Versículo destacado
2 Reyes 10:15 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Después de partir de allí, se encontró con Jonadab hijo de Recab, que venía a su encuentro. Lo saludó y le preguntó: «¿Es recto tu corazón, como mi corazón lo es con tu corazón?». Jonadab respondió: «Lo es». «Si lo es, dame tu mano». Él le dio la mano, y Jehú lo hizo subir consigo al carro. "
2 Reyes 10:15
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
13 Jehú se encontró con los hermanos de Ocozías, rey de Judá, y les preguntó: «¿Quiénes son ustedes?». Ellos respondieron: «Somos los hermanos de Ocozías y bajamos a saludar a los hijos del rey y a los hijos de la reina».
14 Él ordenó: «Captúrenlos vivos». Los capturaron vivos y los mataron junto al pozo de la casa del esquileo: cuarenta y dos hombres. No dejó a ninguno de ellos.
15 Después de partir de allí, se encontró con Jonadab hijo de Recab, que venía a su encuentro. Lo saludó y le preguntó: «¿Es recto tu corazón, como mi corazón lo es con tu corazón?». Jonadab respondió: «Lo es». «Si lo es, dame tu mano». Él le dio la mano, y Jehú lo hizo subir consigo al carro.
16 Entonces dijo: «Ven conmigo y observa mi celo por el SEÑOR». Así lo hicieron subir en su carro.
17 Cuando llegó a Samaria, mató a todos los que le quedaban a Acab en Samaria, hasta destruirlo, conforme a la palabra que el SEÑOR había dicho a Elías.
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Jehú siguió adelante con su labor. En 2 Reyes 10:15-16 buscó la amistad de un hombre bueno, Jonadab hijo de Recab. Jonadab estaba profundamente separado del mundo y tenía poco que ver con los asuntos públicos, como lo demuestra el mandato que dio a sus descendientes. Trescientos años después, ellos todavía lo obedecían fielmente: se abstenían del vino y se negaban a vivir en ciudades (Jeremías 35:6 y siguientes). Aun así, cuando llegó este momento, Jonadab salió al encuentro de Jehú para animarlo en la obra que Dios le había encomendado.
Los gobernantes sabios deben valorar la aprobación de las personas piadosas. David oró: «Que se vuelvan a mí los que te temen» (Salmo 119:79). Jonadab no era profeta, sacerdote, levita, príncipe ni gobernante, pero probablemente era conocido por su sabiduría y devoción. Vivía con abnegación y una piedad profunda. Aunque Jehú era un soldado, lo conocía y lo honraba. Jehú no había planeado llevarlo consigo, pero cuando se encontraron, se detuvo a hablar con él, aunque quizá todavía conducía con la misma velocidad impetuosa de antes.
Jehú lo saludó y lo bendijo, demostrando el respeto y la buena voluntad que merecía un ejemplo tan firme de piedad sincera. Entonces Jonadab dejó claro que estaba del lado de Jehú y que deseaba que su causa triunfara. Jehú le preguntó: «¿Es recto tu corazón, como mi corazón lo es con tu corazón?». Esta es una pregunta que deberíamos hacernos con frecuencia. Podemos dar una buena impresión exterior e incluso obtener una reputación favorable, pero ¿es realmente recto nuestro corazón? ¿Somos sinceros delante de Dios?
Jonadab respondió: «Lo es». Le dio la mano a Jehú como señal de acuerdo y lealtad, una manera de comprometerse a apoyarlo (2 Crónicas 30:8). Se unió a Jehú y respaldó la obra de juicio y reforma que este estaba llevando a cabo. Entonces Jehú lo hizo subir a su carro y lo llevó consigo a Samaria. Esto fue un honor para Jonadab, que no estaba acostumbrado a viajar en un carro, mucho menos en uno junto a un rey. Sin embargo, Jehú también recibió honra, porque la presencia de Jonadab hacía que su obra pareciera más seria y respetable ante las personas sensatas.
Con frecuencia, la devoción de las personas piadosas se utiliza para apoyar los planes de otros, y los hombres astutos adquieren fuerza al atraer a personas buenas a su lado. Jonadab no era un hombre de artimañas mundanas. Vivía con sencillez y sinceridad piadosa. Por eso, si Jehú realmente era siervo del Señor y enemigo de Baal, Jonadab naturalmente sería su amigo fiel. Jehú dijo: «Ven conmigo y verás mi celo por el Señor». Así, Jonadab vería lo suficiente para apoyar su causa. A menudo se considera que estas palabras muestran una debilidad de Jehú, porque podrían indicar que su corazón no estaba completamente recto delante de Dios.
Jehú se jactaba de su celo y hablaba como si Dios y el pueblo le debieran grandes agradecimientos por él. También quería que su celo fuera visto y reconocido, como los fariseos que hacían sus obras para que otros las vieran. Un corazón sincero se conforma con la aprobación de Dios y no pide nada más. Si buscamos la alabanza humana y la convertimos en nuestra meta principal, estamos edificando sobre un fundamento equivocado. No podemos afirmar si Jehú veía algo más allá de eso. Sin embargo, Jonadab fue con él y probablemente lo ayudó y animó mientras Jehú cumplía el resto de su comisión: destruir a todos los amigos de Acab en Samaria. Una persona puede odiar la crueldad y aun así amar la justicia. Puede no tener sed de sangre y, sin embargo, en una causa justa, lavar sus pies en la sangre de los malvados (Salmo 58:10).
Jehú también planeó la destrucción de todos los adoradores de Baal. La adoración de Baal era el gran pecado de la casa de Acab. La principal fuente de esa idolatría había sido eliminada, pero muchos todavía permanecían contaminados por ella. También corrían el peligro de llevar a otros por el mal camino. La ley de Dios establecía claramente que esas personas debían morir. Pero eran tantos y estaban dispersos por todo el reino —y quizá alarmados por las acciones anteriores de Jehú— que habría sido muy difícil encontrarlos y eliminarlos uno por uno.
Por eso, Jehú escogió otro camino. Mediante un engaño y un plan falso, reunió a todos en el templo de Baal. Afirmó que adoraría a Baal incluso más de lo que lo había hecho Acab (2 Reyes 10:18). Tal vez lo dijo con ironía o para probar si el pueblo se opondría a semejante plan. Pero parece más probable que lo dijera para engañar a los adoradores de Baal. Si fue así, no puede justificarse. La verdad de Dios no necesita la mentira humana.
Después envió una proclamación para convocar a todos los adoradores de Baal a reunirse para ofrecerle un sacrificio (2 Reyes 10:19-20). Esto incluía no solo a los profetas y sacerdotes, sino a todos en el reino que adoraban a Baal. No eran ni de lejos tantos como en los días de Elías. Podemos suponer que los propios amigos de Jehú entendían lo que él quería decir y no se preocupaban por ello. Pero los adoradores endurecidos de Baal pensaron que estaban a punto de volver a disfrutar de tiempos mejores.
Joram, rey de Israel, había quitado la imagen de Baal (2 Reyes 3:2). Si Jehú la restauraba, ellos obtendrían lo que querían. Así que acudieron con entusiasmo desde todas partes a Samaria para la celebración. Se alegraron al ver lleno el templo de Baal (2 Reyes 10:21), a sus sacerdotes vestidos con sus ropas especiales (2 Reyes 10:22) y quizá a ellos mismos llevando distintivos que mostraban su relación con Baal. Había vestiduras especiales para todos los que lo adoraban.
Jehú también se aseguró de que ninguno de los siervos del Señor estuviera entre ellos (2 Reyes 10:23). Probablemente los adoradores de Baal pensaron que así evitarían que los forasteros contaminaran su culto. Pero resulta extraño que no vieran la trampa hacia la que caminaban. No sorprende que quienes se dejan engañar por Baal —como todos los idólatras son engañados por sus ídolos— también fueran engañados por Jehú para su propia ruina.
Entonces Jehú ordenó que todos fueran asesinados, y Jonadab se unió a él en eso.
Después de hacer una búsqueda cuidadosa para que ningún siervo de Dios estuviera entre ellos, ya fuera por accidente o por curiosidad, y para que no hubiera trigo mezclado con aquella cizaña, colocaron a ochenta hombres en cada entrada del templo de Baal, de modo que nadie pudiera escapar (2 Reyes 10:24). Luego los guardias entraron y mataron a todos a espada, mezclando su sangre con sus sacrificios. Fue un juicio justo, porque en su falso culto ellos habían hecho algo parecido: se cortaban con cuchillos y espadas afiladas hasta que la sangre les brotaba en abundancia (1 Reyes 18:28). Aunque aquello parecía salvaje, a la luz de su gran culpa fue verdaderamente justo. El Señor, cuyo nombre es Celoso, es un Dios celoso.
4. Después de que los idólatras fueron destruidos, la idolatría misma fue eliminada por completo. Derribaron los edificios que rodeaban el templo de Baal, tan grandes y espaciosos que aquí se les llama una ciudad. Eran las viviendas de los sacerdotes de Baal y sus familias. Sacaron y quemaron todas las imágenes pequeñas, estatuas, pinturas y santuarios que adornaban el templo de Baal, junto con la gran imagen del propio Baal (2 Reyes 10:26-27). Después destruyeron el templo de Baal y lo convirtieron en un montón de basura, el lugar común donde se arrojaban los desperdicios de la ciudad, para que su memoria fuera borrada o quedara cubierta de vergüenza.
De esta manera, la adoración de Baal fue destruida por completo, al menos por un tiempo, en Israel. Tiempo atrás se había extendido tanto que, entre los miles de israelitas, solo 7,000 no habían doblado la rodilla ante Baal, y aun ellos permanecían ocultos. Así también Dios destruirá a todos los dioses de las naciones y, al final, los derrotará por completo.
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De este capítulo
2 Reyes 10:1
"Acab tenía setenta hijos en Samaria. Jehú escribió cartas y las envió a Samaria, a los gobernantes de Jezreel, a los ancianos y a quienes criaban a los hijos de Acab. Decían:"
2 Reyes 10:2
"En cuanto les llegue esta carta, puesto que tienen con ustedes a los hijos de su señor, y también tienen carros, caballos, una ciudad fortificada y armas,"
2 Reyes 10:3
"elijan al mejor y más apto de los hijos de su señor, pónganlo en el trono de su padre y luchen por la casa de su señor."
2 Reyes 10:4
"Pero ellos tuvieron muchísimo miedo y dijeron: «Miren, dos reyes no pudieron resistir ante él. ¿Cómo podremos resistir nosotros?»."
2 Reyes 10:5
"Entonces el encargado del palacio, el encargado de la ciudad, los ancianos y quienes criaban a los hijos enviaron este mensaje a Jehú: «Somos tus siervos y haremos todo lo que nos ordenes. No proclamaremos rey a nadie. Haz lo que te parezca bien»."
2 Reyes 10:6
"Entonces él les escribió una segunda carta que decía: «Si están de mi parte y están dispuestos a escuchar mi voz, tomen las cabezas de los hombres, los hijos de su señor, y vengan a mí a Jezreel mañana a esta hora». Los hijos del rey, que eran setenta personas, estaban con los grandes de la ciudad que los criaban."
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