esto mostró un espíritu tierno y compasivo, mucho más allá de lo que normalmente se encuentra en los hombres, especialmente en hombres de guerra, hacia los niños pequeños, incluso cuando son sus propios hijos. Esa ternura era otra señal de un corazón quebrantado y contrito. Quienes se arrepienten de verdad se vuelven más compasivos hacia los demás.

En tercer lugar, David mostró una gran preocupación por el destino eterno del niño, y eso también apunta a su arrepentimiento. Natán le había dicho claramente que el niño moriría. Sin embargo, mientras todavía era posible orar, David siguió pidiéndole misericordia a Dios. Lo más probable es que orara para que el alma del niño estuviera a salvo y fuera bendecida en la vida venidera, y para que su propio pecado no perjudicara al niño allí.

En cuarto lugar, David mostró un temor santo de Dios y de la ira de Dios. Temía la muerte del niño principalmente porque era una señal del desagrado de Dios contra él y contra su casa, y porque cumpliría la advertencia que Dios había dado. Por eso oró con tanta insistencia: si esa era la voluntad de Dios, que el niño viviera, porque eso demostraría que Dios se había reconciliado con él. «SEÑOR, no me reprendas en tu ira» (Salmo 6:1).

El niño murió al séptimo día, cuando tenía siete días de nacido, antes de ser circuncidado, que era la señal del pacto (2 Samuel 12:18). David pudo haber tomado esto como otra señal del desagrado de Dios, puesto que el niño murió antes de recibir la señal del pacto. Aun así, David no dudó de que el niño estaba a salvo, porque los beneficios salvadores de Dios no dependen de las señales externas.

Los siervos de David tenían miedo de decirle que el niño había muerto, porque pensaban que quedaría completamente destrozado por el dolor. Lo juzgaron según lo que ellos mismos habrían sentido y supusieron que entonces estaría más afligido. Por eso David no se enteró de la muerte del niño sino hasta que les preguntó directamente (2 Samuel 12:19).

Cuando David supo que el niño había muerto, mostró una calma y un dominio propio extraordinarios. Dejó de guardar luto, se lavó, se ungió y se puso ropa limpia para poder presentarse debidamente delante de Dios en su casa. Luego fue al tabernáculo y adoró, tal como Job lo hizo después de enterarse de la muerte de sus hijos. Acudió para reconocer la mano de Dios en el sufrimiento, humillarse bajo él y someterse a la santa voluntad de Dios. También agradeció que él mismo hubiera sido perdonado y se le hubiera perdonado la vida, y oró para que Dios no siguiera enojado con él. Si alguien está afligido, que ore. El llanto nunca debería impedirnos adorar.

Después, volvió a su casa y se alimentó, encontrando verdadera ayuda en su fe durante el día de la angustia. Después de adorar, comió y su rostro ya no estaba triste.

A sus siervos les pareció extraño, porque había llorado profundamente mientras el niño estaba enfermo, pero ahora aceptaba su muerte con tanta calma. Le preguntaron por qué (2 Samuel 12:21). David explicó claramente que, mientras el niño estaba vivo, consideraba que era su deber seguir suplicándole misericordia a Dios (2 Samuel 12:22). Natán había dicho que el niño moriría, pero David no sabía si la advertencia era absoluta o condicional, como la advertencia que se dio en los días de Ezequías. Pensó que, mediante una gran humildad y una oración ferviente, Dios todavía podría cambiar la sentencia y perdonar la vida del niño. «¿Quién sabe si el SEÑOR tendrá compasión de mí?». Dios permite que oremos con fervor por dones específicos, confiando en su poder y misericordia, aun cuando no tengamos una promesa especial que reclamar. No podemos estar seguros, pero aun así debemos orar, porque ¿quién sabe si Dios tendrá compasión de nosotros en este asunto? Cuando nuestros familiares y amigos están enfermos, la oración puede hacer grandes cosas. Mientras hay vida, hay esperanza; y mientras hay esperanza, hay lugar para la oración.

Ahora que el niño había muerto, David también creía que era su deber aceptar la decisión de Dios respecto a él (2 Samuel 12:23). Dos pensamientos moderaron su dolor. Primero, no podía hacer que el niño regresara. El niño no volvería a él, y los muertos están fuera del alcance de la oración. Nuestras lágrimas no pueden ayudarlos, ni podemos hacerlos regresar a esta vida por medio de nuestras oraciones o nuestro llanto. Entonces, ¿para qué seguir ayunando? Ya no tendría sentido. Aun así, David sí ayunó y lloró por Jonatán después de su muerte, como una manera de honrarlo.

Segundo, David dijo: «Yo iré a él». En primer lugar, quiso decir que él también iría a la tumba. El pensamiento de nuestra propia muerte debería suavizar nuestro dolor cuando perdemos a familiares. La muerte es el destino de todos. En vez de afligirnos únicamente por ellos, debemos recordar que nosotros también moriremos pronto y seguiremos el mismo camino. Pero también quiso decir que iría al niño en el cielo, a un estado de bienaventuranza al que los creyentes del Antiguo Testamento también miraban, aunque fuera de manera limitada. Los padres piadosos tienen buenas razones para esperar que los bebés que mueren estén bien con Dios en la otra vida, porque la promesa es para los creyentes y para sus hijos, siempre que no le cierren la puerta; y los bebés no hacen eso.

Los favores que ya hemos recibido deberían darnos esperanza de recibir más. Dios llama hijos suyos a quienes nacen de él, y si le pertenecen, los salvará. Esto puede consolarnos cuando la muerte nos arrebata a nuestros hijos. Ellos están mejor cuidados, en su servicio y en su bendición, de lo que podrían haber estado en este mundo, y pronto estaremos con ellos para no volver a separarnos.

A continuación se relata el nacimiento de Salomón. Aunque el matrimonio de David con Betsabé había desagradado al SEÑOR, Dios no le ordenó que se divorciara de ella. De hecho, Dios les dio el hijo por medio del cual continuaría la promesa real. Sin duda, Betsabé estaba profundamente afligida por su pecado y por el desagrado de Dios; pero cuando Dios le devolvió a David el gozo de su salvación, también la consoló con ese mismo consuelo (2 Samuel 12:24). David consoló a Betsabé.

Ambos tenían razones para recibir consuelo por las señales de la bondad de Dios. En primer lugar, Dios les dio un hijo por su providencia, no como el niño anterior, que había sido dado en ira y quitado en medio de la ira, sino un hijo dado por gracia y contado entre los vivos en Jerusalén. Lo llamaron Salomón, que significa «pacífico», porque su nacimiento mostraba que Dios estaba en paz con ellos, por la prosperidad que se le había prometido y porque sería una representación de Cristo, el Príncipe de Paz. Dios les había quitado un hijo, pero ahora les daba otro en su lugar, como Set en lugar de Abel (Génesis 4:25). De esta manera, Dios a menudo equilibra los sufrimientos de su pueblo con consuelos precisamente en el lugar donde lo ha afligido.

David se había sometido tranquilamente a la voluntad de Dios en la muerte del otro niño, y ahora Dios compensó esa pérdida de una manera que resultó ser para su gran bien. La manera de conservar, recuperar o recibir de otra forma nuestros consuelos terrenales es entregárselos de buena gana a Dios. En segundo lugar, Dios reclamó especialmente a este hijo como suyo y le mostró su favor. «El SEÑOR lo amó» (2 Samuel 12:24-25), y por medio del profeta Natán ordenó que se llamara Jedidías, que significa «amado por el SEÑOR».

Aunque era hijo de personas que habían pecado —David y Betsabé—, el pacto estaba dispuesto de tal manera, y la corona quedó establecida por medio de él, que eliminó toda deshonra y cualquier mancha de culpa heredada. Esto muestra que quienes por naturaleza son hijos de ira y desobediencia pueden, mediante el pacto de gracia, no solo recibir perdón, sino también llegar a ser predilectos de Dios. Con este nombre, Salomón también señaló a Jesucristo, aquel bendito Jedidías, el Hijo amado de Dios, de quien Dios dijo una y otra vez: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

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