Versículo destacado

Salmos 55:16 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Pero yo clamaré a Dios; el Señor me salvará. "

Salmos 55:16

menu_book El versículo en contexto

14 con quien me reunía en el templo de Dios para conversar amigablemente, con quien caminaba entre la multitud!

15 ¡Que la muerte sorprenda a mis enemigos! ¡Que caigan vivos en el sepulcro, pues la maldad está en su corazón!

16 Pero yo clamaré a Dios; el Señor me salvará.

17 Me quejaré y lloraré mañana, tarde y noche, y él escuchará mi voz.

18 En las batallas me librará; me salvará la vida, aunque mis adversarios sean muchos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos, David permanece firme en su decisión de invocar a Dios, seguro de que no lo buscará en vano (Salmo 55:16). «En cuanto a mí», dice, «que otros tomen el camino que quieran para protegerse. Que la violencia y el conflicto sean su defensa. La oración será la mía». Ese era su consuelo, y pensaba mantenerse en él: «Invocaré a Dios, me pondré en sus manos, y el Señor me salvará». Todos los que invocan correctamente el nombre del Señor serán salvos (Romanos 10:13).

También decide orar con fervor y constancia. Orará con intensidad, diciendo: «Oraré y clamaré en voz alta». La palabra también puede significar «meditaré». Es decir, primero hablará con su propio corazón, y la oración surgirá desde lo más profundo de su ser. Oramos correctamente cuando lo hacemos con todo lo que hay en nosotros: primero reflexionamos y luego convertimos nuestros pensamientos en oración, porque la verdadera oración eleva el corazón hacia Dios.

Después de meditar, clamará y alzará la voz. La intensidad de su espíritu en la oración se manifestará en la fuerza de su voz. También se propone orar con frecuencia: todos los días, tres veces al día, por la tarde, por la mañana y al mediodía. Es probable que esa ya fuera su costumbre, y ahora decide continuar con ella en medio de la angustia. Podemos acudir a Dios con mayor confianza en los momentos difíciles cuando ya lo conocemos bien por medio de una oración constante, en vez de comenzar a buscarlo solamente cuando llega el peligro. Entonces la oración ya está en movimiento, como ruedas que ya están girando.

Quienes consideran que tres comidas al día apenas son suficientes para el cuerpo deberían pensar mucho más que tres oraciones serias al día apenas son suficientes para el alma. Debemos considerar la oración un gozo, no una carga. Así como es bueno comenzar el día con Dios y terminarlo con él, también es bueno detenernos a mitad del día para hablar con él. Daniel oraba tres veces al día (Daniel 6:10), y el mediodía era uno de los momentos en que Pedro oraba (Hechos 10:9). No nos cansemos de orar con frecuencia, porque Dios nunca se cansa de escuchar.

David dice que Dios oirá su voz y no lo culpará por acudir a él demasiado seguido. Cuanto más acudamos a Dios, más bienvenidos seremos.

David también está seguro de que, a su debido tiempo, Dios responderá sus oraciones con paz. Él mismo será librado, y sus temores se calmarán. Los miedos que antes lo habían sacudido tan profundamente, como se ve en Salmos 55:4-5, ahora son silenciados por la fe, y David comienza a regocijarse en la esperanza (Salmo 55:18). Cuando dice: «Dios ha librado mi alma en paz», quiere decir que Dios la librará. David está tan seguro de ello como si ya hubiera sucedido.

Sus enemigos estaban en guerra contra él, y la lucha estaba dirigida en su contra; sin embargo, Dios lo sacaría adelante en paz. Es decir, lo conduciría a través de la dificultad con consuelo, como si nunca hubiera estado en peligro. Si no era librado por medio de una victoria visible, aun así era librado al recibir paz interior. Dios conservaba su alma en paz, y mediante la paciencia y el gozo santo en Dios, David se aferraba a esa paz.

Están seguros y tranquilos aquellos cuyos corazones y pensamientos son guardados por la paz de Dios, una paz que supera todo entendimiento (Filipenses 4:7). Cuando David estaba asustado, pensaba que todos estaban en su contra. Ahora ve que muchos estaban con él, más de los que había esperado. Le da la gloria a Dios por esto, porque Dios levanta amigos cuando los necesitamos y hace que permanezcan fieles. Aunque sus súbditos lo abandonaron y se pasaron al lado de Absalón, David todavía tenía a Dios con él, junto con los santos ángeles.

Con los ojos de la fe, ahora se ve rodeado, como Eliseo, de carros y caballos de fuego (2 Reyes 6:16-17). Por eso puede decir: «Hay muchos conmigo; son más los que están conmigo que los que están contra mí». La fe de David le permitió ver lo que el temor le había ocultado.

Luego David se refiere al destino de sus enemigos. Ellos lo habían amenazado, pero ahora él habla de una manera que debería hacerlos temblar. No tenían una verdadera forma de calmar sus temores, como él la tenía por medio de la fe en Dios.

David describe su carácter como la razón por la que espera que Dios los derribe. En primer lugar, son impíos y no muestran reverencia por Dios, por su autoridad ni por su ira (Salmo 55:19). «Porque no cambian», es decir, porque no enfrentan tiempos difíciles, interrupciones en su prosperidad constante ni pérdidas que los humillen, «no temen a Dios». Viven despreciando y desatendiendo continuamente a Dios y la religión, y esa es la raíz de su maldad. También es lo que los señala para la destrucción.

En segundo lugar, son traicioneros y falsos. No se detienen ni ante las promesas más sagradas (Salmo 55:20). «Ha levantado su mano contra los que estaban en paz con él», es decir, contra personas que nunca lo provocaron ni le dieron motivo para pelear. De hecho, les había dado todas las razones para esperar bondad de su parte. Ha quebrantado su pacto con Dios y con las personas, y una traición semejante deja a una persona lista para la ruina.

En tercer lugar, son viles e hipócritas: aparentan amistad mientras planean hacer daño (Salmo 55:21). «Las palabras de su boca» podrían referirse especialmente a Ahitófel, el consejero de David que lo traicionó. Sus palabras eran más suaves que la mantequilla y más delicadas que el aceite. Era cortés, agradable y estaba lleno de promesas de respeto y ayuda. Sin embargo, la guerra estaba en su corazón, y toda aquella amabilidad no era más que una estrategia de guerra. Sus palabras eran como espadas desenvainadas, destinadas a apuñalar.

Sonríen frente a una persona mientras le cortan la garganta, como Joab, el comandante de David, quien besó y mató. Satanás también actúa así: halaga a las personas para llevarlas a la ruina. Cuando habla con amabilidad, no debemos confiar en él.

David también anuncia la ruina de sus enemigos. Dios los afligirá y los llevará a la angustia y al temor, devolviendo dificultades a quienes han afligido a su pueblo. Esto será una respuesta a las oraciones de los santos. Dios escuchará los clamores de los oprimidos y llenará de terror a sus opresores; él es quien existe desde siempre, el Dios eterno, y ha gobernado como Juez desde el principio de los tiempos. Los seres humanos, por fuertes que parezcan, no pueden compararse con el Dios eterno.

Los santos se han consolado con esta verdad cuando los enemigos de la iglesia los han amenazado. Habacuc dijo: «¿Acaso no existes desde la eternidad, Señor?» (Habacuc 1:12). Dios no solo los afligirá, sino que los derribará; no simplemente hasta el polvo, sino hasta el pozo de la destrucción (Salmo 55:23), hasta el abismo sin fondo llamado destrucción (Job 26:6).

Primero los afligió para ver si eso los humillaría y los llevaría a cambiar. Pero como no cambiaron con la disciplina, finalmente los llevará a la ruina. Quienes no son corregidos por la vara de la aflicción ciertamente serán derribados al pozo de la destrucción.

Son hombres sanguinarios y engañadores, el peor tipo de personas, y por eso no vivirán ni la mitad de sus días. No vivirán tanto como suele vivir la gente en el curso normal de la vida, ni tanto como ellos mismos esperaban. El Señor de la vida, el Juez justo, ha establecido la duración de la vida de cada persona y ha decidido cortar la de ellos a la mitad.

Eran hombres sanguinarios y acababan con la vida de otros; por eso Dios justamente acabará con ellos. Eran engañadores y defraudaban a otros, quizá incluso de la mitad de lo que les correspondía. Ahora Dios acortará sus días, no quitándoles lo que merecían, sino lo que esperaban recibir.

Luego David se anima a sí mismo y a todas las personas buenas a confiar en Dios con seguridad. Él mismo decide hacerlo: «Confiaré en ti», en tu cuidado, tu poder y tu misericordia, y no en mi propia sabiduría, fuerza o bondad. Cuando los hombres sanguinarios y engañadores sean eliminados a la mitad de sus días, yo seguiré viviendo por la fe en ti.

También quiere que los demás hagan lo mismo: «Entrega tu carga al Señor», seas quien seas y cualquiera que sea tu carga. Algunos lo entienden como: «Entrega tu regalo al Señor», es decir, entrega a su cuidado todas las bendiciones que Dios te ha dado, especialmente el cuidado de tu alma. O puede significar: deja en sus manos lo que quieres que Dios te dé y permite que él lo dé a su manera y en su debido tiempo. La Septuaginta dice: «Entrega tus preocupaciones al Señor», y el apóstol hace referencia a esto en (1 Pedro 5:7).

La preocupación es una carga que hace que el corazón se incline hacia abajo (Proverbios 12:25). Debemos echarla sobre Dios por medio de la fe y la oración, y encomendarle nuestro camino y nuestro trabajo. Dejemos que él haga lo que le parezca bien, y estaremos satisfechos. Echar nuestra carga sobre Dios significa descansar en su cuidado y en su promesa, completamente seguros de que todo obrará para bien.

Si hacemos esto, se nos prometen dos cosas. Primero, Dios nos sostendrá. Nos apoyará y proveerá para nosotros, cargándonos con la fuerza de su poder como una nodriza carga a un niño que amamanta. Por medio de su Espíritu, fortalecerá nuestro corazón para que pueda soportar su debilidad. Él no ha prometido quitar de inmediato el problema que causa nuestros temores, pero no permitirá que seamos tentados más allá de lo que podamos soportar y nos dará una fuerza equivalente a la prueba.

Segundo, nunca permitirá que los justos se tambaleen; es decir, que sean sacudidos de tal manera que abandonen su deber para con Dios o el consuelo que encuentran en él. No permitirá que permanezcan caídos para siempre. Aunque puedan caer, no serán derribados por completo.

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