Versículo destacado
1 Samuel 9:11 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Mientras subían por la colina hacia la ciudad, encontraron a unas muchachas jóvenes que salían a sacar agua, y les preguntaron: «¿Está aquí el vidente?». "
1 Samuel 9:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 (Antiguamente en Israel, cuando alguien iba a consultar a Dios, decía: «Vengan, vayamos al vidente», porque al que ahora se llama profeta, antiguamente se le llamaba vidente).
10 Entonces Saúl dijo a su siervo: «Has hablado bien. Ven, vayamos». Así que fueron a la ciudad donde estaba el hombre de Dios.
11 Mientras subían por la colina hacia la ciudad, encontraron a unas muchachas jóvenes que salían a sacar agua, y les preguntaron: «¿Está aquí el vidente?».
12 Ellas les respondieron y dijeron: Sí, está delante de ustedes. Dense prisa ahora, porque hoy vino a la ciudad, pues hoy el pueblo ofrece un sacrificio en el lugar alto.
13 En cuanto entren en la ciudad, lo encontrarán de inmediato, antes de que suba al lugar alto a comer. El pueblo no comerá hasta que él llegue, porque él bendice el sacrificio; después comen los invitados. Suban ahora, porque a esta hora lo encontrarán.
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Aquí, Saúl es guiado hasta Samuel por una pregunta y una respuesta comunes (1 Samuel 9:11-14). Guibeá, la ciudad natal de Saúl, no estaba lejos de Ramá, donde vivía Samuel, y estaba cerca de Mizpa, donde Samuel solía juzgar a Israel. Sin embargo, Saúl había vivido tan apartado y había prestado tan poca atención a los asuntos públicos que nunca antes se había encontrado con Samuel. Cuando finalmente se vieron, ni siquiera lo reconoció (1 Samuel 9:18), así que no había razón para sospechar que existiera algún plan secreto entre ellos.
No creo que fuera un mérito para Saúl ser un desconocido para Samuel. Aun así, las muchachas de Ramá, a quienes Saúl y su criado encontraron mientras sacaban agua, pudieron darles indicaciones útiles sobre Samuel. Les explicaron todo con mucho detalle (1 Samuel 9:12-13). Siempre debemos estar dispuestos a ayudar a quienes buscan a los profetas de Dios y a orientarlos en su búsqueda.
Hasta las muchachas sabían que ese día habría un sacrificio en el lugar alto, ya fuera como parte de una fiesta habitual o de un día especial de oración y acción de gracias en el que se ofrecían sacrificios. Como el tabernáculo había perdido el arca, el altar ya no tenía el mismo honor que antes, y la adoración no estaba limitada a ese único lugar, como sucedería más adelante, cuando Dios escogiera un lugar para que allí estuviera su nombre. Samuel había construido un altar en Ramá (1 Samuel 7:17), y estaba utilizándolo en esa ocasión.
También sabían que Samuel había llegado a la ciudad ese día, ya fuera después de recorrer el país para juzgar o desde su casa en el campo. Era un personaje tan conocido públicamente que sus movimientos se conocían bien. Les dijeron a Saúl que precisamente era la hora de la fiesta delante del Señor y que encontraría a Samuel subiendo al lugar alto. Sabían a qué hora se celebraría la comida sagrada.
Dijeron que el pueblo no comería hasta que Samuel llegara. En parte, esto se debía a que él era el hombre más respetado del lugar y, por buena educación, debían esperarlo. También es posible que él hubiera organizado la fiesta y preparado el sacrificio. Pero la razón principal era que, como hombre de Dios, debía bendecir el sacrificio, es decir, la comida proveniente del sacrificio que estaban a punto de comer.
Esta bendición puede entenderse de dos maneras. Primero, como una comida común, muestra el deber de pedir la bendición de Dios sobre nuestros alimentos antes de comer. No podemos esperar que la comida nos haga bien si Dios no la bendice, y no tenemos razón para esperar esa bendición si no se la pedimos. De esta manera, damos a Dios la gloria como nuestro proveedor y reconocemos que dependemos de él.
Segundo, como una reunión religiosa, Samuel bendijo el sacrificio al orar por él y unir la adoración espiritual al rito externo. Después de cumplir con los deberes sagrados, comieron. El alma debe ser atendida primero. Como la comida del sacrificio era un acto sagrado, necesitaba una bendición especial, tal como la Cena del Señor es apartada para un propósito santo. Ellos comían como señal de que estaban en paz con Dios por medio del sacrificio y de que participaban de sus beneficios. Samuel bendijo la comida al pedir que Dios manifestara su presencia especial en la reunión y que la hiciera servir para esos grandes propósitos.
El obispo Hall observa cuán detalladamente aquellas muchachas describieron la práctica de las fiestas sagradas. De esto extrae una lección útil: cuando la piedad se practica y se ve entre las personas de mejor posición, también se manifiesta entre las de condición más humilde. Vivir en un lugar donde se honra a Dios es una verdadera ventaja, pues somos muy culpables si toda bondad pasa junto a nosotros sin afectarnos.
Saúl y su criado siguieron las indicaciones que habían recibido y, justo a tiempo, se encontraron con Samuel cuando subía al lugar alto, el sitio de adoración de la ciudad (1 Samuel 9:14). Parecía una coincidencia, pero la providencia de Dios había dispuesto ese encuentro tan importante. El Dios sabio lleva a cabo propósitos muy grandes y seguros por medio de acontecimientos pequeños y ordinarios. Ni siquiera un gorrión cae a tierra sin que nuestro Padre lo permita.
Samuel, como profeta, recibió una revelación extraordinaria acerca de Saúl. Como era vidente, tenía que percibir esto de una manera propia de su oficio. Dios le había dicho el día anterior que, precisamente en ese momento, le enviaría al hombre que serviría como príncipe sobre Israel, ya que el pueblo había pedido un rey como los de las naciones vecinas (1 Samuel 9:15-16). Dios se lo comunicó en privado, como si le susurrara al oído, quizá mientras Samuel oraba en secreto pidiendo dirección sobre este y otros asuntos públicos.
Samuel había hablado al oído del Señor (1 Samuel 8:21), y ahora Dios hablaba al oído de Samuel, mostrando amistad y comunión cercana, porque él revela su secreto a sus siervos los profetas, como se comunican los secretos al oído (Amós 3:7). Dios se lo anunció de antemano para que no lo tomara por sorpresa. Tal vez por eso Samuel había organizado la fiesta y el sacrificio: para buscar la bendición de Dios sobre este asunto tan importante, aunque guardó para sí la razón exacta. La expresión hebrea dice que Dios «descubrió el oído» de Samuel, lo cual ayuda a explicar cómo Dios se revela a nosotros. Él hace más que hablar: abre nuestros oídos para que escuchemos.
Por naturaleza, tenemos los oídos cubiertos y no percibimos lo que Dios dice (Job 33:14). Pero cuando Dios se da a conocer a un alma, descubre el oído y le dice: «Ábrete», y quita el velo del corazón (2 Corintios 3:16). Aunque Dios, en su desagrado, concedió la petición de Israel de tener un rey, aquí todavía les habla con ternura. Aun en medio de su enojo, recuerda tener misericordia.
En primer lugar, sigue llamándolos su pueblo una y otra vez. Eran un pueblo terco y provocador, pero seguían siendo su pueblo. En segundo lugar, les envía un hombre para que fuera su líder, de modo que no quedaran como un cuerpo sin cabeza, y para salvarlos de los filisteos. Esto quizá era mucho más de lo que muchos de ellos habían tenido en mente cuando pidieron un rey. En tercer lugar, lo hace con bondadosa consideración por ellos y por su clamor: había mirado a su pueblo y su clamor había llegado hasta él. Les dio lo que habían pedido, como una madre tierna que cede ante un hijo difícil para no destrozarle el corazón.
Como observa el obispo Patrick, aunque más adelante Dios no escucharía su clamor para librarlos de la opresión de sus propios reyes (1 Samuel 8:18), todavía fue lo bastante bondadoso como para convertir a esos reyes en instrumentos de liberación de la opresión de sus vecinos. Eso era mucho más de lo que tenían derecho a esperar.
Cuando Saúl se acercaba a Samuel por la calle, Dios volvió a hablar en silencio al corazón de Samuel, como leemos en (1 Samuel 9:17): «Mira, aquí está el hombre del que te hablé». Saúl era un hombre de una estatura extraordinaria, así que es natural pensar que Samuel lo vio desde lejos. Quizá lo observó con más atención porque había llegado el momento en que Dios enviaría al hombre que sería rey sobre Israel, y Samuel pudo haber pensado que se trataba de él.
Pero Dios le dio a Samuel una respuesta clara, para que no quedara ninguna duda. Le dijo expresamente: «Este es el hombre que gobernará a mi pueblo Israel». Un magistrado, o gobernante civil, tiene el propósito de mantener a la gente bajo control y conservar el orden entre ellos.
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De este capítulo
1 Samuel 9:1
"Había un hombre de Benjamín llamado Cis, hijo de Abiel, hijo de Zeror, hijo de Becorat, hijo de Afía, un benjaminita, hombre de gran poder."
1 Samuel 9:2
"Él tenía un hijo llamado Saúl, joven escogido y apuesto. Entre los hijos de Israel no había nadie más apuesto que él; de los hombros para arriba era más alto que cualquiera del pueblo."
1 Samuel 9:3
"Las asnas de Cis, padre de Saúl, se habían perdido. Cis dijo a su hijo Saúl: «Toma ahora contigo a uno de los siervos, levántate y ve a buscar las asnas»."
1 Samuel 9:4
"Él atravesó el monte Efraín y recorrió la tierra de Salisa, pero ellos no las encontraron. Luego atravesaron la tierra de Saalim, pero no estaban allí. Él recorrió la tierra de los benjaminitas, pero ellos no las encontraron."
1 Samuel 9:5
"Cuando llegaron a la tierra de Zuf, Saúl dijo al siervo que estaba con él: «Ven, regresemos, no sea que mi padre deje de preocuparse por las asnas y comience a preocuparse por nosotros»."
1 Samuel 9:6
"Él le respondió: «Mira, en esta ciudad hay un hombre de Dios, y es un hombre respetado. Todo lo que dice sucede sin falta. Vayamos ahora allá; quizá pueda mostrarnos el camino por el que debemos ir»."
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