Versículo destacado

2 Reyes 4:18 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Cuando el niño creció, un día salió para reunirse con su padre, que estaba con los segadores. "

2 Reyes 4:18

menu_book El versículo en contexto

16 Entonces él dijo: «Por este tiempo, conforme al tiempo de la vida, abrazarás a un hijo». Ella respondió: «¡No, señor mío, hombre de Dios! No le mientas a tu sierva».

17 La mujer concibió y dio a luz un hijo por ese tiempo, conforme al tiempo de la vida, tal como Eliseo le había dicho.

18 Cuando el niño creció, un día salió para reunirse con su padre, que estaba con los segadores.

19 Y dijo a su padre: «¡Mi cabeza, mi cabeza!». Su padre dijo a un criado: «Llévalo con su madre».

20 Él lo tomó y lo llevó con su madre. El niño estuvo sentado sobre las rodillas de ella hasta el mediodía, y entonces murió.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Podemos pensar razonablemente que, después del nacimiento de este hijo, el profeta fue aún más bienvenido en la casa de aquella piadosa mujer sunamita. Antes se había sentido en deuda con ella, pero desde entonces, mientras ella viviera, sentiría que le debía todo y que nunca podría hacer lo suficiente por él. También podemos pensar que el niño era muy querido por el profeta, porque era el hijo que Dios le había concedido en respuesta a su oración, y muy querido por sus padres, porque había nacido cuando ya eran ancianos.

Ahora vemos, en primer lugar, la muerte repentina del niño, a pesar de que era tan amado. Ya tenía edad suficiente para salir al campo y visitar a su padre, quien sin duda disfrutaba de su conversación animada y se alegraba más por su hijo que por la cosecha. Pero quizá el frío o el calor del campo venció al niño, que había sido criado con tanto cuidado, y le dijo a su padre que le dolía la cabeza (2 Reyes 4:19). ¿A quién podemos llevar nuestras quejas, si no a nuestro Padre celestial? El Espíritu de adopción, el Espíritu que incorpora a los creyentes a la familia de Dios, los impulsa a acudir a él con todos sus problemas y deseos, y les enseña a clamar con profundos gemidos: «¡Me duele la cabeza; me duele el corazón!».

El padre lo envió a los brazos de su madre. No sospechaba que su enfermedad fuera peligrosa, y esperaba que el niño se quedara dormido en su regazo y despertara bien. Pero la enfermedad resultó ser mortal. El niño murió (2 Reyes 4:20). Por la mañana estaba bien, y al mediodía estaba muerto. Todo el cuidado y la ternura de su madre no pudieron mantenerlo con vida. Un hijo prometido, un hijo pedido en oración y un hijo dado con amor también fue llevado. Los niños pequeños están expuestos a la enfermedad y a la muerte.

Sin embargo, qué hermoso es ver cómo aquella madre sabia y piadosa cuidó sus palabras ante una pérdida tan impactante. No salió de sus labios ni una palabra amarga ni de queja. Ella creyó firmemente que el niño volvería a vivir. Como una verdadera hija de Abraham, tanto por la fe como por su linaje familiar, creyó que Dios podía levantarlo de entre los muertos, porque, en sentido figurado, ella ya lo había recibido de entre los muertos cuando se lo concedió en primer lugar (Hebreos 11:19). Había oído que Elías había resucitado al hijo de la viuda de Sarepta, y sabía que Eliseo tenía sobre él ese mismo Espíritu. Por eso confió tanto en la bondad de Dios que creyó que aquel que tan rápidamente le había quitado lo que le había dado también se lo devolvería. Por esta clase de fe, algunas mujeres recibieron de nuevo a sus muertos mediante la resurrección (Hebreos 11:35). Actuando con esa fe, no hizo planes para el entierro, sino para la resurrección: acostó al niño en la cama del profeta (2 Reyes 4:21), esperando que él la ayudara. ¡Mujer, grande es tu fe! Aquel que se la había dado no permitiría que fuera en vano.

En segundo lugar, la madre afligida fue a buscar al profeta en aquel momento tan doloroso. Por providencia de Dios, él se encontraba en la comunidad de profetas del monte Carmelo, no muy lejos de allí. Primero le pidió permiso a su esposo para ir a ver al profeta, pero no le dijo por qué, pues temía que a él le faltara fe para permitirle ir (2 Reyes 4:22). Él le objetó: «No es luna nueva ni día de descanso» (2 Reyes 4:23). Esto sugiere que en esos días santos ella solía ir con otras personas piadosas a la reunión donde él dirigía el culto, para escuchar la palabra de Dios y participar en las oraciones y alabanzas. Ella no consideraba suficiente recibir ayuda espiritual solo en casa. Aunque era una mujer de posición importante, asistía al culto público, aun cuando aquel no era uno de los días establecidos. Por eso su esposo le preguntó: «¿Por qué vas hoy? ¿Qué sucede?». Ella respondió: «Todo está bien. Más adelante estarás de acuerdo conmigo».

Observemos cómo este esposo y esta esposa mostraban la misma bondad. Ella era tan respetuosa que no quiso irse sin avisarle de su viaje. Él era tan bondadoso que no se lo impidió, aunque ella no le explicó el motivo.

Ella se apresuró todo lo que pudo para llegar hasta el profeta (2 Reyes 4:24). Cuando él la vio a lo lejos, envió a su siervo para preguntarle si todo estaba bien (2 Reyes 4:25-26). Sus preguntas fueron cuidadosas: «¿Estás bien? ¿Está bien tu esposo? ¿Está bien el niño?». A los siervos de Dios les corresponde preguntar con ternura y preocupación por sus amigos y sus familias. Ella solo respondió: «Todo está bien». Giezi no era la persona a quien había ido a contarle su aflicción, así que le dio una respuesta breve. Ella dijo poco, y cuando se dice poco, a menudo es más fácil manejar la situación (Salmo 39:1-2). Sin embargo, incluso esas pocas palabras expresaban paciencia: «Estoy bien yo, está bien mi esposo y está bien el niño». Y, aun así, el niño estaba muerto en casa.

Cuando Dios se lleva mediante la muerte a nuestros seres queridos, nos corresponde decir en silencio: «Todo está bien», tanto por nosotros como por ellos. Está bien porque todo lo que Dios hace es correcto. Está bien por quienes se han ido, si han ido al cielo. Y está bien por quienes permanecemos, si la aflicción nos ayuda a acercarnos más al cielo.

Cuando llegó ante el profeta, le suplicó humildemente por su dolor. Llena de angustia, cayó a sus pies; no había mostrado su aflicción hasta llegar ante aquel en quien creía que podía ayudarla (2 Reyes 4:27). Ella sabía cuándo dejar que su dolor se manifestara y cuándo contenerlo. Giezi sabía que su amo no querría verla tendida a sus pies, así que quiso levantarla. Pero Eliseo esperó para escucharla, pues todavía no sabía por parte de Dios qué había causado su angustia. Dios les revela las cosas a sus profetas como él quiere, y no siempre cuando ellos lo desean.

Sus palabras estaban llenas de emoción. Le habló al profeta de lo poco que había deseado aquel favor antes de que le fuera quitado: «¿Acaso le pedí yo un hijo a mi señor? No; tú sabes que no. Fue tu propia promesa, no una petición mía. Yo no anhelé un hijo como Ana ni clamé como Raquel: “Dame hijos, o moriré”». Cuando se nos quita algún consuelo terrenal, es bueno que la gracia nos permita decir que nunca nos aferramos demasiado a él. Si lo hicimos, debemos temer que haya sido dado en enojo y quitado también en enojo.

También habló de su completa confianza en la palabra del profeta: «¿Acaso no te dije: “No me engañes”?». En verdad, eso le había dicho antes (2 Reyes 4:16). Estas palabras pueden entenderse de dos maneras. Es posible que se sintiera tentada a pensar que el profeta la había engañado y que aquella misericordia, quitada tan rápidamente, se había burlado de ella. Tal vez pensaba que habría sido mejor no haber tenido nunca al niño que haberlo perdido justo cuando comenzaba a disfrutar de él. No debemos permitir que la pérdida de una bendición nos haga tomar a la ligera el regalo mismo.

O quizá usó esas palabras para suplicar por la vida del niño: «Yo te dije: “No me engañes”, y sé que no lo harás». Sean cuales sean las decepciones que lleguen por medio de la providencia, podemos estar seguros de que la promesa de Dios nunca nos engaña ni lo hará jamás. La esperanza puesta en esa promesa nunca terminará en vergüenza.

En tercer lugar, llegamos a la resurrección del niño.

Podemos suponer que la mujer le dio a Eliseo un relato más completo de la muerte de su hijo y que él le dio una promesa más clara de que el niño volvería a vivir de lo que se registra brevemente aquí. En este pasaje solo se nos dice que Eliseo envió a Giezi con gran rapidez hacia el niño muerto, le dio su bastón y le ordenó colocarlo sobre el rostro del niño (2 Reyes 4:29). No sé exactamente cómo debemos entender esto. Eliseo sabía que Elías había resucitado a un niño muerto mediante una acción muy cercana: se había tendido sobre el niño y había orado una y otra vez. Entonces, ¿podía realmente esperar resucitar a este niño por medio de una acción tan sencilla, especialmente cuando nada le impedía ir él mismo? ¿Podía entregarse tal poder a Giezi, y precisamente a un hombre que no era mejor que él?

El obispo Hall sugiere que Eliseo actuó basándose en un razonamiento humano y no bajo la dirección directa de Dios, y que por eso no funcionó. Dios no permite que los grandes dones sean tratados con demasiada ligereza; tampoco los concede con demasiada facilidad, porque de lo contrario la gente los tendría en poco. La mujer se negó a regresar sin el profeta mismo (2 Reyes 4:30): «No te dejaré». Tenía poca esperanza en el bastón. Quería la presencia del profeta, y en eso tenía razón. Tal vez Dios quería enseñarnos que no debemos depositar en sus siervos la confianza que pertenece únicamente al poder del Creador, que es su Señor y también el nuestro.

Giezi regresó sin éxito y sin ninguna señal de vida en el niño (2 Reyes 4:31). Dijo: «El niño no ha despertado». Esa palabra consoló a la madre, porque sugería que la muerte del niño era solo un sueño y que él esperaba que pronto despertara. Al dar vida nueva a las almas muertas espiritualmente, los ministros no pueden hacer más con sus propias fuerzas de lo que Giezi pudo hacer aquí. Ponen la palabra delante de las personas, como el bastón del profeta, pero no hay respuesta hasta que Cristo viene en persona por medio de su Espíritu. La ley escrita por sí sola produce muerte, pero el Espíritu da vida. Predicarles a huesos secos no hará que vivan, a menos que el aliento venga del cielo y sople sobre los muertos.

Entonces el profeta obtuvo de Dios, mediante una oración ferviente, que aquel niño muerto volviera a vivir. Encontró al niño muerto sobre su propia cama (2 Reyes 4:32) y cerró la puerta, quedándose solos los dos (2 Reyes 4:33). Aun en la muerte, se habla del niño como uno de los dos, porque seguía existiendo y no estaba perdido. Eliseo dejó afuera a todos los demás para que no pareciera que se jactaba del poder que Dios le había dado ni que lo usaba para exhibirse delante de la gente.

Observa cuán completamente se entregó el profeta a esta gran tarea. Tal vez sintió que había intentado hacer demasiado al enviarlo con el bastón en la mano de Giezi, y que aquel intento fallido era una reprensión. Ahora comprendía que la tarea era más difícil de lo que había pensado al principio, así que se acercó a ella con gran seriedad. Oró al Señor (2 Reyes 4:33), probablemente como lo había hecho Elías, pidiendo que el alma del niño regresara. Cristo resucitó a los muertos con autoridad, diciendo: «Niña, levántate», «Joven, yo te digo: levántate» y «Lázaro, sal fuera», porque es poderoso y fiel como el Hijo, el Señor de la vida. Pero Elías y Eliseo lo hicieron pidiendo, como siervos.

Después Eliseo se tendió sobre el niño (2 Reyes 4:34), como si pudiera transmitirle algo de su propio calor o vida. De esta manera mostró cuánto deseaba que el niño se recuperara y dio una señal del poder divino en el que estaba confiando. Primero puso su boca sobre la boca del niño, como si, en el nombre de Dios, fuera a soplar en él el aliento de vida. Luego puso sus ojos sobre los ojos del niño, para que volvieran a abrirse a la luz de la vida; después, sus manos sobre las manos del niño, para devolverles la fuerza. Luego se apartó, caminó de un lado a otro por la casa, lleno de preocupación y completamente concentrado en lo que estaba haciendo.

Después volvió a subir y se tendió sobre el niño por segunda vez (2 Reyes 4:35). Quienes desean ayudar a llevar vida espiritual a almas muertas deben conmoverse de esta manera ante su necesidad, adaptarse a su situación y orar fervientemente por ellas. La obra se realizó paso a paso. Al primer contacto, la carne del niño se calentó (2 Reyes 4:34), lo cual le dio al profeta motivos para seguir orando sin rendirse. Después de un rato, el niño estornudó siete veces, señal no solo de que había vida, sino de que había recuperado plenamente sus fuerzas.

Algunos han dicho que una antigua tradición afirma que, cuando Dios sopló aliento de vida en Adán, la primera señal de que estaba vivo fue que estornudó, y que esto dio origen a la costumbre de mostrar respeto a quienes estornudan. Otros han observado que estornudar despeja la cabeza, precisamente la parte del cuerpo afectada en la enfermedad de este niño. Finalmente, llevaron al niño vivo de regreso a su madre (2 Reyes 4:36, 2 Reyes 4:37), y todos los que estaban allí recibieron gran consuelo (Hechos 20:12). Observa el poder de Dios, que da muerte y vuelve a dar vida. Observa el poder de la oración, que, así como tiene la llave de las nubes, también tiene la llave de la muerte. Observa el poder de la fe: incluso la ley invariable de la naturaleza —que la muerte es un camino sin regreso— cederá antes que permitir que esta mujer sunamita, que creyó, quedara decepcionada.

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