Versículo destacado
1 Reyes 2:35 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" El rey puso a Benaía hijo de Joiada en su lugar al frente del ejército, y puso al sacerdote Sadoc en el lugar de Abiatar. "
1 Reyes 2:35
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
33 Por tanto, la sangre de ellos recaerá para siempre sobre la cabeza de Joab y sobre la cabeza de su descendencia; pero sobre David, sobre su descendencia, sobre su casa y sobre su trono habrá paz para siempre de parte del SEÑOR.
34 Entonces Benaía hijo de Joiada subió, arremetió contra él y lo mató. Joab fue sepultado en su propia casa, en el desierto.
35 El rey puso a Benaía hijo de Joiada en su lugar al frente del ejército, y puso al sacerdote Sadoc en el lugar de Abiatar.
36 Luego el rey mandó llamar a Simei y le dijo: Constrúyete una casa en Jerusalén, vive allí y no salgas de allí a ningún lugar.
37 Porque el día en que salgas y cruces el arroyo Cedrón, sabrás con certeza que ciertamente morirás; tu sangre recaerá sobre tu propia cabeza.
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Aquí se nos habla de la promoción de Benaía y Sadoc, dos amigos leales a Salomón y a su gobierno (1 Reyes 2:35). Después de que Joab fue ejecutado, Benaía fue puesto en su lugar como comandante del ejército. Después de que Abiatar fue destituido de su cargo, Sadoc fue establecido como sumo sacerdote en su lugar. De esta manera se cumplió la palabra de Dios, cuando advirtió que quitaría la casa de Elí (1 Samuel 2:35) y también dijo: «Levantaré para mí un sacerdote fiel, y él servirá en una casa firme».
Aunque los cargos sagrados se rebajen por causa de las fallas de quienes los ocupan, Dios no permite que desaparezcan. Su obra nunca se detiene por falta de personas que la continúen. No es sorprendente que un rey designado directamente por Dios tuviera autoridad para nombrar al sumo sacerdote que considerara adecuado. Salomón ejerció esa autoridad con justicia, porque Sadoc tenía el derecho de sucesión más antiguo. Sadoc pertenecía al linaje de Eleazar, mientras que Elí y su familia descendían de Itamar.
La manera en que Salomón trató a Simei también merece atención. Un mensajero lo convocó desde su casa en Bahurim. Es posible que Simei no esperara nada mejor que el destino de Adonías, pues conocía su propia hostilidad hacia la casa de David. Pero Salomón sabía distinguir entre los delitos y también entre los delincuentes.
David le había prometido a Simei que no moriría durante la vida de David. Salomón no estaba obligado por esa promesa, pero tampoco quiso actuar abiertamente en contra de ella. Por eso, en primer lugar, mantuvo a Simei en Jerusalén y le prohibió, por cualquier motivo, cruzar el arroyo de Cedrón (1 Reyes 2:36-37). Podría haberlo dejado en su casa de campo, donde tendría la oportunidad de provocar problemas entre sus vecinos; pero, en vez de eso, Salomón lo llevó a Jerusalén, donde quedó bajo vigilancia, aunque con cierta libertad. Esto resultaba más fácil para Simei, porque Jerusalén era una ciudad hermosa y honorable: la ciudad real y la ciudad santa. También era más seguro para Salomón, porque allí podía vigilarlo. Salomón le dijo claramente que, si cruzaba esos límites, ciertamente moriría. Era una prueba justa de obediencia, y Simei no tenía buenas razones para quejarse. Podía conservar su vida en condiciones favorables, con tal de aceptar vivir en Jerusalén.
En segundo lugar, Simei aceptó la restricción y recibió agradecido la oportunidad de conservar la vida bajo esas condiciones. Dio su palabra, bajo pena de muerte, de no salir de Jerusalén, y reconoció que la condición era justa (1 Reyes 2:38). Aun quienes reciben un castigo no pueden negar que las condiciones del perdón y de la vida son justas; por eso, como en el caso de Simei, la responsabilidad de su muerte recae sobre ellos mismos. Simei también juró mantenerse dentro de los límites establecidos (1 Reyes 2:42).
En tercer lugar, Simei quebrantó su promesa, tal como Salomón esperaba. Dios fue justo al permitirlo, de modo que Simei pudiera recibir ahora el castigo por sus antiguos pecados. Al parecer, dos de sus siervos huyeron de él a la tierra de los filisteos (1 Reyes 2:39). Aunque estaba bajo restricción, Simei todavía vivía con cierta comodidad y tenía siervos. Fue tras ellos y los trajo de vuelta a Jerusalén (1 Reyes 2:40). Para mantenerlo en secreto, ensilló su propio asno, probablemente viajó de noche y esperaba regresar sin que nadie lo notara. Como dijo el obispo Hall: «Al buscar a sus siervos, se perdió a sí mismo».
Las cosas terrenales están destinadas a servirnos, o al menos así debería ser. ¡Cuántas veces vemos a las personas traspasar los límites que la ley de Dios les ha puesto mientras persiguen esas cosas, hasta que sus almas quedan bajo un juicio terrible!
En cuarto lugar, Salomón actuó contra Simei por haber quebrantado su palabra. Le informaron que Simei había roto su juramento (1 Reyes 2:41). El rey mandó llamarlo y, primero, lo acusó de este pecado reciente (1 Reyes 2:42-43). Simei había mostrado un profundo desprecio tanto por la autoridad de Dios como por la autoridad del rey. Había quebrantado su juramento delante del Señor y había desobedecido la orden de su gobernante. Esto revelaba cuál era su actitud interior, pues no se dejó detener ni por la gratitud ni por la conciencia. Si hubiera explicado la urgencia de su situación y pedido permiso, Salomón quizá se lo habría concedido. Pero suponer que Salomón no se enteraría, o que pasaría por alto la desobediencia, fue un grave insulto.
Después, Salomón lo condenó por su pecado anterior, cuando Simei maldijo a David y le arrojó piedras durante su aflicción: «La maldad que tu propio corazón conoce» (1 Reyes 2:44). No hacían falta testigos. Su propia conciencia bastaba. Los pecados que solo el corazón de una persona conoce son suficientes, si se consideran correctamente, para producir vergüenza, porque Dios es más grande que el corazón y lo sabe todo. Otros sabían que Simei había maldecido a David, pero Simei mismo conocía el espíritu de odio y malicia que había detrás de sus palabras. También sabía que su sometimiento actual era solo una obediencia forzada.
Luego Salomón habló favorablemente de sí mismo y de su reino (1 Reyes 2:45). El rey Salomón sería bendecido a pesar de las maldiciones impotentes de Simei, que quizá había pronunciado en medio de la ira y la desesperación: «Ellos maldicen, pero tú bendices». El trono de David quedaría establecido al quitar de en medio a quienes intentaban derribarlo. Esto es un consuelo cuando los enemigos de Cristo se enfurecen contra su iglesia. Sus planes son inútiles. El trono de Cristo está establecido, y ellos no pueden hacerlo tambalear.
Finalmente, Salomón ordenó que Simei fuera ejecutado de inmediato (1 Reyes 2:46). Todo juicio le ha sido entregado al Señor Jesús. Aunque él es el Rey de paz, también es el Rey de justicia. Pronto dará la orden contra todos sus enemigos que se negaron a dejarlo gobernar sobre ellos: «Tráiganlos aquí y mátenlos delante de mí». Los insultos de quienes lo blasfemaron caerán sobre sus propias cabezas, y su condenación será eterna.
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De este capítulo
1 Reyes 2:1
"Cuando se acercaron los días en que David debía morir, dio órdenes a su hijo Salomón, diciendo:"
1 Reyes 2:2
"Yo voy por el camino de toda la tierra. Por tanto, sé fuerte y muéstrate hombre."
1 Reyes 2:3
"Cumple el mandato del SEÑOR tu Dios: anda en sus caminos y guarda sus estatutos, sus mandamientos, sus decretos y sus testimonios, como está escrito en la ley de Moisés, para que prosperes en todo lo que hagas y dondequiera que te dirijas;"
1 Reyes 2:4
"para que el SEÑOR confirme la palabra que habló acerca de mí, diciendo: “Si tus hijos cuidan su camino y andan delante de mí con fidelidad, con todo su corazón y con toda su alma, nunca te faltará (dijo él) un hombre en el trono de Israel”."
1 Reyes 2:5
"Además, tú sabes lo que me hizo Joab hijo de Sarvia y lo que hizo a los dos jefes de los ejércitos de Israel: a Abner hijo de Ner y a Amasa hijo de Jéter. Los mató, derramó sangre de guerra en tiempo de paz y puso sangre de guerra en el cinturón que llevaba alrededor de la cintura y en el calzado que llevaba en los pies."
1 Reyes 2:6
"Haz, pues, conforme a tu sabiduría y no dejes que sus canas desciendan en paz al sepulcro."
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