Versículo destacado

Salmos 3:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Señor, muchos son mis enemigos; muchos son los que se han puesto en mi contra, "

Salmos 3:1

menu_book El versículo en contexto

1 Señor, muchos son mis enemigos; muchos son los que se han puesto en mi contra,

2 ¡muchos son los que dicen de mí: «Dios no va a salvarlo»!

3 Pero tú, Señor, eres mi escudo protector, eres mi gloria, eres quien me reanima.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El título de este salmo, como el de muchos otros, es semejante a una llave que cuelga junto a la puerta, lista para usarse. Nos ayuda a abrir el salmo y a entenderlo mejor. Este salmo fue escrito —o, al menos, cuidadosamente meditado y preparado en la mente de David— cuando huía de su hijo Absalón, quien conspiraba para quitarle la corona y también la vida. Encontramos esa historia en 2 Samuel 15 y los capítulos siguientes.

David estaba profundamente afligido. Mientras huía, subió al monte de los Olivos llorando amargamente, con la cabeza cubierta y los pies descalzos. Aun así, compuso este salmo consolador. Lloraba y oraba, lloraba y cantaba, lloraba y creía; así sembraba con lágrimas. ¿Está alguien sufriendo? Entonces, que ore. Mejor aún, que cante salmos, y que cante este salmo. ¿Sufre alguien por causa de hijos desobedientes? David estaba pasando por eso, y aun así no dejó de regocijarse en Dios ni de estar dispuesto para entonar cánticos santos.

También se encontraba en gran peligro. La conspiración contra él estaba bien organizada, quienes buscaban su ruina eran poderosos, y su propio hijo estaba al frente de ellos. Su situación parecía llegar al límite. Sin embargo, aun entonces se aferró a su confianza en Dios y recurrió a ella. Los problemas y el temor deben impulsarnos hacia Dios, no alejarnos de él.

Además, enfrentaba muchas provocaciones de personas de quienes tenía toda razón para esperar algo mejor, especialmente de su hijo, a quien había tratado con gran bondad, y de sus súbditos, para quienes había sido una bendición. Eso habría podido despertar una ira intensa en cualquier persona. Sin embargo, David estuvo muy lejos de dejarse llevar por una pasión desenfrenada; todavía conservaba la serenidad necesaria para dedicarse a la adoración, que requiere una mente tranquila y libre. El Espíritu suele obrar sobre aguas quietas. No permitamos que la dureza de nadie, ni siquiera la de un hijo o un amigo, pese tanto sobre nosotros que nos impida tener comunión con Dios.

También sufría por su pecado en el caso de Urías. Ese era el mal que Dios había dicho que se levantaría contra él desde su propia casa a causa de aquel pecado (2 Samuel 12:11). Sin duda, David lo reconocía y lo usaba como motivo para renovar su arrepentimiento. Aun así, no desechó su confianza en el poder y la bondad de Dios, ni se entregó a la desesperación. Nuestro dolor por el pecado no debe impedir nuestro gozo en Dios ni nuestra esperanza en él.

Quizá parecía débil cuando huyó de Absalón y abandonó la ciudad real sin luchar primero por ella. Sin embargo, este salmo muestra que tenía un valor verdadero, nacido de la fe en Dios. El verdadero valor cristiano se manifiesta más en una calma llena de gracia, en la perseverancia paciente y en la espera confiada que en actos de audacia con la espada en la mano.

En estos tres versículos, David se vuelve hacia Dios. ¿A dónde más debemos acudir cuando algo nos preocupa o nos atemoriza? David estaba lejos de su habitación de oración y de los atrios de la casa de Dios, donde acostumbraba adorar. Sin embargo, todavía encontró abierto el camino hacia el cielo. Dondequiera que estemos, podemos acudir a Dios y acercarnos a él, sin importar adónde nos hayan llevado las circunstancias.

Mientras huye, David se presenta ante Dios con una imagen de su angustia (Salmos 3:1-2). Mira a su alrededor, como si estuviera observando el campamento enemigo o enterándose de los planes que tenían contra él, y lleva todo eso delante de Dios en vez de acudir primero a sus propios consejeros. Se queja de dos cosas acerca de sus enemigos.

Primero, eran muy numerosos: «Señor, ¡cómo han aumentado!». Eran más que al principio y más de lo que David jamás había esperado. El grupo de Absalón, como una bola de nieve, crecía de manera sorprendente a medida que avanzaba. David habla como alguien asombrado, y con razón: casi todo un pueblo al que había ayudado de tantas maneras se había vuelto contra él, se había rebelado y había escogido como líder a un joven tan insensato e inestable como Absalón. ¡Qué poco confiables pueden ser las multitudes! ¡Y qué poca fidelidad y firmeza se encuentra entre las personas! David había tenido en otro tiempo el corazón de sus súbditos como pocos reyes lo habían tenido, y de repente los había perdido. Nadie debe confiar demasiado en los gobernantes (Salmos 146:3), ni los gobernantes deben confiar demasiado en el apoyo del pueblo. Cristo, el Hijo de David, también tuvo muchos enemigos. Cuando una gran multitud llegó para arrestarlo y el pueblo gritaba: «¡Crucifíquenlo, crucifíquenlo!», ¡cuánto habían aumentado los que lo afligían! Aun las personas buenas no deben sorprenderse si la corriente se vuelve contra ellas y aumentan las fuerzas que las amenazan.

Segundo, eran muy crueles en sus palabras. Se levantaban contra David y procuraban afligirlo, pero no se quedaban ahí. Decían acerca de él: «Dios no lo va a salvar». Esto podía significar varias cosas. Daban una interpretación cruel e injusta a sus problemas, como hicieron los amigos de Job con él. Suponían que, como sus siervos y súbditos lo habían abandonado y no lo ayudaban, Dios también lo había abandonado y su causa estaba perdida. Así, lo trataban como un hipócrita y un malvado. También hablaban contra Dios mismo, como si él no pudiera salvar a David; en otras palabras, decían: «Su peligro es tan grande que ni siquiera Dios puede ayudarlo». Es impactante encontrar tal incredulidad en alguien, y mucho más en tantos israelitas, como si algún grupo de personas pudiera ser demasiado fuerte para el Dios todopoderoso.

También intentaban sacudir la confianza de David en Dios y llevarlo a la desesperación. Las palabras pueden entenderse como: «Eso es lo que dicen de mí». Compárese con Salmos 11:1 y Salmos 42:10. Lo que más hería a David era que pensaran tan mal de él como para creer que podían arrancarlo del fundamento mismo de su confianza en Dios. Aquella tentación lo golpeaba con fuerza, como una espina clavada en la carne o incluso como una espada en los huesos. Un hijo de Dios se estremece ante la sola idea de desesperar de la ayuda de Dios. Nada le preocupa tanto como que alguien intente convencerlo de que Dios no puede ayudarlo.

Por eso David acude a Dios y le cuenta lo que decían sus enemigos, tal como Ezequías extendió delante del Señor la carta blasfema de Rabsaces. «Dicen que no hay ayuda para mí en ti. Pero, Señor, si eso fuera cierto, estaría perdido. Dicen que Dios no lo va a salvar». Entonces le pide al Señor que le hable con una palabra mejor: «Tú eres mi salvación» (Salmos 35:3). Eso sería suficiente para él y, con el tiempo, silenciaría a sus enemigos.

A esta queja añade «Selah», una palabra que aparece unas setenta veces en el libro de los Salmos. Algunos la relacionan con la música que se usaba cuando se cantaban los salmos en los días de David. Otros piensan que señala el significado de lo dicho y llama a hacer una pausa solemne. Es como si el salmo dijera: «Tomen nota» o «Deténganse aquí y piensen por un momento». En este caso, la idea es: «Dicen que no hay ayuda para él en Dios. Selah». Hay que detenerse y considerar semejante afirmación. Debemos rechazar una sugerencia tan malvada. Después, David pasa a declarar su confianza en Dios (Salmos 3:3).

El creyente activo, cuanto más es apartado de Dios —ya sea por la disciplina paternal de Dios o por los insultos de sus enemigos—, con mayor firmeza se aferrará a Dios y permanecerá cerca de él. Eso es lo que David hace aquí. Cuando sus enemigos dicen: «Dios no puede ayudarlo», él responde con una confianza aún mayor: «Pero tú, Señor, eres un escudo que me protege». Es como si dijera: «Que digan lo que quieran. Yo sé que nunca me abandonarás, y estoy decidido a no dudar de ti».

Observemos quién es Dios para su pueblo y lo que David descubrió que Dios era para él. Primero, Dios es protección: «Tú eres un escudo que me protege» o, como algunos lo entienden, «un escudo alrededor de mí», que me protege por todos lados, ya que mis enemigos me han rodeado. Esto es más que decir: «Tú eres mi escudo» (Génesis 15:1), lo cual señala que pertenecemos a la protección de Dios. También significa: «Tú eres un escudo que me protege», destacando el beneficio presente de esa protección.

Segundo, Dios es honor: «Tú eres mi gloria». Quienes Dios reconoce como suyos no solo están seguros y en paz; también reciben un honor verdadero. Poseen una dignidad muy superior al orgullo de los grandes de la tierra. En ese momento David estaba avergonzado y la corona había caído de su cabeza, pero no pensaría menos de sí mismo mientras Dios fuera su gloria (Isaías 60:19). Algunos entienden que quiso decir: «Tú eres mi gloria; considero tu gloria como mía». Eso es lo que desea y lo que busca, sin importar lo que ocurra con su propio honor: ser para Dios motivo de reconocimiento y alabanza.

Tercero, Dios es gozo y liberación: «Tú eres quien levanta mi cabeza». Dios levantará su cabeza por encima de la angustia y lo restaurará al honor en el momento oportuno. O, al menos, levantará su cabeza mientras todavía se encuentre en medio del sufrimiento, para que no se hunda en la tristeza ni pierda el ánimo. Si el pueblo de Dios puede levantar la cabeza con gozo aun en los peores momentos, porque sabe que todas las cosas obrarán para su bien, entonces debe reconocer que es Dios quien le levanta la cabeza. Él le da tanto la razón para regocijarse como la fuerza para hacerlo.

Al cantar este salmo y convertirlo en oración, debemos percibir el peligro que representan los muchos y amargos enemigos espirituales que intentan arruinar nuestra alma al apartarnos de Dios. También debemos preocuparnos por las dificultades y los peligros que enfrenta la iglesia de Dios, pues se habla contra ella y se la ataca por todas partes.

Pero en ambos casos debemos cobrar ánimo en nuestro Dios. Él reconoce como suyos a sus hijos, los protege y, a su debido tiempo, hará prevalecer su causa tanto en el mundo como en el corazón de su pueblo.

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