Versículo destacado
2 Reyes 17:7 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Esto sucedió porque los hijos de Israel habían pecado contra el SEÑOR su Dios, quien los había sacado de la tierra de Egipto, de debajo de la mano del faraón, rey de Egipto, y habían temido a otros dioses. "
2 Reyes 17:7
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
5 Entonces el rey de Asiria recorrió toda la tierra, subió a Samaria y la sitió durante tres años.
6 En el noveno año de Oseas, el rey de Asiria tomó Samaria, deportó a Israel a Asiria y los estableció en Halah, en Habor junto al río Gozán y en las ciudades de los medos.
7 Esto sucedió porque los hijos de Israel habían pecado contra el SEÑOR su Dios, quien los había sacado de la tierra de Egipto, de debajo de la mano del faraón, rey de Egipto, y habían temido a otros dioses.
8 También siguieron los estatutos de las naciones que el SEÑOR había expulsado de delante de los hijos de Israel, y los estatutos que los reyes de Israel habían establecido.
9 Los hijos de Israel hicieron en secreto cosas que no eran rectas contra el SEÑOR su Dios, y se construyeron lugares altos en todas sus ciudades, desde la torre de los vigilantes hasta la ciudad fortificada.
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Aunque la caída del reino de las diez tribus se relata brevemente, aquí el historiador la explica con detalle y señala su verdadera causa. No la atribuye únicamente a razones humanas, como la debilidad de Israel, el mal liderazgo o el creciente poder de Asiria. Señala la causa primera: el Señor mismo. Fue el Señor quien apartó a Israel de su presencia, aunque Asiria fue el instrumento. Aquella destrucción procedía del Todopoderoso; Asiria solo era la vara de su ira (Isaías 10:5).
Fue el Señor quien rechazó al pueblo de Israel; de otro modo, sus enemigos nunca habrían podido derrotarlo (2 Reyes 17:20). ¿Quién entregó a Jacob como botín y a Israel en manos de saqueadores? ¿Acaso no fue el Señor? (Isaías 43:24). Perdemos la enseñanza de los juicios nacionales si no vemos la mano de Dios en ellos ni observamos cómo se cumple la Escritura. El escritor afirma cuidadosamente que el Señor apartó a Israel de su favor y de su propia tierra, tal como lo había advertido por medio de todos sus siervos los profetas (2 Reyes 17:23). El cielo y la tierra pasarían antes que dejara de cumplirse una sola palabra de Dios.
Cuando comparamos la palabra de Dios con sus obras, descubrimos que no solo están de acuerdo, sino que también se explican mutuamente. Pero ¿por qué destruiría Dios a un pueblo que él mismo había levantado mediante milagros y establecido por su propia palabra? ¿Fue solamente un acto de poder absoluto? No; fue un acto de justo juicio. Ellos lo provocaron con su pecado. Su ruina fue consecuencia de sus propios malos caminos, y su propia maldad los corrigió.
El historiador explica esto cuidadosamente para dejar claro que Dios no les hizo ninguna injusticia y para que otros escuchen y teman. Debemos ver qué causó su ruina y destruyó su honor. Fue el pecado, y nada más, lo que los separó de Dios. Aquí se expone de manera muy conmovedora la causa de la desolación de Israel.
En primer lugar, el escritor muestra lo que Dios había hecho por Israel para conducirlo a un servicio fiel. Dios les dio libertad. Los sacó de debajo del poder del faraón, el rey de Egipto, que los oprimía. Los tomó como su propio pueblo, como un padre toma a su hijo, y los liberó mediante su gran poder. Puesto que él había roto sus cadenas, ellos le debían gratitud y obediencia. El Dios que los rescató de Egipto no los habría entregado al rey de Asiria si no hubiera sido por su pecado.
En segundo lugar, Dios les dio su ley y gobernó sobre ellos como su Rey. Vivían directamente bajo el gobierno de Dios. Por eso no podían alegar ignorancia acerca del bien y del mal, pues Dios les había advertido claramente que no cometieran precisamente los pecados de los que ahora los acusa, especialmente que no vivieran como las naciones que los rodeaban (2 Reyes 17:15). Tampoco tenían motivos para cuestionar su deber, porque se trataba de los mandamientos y estatutos del Señor su Dios (2 Reyes 17:13). No quedaba lugar para discutir si debían obedecerlos. Dios no había tratado así con las demás naciones (Salmo 147:19-20).
En tercer lugar, Dios les dio su tierra. Expulsó delante de ellos a las naciones (2 Reyes 17:8) para hacerles lugar a los israelitas. Aquellas naciones habían sido expulsadas por su adoración a los ídolos, y eso debió haberle advertido a Israel que no siguiera su ejemplo.
Luego el historiador pasa a lo que Israel hizo contra Dios, a pesar de todas estas obligaciones. En general, pecaron contra el Señor su Dios (2 Reyes 17:7). Hicieron lo malo (2 Reyes 17:9), y lo hicieron en secreto. Estaban tan entregados a sus prácticas pecaminosas que, cuando no podían realizarlas abiertamente, las practicaban en privado, ya fuera por vergüenza o por temor. Esto demostraba una incredulidad práctica, como si pensaran que los actos ocultos quedaban fuera de la vista de Dios y no serían juzgados.
También hicieron lo malo desafiando abiertamente la ley de Dios, como si quisieran provocar la ira del Señor (2 Reyes 17:11). Rechazaron los estatutos de Dios y su pacto (2 Reyes 17:15). No quisieron someterse ni a sus mandamientos ni al acuerdo que ellos mismos habían aceptado. Puesto que desecharon ambas cosas, Dios también los rechazó con justicia (2 Reyes 17:20). Abandonaron todos los mandamientos del Señor su Dios (2 Reyes 17:16), dejando el camino y la conducta que esos mandamientos les señalaban. Al final, se entregaron por completo a hacer lo malo delante del Señor, como esclavos vendidos para servir al pecado. Al aferrarse al pecado, endurecieron tanto su corazón que, moralmente, ya no querían arrepentirse ni cambiar.
Más específicamente, el pecado que se menciona aquí es la idolatría. Sin duda, eran culpables de muchos pecados morales y quebrantaban todos los mandamientos relacionados con la manera en que las personas deben tratarse unas a otras. Sin embargo, el escritor menciona solamente su idolatría porque ese era el pecado que más fácilmente los atrapaba y que más profundamente ofendía a Dios. Era adulterio espiritual, una ruptura de su pacto con Dios, y abrió la puerta a toda clase de maldad. Por eso se repite una y otra vez como el pecado que los destruyó.
Temieron a otros dioses (2 Reyes 17:7); es decir, los adoraron y les rindieron honor como si esos dioses tuvieran verdadero poder para castigarlos. Siguieron las costumbres de las naciones, que eran contrarias a los mandamientos de Dios (2 Reyes 17:8), e hicieron lo mismo que los pueblos paganos (2 Reyes 17:11). Imitaron a las naciones que los rodeaban (2 Reyes 17:15), abandonando el llamado especial que debía distinguirlos. Los que habían sido instruidos por Dios fueron a aprender de las naciones que vivían en oscuridad.
También siguieron las prácticas de los reyes idólatras de Israel (2 Reyes 17:8) y todos los pecados de Jeroboam, el primer rey del reino del norte (2 Reyes 17:22). Cuando sus reyes se atribuyeron el derecho de cambiar la adoración a Dios y añadir sus propias instituciones, el pueblo se sometió. Parecía pensar que el mandato de sus gobernantes podía justificar la desobediencia al mandato de Dios.
Construyeron lugares altos en todas sus ciudades (2 Reyes 17:9). Aunque solo hubiera una torre de vigilancia en el campo o una choza de pastor, la dedicaban a un lugar alto con un altar. Si se trataba de una ciudad fortificada, añadían esta falsa adoración como otra forma de defensa.
Después de abandonar el único lugar escogido por Dios, no dejaron de construir lugares altos. Allí, cada persona seguía sus propias ideas y adoraba al dios que quería. De esta manera, trataron las cosas sagradas como si fueran comunes, y sus altares llegaron a ser como montones de piedras en los surcos de un campo (Oseas 12:11).
También levantaron imágenes y postes sagrados, o quizá ídolos de madera, según el posible significado de la palabra hebrea. Otros piensan que se refiere a imágenes de Astoret, una diosa falsa. En cualquiera de los dos casos, esto iba en contra del segundo mandamiento (2 Reyes 17:10). Sirvieron a los ídolos (2 Reyes 17:12), obras de sus propias manos e invenciones de su propia mente, aunque Dios les había advertido con toda claridad que no hicieran eso.
Quemaron incienso en todos los lugares altos para honrar a dioses extraños, y al hacerlo deshonraron al Dios verdadero (2 Reyes 17:11). Siguieron lo vacío. Los ídolos son llamados vacíos porque no pueden hacer ni bien ni mal, y porque son las cosas más inútiles que se puedan imaginar. Quienes los adoran llegan a ser como ellos: vacíos e inútiles también (2 Reyes 17:16). Su adoración era necia y degradante, y convirtió en vacío todo su modo de vivir.
Además de las imágenes talladas y fundidas, incluidos los dos becerros, adoraron a todo el ejército del cielo, es decir, al sol, la luna y las estrellas. El pasaje no se refiere a los ángeles, pues ya habían caído tan bajo que ni siquiera pensaban en algo tan elevado. También sirvieron a Baal, el dios falso que adoraban las naciones, a menudo por medio de figuras heroicas a las que convertían en dioses (2 Reyes 17:16).
Hicieron pasar a sus hijos por el fuego como señal de que los entregaban a sus ídolos. También practicaron la adivinación y los encantamientos, con la esperanza de recibir dirección de los dioses que adoraban. De ese modo, dejaron de confiar en Dios y buscaron respuestas en prácticas oscuras y prohibidas.
Dios no los dejó sin advertencia. Habló contra ellos y les mostró su pecado por medio de todos los profetas y videntes —así llamaban entonces a los profetas—, y los exhortó a apartarse de sus malos caminos (2 Reyes 17:13). Leemos acerca de profetas durante el reinado de un rey tras otro. Aunque habían abandonado a la familia sacerdotal de Dios, él no los dejó sin profetas, quienes continuaron enseñándoles a conocer al Señor. Pero todo eso fue inútil para ellos (2 Reyes 17:14).
No quisieron escuchar. Al contrario, se volvieron tercos y siguieron con su adoración a los ídolos. Fueron como sus antepasados, que no quisieron someterse al yugo de Dios porque no le creyeron ni confiaron en sus promesas. Esto apunta, al menos en parte, a sus antepasados en el desierto. La misma incredulidad que impidió que aquella generación entrara en Canaán ahora estaba expulsando también a este pueblo de su tierra.
Entonces Dios los castigó por su pecado. Estaba muy enojado con ellos (2 Reyes 17:18), porque, en cuanto a la adoración, es un Dios celoso y se siente profundamente ofendido cuando las personas dan a las criaturas el honor que le pertenece solamente a él. Los afligió y los entregó en manos de saqueadores (2 Reyes 17:20), durante la época de los jueces, de Saúl y de muchos de sus reyes posteriores, con la esperanza de que esos juicios los hicieran reaccionar y los llevaran a cambiar. Pero cuando la corrección no logró que abandonaran su necedad, Dios primero apartó a Israel de la casa de David, bajo cuyo gobierno podrían haber sido felices.
Esa división debilitó a Judá y también corrompió a Israel, porque hicieron rey a un hombre que los alejó de seguir al SEÑOR y los llevó a cometer un gran pecado (2 Reyes 17:21). Este fue un juicio nacional y el resultado de su anterior adoración a los ídolos. Finalmente, Dios los quitó por completo de su presencia (2 Reyes 17:18, 2 Reyes 17:23), sin dejarles esperanza de regresar del cautiverio.
En medio de todo esto también hay una acusación contra Judá (2 Reyes 17:19). Judá tampoco obedeció los mandamientos de Dios. Todavía no era tan corrupto como Israel, pero siguió sus caminos. Eso hizo aún más grave el pecado de Israel, porque extendió su maldad a Judá (Ezequiel 23:11). Quienes introducen el pecado en una nación o en una familia traen problemas consigo y tendrán que responder por todo el daño que resulte.
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De este capítulo
2 Reyes 17:1
"En el año duodécimo de Acaz, rey de Judá, Oseas hijo de Ela comenzó a reinar en Samaria sobre Israel, y reinó nueve años."
2 Reyes 17:2
"Hizo lo malo ante los ojos del SEÑOR, aunque no como los reyes de Israel que habían reinado antes de él."
2 Reyes 17:3
"Salmanasar, rey de Asiria, subió contra él; y Oseas se convirtió en su siervo y le daba tributo."
2 Reyes 17:4
"El rey de Asiria descubrió una conspiración en Oseas, porque este había enviado mensajeros a So, rey de Egipto, y no había llevado tributo al rey de Asiria como hacía año tras año. Por eso, el rey de Asiria lo encerró y lo mantuvo atado en prisión."
2 Reyes 17:5
"Entonces el rey de Asiria recorrió toda la tierra, subió a Samaria y la sitió durante tres años."
2 Reyes 17:6
"En el noveno año de Oseas, el rey de Asiria tomó Samaria, deportó a Israel a Asiria y los estableció en Halah, en Habor junto al río Gozán y en las ciudades de los medos."
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