Versículo destacado
2 Corintios 2:12 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Además, cuando llegué a Troas para predicar el evangelio de Cristo y el Señor me abrió una puerta, "
2 Corintios 2:12
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
10 A quien ustedes perdonen algo, yo también lo perdono; porque si algo he perdonado, a quien se lo haya perdonado, lo hice por causa de ustedes, en la persona de Cristo,
11 para que Satanás no se aproveche de nosotros, pues no ignoramos sus maquinaciones.
12 Además, cuando llegué a Troas para predicar el evangelio de Cristo y el Señor me abrió una puerta,
13 no tuve descanso en mi espíritu porque no encontré a Tito, mi hermano; pero, después de despedirme de ellos, partí de allí hacia Macedonia.
14 Pero gracias sean dadas a Dios, quien siempre nos hace triunfar en Cristo y, por medio de nosotros, manifiesta en todo lugar el aroma de su conocimiento.
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Después de terminar sus instrucciones acerca del hombre que había sido expulsado de la iglesia, el apóstol hace una larga digresión. Comienza a describir sus viajes y labores para la expansión del evangelio, así como cuánto le preocupaba la situación de los corintios. Dice que no tuvo descanso en su espíritu cuando no encontró a Tito en Troas, como esperaba (2 Corintios 2:13), porque Tito le habría dado un informe más completo acerca de ellos. Más adelante, cuando Pablo llegó a Macedonia, se sintió consolado por la llegada de Tito y por las noticias que este le llevó acerca de ellos (2 Corintios 7:5-7). Por eso, podemos leer desde este versículo, 2 Corintios 2:12, hasta 2 Corintios 7:5 como una especie de paréntesis.
Pablo era incansable en su trabajo. Viajaba de un lugar a otro para predicar el evangelio. Llegó a Troas por mar desde Filipos (Hechos 20:6), y de allí siguió hacia Macedonia. Esto significó que no pudo detenerse en Corinto como había planeado (2 Corintios 1:16). Aunque sus planes sobre dónde trabajar se vieron interrumpidos, no se cansó de la obra misma.
También tuvo buenos resultados en su labor. El Señor le abrió una gran puerta (2 Corintios 2:12). Dondequiera que iba, tenía mucho que hacer, y Dios produjo buenos frutos por medio de sus esfuerzos. Dios hizo que el conocimiento de Cristo se difundiera por medio de él en todo lugar. Pablo tuvo la oportunidad de hablar con libertad, y Dios abrió el corazón de quienes escuchaban, así como abrió el corazón de Lidia (Hechos 16:14). Pablo habla de esto como algo que producía acción de gracias a Dios y alegría en su propia alma: «Demos gracias a Dios, que siempre nos lleva en triunfo en Cristo».
Aquí vale la pena observar varias cosas. El triunfo del creyente siempre está en Cristo. En nosotros mismos somos débiles y no tenemos verdadero gozo ni victoria, pero en Cristo podemos regocijarnos y triunfar. Los verdaderos creyentes siempre tienen razones para triunfar en Cristo, porque por medio de aquel que los amó son más que vencedores (Romanos 8:37). Es Dios quien hace que triunfen en Cristo. Él da la victoria y también da un corazón que se alegra en ella. Por eso, toda alabanza y gloria le pertenecen a él. El buen avance del evangelio es una razón poderosa para que el cristiano se alegre.
Aun cuando el evangelio no llevaba a algunos de los que lo escuchaban a la salvación, Pablo y sus colaboradores seguían encontrando consuelo en su labor (2 Corintios 2:15-17). Aquí debemos notar los distintos resultados del evangelio en diferentes personas. Su efecto no es el mismo en todos, porque algunos son salvos por medio de él, mientras que otros perecen bajo su influencia. Esto no debería sorprendernos, pues el evangelio mismo produce efectos distintos.
Para algunos, es un olor de muerte que conduce a la muerte. Quienes voluntariamente permanecen en la ignorancia y se vuelven obstinados rechazan el evangelio, como quienes detestan un mal olor. Como resultado, se vuelven aún más ciegos y endurecidos por él. El evangelio despierta sus deseos pecaminosos y empeora su condición espiritual. Lo rechazan, y ese rechazo los conduce a la ruina, incluso a la muerte espiritual y eterna.
Para otros, el evangelio es un olor de vida que conduce a la vida. Para las almas humildes y receptivas a la gracia, la predicación de la Palabra es sumamente agradable y provechosa. Es más dulce que la miel al paladar y más agradable a los sentidos que la mejor fragancia, pero es mucho más útil que cualquiera de las dos. Al principio les dio nueva vida cuando estaban muertos en sus pecados, y continúa haciéndolos vivir cada vez más. Al final, los conducirá a la vida eterna.
Esto produjo una profunda impresión en la mente de Pablo, y debería producirla también en nosotros: «¿Quién es suficiente para estas cosas?» (2 Corintios 2:16). ¿Quién está capacitado para ser usado en una obra tan importante? ¿Quién puede realizar una tarea tan difícil, que requiere tanta sabiduría y esfuerzo? La obra es grande, y nuestras fuerzas son pequeñas. En nosotros mismos no tenemos ninguna fuerza. Toda nuestra capacidad proviene de Dios. Si las personas pensaran de verdad en cuánto depende de la predicación del evangelio y en lo difícil que es el trabajo del ministerio, tendrían mucho cuidado antes de asumirlo y también mucho cuidado de realizarlo bien.
Pablo también encontraba consuelo en esta reflexión seria. Los ministros fieles serán aceptados por Dios, cualquiera que sea su éxito visible. «Si somos fieles, somos para Dios un grato olor de Cristo» (2 Corintios 2:15), tanto entre los que son salvos como entre los que perecen. Dios acepta los motivos sinceros y los esfuerzos honestos, aun cuando muchas personas no reciban ayuda por medio de ellos. Los ministros serán aceptados y recompensados, no conforme a sus resultados, sino conforme a su fidelidad. Aunque Israel no sea reunido, el siervo todavía puede ser honrado ante los ojos del Señor (Isaías 49:5).
Pablo también encontraba consuelo porque su conciencia daba testimonio de que había sido fiel (2 Corintios 2:17). Muchos estaban corrompiendo la palabra de Dios, pero su conciencia daba testimonio de su integridad. Él no mezclaba sus propias ideas con la enseñanza y los mandatos de Cristo. No quería añadir ni quitar nada de la Palabra de Dios. Transmitía fielmente el evangelio tal como lo había recibido del Señor, y no tenía ningún objetivo egoísta ni mundano que quisiera satisfacer. Su meta era agradar a Dios, recordando que los ojos de Dios siempre estaban sobre él. Por eso hablaba y actuaba como en la presencia de Dios, y lo hacía con sinceridad. Todo lo que hacemos en la vida religiosa no proviene de Dios ni llega a él si no se hace con sinceridad, como delante de su presencia.
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De este capítulo
2 Corintios 2:1
"Pero decidí dentro de mí mismo que no volvería a visitarlos con tristeza."
2 Corintios 2:2
"Porque si yo los entristezco, ¿quién me alegrará sino el mismo a quien yo entristezco?"
2 Corintios 2:3
"Y les escribí precisamente esto para que, cuando llegara, no recibiera tristeza de aquellos por quienes debería alegrarme, pues confío en todos ustedes en que mi alegría es la alegría de todos ustedes."
2 Corintios 2:4
"Porque les escribí con muchas lágrimas, en medio de mucha aflicción y angustia de corazón, no para que fueran entristecidos, sino para que conocieran el amor más abundante que tengo por ustedes."
2 Corintios 2:5
"Pero si alguno ha causado tristeza, no me ha entristecido a mí, sino en parte, para no sobrecargarlos a todos ustedes."
2 Corintios 2:6
"Para tal hombre es suficiente este castigo, que le fue impuesto por muchos."
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