Versículo destacado

1 Samuel 26:13 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces David pasó al otro lado y se detuvo en la cima de una colina, a lo lejos; había una gran distancia entre ellos. "

1 Samuel 26:13

menu_book El versículo en contexto

11 El SEÑOR me libre de extender mi mano contra el ungido del SEÑOR. Pero ahora, te ruego, toma la lanza que está junto a su cabecera y la vasija de agua, y vámonos.

12 David tomó la lanza y la vasija de agua que estaban junto a la cabecera de Saúl, y se fueron. Nadie lo vio ni lo supo, ni nadie despertó, porque todos dormían; pues un sueño profundo de parte del SEÑOR había caído sobre ellos.

13 Entonces David pasó al otro lado y se detuvo en la cima de una colina, a lo lejos; había una gran distancia entre ellos.

14 David gritó al pueblo y a Abner hijo de Ner: «¿No respondes, Abner?». Abner respondió: «¿Quién eres tú, que gritas al rey?»

15 David dijo a Abner: ¿No eres tú un hombre valiente? ¿Y quién hay como tú en Israel? Entonces, ¿por qué no has protegido a tu señor, el rey? Porque uno del pueblo entró para destruir al rey, tu señor.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

David salió sano y salvo del campamento de Saúl y se llevó pruebas suficientes de que había estado allí. Luego se colocó en un lugar donde sus hombres pudieran escucharlo, pero no alcanzarlo (1 Samuel 26:13). Desde allí comenzó a razonar con ellos sobre lo ocurrido. Primero habló con Abner con una ironía mordaz y se burló abiertamente de él.

David sabía muy bien que la poderosa mano de Dios había hecho que Abner y los demás guardias cayeran en un sueño tan profundo. Aun así, reprendió a Abner como alguien que no era digno de ser capitán de la guardia personal del rey, pues podía dormir mientras su señor estaba en semejante peligro. Esto demuestra que Dios los había mantenido en ese sueño profundo, porque una vez que David estuvo a salvo, algo muy pequeño los despertó. Incluso la voz de David, desde lejos, los hizo reaccionar (1 Samuel 26:14). Abner se levantó —y podemos suponer que era temprano, una mañana de verano— y preguntó quién estaba llamando y perturbando el descanso del rey.

David respondió: «Soy yo», y luego lo avergonzó por dormir cuando debía estar protegiendo al rey. Tal vez Abner pensaba que David era un enemigo tan débil que no había ningún peligro real, y por eso no había puesto un centinela. Aun así, él mismo debía haber estado más alerta. David lo avergonzó de dos maneras. Primero, le dijo que había perdido su honor (1 Samuel 26:15): «¿Acaso no eres un hombre?», es decir, un hombre que ocupa un cargo y está obligado por su deber a vigilar a los soldados. «¿No eres conocido como un hombre valiente? Se te consideraría un hombre de valor y destreza, alguien como quien no hay otro. Pero ahora has quedado deshonrado para siempre: tú, un general, durmiendo como un holgazán».

Segundo, David dijo que Abner merecía perder la vida (1 Samuel 26:16): «Todos ustedes merecen la muerte según la ley militar, porque no protegieron al rey mientras dormía en medio de ustedes. Miren esta señal. Vean la lanza del rey en manos de aquel a quien el propio rey llama su enemigo. Quien tomó esa lanza habría podido quitarle la vida al rey con la misma facilidad y seguridad. Díganme ahora quién fue realmente el mejor amigo del rey: ¿ustedes, que lo descuidaron y lo dejaron expuesto, o yo, que lo protegí mientras estaba expuesto? Ustedes me persiguen como si yo mereciera morir y provocan a Saúl contra mí, pero ¿quién merece la muerte ahora?». A veces, quienes condenan injustamente a otros son dejados justamente para enfrentar ellos mismos la condena.

Después David habló con Saúl con mayor seriedad y ternura. Para entonces, Saúl ya estaba lo bastante despierto como para oír y reconocer la voz (1 Samuel 26:17): «¿Es esa tu voz, hijo mío David?». De la misma manera, antes había mostrado cierta disposición a ablandarse (1 Samuel 24:16). Había dado a su hija, la esposa de David, a otro hombre, y aun así seguía llamando a David «hijo». Había deseado su muerte, y sin embargo se alegró de oír su voz. Son verdaderamente endurecidos de corazón quienes nunca muestran ninguna señal de convicción ni pronuncian sinceramente palabras buenas.

Ahora David tenía una oportunidad tan buena de llegar a la conciencia de Saúl como la que acababa de tener para quitarle la vida. Decidió aprovecharla para razonar con él. Intentó convencerlo de que dejara de perseguirlo y se reconciliara con él. Primero se quejó de la triste condición a la que el odio de Saúl lo había llevado. Lamentó dos cosas. Por un lado, había sido alejado de su señor y de su servicio: «Mi señor persigue a su siervo» (1 Samuel 26:18). «Con cuánto gusto te serviría como antes, si tan solo aceptaras mi servicio. Pero en vez de recibirme como siervo, me persigues como a un rebelde. Mi señor se ha convertido en mi enemigo, y aquel a quien deseo seguir con honor me obliga a huir».

Por otro lado, había sido alejado de su Dios y de su religión, y esa era una pérdida mucho mayor que la primera (1 Samuel 26:19). «Me han expulsado de la herencia del Señor», dice, refiriéndose a que habían hecho demasiado peligrosa la vida en la tierra, al menos en las zonas habitadas, y lo habían obligado a irse a los desiertos y las montañas; pronto podrían expulsarlo por completo del país. Lo que más le dolía no era que lo apartaran de sus propias tierras, sino que lo apartaran de la herencia del Señor, la tierra santa.

Debemos hallar más consuelo en pensar que nuestras posesiones le pertenecen a Dios y que él las usa para sus propósitos, que en pensar solamente en nuestros propios derechos. Es mejor que nuestros bienes le den honra a él y no que simplemente nos sirvan a nosotros. David también estaba angustiado, no tanto por verse obligado a vivir entre extranjeros, sino por tener que vivir entre personas que adoraban dioses falsos, lo cual lo exponía a la tentación de participar en su idolatría. En efecto, sus enemigos lo estaban enviando «a servir a otros dioses». Es posible que incluso los hubiera escuchado hablar así de él. Quienes nos alejan de las ordenanzas de Dios hacen todo lo posible por distanciarnos de él y hacernos semejantes a los incrédulos.

Si David no hubiera recibido una gracia y una firmeza extraordinarias en su fe, el maltrato que sufría de parte de su propio rey y de su propio pueblo —israelitas que adoraban al Dios verdadero— podría haberlo vuelto contra la religión que ellos afirmaban seguir y haberlo empujado hacia los idólatras. Tal vez habría dicho: «Si estos son israelitas, entonces déjenme vivir y morir con los filisteos». Tenemos razones para considerar la peor de las ofensas aquella que expone a alguien al pecado. David dice de personas así: «¡Malditos sean delante del Señor!». Quienes expulsan a las personas que Dios recibe y envían hacia el diablo a quienes son amados por Dios atraen una maldición sobre sí mismos.

Luego David insistió en su inocencia: «¿Qué he hecho? ¿Qué mal hay en mis manos?» (1 Samuel 26:18). Su conciencia daba testimonio de que nunca había hecho ni planeado nada contra la persona, el honor o el gobierno de su príncipe, ni contra el bien de su país. Además, recientemente había recibido del propio Saúl este testimonio acerca de él: «Tú eres más justo que yo» (1 Samuel 24:17). Era tanto irrazonable como perverso que Saúl lo persiguiera como a un criminal cuando no podía acusarlo de ningún delito.

David también intentó mostrarle a Saúl que aquella persecución no solo era injusta, sino indigna de él y de su posición. «El rey de Israel, cuyo honor es tan grande y que tiene tantas otras responsabilidades, ha salido a cazar una pulga, como quien persigue una perdiz en las montañas» (1 Samuel 26:20). Esa no era una actividad digna del rey de Israel. David se compara con una perdiz, un ave inofensiva e inocente que huye si puede, pero no se defiende. ¿De verdad Saúl llevaría al campo de batalla a lo mejor de su ejército solo para cazar una pobre perdiz? Qué vergüenza para su honor. Qué mancha dejaría en su memoria pisotear a un enemigo tan débil, paciente e inocente. «Ustedes han condenado y matado al justo, que no les ofrece resistencia» (Santiago 5:6).

Por último, David pide que se examine detenidamente el fondo del asunto y que se encuentre una manera adecuada de poner fin a la disputa (1 Samuel 26:19).

Saúl mismo no podía decir honestamente que la justicia lo llevaba a perseguir a David, ni que la seguridad del pueblo lo exigía. David no quiso decir —aunque era verdad— que la envidia y la malicia de Saúl lo impulsaban a hacerlo. Por eso, David dice que la causa debía ser el justo juicio de Dios o los planes malvados de hombres perversos.

«Si el Señor te ha incitado contra mí», dice David, «tal vez sea porque está disgustado conmigo y está usando esto como castigo por mis pecados, aunque yo no te haya hecho ningún mal. O quizá estás bajo el poder de aquel espíritu maligno enviado por el Señor que te atormenta. En cualquiera de los dos casos, que él acepte una ofrenda de parte de los dos. Busquemos la paz con Dios y reconciliémonos con él mediante un sacrificio. Entonces, espera David, el pecado será perdonado, sea cual sea, y terminará el problema que nos hace sufrir a ambos». Esta es la manera correcta de hacer la paz: primero reconciliarnos con Dios por medio de Cristo, el gran sacrificio, y luego las demás enemistades desaparecerán (Efesios 2:16; Proverbios 16:7).

Pero si eran hombres perversos quienes estaban impulsando a Saúl, esos hombres que lo provocaban contra David, «¡malditos sean delante del Señor!». Eso significa que eran muy malvados, que debían ser tratados como tales y que debían ser apartados de la corte y del consejo del rey. David habla con respeto, pero atribuye la culpa a los consejeros malvados que empujaban al rey a hacer lo vergonzoso y lo injusto. Pide que sean alejados de la presencia de Saúl, como hombres malditos delante del Señor, y entonces espera que su petición sea atendida. Esta aparece en 1 Samuel 26:20: «No permitas que mi sangre caiga a tierra», es decir, «no permitas que me maten», «porque está delante del Señor», quien ve la injusticia y la juzgará. Así, David ruega sinceramente por su vida y, al mismo tiempo, por que Saúl piense bien de él.

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