Versículo destacado
1 Samuel 2:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Y Ana oró y dijo: Mi corazón se alegra en el Señor; mi cuerno es exaltado en el Señor. Mi boca se ensancha contra mis enemigos, porque me alegro en tu salvación. "
1 Samuel 2:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Y Ana oró y dijo: Mi corazón se alegra en el Señor; mi cuerno es exaltado en el Señor. Mi boca se ensancha contra mis enemigos, porque me alegro en tu salvación.
2 No hay santo como el Señor, porque no hay nadie fuera de ti, ni hay roca como nuestro Dios.
3 No hablen más con tanto orgullo; no salga arrogancia de la boca de ustedes, porque el Señor es un Dios de conocimiento, y por él son pesadas las acciones.
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Aquí encontramos el agradecimiento de Ana, expresado no solo por el espíritu de oración, sino también por el espíritu de profecía. Antes vimos su petición por la misericordia que deseaba (1 Samuel 1:11), y ahora vemos su respuesta de alabanza. En ambos casos, su boca habló desde un corazón profundamente conmovido: primero por su propia necesidad y después por la bondad de Dios.
Observemos varias cosas. Primero, cuando recibió misericordia de Dios, le dio gracias abiertamente. No fue como los nueve leprosos que se olvidaron de regresar para alabarlo (Lucas 17:17). La alabanza es nuestro deber, como lo son el alquiler o el tributo. Si no se la damos, actuamos injustamente.
Segundo, la misericordia que recibió llegó como respuesta a la oración, por lo que se sintió especialmente obligada a darle gracias a Dios. Lo que obtenemos por medio de la oración podemos disfrutarlo con tranquilidad, y debemos recibirlo con alabanza. Tercero, su agradecimiento también se llama oración, porque dar gracias es una parte necesaria de la oración. Cada vez que nos acercamos a Dios, debemos mostrarle el respeto agradecido que merece como dador de todo bien. Incluso el agradecimiento por las bendiciones ya recibidas puede ser aceptado como una petición de más misericordia.
Cuarto, a partir de este único regalo que recibió, Ana eleva su mirada para hablar de la grandeza de Dios y de su gobierno sobre el mundo para el bien de su pueblo. Todo lo que despierte nuestra alabanza debería elevarnos de la misma manera. Quinto, su oración anterior fue silenciosa, porque no se escuchaba su voz. Pero en este agradecimiento habla en voz alta, para que todos puedan oírla. Había derramado su petición con gemidos que no podían expresarse con palabras, pero ahora sus labios se abren para proclamar la alabanza de Dios.
Sexto, este agradecimiento quedó registrado para animar a las mujeres y a todos los que, dentro del pueblo de Dios, son más débiles o pasan inadvertidos, a acercarse al trono de la gracia. Dios escuchará sus oraciones y recibirá su alabanza. El cántico de María en Lucas tiene mucho en común con el cántico de Ana (Lucas 1:46).
En este agradecimiento vemos tres cosas. Primero, Ana se alegra en Dios mismo, en su gran carácter y en las grandes cosas que él ha hecho por ella (1 Samuel 2:1-3). Dice cosas muy grandes acerca de Dios, pero dice poco acerca del regalo en sí. No se detiene a hablar de Samuel como un niño encantador, como suelen hacerlo los padres orgullosos. En vez de eso, mira más allá del regalo y alaba al Dador. Muchas personas se aferran al regalo y se olvidan del Dador. Todo río debería llevarnos de vuelta a su fuente, y cada bendición debería hacernos admirar la grandeza perfecta de Dios. Puede haber muchos Samuel, pero solo hay un Señor. No hay nadie fuera de él.
Ana alaba cuatro cualidades gloriosas de Dios. La primera es su santidad pura. Este es el atributo que más alaban en el cielo quienes contemplan constantemente su rostro (Isaías 6:3; Apocalipsis 4:8). Cuando Israel triunfó sobre Egipto, Dios fue alabado como glorioso en santidad (Éxodo 15:11). Por eso Ana dice: «No hay nadie santo como el Señor». Esto significa que su naturaleza es recta, que existe una armonía perfecta en su ser y que su gobierno y sus juicios son justos en todo lo que hace. Debemos dar gracias cuando recordamos esta verdad.
La segunda es su poder todopoderoso: «No hay roca como nuestro Dios». Aquí, la roca representa la fuerza. Ana había comprobado que Dios era un apoyo poderoso cuando confió en él, y habla desde su propia experiencia. Parece hacer eco de las palabras de Moisés (Deuteronomio 32:31).
La tercera es su sabiduría: «El Señor es un Dios de conocimiento». Él ve con claridad y perfección el carácter de cada persona y el verdadero mérito de cada situación. También les da conocimiento y entendimiento a quienes se lo piden.
La cuarta es su justicia: «Por él se pesan las acciones». Sus propias obras son evaluadas dentro de sus planes eternos, y las acciones humanas son pesadas en su juicio. Él le dará a cada persona conforme a lo que haya hecho, y nunca se equivoca acerca de quién es alguien ni de lo que hace.
Segundo, Ana encuentra consuelo en estas verdades. Aquello por lo que damos crédito a Dios también puede ser motivo de consuelo para nosotros. Ella lo hace con un gozo santo: «Mi corazón se alegra en el Señor». No se alegra principalmente en su hijo, sino en su Dios. Él es la alegría de nuestra alegría (Salmo 43:4), y nuestro gozo no debe detenerse en nada inferior a él. Cuando dice: «Me alegro en tu salvación», no se refiere solamente a esta misericordia personal, sino también a la salvación de tu pueblo Israel, especialmente a las liberaciones que este niño quizá ayudaría a traer y, por encima de todo, a la salvación por medio de Cristo, hacia la cual apuntaban aquellas liberaciones anteriores.
También se alegra con un triunfo santo: «Mi cuerno es exaltado». Esto significa más que la restauración de su reputación por haber tenido un hijo, aunque ciertamente incluye esa idea. También significa que su alabanza ha sido elevada a una nota más alta. El cuerno era una imagen de fuerza y, en ocasiones, un instrumento musical usado en la adoración a Dios (1 Crónicas 25:5). Así que Ana está diciendo que Dios la ha levantado y que su triunfo le pertenece a él. «Mi boca se ensancha» significa: «Ahora tengo algo que responderles a quienes se burlaban de mí». Un hombre con la aljaba llena y una casa llena de hijos no se avergüenza de hablar con valentía contra sus enemigos en la puerta de la ciudad (Salmo 127:5).
Tercero, Ana usa este cántico para hacer callar a quienes se levantan contra Dios. «No sigan hablando con tanto orgullo», dice (1 Samuel 2:3). Penina, la otra esposa de Elcaná, y sus hijos ya no deberían burlarse de Ana por confiar en Dios y orar a él. Por fin, Ana descubrió que su confianza no había sido en vano. Esto también se extiende a los enemigos orgullosos de Dios y de Israel, que hablan contra el cielo (Salmo 73:9). Que esto los avergüence y los haga callar, porque el Dios que defendió a su pueblo frente a un enemigo también lo defenderá frente a todos sus enemigos.
Segundo, Ana observa la sabiduría y el gobierno soberano de la providencia de Dios al ordenar los asuntos humanos. La vida puede cambiar rápidamente. La prosperidad y la aflicción suelen estar muy cerca una de otra. Dios ha puesto una frente a la otra (Eclesiastés 7:14), y con frecuencia las ha colocado muy juntas, para que aprendamos a alegrarnos como si no nos alegráramos por completo y a llorar como si no lloráramos por completo.
Los fuertes pueden debilitarse rápidamente, y los débiles pueden fortalecerse con rapidez cuando Dios decide actuar (1 Samuel 2:4). Si él da la orden, los arcos de los guerreros poderosos se quiebran. Quedan desarmados e incapaces de hacer lo que antes hacían o lo que habían planeado hacer.
Quienes parecían estar seguros de la victoria muchas veces han sido derrotados en la batalla. Parecían fuertes en todos los sentidos, pero el Señor los humilló. Considera (Salmo 46:9) y (Salmo 37:15, 17). De la misma manera, las personas pueden debilitarse rápidamente por la enfermedad y la vejez. Muchos hombres fuertes han descubierto que la fuerza en la que confiaban podía fallarles justo cuando más la necesitaban.
Por otro lado, cuando el Señor habla, quienes eran débiles e inestables reciben fuerza en el cuerpo y en la mente. Así pueden realizar grandes cosas. Quienes habían quedado debilitados por la enfermedad recuperan sus fuerzas (Job 33:25). Quienes habían sido aplastados por el dolor recuperan el consuelo, y Dios fortalece las manos débiles y las rodillas temblorosas (Isaías 35:3). La victoria puede pasar de repente al lado que parecía perdido, y hasta los cojos pueden tomar el botín (Isaías 33:23).
Las personas ricas también pueden quedar en la pobreza con mucha rapidez, y las pobres pueden ser levantadas de una manera sorprendente. En ocasiones, Dios arruina las riquezas de una persona y bloquea todos sus esfuerzos, hasta que quienes antes tenían graneros y casas llenos se ven obligados a enfrentar una necesidad extrema (Job 22:18; Salmo 17:14). Las riquezas pueden volar (Proverbios 23:5) y dejar miserable a quien había confiado en ellas. Cuando alguien ha vivido con abundancia y libertad, la pobreza se siente todavía más pesada.
Pero a veces Dios ordena las cosas de tal manera que quienes tenían hambre ya no necesitan trabajar solamente para sobrevivir. Por medio de la bendición de Dios sobre su trabajo, pueden llegar a tener lo suficiente para vivir en paz. Esto no es simple suerte ni se debe únicamente a que algunas personas sean sabias y otras insensatas. Las riquezas no siempre son para los sabios, ni el favor para los expertos (Eclesiastés 9:11). Es el Señor quien hace pobres a unos y ricos a otros (1 Samuel 2:7). Él les da a algunos el poder de adquirir riquezas, y también puede quitarles la capacidad de conservarlas.
Si somos pobres, Dios nos ha hecho pobres, y eso nos da una buena razón para estar contentos. Si somos ricos, Dios nos ha hecho ricos, y eso nos da una buena razón para estar agradecidos y servirlo con alegría. Esto incluso puede sucederle a la misma persona. Dios puede hacer pobre a alguien por un tiempo y después volver a hacerlo rico, como ocurrió con Job. Él dio, quitó y después volvió a dar. Por eso, los ricos no deben llenarse de orgullo ni vivir descuidadamente, porque Dios puede hacerlos pobres con rapidez. Los pobres no deben hundirse en la desesperación, porque Dios puede enriquecerlos a su debido tiempo.
También se llenan los hogares vacíos, y a veces se reducen los hogares numerosos. Esto encaja con la ocasión en que Ana entonó su alabanza. La mujer estéril ha dado a luz a siete; esto puede referirse a la misma Ana, porque, aunque al principio solo tuvo un hijo, ese hijo fue consagrado a Dios como nazareo y sirvió en la obra especial de Dios. En ese sentido, Samuel fue para ella tan valioso como siete hijos.
O quizá estas sean palabras de fe. Ahora que tenía un hijo, esperaba tener más, y no quedó decepcionada, porque después tuvo otros cinco (1 Samuel 2:21). Así que, si contamos a Samuel como dos, como razonablemente podemos hacerlo, tuvo el número que esperaba. En cambio, la mujer que tenía muchos hijos se debilita y deja de tenerlos. Penina ahora queda humillada y en silencio. La tradición judía dice que, cuando Ana tuvo un hijo, Penina enterró a dos. Hay muchos ejemplos de familias pequeñas que llegaron a ser numerosas y famosas, y de familias famosas que desaparecieron (Job 22:23; Salmos 107:38).
El Señor es el soberano sobre la vida y la muerte (1 Samuel 2:6). El Señor da la muerte y da la vida. Esto significa, en primer lugar, que Dios tiene autoridad absoluta sobre la vida y la muerte de todas las personas. Él está por encima de los nacimientos y de los entierros. Cuando alguien muere, es Dios quien dirige la flecha de la muerte. El Señor da la muerte. La muerte es su mensajera y hiere cuando y donde él lo determina. Nadie desciende al polvo sino por su mano, porque las llaves de la muerte y del sepulcro están en su mano (Apocalipsis 1:18).
Cuando alguien nace, es Dios quien le da la vida. Nadie entiende por completo el camino del espíritu, pero sabemos que proviene del Padre de los espíritus. Cuando alguien se recupera de una enfermedad o escapa de un peligro mortal, es Dios quien lo rescata, porque el camino de salida de la muerte le pertenece a él.
Esto también significa que Dios hace diferencia entre una persona y otra. A unos les quita la vida y a otros les permite vivir, aun cuando ambos se encuentren en el mismo peligro, como una guerra o una plaga, quizá acostados en la misma cama: uno es llevado y el otro queda. «Sí, Padre, porque así te agradó». Algunos que parecían tener más probabilidades de vivir son llevados al sepulcro, mientras que otros que parecían igualmente destinados a morir son levantados. La vida y la muerte no siguen los cálculos humanos. Dios puede tratar con una persona de tal manera que la derriba y la quebranta, mientras que al mismo tiempo trata con otra para restaurarla y darle vida.
También significa que Dios puede cambiar de esa manera a una misma persona. Él la derriba y la lleva al sepulcro; es decir, la lleva hasta las puertas de la muerte y luego la levanta, incluso cuando ya se había perdido toda esperanza de vivir y se había pronunciado sobre ella la sentencia de muerte (2 Corintios 1:8, 9). Él vuelve el rostro hacia la destrucción y luego dice: «Regresa» (Salmos 110:3). Nada es demasiado difícil para Dios, ni siquiera dar vida a los muertos y aliento a los huesos secos.
Tanto el ascenso como la humillación provienen de él. Él hace descender a unos y levanta a otros (1 Samuel 2:7). Humilla a los orgullosos y concede gracia y honor a los humildes. Arroja al polvo a quienes intentan ponerse por encima de Dios y pisotean a todos los que los rodean (Job 40:12, 13), pero levanta a quienes se humillan delante de él y les da su ayuda salvadora (Santiago 4:10). Esto también puede entenderse con respecto a las mismas personas: después de humillar suficientemente a quienes había hecho descender, vuelve a levantarlos.
Esta idea se amplía en 1 Samuel 2:8. Él levanta al pobre del polvo, de una condición baja y humilde, incluso del basurero, un lugar despreciable y semejante al de un esclavo, odiado y menospreciado, y lo coloca entre los príncipes. Véase (Salmos 113:7, 8). El ascenso no ocurre por casualidad. Proviene del plan sabio de Dios, que a menudo elige a personas que nadie esperaría y que otros considerarían indignas. José, Daniel, Moisés y David fueron levantados de maneras sorprendentes: de la prisión al palacio, de cuidar ovejas a gobernar como reyes. Aunque los príncipes que los rodean se sientan tentados a menospreciarlos, Dios puede afirmar el honor que les concede y hacer que hereden un trono glorioso.
No permitamos que se burlen de aquellos a quienes Dios ha levantado por el humilde lugar de donde provienen. Cuanto más bajo haya sido su comienzo, tanto más claramente se verá el favor de Dios en su ascenso, siempre que este haya ocurrido por medios correctos y honorables.
Ahora se da una razón para todos estos cambios de la vida, una razón que debería ayudarnos a aceptarlos, por sorprendentes que parezcan: «Del Señor son las columnas de la tierra». Si se toma literalmente, esto señala el poder todopoderoso de Dios, que nadie puede controlar. Él hizo la tierra, mantiene toda la creación en su lugar y todavía la sostiene con su poder. ¿Qué no puede hacer en los asuntos de las familias y los reinos, mucho más allá de lo que podemos imaginar, si cuelga la tierra sobre la nada? (Job 26:7).
Si se toma como una figura de lenguaje, señala el derecho claro de Dios a gobernar, un derecho que nadie puede cuestionar. Los príncipes y grandes gobernantes de la tierra, aquellos que parecen mantener unidas a las naciones, son como las columnas de la tierra (Salmos 75:3). Los asuntos del mundo parecen depender de ellos, pero ellos pertenecen al Señor (Salmos 47:9). Reciben su poder de él; por eso él puede levantar a quien quiera, y nadie puede preguntarle: «¿Qué estás haciendo?».
Luego, su cántico presenta una profecía sobre la protección y el levantamiento de todo el pueblo fiel de Dios, así como sobre la destrucción de todos sus enemigos y los enemigos de su pueblo. Después de hablar con gozo de lo que Dios había hecho y estaba haciendo, Ana termina con una esperanza gozosa acerca de lo que todavía haría (1 Samuel 2:9, 1 Samuel 2:10). Como observa el obispo Patrick, en aquellos días los sentimientos piadosos a menudo se elevaban hasta convertirse en profecía, y Dios usó esto para preservar la verdadera fe entre un pueblo que se inclinaba hacia la idolatría.
Esta profecía puede referirse primero al gobierno de Israel bajo Samuel y bajo David, a quien Samuel ungiría más adelante. El pueblo santo de Dios sería protegido y rescatado, y los filisteos, sus enemigos, serían derrotados y humillados, especialmente mediante truenos (1 Samuel 7:10). Sus fronteras se extenderían, el rey David sería fortalecido y recibiría gran honor, e Israel, que apenas se había mantenido unido durante el tiempo de los jueces, pronto se volvería fuerte y respetado, y establecería leyes para sus vecinos. ¡Qué gran cambio fue aquel! El nacimiento de Samuel fue como la primera luz de ese día.
Pero es probable que también mire más adelante, hacia el reino de Cristo y el gobierno de la gracia del que Ana está hablando ahora, después de haber hablado tan ampliamente del gobierno de Dios sobre la providencia. Aquí encontramos por primera vez el nombre Mesías, es decir, el Ungido. Los antiguos maestros judíos y cristianos entendieron que esto señalaba más allá de David, hacia el Hijo de David. Aquí se dicen grandes cosas acerca del reino del Mediador, es decir, de aquel que se coloca entre Dios y las personas para reconciliarlas, tanto antes como después de su venida en carne. La manera en que se gobierna su reino es esencialmente la misma, ya sea que pensemos en el Verbo eterno o en el Verbo hecho carne.
Respecto a ese reino, primero se nos dice que todos sus súbditos leales serán protegidos con cuidado y poder: «Él guardará los pies de sus santos» (1 Samuel 2:9). Hay personas en el mundo que son santas de Dios, sus escogidas y apartadas, y él guardará incluso sus pies. Esto significa que protegerá todo lo que les pertenece, hasta la parte más pequeña de su ser. Si guarda sus pies, ciertamente también guardará su cabeza y su corazón. O puede significar que asegurará el terreno donde están y afirmará sus pasos. Pondrá su gracia como una guardia sobre sus deseos y acciones, para que sus pies no se aparten del camino ni tropiecen en él. Cuando sus pies estén a punto de resbalar (Salmos 73:2), su misericordia los sostendrá (Salmos 94:18) y los guardará de caer (Judas 1:24). Mientras sigamos los caminos de Dios, él guardará nuestros pies. Véase (Salmos 37:23, Salmos 37:24).
Segundo, ningún poder que se levante contra este reino podrá destruirlo. «Nadie triunfa por su propia fuerza». El poder de Dios está del lado de la iglesia, y mientras esto sea así, la fuerza humana no podrá derrotarla. La iglesia puede parecer débil, con pocos amigos y estos débiles, pero la victoria no depende de la fuerza humana (Salmos 33:16). Dios no la necesita para sí mismo (Salmos 147:10), ni le teme cuando se levanta contra él.
En tercer lugar, todos los enemigos de este reino seguramente serán derribados: «Los malvados quedarán en silencio en la oscuridad» (1 Samuel 2:9). Serán heridos de ceguera y de mudez, sin poder encontrar el camino ni defenderse con sus palabras. A los pecadores perdidos se les sentencia a una oscuridad completa, y allí permanecerán sin palabras para siempre (Mateo 22:12-13). A los malvados se les llama enemigos del Señor, y se anuncia que serán hechos pedazos (Mateo 22:10). Todo plan que tramen contra su reino entre los seres humanos fracasará, y ellos mismos serán destruidos. ¿Cómo podrían triunfar quienes toman las armas contra el Dios todopoderoso? (Lucas 19:27). Dios tiene muchas maneras de hacer que esto suceda y, si fuera necesario, tronará desde el cielo contra ellos, infundiendo terror en sus corazones y llevándolos a la ruina. ¿Quién puede mantenerse en pie ante los truenos de Dios?
En cuarto lugar, las victorias de este reino llegarán hasta los lugares más distantes: «El Señor juzgará los confines de la tierra». Las victorias y el gobierno de David se extendieron ampliamente, pero al Mesías se le prometen los lugares más lejanos de la tierra como posesión suya (Salmo 2:8), ya sea para someterlos bajo su cetro de oro o para quebrarlos con su vara de hierro. Dios es el Juez de todos, y juzgará a favor de su pueblo contra sus enemigos y los enemigos de su pueblo (Salmo 110:5-6).
En quinto lugar, el poder y el honor del Mesías, el Príncipe, seguirán creciendo: «Él dará fuerza a su rey». Dios lo fortalecerá para realizar la gran obra para la que vino (Salmo 89:21; véase también Lucas 22:43), y le dará fuerzas para recorrer el difícil camino de su humillación. Después, en su exaltación, Dios levantará su cabeza (Salmo 110:7), elevará el cuerno —es decir, el poder y el honor— de su ungido y lo hará más grande que los reyes de la tierra (Salmo 89:27). Esta es la corona de su alegría y, por encima de todo, la razón de su alabanza. Su cuerno es exaltado (1 Samuel 2:1) porque ella ve de antemano que el cuerno del Mesías será exaltado. Esto asegura la esperanza. Los súbditos del reino de Cristo estarán a salvo y sus enemigos serán destruidos, porque el Señor Cristo, el Ungido, está armado de poder y es capaz de salvar y destruir por completo.
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De este capítulo
1 Samuel 2:2
"No hay santo como el Señor, porque no hay nadie fuera de ti, ni hay roca como nuestro Dios."
1 Samuel 2:3
"No hablen más con tanto orgullo; no salga arrogancia de la boca de ustedes, porque el Señor es un Dios de conocimiento, y por él son pesadas las acciones."
1 Samuel 2:4
"Los arcos de los poderosos son quebrados, y los que tropezaban son ceñidos de fuerza."
1 Samuel 2:5
"Los que estaban saciados se han alquilado por pan, y los que tenían hambre dejaron de tenerla; de modo que la estéril ha dado a luz a siete, y la que tenía muchos hijos se ha debilitado."
1 Samuel 2:6
"El Señor mata y da vida; hace descender a la tumba y hace subir."
1 Samuel 2:7
"El Señor empobrece y enriquece; humilla y enaltece."
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