Versículo destacado

1 Samuel 6:19 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Él hirió a los hombres de Bet-semes porque habían mirado dentro del arca del SEÑOR; hirió del pueblo a cincuenta mil setenta hombres. El pueblo se lamentó porque el SEÑOR había herido a muchos del pueblo con una gran matanza. "

1 Samuel 6:19

menu_book El versículo en contexto

17 Estos son los tumores de oro que los filisteos devolvieron al SEÑOR como ofrenda por la culpa: por Asdod, uno; por Gaza, uno; por Ascalón, uno; por Gat, uno; y por Ecrón, uno.

18 Los ratones de oro correspondían al número de todas las ciudades de los filisteos pertenecientes a los cinco gobernantes, tanto ciudades fortificadas como aldeas rurales, hasta la gran piedra de Abel, sobre la cual colocaron el arca del SEÑOR. Esa piedra permanece hasta el día de hoy en el campo de Josué, el betsemita.

19 Él hirió a los hombres de Bet-semes porque habían mirado dentro del arca del SEÑOR; hirió del pueblo a cincuenta mil setenta hombres. El pueblo se lamentó porque el SEÑOR había herido a muchos del pueblo con una gran matanza.

20 Los hombres de Bet-semes dijeron: «¿Quién puede permanecer delante de este Dios santo, el SEÑOR? ¿Y hacia quién subirá desde nosotros?».

21 Entonces enviaron mensajeros a los habitantes de Quiriat-jearim para decirles: «Los filisteos han devuelto el arca del SEÑOR. Desciendan y súbanla con ustedes».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos, en primer lugar, el pecado de los hombres de Bet-semes: miraron dentro del arca del SEÑOR (1 Samuel 6:19). Todos los israelitas habían oído mucho acerca del arca y le tenían gran respeto. También sabían que se guardaba detrás de un velo, y que incluso el sumo sacerdote solo podía verla una vez al año, y eso a través de una nube de incienso. Esa restricción pudo haber despertado en algunos el deseo de ver lo que no tenían permitido ver.

Es probable que algunos hombres de Bet-semes se alegraran por el regreso del arca más por su propia curiosidad que por el bien de la nación. Pero ni siquiera eso les bastó. Quisieron ir más allá: quitaron la cubierta y miraron dentro. Tal vez afirmaron que querían comprobar si los filisteos habían sacado las tablas de la ley o las habían dañado, pero su verdadero motivo era una curiosidad pecaminosa: entrometerse en cosas que Dios había decidido mantener ocultas. Es un insulto grave contra Dios que personas orgullosas investiguen asuntos secretos que no les pertenecen (Deuteronomio 29:29; Colosenses 2:18). La ruina de la humanidad comenzó con el deseo de obtener un conocimiento prohibido.

Lo que agravó este pecado fue la actitud descuidada y poco reverente que tenían hacia el arca. Como se habían acostumbrado a ella, perdieron el respeto que le debían. Tal vez pensaron que su servicio como sacerdotes les daba una libertad especial. Pero el cargo de un ministro no excusa el trato descuidado de las cosas sagradas; al contrario, hace más grave el pecado. Ellos debían haber enseñado a los demás, mediante su ejemplo, a mantener una distancia respetuosa y a tratar el arca con temor santo.

También pudieron haber pensado que, como habían recibido el arca y ofrecido sacrificios, de alguna manera habían ganado el derecho de mirar dentro de ella. Pero ningún servicio hecho para Dios le da a una persona permiso para mostrar irreverencia hacia las cosas santas de Dios. O quizá pensaron que el arca era más fácil de manipular porque acababa de salir del cautiverio y había sido colocada en un lugar humilde. Nunca debieron usar su condición aparentemente insignificante como una razón para tratarla con familiaridad. Es una ofensa contra Dios considerar menos importantes sus ordenanzas porque se administran de una manera sencilla o modesta. Si hubieran mirado con entendimiento en vez de juzgar por las apariencias, habrían visto con mayor claridad el verdadero honor del arca. Ella había derrotado a los filisteos y regresado del cautiverio por su propio poder, como Cristo al salir de la tumba. Si hubieran recordado eso, no la habrían tratado como un cofre común.

En segundo lugar, vemos el castigo por este pecado: el SEÑOR hirió a muchos de los hombres de Bet-semes con una gran matanza. Dios protege con mucha seriedad el honor de su arca y no permitirá que se la trate como algo común. No se engañen: Dios no puede ser burlado. Quienes no respetan su bondad ni usan con reverencia las señales de su gracia llegarán a sentir su justicia y caerán bajo su desaprobación. Si las personas investigan lo que está prohibido y se acercan demasiado al fuego santo, lo hacen bajo su propio riesgo.

El número de los que fueron heridos aparece en una forma muy inusual en el texto hebreo, y eso ha llevado a muchos estudiosos a preguntarse cómo debe entenderse. La frase puede interpretarse así: “hirió de entre el pueblo a setenta hombres, cincuenta mil hombres”. Las versiones siríaca y árabe dicen: “cinco mil setenta hombres”. El texto caldeo dice: “setenta hombres de los ancianos y cincuenta mil del pueblo común”. Algunos han pensado que los setenta hombres eran tan importantes como los cincuenta mil porque eran sacerdotes. Otros creen que los setenta fueron los hombres de Bet-semes muertos por mirar dentro del arca, mientras que los cincuenta mil fueron personas que murieron por causa del arca en territorio filisteo. Algunos interpretan la frase como setenta hombres de cada mil, es decir, uno de cada veinte. La Septuaginta presenta el número de manera muy similar: setenta hombres y cincuenta mil hombres. Josefo dice solamente que fueron heridos setenta.

En tercer lugar, este juicio tan severo llenó de temor a los hombres de Bet-semes. Dijeron, como era comprensible: “¿Quién podrá estar delante del SEÑOR, este Dios santo?” (1 Samuel 6:20). Algunos interpretan estas palabras como una queja contra Dios, como si hubiera actuado con dureza e injusticia. En vez de culpar a su propio pecado, habrían culpado al juicio de Dios, de manera parecida a David en un caso similar (2 Samuel 6:8-9). Sin embargo, parece más probable que fuera una confesión humilde y temerosa de la santidad de Dios, reconociendo que nadie puede permanecer delante de él.

¿Quién puede presentarse delante de Dios para adorarlo? Por la misericordia de Cristo, somos invitados, animados y capacitados para hacerlo. Pero ¿quién puede presentarse delante de Dios para oponerse a él? Nadie puede permanecer ante la gloria de su presencia inmediata ni contemplarla plenamente (1 Timoteo 6:16). Nadie puede presentarse ante el tribunal de su justicia estricta y defender allí su propia causa (Salmo 130:3; Salmo 143:2). Nadie puede resistir ni soportar el poder que Dios manifiesta en su ira (Salmo 76:7).

En cuarto lugar, por causa de esto quisieron deshacerse del arca. Preguntaron: “¿A quién subirá desde nosotros?” (1 Samuel 6:20). En vez de eso, debieron haber preguntado: “¿Cómo podemos hacer las paces con él y recuperar su favor?” (Miqueas 6:6-7). Pero ya comenzaban a cansarse del arca, tal como les había sucedido a los filisteos. Si la hubieran tratado con la reverencia debida, quizá habría permanecido entre ellos y habrían recibido bendición por su presencia.

Esto es lo que sucede cuando la palabra de Dios aterroriza la conciencia de un pecador. En vez de aceptar la culpa y la vergüenza, las personas suelen volverse contra la palabra y rechazarla (Jeremías 6:10). Por eso enviaron mensajeros a los ancianos de Quiriat-jearim, una ciudad fortificada situada más arriba en la región, y les pidieron que fueran a llevarse el arca (1 Samuel 6:21). Ellos no se atrevieron a tocarla, sino que se mantuvieron a distancia, como si fuera peligrosa. Así, las personas insensatas pasan de un extremo al otro: de la irreverencia atrevida a la evasión temerosa.

Quiriat-jearim significa “ciudad de bosques” y pertenecía a Judá (Josué 15:9, Josué 15:60). Estaba en el camino de Bet-semes a Silo, así que probablemente esperaban que los ancianos de Silo fueran a buscar el arca allí. Pero Dios tenía otros propósitos. El arca fue pasando de una ciudad a otra, y nadie en la nación se hizo cargo de ella como correspondía. Esto demostraba que no había rey en Israel.

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