Versículo destacado
1 Samuel 2:27 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces un hombre de Dios fue a Elí y le dijo: Así dice el Señor: ¿Me manifesté claramente a la casa de tu padre cuando ellos estaban en Egipto, en la casa del faraón? "
1 Samuel 2:27
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
25 Si un hombre peca contra otro, el juez lo juzgará; pero si un hombre peca contra el Señor, ¿quién intercederá por él? Sin embargo, ellos no escucharon la voz de su padre, porque el Señor quería matarlos.
26 Y el niño Samuel seguía creciendo y hallaba favor tanto ante el Señor como ante los hombres.
27 Entonces un hombre de Dios fue a Elí y le dijo: Así dice el Señor: ¿Me manifesté claramente a la casa de tu padre cuando ellos estaban en Egipto, en la casa del faraón?
28 ¿Y lo escogí de entre todas las tribus de Israel para que fuera mi sacerdote, ofreciera sobre mi altar, quemara incienso y llevara un efod delante de mí? ¿Y di a la casa de tu padre todas las ofrendas hechas por fuego de los hijos de Israel?
29 ¿Por qué patean ustedes mi sacrificio y mi ofrenda, que he ordenado en mi morada, y tú honras a tus hijos más que a mí, para engordarse ustedes con lo mejor de todas las ofrendas de Israel, mi pueblo?
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Elí reprendió a sus hijos con demasiada suavidad y no les advirtió como debía. Por eso Dios envió a un profeta para hablarle con firmeza y anunciarle el juicio. Elí había debilitado la resistencia de sus hijos al mal al tolerar su pecado, y eso también lo hacía parcialmente culpable. Cuando las personas buenas no cumplen con su deber y, por su descuido, ayudan a otros a pecar, deben esperar que se les señale su falta y que sufran por ella.
La familia de Elí tenía una responsabilidad especial porque había recibido privilegios y estaba cerca de Dios más que la mayoría de las familias de la tierra. Por eso Dios trató con ellos tan estrictamente (Amós 3:2). El mensaje llegó directamente a Elí porque Dios todavía quería que se arrepintiera y fuera salvo. No se lo envió a sus hijos, porque su destrucción ya había sido determinada. La advertencia quizá habría llevado a Elí a cumplir por fin con su deber y así evitar el juicio, pero el texto no indica que haya tenido mucho efecto en él.
Primero, el profeta le recuerda a Elí la gran bondad que Dios había mostrado a su familia. Dios se le apareció a Aarón en Egipto, cuando Israel todavía estaba esclavizado (Éxodo 4:27), como señal del favor que pensaba concederle. Elevó a Aarón al sacerdocio, entregó ese oficio a su familia y la honró por encima de las demás tribus de Israel. Les dio un trabajo sagrado: ofrecer sacrificios en su altar, quemar incienso y llevar el efod con el pectoral del juicio. También les dio sustento por medio de las ofrendas quemadas (1 Samuel 2:28). ¿Qué más podía haber hecho Dios para motivarlos a ser fieles?
Estas bendiciones especiales hacen que el pecado sea más grave, especialmente cuando incluyen el don de un sacerdocio espiritual, es decir, un oficio sagrado para servir a Dios y a su pueblo. Tales favores se levantarán contra nosotros en el día del juicio si abusamos de nuestra posición, deshonramos nuestro llamado y traicionamos lo que se nos confió (Deuteronomio 32:6; 2 Samuel 12:7, 2 Samuel 12:8).
Luego el profeta presenta una acusación contundente contra Elí y su familia. Sus hijos actuaban perversamente, y él les permitía continuar, de modo que la culpa también recaía sobre él (1 Samuel 2:29). Habían tratado con desprecio las cosas santas de Dios. «¿Por qué pisotean mi sacrificio?», dice Dios; con esto se refiere a que trataban su adoración como algo insignificante y detestable, como si les molestara estar sujetos a ella. Mostraron una falta de respeto extrema al quedarse con las ofrendas y tomar para sí lo que debía pertenecer al altar de Dios.
Elí también los respaldaba al negarse a castigar su insolencia y falta de reverencia. «Honras a tus hijos más que a mí», dice Dios. Elí se preocupaba más por la posición de sus hijos que por el honor de Dios. Prefería ver deshonradas las ofrendas de Dios antes que corregir públicamente a sus hijos y destituirlos de su oficio. Los padres que protegen a sus hijos cuando hacen el mal, en vez de usar su autoridad para detenerlos y disciplinarlos, ponen a sus hijos por encima de Dios. Se preocupan más por la reputación de sus hijos que por la gloria de Dios, y más por complacerlos que por honrarlo.
También habían participado de las ganancias de sus malas acciones. Es probable que el propio Elí, aunque desaprobaba los abusos de sus hijos y hablaba en contra de ellos, todavía comiera parte de los alimentos que ellos habían tomado sacrílegamente, es decir, robando lo que pertenecía a Dios (1 Samuel 2:15). Elí era un hombre corpulento, y la acusación se dirige contra toda la familia, aunque Ofni y Finees, los hijos corruptos de Elí, eran los principales culpables. Se habían engordado con las mejores partes de las ofrendas. Dios les había dado suficiente para vivir, pero eso no les bastaba. Usaban para alimentar sus propios deseos lo que debía haberse ofrecido a Dios.
Después viene el anuncio de que el sacerdocio sería quitado de la familia de Elí (1 Samuel 2:30). El Señor, Dios de Israel, quien se preocupa por su propio honor y por el bien de Israel, declara que la comisión de Elí queda revocada. En otro tiempo Dios había dicho que la familia de Elí y la familia de su antepasado Itamar, hijo de Aarón, caminarían delante de él para siempre. En algún momento el sacerdocio había pasado de la línea de Eleazar a la de Itamar, y parecía que la familia de Elí conservaría ese honor por mucho tiempo. Pero la promesa incluía una condición implícita: continuarían en ese servicio mientras caminaran fielmente delante de Dios. Caminar delante de Dios significa vivir en su presencia y bajo su mirada, con obediencia y reverencia (Génesis 17:1). Si ellos ponían a Dios delante de sí, él los pondría delante de sí; pero si no lo hacían, la promesa no podía mantenerse (Salmo 41:12).
Ahora el Señor dice: «¡De ninguna manera!». En otras palabras, como ustedes me han rechazado, pueden esperar que yo también los rechace. No caminarán delante de mí como deben, y por eso no continuarán en mi servicio. Dios quitará de su puesto a esos siervos malvados y abusivos. Algunos consideran que esta advertencia va más allá de la familia de Elí y apunta al fin definitivo del sacerdocio levítico, es decir, del sacerdocio relacionado con la tribu de Leví, cuando el sacerdocio de Cristo lo reemplazaría por completo.
La razón de este cambio se expresa en una regla establecida del gobierno de Dios, una regla con la que todos debemos contar, como la que puso a prueba a Caín (Génesis 4:7): «Yo honraré a los que me honran, y trataré con desprecio a los que me desprecian». Dios es la fuente de todo honor y toda vergüenza. Puede levantar al humilde y derribar al poderoso. La manera en que tratamos a Dios es la manera en que debemos esperar que él nos trate, aunque siempre lo hará con más generosidad de la que merecemos (Salmo 18:25, Salmo 18:26).
Esta regla también muestra el honor de la verdadera religión, o de una piedad genuina. La verdadera religión da honor a Dios, y Dios no dejará de honrar a quienes le sirven. Por medio de ella buscamos la gloria de Dios, y él no permitirá que sus siervos queden con las manos vacías. El verdadero camino para ser grandes es ser verdaderamente buenos. Si nos humillamos y renunciamos a cualquier cosa con tal de honrar a Dios, procurando sinceramente agradarle, podemos confiar en que él nos concederá a cambio el honor más valioso (Juan 12:26).
Debe decirse, para vergüenza perdurable de la impiedad, que esta conducta deshonra a Dios, el ser más grande y excelente de todos, aquel a quien adoran los ángeles. También trae vergüenza sobre las personas, porque quienes desprecian a Dios serán tratados con desprecio. Puede que no honren a Dios, pero los demás también los tendrán en poco. El honor del que se sienten tan orgullosos será derribado, y sus nombres se convertirán en una deshonra. Cuando mueran, su memoria se desvanecerá; y cuando resuciten, será para vergüenza y desprecio eternos. La deshonra que su maldad intentó arrojar sobre Dios y sobre su poderosa justicia recaerá sobre sus propias cabezas (Salmo 79:12).
Luego Dios anuncia los juicios específicos que vendrían sobre la familia de Elí y la dejarían en vergüenza permanente. Una maldición pasaría a sus descendientes, y sería una maldición terrible. Esto muestra cuánto celo tiene Dios por su adoración y cuánto aborrece que quienes han sido llamados a proteger y promover su gloria fallen en su deber y traicionen la confianza depositada en ellos. Si los ministros de Dios, es decir, sus siervos designados, son corruptos y profanos, merecen un juicio mucho más severo, ahora y para siempre, que otros pecadores. Cualquiera que ocupe ese lugar debería leer la sentencia pronunciada aquí contra la familia de Elí y temblar.
Su poder sería quebrantado. Dios dice: «Cortaré tu brazo y el brazo de la familia de tu padre» (1 Samuel 2:31). Perderían toda autoridad, serían destituidos de su oficio y ya no tendrían sobre el pueblo la influencia que antes tenían. Dios los haría pequeños y despreciables. Los hijos habían usado su poder para oprimir al pueblo y apoderarse de lo que no les pertenecía, y el padre no había usado su propia autoridad, como debía, para detenerlos y castigarlos. Por eso era justo que el brazo que no se había extendido para cumplir con su deber fuera cortado.
También se acortarían sus vidas. Elí ya era anciano, pero en vez de usar la sabiduría, la seriedad, la experiencia y la autoridad propias de la edad para servir a Dios y apoyar la verdadera religión, permitió que la debilidad de la vejez lo volviera negligente en su deber. Por eso Dios amenazó con que ninguno de sus descendientes llegaría a la vejez (1 Samuel 2:31, 1 Samuel 2:32). Esto se repite dos veces: «Nunca habrá un anciano en tu familia», y también: «Todos los descendientes de tu familia morirán en la flor de la vida» (1 Samuel 2:33). Morirían en medio de su labor. Así, la familia no desaparecería por completo, pero nunca volvería a tener importancia, y ninguno de sus miembros llegaría a ser notable en su tiempo. El obispo Patrick cuenta, basándose en algunos escritos judíos, que mucho tiempo después había en Jerusalén una familia en la que nadie vivía normalmente más de dieciocho años. Al investigarlo, descubrieron que descendían de la familia de Elí, sobre la cual había caído esta sentencia.
Todas sus comodidades también serían arruinadas. Su bienestar en el santuario, junto con su riqueza y prosperidad, desaparecería: «Verás un enemigo en mi morada». Esto se cumplió durante las invasiones de los filisteos y el daño que causaron a Israel, empobreciendo la tierra (1 Samuel 13:19) y reduciendo considerablemente los ingresos de los sacerdotes. La captura del arca fue un ataque tan grave contra la morada de Dios que le partió el corazón a Elí. Así como es una bendición para una familia ver la paz en Israel (Salmo 128:5, 6), lo contrario es un juicio doloroso, especialmente para una familia sacerdotal.
Sus hijos también se convertirían en motivo de tristeza en vez de alegría. El miembro de su familia a quien Dios no quitara mediante una muerte prematura viviría para traer vergüenza y aflicción a la familia. Sería un escándalo y una carga para sus parientes. «Consumirá tus ojos y llenará de dolor tu corazón» por su necedad, enfermedad, maldad o pobreza. El dolor por la muerte de un hijo es profundo, pero el dolor causado por un hijo malvado muchas veces es aún más profundo.
Sus riquezas se agotarían y serían llevados a una pobreza extrema (1 Samuel 2:36). Cualquiera que quedara en su casa tendría poco motivo para alegrarse de la vida, porque no tendría forma de ganarse el sustento. Tendría que ir a inclinarse humildemente ante la familia que lo hubiera reemplazado, solo para sobrevivir. Suplicaría el regalo más pequeño, una moneda de plata o siquiera un pedazo de pan. Esto responde de manera precisa a su pecado. Los hijos de Elí querían las mejores porciones de carne, pero sus hijos se alegrarían con un bocado de pan. La necesidad es el castigo justo para la avaricia. Quienes no podían estar satisfechos sin comida exquisita y muchos placeres serían llevados, ellos y sus hijos, a carecer incluso de lo básico; y el Señor tiene razón al juzgarlos de esa manera.
También suplicaría por el puesto más bajo: «Pónganme en algún puesto del sacerdocio», es decir, «Trátenme como a uno de los sirvientes contratados». Ese es el lugar apropiado para un pródigo, alguien que ha desperdiciado lo que tenía. La abundancia y la autoridad se pierden cuando se usan mal. No podrían reclamar ninguna posición honorable, ni siquiera un lugar junto al altar. Tendrían que pedir alguna tarea humilde, sin importar lo duro del trabajo o lo poco que pagara, con tal de conseguir pan. Esto probablemente se cumplió por completo cuando Salomón destituyó a Abiatar, descendiente de la familia de Elí, por traición, y él y su familia fueron expulsados del servicio del templo (1 Reyes 2:26, 27). Es fácil pensar que, a partir de entonces, sus descendientes quedaron reducidos a la pobreza descrita aquí.
Dios pronto comenzaría a ejecutar estos juicios con la muerte de Ofni y Finees, los hijos corruptos de Elí, y Elí mismo viviría para escuchar la triste noticia. «Esto te servirá de señal» (1 Samuel 2:34). Al oírlo, tendría que decir: «Ahora la palabra de Dios ha comenzado a cumplirse. Una advertencia ya se ha cumplido, así que puedo saber que las demás también se cumplirán a su debido tiempo». Ofni y Finees habían pecado muchas veces juntos, y aquí se anuncia que morirían juntos el mismo día. Como la cizaña que se junta en manojos para el fuego, serían llevados juntos al juicio. Esto se cumplió en (1 Samuel 4:11).
En medio de estas advertencias contra la familia de Elí, también se promete misericordia para Israel: «Levantaré para mí un sacerdote fiel» (1 Samuel 2:35). Esto se cumplió en Sadoc, de la familia de Eleazar. Él ocupó el lugar de Abiatar al comienzo del reinado de Salomón y fue fiel a su deber. Los sumos sacerdotes descendieron de su línea mientras continuó el sacerdocio levítico, es decir, el sacerdocio dado a la tribu de Leví. La maldad de los ministros puede arruinarlos a ellos mismos, pero no destruirá el ministerio. Por muy malos que sean quienes ocupan un cargo, el cargo permanecerá hasta el fin del mundo. Si algunos traicionan la responsabilidad que recibieron, Dios levantará a otros que le sean fieles. La obra de Dios nunca fracasará por falta de personas que la lleven adelante.
Aquí se dice que el sumo sacerdote caminaría delante del ungido de Dios, es decir, delante de David y sus descendientes, porque llevaba el pectoral del juicio. Debía consultarlo, no en asuntos comunes, sino en los asuntos de Estado del rey.
Hay una verdad importante aquí: aunque veamos y lamentemos el deterioro de muchas familias, Dios preservará para sí un linaje. Si algunas personas llegan a ser peores que quienes las precedieron, otras se levantarán a una mayor fidelidad para contrarrestarlo.
Esta promesa se cumple plenamente en el sacerdocio de Cristo, nuestro misericordioso y fiel sumo sacerdote. Dios lo levantó cuando el sacerdocio levítico, la orden sacerdotal del Antiguo Testamento, fue dejado de lado. Cristo hizo todo lo que su Padre quería, y Dios establecerá para él una casa firme. La edificará sobre una roca, con tanta seguridad que las puertas del infierno no podrán prevalecer contra ella.
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De este capítulo
1 Samuel 2:1
"Y Ana oró y dijo: Mi corazón se alegra en el Señor; mi cuerno es exaltado en el Señor. Mi boca se ensancha contra mis enemigos, porque me alegro en tu salvación."
1 Samuel 2:2
"No hay santo como el Señor, porque no hay nadie fuera de ti, ni hay roca como nuestro Dios."
1 Samuel 2:3
"No hablen más con tanto orgullo; no salga arrogancia de la boca de ustedes, porque el Señor es un Dios de conocimiento, y por él son pesadas las acciones."
1 Samuel 2:4
"Los arcos de los poderosos son quebrados, y los que tropezaban son ceñidos de fuerza."
1 Samuel 2:5
"Los que estaban saciados se han alquilado por pan, y los que tenían hambre dejaron de tenerla; de modo que la estéril ha dado a luz a siete, y la que tenía muchos hijos se ha debilitado."
1 Samuel 2:6
"El Señor mata y da vida; hace descender a la tumba y hace subir."
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