Versículo destacado
Salmos 90:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Señor, tú has sido nuestro refugio a lo largo de todas las edades. "
Salmos 90:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Señor, tú has sido nuestro refugio a lo largo de todas las edades.
2 Desde antes de que se formaran los montes y existieran la tierra y el mundo, desde los tiempos antiguos hasta los tiempos últimos, tú eres Dios.
3 Haces que el hombre vuelva al polvo cuando dices: «Vuelvan al polvo, seres humanos».
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Este salmo se llama «una oración de Moisés». No sabemos dónde se conservó desde los días de Moisés hasta que los Salmos fueron reunidos en un libro. Pero, como fue inspirado por Dios, seguramente él lo preservó. Es posible que se haya escrito en el Libro de Jaser o en el Libro de las guerras del Señor.
Moisés enseñó a Israel a orar y le dio palabras para usar cuando regresara al Señor. Se le llama el hombre de Dios porque fue profeta, padre de los profetas y una representación clara del gran profeta que habría de venir. En estos versículos aprendemos a alabar a Dios por su cuidado constante de su pueblo y por su cuidado de nosotros en nuestros propios días: «Señor, tú has sido nuestra morada en todas las generaciones» (Salmo 90:1).
Aunque el pueblo había caído bajo el desagrado de Dios y temía que él pudiera abandonarlo, recordó la bondad que Dios había mostrado a sus antepasados. Canaán había sido un lugar de peregrinación para los patriarcas, los primeros padres de Israel, que vivían allí en tiendas. Sin embargo, Dios era su hogar y, adondequiera que fueran, estaban seguros en él. Egipto había sido un lugar de esclavitud durante muchos años, pero aun allí Dios era su refugio y mantuvo con vida a aquel pueblo oprimido.
Los verdaderos creyentes tienen su hogar en Dios, y eso es su consuelo en cada dificultad que enfrentan en este mundo. En él podemos descansar y escondernos como en nuestra propia casa. También debemos darle a Dios la gloria por su existencia eterna (Salmo 90:2). Antes de que fueran formados los montes, antes de que hiciera la tierra y el mundo, antes de que comenzara el tiempo, Dios ya existía. Desde la eternidad y hasta la eternidad, él es Dios: no tiene principio ni fin, y el paso del tiempo no lo cambia.
Esto es un gran consuelo frente a todo lo que nos aflige por nuestra propia mortalidad y por la muerte de nuestros seres queridos. Somos criaturas destinadas a morir, y todos nuestros consuelos en este mundo también son pasajeros. Pero Dios es el Dios eternamente vivo, y quienes le pertenecen descubrirán que él permanece así para siempre.
También debemos reconocer el dominio absoluto de Dios sobre el ser humano y su poder para hacer con nosotros lo que le plazca (Salmo 90:3). Cuando él decide hacerlo, con una sola palabra devuelve al ser humano al polvo y dice: «Vuelvan, seres humanos».
Cuando Dios, por medio de una enfermedad u otras dificultades, está conduciendo a las personas hacia la muerte, también las está llamando a regresar a él mediante el arrepentimiento y una vida nueva. Él habla una vez, e incluso dos, diciendo: «Vuelve a mí, tú que te has apartado» (Jeremías 4:1). Cuando amenaza con la muerte y las personas sienten dentro de sí la sentencia de muerte, a veces las restaura de manera maravillosa y les dice, como lo expresa una traducción antigua: «Vuelvan otra vez a la vida y a la salud». Porque Dios hace morir y da vida; lleva al sepulcro y también saca de él.
Cuando Dios vuelve a las personas hacia la destrucción, está cumpliendo la sentencia común sobre toda la humanidad: «Vuelvan, seres humanos». Uno por uno, debemos regresar a nuestro estado original: el cuerpo a la tierra como polvo, y el espíritu a Dios, quien lo dio (Génesis 3:19; Eclesiastés 12:7). Sin embargo, aunque Dios conduce a todos a la muerte, un día volverá a decir: «Vuelvan, seres humanos», en la resurrección final. Entonces, aunque una persona muera, volverá a vivir, y el cuerpo y el espíritu se unirán otra vez (Job 14:14-15).
También debemos reconocer la enorme distancia entre Dios y el ser humano (Salmo 90:4). Algunos de los patriarcas vivieron casi mil años, y Moisés lo sabía bien. Pero ¿qué es aun la vida humana más larga en comparación con la vida eterna de Dios? Mil años nos parecen mucho tiempo, y no podemos esperar vivir tanto; ni siquiera podríamos recordar todo ese tiempo si lo viviéramos. Sin embargo, ante Dios son como el día de ayer, como un solo día o incluso como una vigilia de la noche, que duraba apenas unas horas.
Mil años no son nada comparados con la eternidad de Dios. Son menos que un día, e incluso menos que una hora, cuando se comparan con una vida sin fin. Existe cierta relación entre un minuto y un millón de años, pero no existe relación alguna entre el tiempo y la eternidad. Las largas vidas de los patriarcas no significaban nada para Dios; ni siquiera eran como la vida de un niño que nace y muere el mismo día.
Todos los acontecimientos de mil años, pasados o futuros, están tan presentes en la mente de Dios como el día de ayer lo está para nosotros, y aun más. En el gran día, Dios les dirá a quienes haya entregado a la destrucción: «Vuelvan; levántense, ustedes que están muertos». Alguien podría objetar la resurrección porque ha pasado tanto tiempo y todavía no ha ocurrido. Pero eso no debe inquietarnos, porque para Dios mil años son como un solo día (2 Pedro 3:8). Para el Rey, todos los tiempos son iguales.
Esto también debe mostrarnos la fragilidad humana y nuestro vacío aun en nuestro mejor estado (Salmo 90:5-6). Si observamos a toda la humanidad, vemos que su vida es una vida que se va extinguiendo. Dios se lleva a las personas como una inundación. Siempre avanzan por la corriente del tiempo hacia el océano de la eternidad. La inundación sigue fluyendo y las arrastra consigo. En cuanto nacemos, comenzamos a morir, y cada día nos acerca más a la muerte.
Es como si también fuéramos llevados violentamente por una inundación desbordada que arrasa con todo. De ese modo, la muerte se parece al diluvio de los días de Noé. Dios prometió que nunca volvería a ahogar al mundo entero, pero la muerte es una inundación constante que llega a cada persona. La vida humana también es como un sueño. Las personas no piensan en cuán débiles son ni en lo cerca que están de una eternidad trascendental. Como quienes duermen, sueñan con grandes cosas, hasta que la muerte las despierta y termina el sueño agradable.
El tiempo pasa sin que nos demos cuenta, como les sucede a quienes duermen, y cuando se ha ido parece no haber sido nada. La vida humana es corta y pasajera, como la hierba. Crece y se ve verde y agradable por la mañana, pero al anochecer el segador la corta y pronto se marchita. La muerte pronto nos cambiará, quizá de manera repentina, y producirá en nosotros una gran transformación en muy poco tiempo.
El ser humano, aun en su mayor fortaleza, solo florece por un breve tiempo, como la hierba. La hierba es débil, baja, tierna y queda fácilmente expuesta al daño. Cuando llega el invierno de la vejez, se marchita por sí sola, pero también puede ser cortada por una enfermedad o una desgracia en pleno verano. Al final, toda vida humana es como la hierba.
De este capítulo
Salmos 90:2
"Desde antes de que se formaran los montes y existieran la tierra y el mundo, desde los tiempos antiguos hasta los tiempos últimos, tú eres Dios."
Salmos 90:3
"Haces que el hombre vuelva al polvo cuando dices: «Vuelvan al polvo, seres humanos»."
Salmos 90:4
"En verdad, mil años para ti son como el día de ayer, que ya pasó. ¡Son como unas cuantas horas de la noche!"
Salmos 90:5
"Arrastras a los hombres con violencia, como si fueran solo un sueño;"
Salmos 90:6
"son como la hierba, que brota y florece por la mañana, pero por la tarde se marchita y muere."
Salmos 90:7
"En verdad, tu furor nos consume; ¡nos deja confundidos!"
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