Versículo destacado

1 Reyes 21:5 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Pero Jezabel, su esposa, fue a verlo y le preguntó: «¿Por qué está tan triste tu espíritu que no comes pan?». "

1 Reyes 21:5

menu_book El versículo en contexto

3 Y Nabot le dijo a Acab: «¡Que el SEÑOR no permita que te dé la herencia de mis padres!»

4 Acab entró en su casa abatido y disgustado por lo que Nabot el jezreelita le había dicho, pues había dicho: «No te daré la herencia de mis padres». Entonces se acostó en su cama, volvió el rostro y no quiso comer pan.

5 Pero Jezabel, su esposa, fue a verlo y le preguntó: «¿Por qué está tan triste tu espíritu que no comes pan?».

6 Él le respondió: «Porque hablé con Nabot el jezreelita y le dije: “Dame tu viña a cambio de dinero; o, si te parece bien, te daré otra viña a cambio”. Pero él respondió: “No te daré mi viña”».

7 Entonces Jezabel, su esposa, le dijo: «¿Ahora gobiernas tú el reino de Israel? Levántate, come pan y alegra tu corazón. Yo te daré la viña de Nabot el jezreelita».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

No podía esperarse nada bueno cuando Jezabel, aquella mujer malvada, entraba en escena (2 Reyes 9:34). Fingiendo consolar a su esposo afligido, alimentó su orgullo y su enojo, y avivó sus deseos pecaminosos. Estuvo bien que notara su tristeza y le preguntara por qué estaba tan angustiado (1 Reyes 21:5). Quienes no se interesan por las dificultades del otro han olvidado tanto el deber como el amor que deben existir en el matrimonio.

Acab le contó lo que lo preocupaba (1 Reyes 21:6), pero omitió la verdadera razón por la que Nabot se había negado. Hizo que la respuesta pareciera descortés, cuando en realidad era una cuestión de conciencia: dijo «no te la daré», en vez de explicar que Nabot había dicho «no puedo dártela». Jezabel le respondió: «¿Acaso no gobiernas tú sobre Israel? Levántate y come» (1 Reyes 21:7). Al principio, sus palabras podrían parecer un intento de animarlo a sacudirse la tristeza y no dejar que la aflicción lo aplastara, pues la tristeza no resolvería nada, mientras que el ánimo podría aliviar su carga.

Sus palabras podrían interpretarse de una manera correcta: «¿Es apropiado que un rey tan grande como tú se angustie por un asunto tan pequeño? Te estás humillando y estás tratando tu corona como si no valiera nada. ¿Por qué te preocupas por algo tan insignificante? ¿Puede gobernar Israel un hombre que no puede gobernar su propio temperamento? Y si ya tienes tanto, ¿por qué no puedes prescindir de esta única viña?». Debemos aprender a tranquilizarnos en medio de las dificultades al recordar las misericordias que todavía disfrutamos, especialmente nuestra esperanza del reino de Dios.

Pero Jezabel pretendía decirlo de una manera perversa: «¿Gobiernas tú sobre Israel? Entonces, ¿cómo es posible que uno de tus súbditos se niegue a darte algo que deseas? Eres el rey. Está por debajo de ti comprar y pagar, y mucho más tener que pedir. Usa tu poder y toma por la fuerza lo que no puedes obtener justamente. No te limites a resentir el insulto; véngalo. Si no sabes cómo actuar como rey, déjamelo a mí. Permíteme usar tu nombre y pronto conseguiré para ti la viña de Nabot. No importa si es correcto o incorrecto: pronto será tuya y no te costará nada».

Desdichados los gobernantes que tienen a su alrededor personas que los empujan hacia la tiranía y les enseñan a abusar de su poder. Para complacer a Acab, Jezabel planeó y llevó a cabo la muerte de Nabot. Nada menos que su sangre podía satisfacer el insulto que Acab había recibido, y ella la deseaba aún más porque Nabot se mantuvo firme en la ley del Dios de Israel.

Si lo único que hubiera querido fuera su terreno, unos testigos falsos habrían podido arrebatárselo mediante una acusación inventada. Es probable que los ancianos de Jezreel hubieran aceptado un título de propiedad dudoso si se hubiera presentado con apariencia oficial. Pero la mujer adúltera buscaba una vida preciosa (Proverbios 6:26). Para ella, la venganza era dulce. Nabot tenía que morir, y debía morir como si fuera un criminal.

Nunca ningún gobernante dio órdenes peores que las que Jezabel envió a los magistrados de Jezreel (1 Reyes 21:8-10). Usó el sello del rey, pero Acab no sabía cómo lo emplearía. Es probable que no fuera la primera vez que él se lo prestaba, y quizá ella ya lo había usado para firmar órdenes de matar a los profetas. Usó el nombre del rey porque sabía que, una vez consumado el acto, este le agradaría, aunque temía que Acab objetara la manera de llevarlo a cabo. En resumen, les ordenó, apelando a su deber hacia el rey, que mataran a Nabot sin darles ninguna razón.

Si simplemente hubiera enviado testigos para acusarlo, los jueces, que debían juzgar conforme a los cargos y las pruebas, podrían haberse dejado engañar, y su veredicto habría sido más una desgracia que un pecado deliberado. Pero obligarlos a buscar ellos mismos testigos falsos y luego juzgar basándose en un testimonio que sabían que era falso constituía un ataque desvergonzado contra todo lo justo y santo. Solo cabe esperar que ninguna otra historia haya igualado una osadía tan grande. Jezabel debió pensar que los ancianos de Jezreel eran completamente indiferentes a la honestidad y al honor si esperaba que obedecieran órdenes semejantes.

También les indicó cómo hacerlo, con toda la astucia y el veneno de una serpiente. Debía hacerse bajo el manto de la religión: «Declaren un ayuno. Díganle a la ciudad que temen que se acerque un juicio terrible y que deben intentar apartarlo, no solo mediante la oración, sino también encontrando y eliminando al culpable. Finjan que temen que haya entre ustedes un gran pecador que todavía no ha sido descubierto y por cuya causa Dios está enojado con la ciudad. En ese día solemne, díganle al pueblo que, si alguien conoce a un hombre así, debe denunciarlo por el bien de la ciudad. Luego señalen a Nabot como sospechoso, quizá porque no se une a sus vecinos en la adoración. Eso puede servir como motivo para presentarlo ante el pueblo y llevarlo a juicio. Hagan saber que, si alguien puede acusar al prisionero y demostrar que es culpable, será escuchado. Después, permitan que los testigos se presenten y declaren contra él».

No existe maldad tan vil ni tan escandalosa que la religión no haya sido utilizada alguna vez para encubrirla. No debemos menospreciar el ayuno y la oración porque en ocasiones hayan sido utilizados de esta manera. Más bien, debemos considerar todavía más aborrecibles los planes malvados que se han ejecutado bajo su protección.

También se hizo bajo el manto de la justicia, usando todas las formalidades de un proceso legal. Si hubiera contratado a unos hombres desesperados para asesinarlo de noche en la calle, habría sido bastante perverso. Pero destruirlo mediante la ley y usar para asesinarlo el poder destinado a proteger al inocente fue una monstruosa distorsión de la justicia y del juicio. Sin embargo, la Escritura nos dice que no debemos sorprendernos ante cosas semejantes (Eclesiastés 5:8).

La acusación que debían presentar contra él era blasfemia contra Dios y contra el rey: una acusación doble. Seguramente Jezabel no podía pensar de verdad que la respuesta de Nabot a Acab pudiera convertirse en blasfemia, como si negarse a entregar la viña fuera insultar al rey y como si la razón basada en la ley de Dios fuera un insulto contra Dios. No; ni siquiera fingió tener una base verdadera para la acusación. Los testigos falsos debían jurarlo, a Nabot no se le permitiría defenderse ni interrogarlos y, bajo el pretexto de que todos odiaban semejante crimen, debían sacarlo y apedrearlo.

Su supuesta blasfemia contra Dios le costaría la vida, pero no sus propiedades. Por eso también lo acusó de traición y de blasfemar contra el rey, para que pudieran quitarle el terreno y Acab se quedara con la viña. Nunca hubo órdenes malvadas que fueran obedecidas de una manera más perversa que estas por parte de los magistrados de Jezreel.

Ni siquiera cuestionaron la orden ni presentaron objeción alguna, aunque era claramente injusta. Cumplieron cada parte de ella al pie de la letra, ya fuera porque temían la crueldad de Jezabel, porque odiaban la fidelidad de Nabot a Dios, o por ambas razones. Hicieron exactamente lo que decían las cartas (1 Reyes 21:11-12). No encontraron ninguna dificultad para hacerlo ni enfrentaron obstáculos mientras lo ejecutaban, así que llevaron a cabo hábilmente el plan malvado.

Apedrearon a Nabot hasta matarlo (1 Reyes 21:13), y parece que sus hijos fueron asesinados junto con él o después de él. Cuando más tarde Dios pidió cuentas por ese derramamiento de sangre, el registro menciona este detalle: «He visto la sangre de Nabot y la sangre de sus hijos» (2 Reyes 9:26). Tal vez los asesinaron en secreto para que no pudieran reclamar el terreno de su padre ni protestar por la injusticia cometida contra él.

Esta triste historia debería conmovernos de varias maneras. Primero, debemos quedar horrorizados ante la maldad de los perversos y ante el poder de Satanás sobre quienes se niegan a obedecer. ¡Qué indignación debería surgir en nosotros al ver la maldad en el lugar donde se administra justicia! (Eclesiastés 3:16). Segundo, debemos lamentar el sufrimiento de los inocentes oprimidos y llorar con quienes son aplastados y no tienen quién los consuele, mientras el poder permanece en manos de los opresores (Eclesiastés 4:1).

Tercero, debemos encomendar nuestra vida y todo aquello que disfrutamos a Dios, porque ni siquiera la inocencia nos protegerá siempre. Cuarto, debemos alegrarnos por la certeza del juicio venidero, cuando se revisarán esos juicios falsos. Por ahora vemos que a veces los justos sufren lo que merecen los malvados (Eclesiastés 8:14), pero en el gran día todo será puesto en orden.

Después de quitar a Nabot de en medio, Acab tomó posesión de la viña. Los ancianos de Jezreel le avisaron a Jezabel sin mostrar ninguna preocupación y le llevaron lo que consideraban una buena noticia: «Nabot ha sido apedreado y está muerto» (1 Reyes 21:14). Es notable que los ancianos de Jezreel estuvieran tan dispuestos a obedecer las órdenes de Jezabel, enviadas desde Samaria para asesinar a Nabot, como más tarde lo estuvieron los ancianos de Samaria a obedecer las órdenes de Jehú, enviadas desde Jezreel para matar a los setenta hijos de Acab, aunque ese acto posterior no se llevó a cabo mediante un proceso legal (2 Reyes 10:6-7).

Los gobernantes que corrompen la conciencia de los funcionarios inferiores con órdenes perversas pueden descubrir, con el tiempo, que esos mismos hombres estarán dispuestos a volverse contra ellos.

Jezabel, satisfecha de que su plan hubiera funcionado tan bien, le dijo a Acab que Nabot ya no estaba vivo, sino muerto. Entonces le dijo: «Levántate y toma posesión de la viña» (1 Reyes 21:15). Acab podría haberla tomado por medio de uno de sus funcionarios, pero estaba tan complacido con lo que había obtenido que él mismo fue a Jezreel para reclamarla. Al parecer, también fue con toda la pompa real, como si hubiera obtenido una gran victoria, porque Jehú recordó mucho tiempo después que él y Bidcar estaban con Acab en aquel momento (2 Reyes 9:25).

Si todos los hijos de Nabot habían sido asesinados, Acab pensaba que la tierra era suya porque ya no quedaban herederos. Si todavía estaban vivos, entonces, como Nabot había muerto como un criminal, Acab reclamaba la tierra como confiscada debido al supuesto delito de Nabot. Y si ninguna de esas razones le daba un derecho válido, el poder absoluto de Jezabel se la habría entregado de todos modos, pues nadie se atrevería a resistirse a su voluntad. Con frecuencia, la fuerza se impone sobre la justicia, y resulta sorprendente que Dios permita esto por un tiempo. Sin duda, Dios tiene ojos demasiado puros para contemplar el mal; sin embargo, por un tiempo permanece en silencio cuando el malvado devora a alguien más justo que él (Habacuc 1:13).

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