Versículo destacado

Salmos 15:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Señor, ¿quién puede residir en tu santuario? ¿Quién puede habitar en tu santo monte? "

Salmos 15:1

menu_book El versículo en contexto

1 Señor, ¿quién puede residir en tu santuario? ¿Quién puede habitar en tu santo monte?

2 Solo el que vive sin tacha y practica la justicia; el que dice la verdad de todo corazón;

3 el que no habla mal de nadie; el que no hace daño a su amigo ni ofende a su vecino;

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Esta es una pregunta muy seria e importante acerca del carácter de un ciudadano de Sion, es decir, de un verdadero miembro del pueblo de Dios: «Señor, ¿quién permanecerá en tu tabernáculo? ¿Quién habitará en tu monte santo?». En otras palabras: «¿Quién puede habitar en tu tienda? ¿Quién puede ir al cielo?». La pregunta no pide nombres, porque solo el Señor sabe verdaderamente quién le pertenece. Pide una descripción: ¿qué clase de personas aceptará Dios y colmará de favor duradero?

Esta pregunta muestra que ser ciudadano de Sion es un privilegio enorme, un honor y una bendición que van más allá de las palabras. También muestra que no todos tienen ese privilegio, sino solo un remanente, una pequeña parte escogida. Además, no se recibe por nacimiento ni se hereda de la familia. No todo el que puede decir «Abraham es mi padre» permanecerá en el tabernáculo de Dios. El corazón y la vida de cada persona determinan su lugar. Por eso, cada uno de nosotros debe preguntar: «Señor, ¿qué debo ser y qué debo hacer para habitar en tu tabernáculo?» (Lucas 18:18; Hechos 16:30).

Observemos primero a quién se dirige esta pregunta: a Dios mismo. Quienes desean encontrar el camino al cielo deben mirar a Dios para recibir dirección. Deben dejarse guiar por su Palabra y pedir la ayuda de su Espíritu. Es correcto que él les dé leyes a sus siervos, establezca las condiciones de su favor y diga quién le pertenece y quién no.

La pregunta también está expresada en el lenguaje del Antiguo Testamento. Por «el tabernáculo» podemos entender la iglesia en la tierra, representada por el tabernáculo de Moisés, que correspondía a un pueblo que vivía en el desierto. Allí Dios se manifestaba y se reunía con su pueblo, como lo hizo en otro tiempo en el tabernáculo del testimonio, el lugar de reunión. La pregunta es: ¿quién habitará en este tabernáculo? ¿Quién será reconocido como un verdadero miembro vivo de la iglesia de Dios y será admitido entre los sacerdotes espirituales para permanecer en sus atrios? Necesitamos hacer esta pregunta porque muchos reclaman un lugar allí, aunque en realidad no tienen parte en ella.

Por «el monte santo» podemos entender la iglesia en gloria, el hogar celestial, teniendo presente el monte Sion, donde se construiría el templo de Salomón. La bienaventuranza de los santos glorificados consiste en habitar en ese monte santo. Allí están en casa y allí permanecerán para siempre. Es bueno saber quiénes vivirán allí, para asegurarnos de tener un lugar entre ellos y hallar consuelo al mirar hacia ese monte santo.

Esta pregunta también recibe una respuesta muy clara. Quienes de verdad desean conocer su deber y están dispuestos a cumplirlo encontrarán en las Escrituras una guía fiel y en la conciencia una advertencia fiel. Entonces la Biblia describe de varias maneras al ciudadano de Sion.

Es sincero y cabal en su fe. «Anda en integridad», conforme al mandato del pacto: «Anda delante de mí y sé perfecto» (Génesis 17:1). Allí se usa la misma palabra. Es realmente lo que dice ser. Tiene un corazón íntegro y puede presentarse delante de Dios con una conciencia limpia en todo lo que hace. Su vida es firme y consecuente, y procura mantenerse completo en el cumplimiento de toda la voluntad de Dios. Puede que su vista sea débil, pero su mirada es sincera. Todavía puede tener fallas, pero no usa una máscara. Es un verdadero israelita, en quien no hay engaño (Juan 1:47; 2 Corintios 1:12). No existe una religión digna de ese nombre sin sinceridad.

También tiene cuidado de ser honesto y justo en todos sus tratos. «Hace justicia». Vive conforme a los mandamientos y las ordenanzas del Señor, y da a cada persona lo que le corresponde. Es justo tanto con Dios como con los demás. Cuando habla con cualquiera de ellos, dice la verdad desde su corazón. Sus oraciones, promesas y afirmaciones delante de Dios no salen de labios falsos. No miente, ni siquiera distorsiona la verdad en los negocios o en las conversaciones cotidianas. Vive conforme a la justicia y la verdad, y aborrece las ganancias deshonestas y el fraude. Sabe que un trato hecho con una mentira no puede ser un buen trato ni traer salvación. Quien perjudica a su prójimo, aunque lo haga de una manera amable y agradable, finalmente descubrirá que se ha hecho el mayor daño a sí mismo.

También procura hacerles el bien a sus vecinos y no hacerle daño a nadie. De manera especial, protege el buen nombre de su prójimo (Salmo 15:3). No le hace ningún mal intencionalmente: nada que ofenda o hiera su espíritu, nada que perjudique su salud o su bienestar, nada que dañe sus bienes, su familia u otros intereses. Sigue la regla de oro de la justicia: tratar a los demás como quisiera que lo trataran a él. Tiene mucho cuidado de no dañar la reputación de su prójimo, aunque muchas personas que evitarían otras formas de hacer daño no piensan dos veces antes de hacerlo. Si alguien no puede controlar su lengua en este asunto, su religión no tiene ningún valor.

Sabe cuánto vale un buen nombre, por eso no calumnia a los demás, no difunde mentiras ni habla mal de nadie. No convierte las faltas ajenas en el tema habitual de sus conversaciones, y mucho menos de sus bromas o burlas. Solo habla de esas cosas cuando puede ayudar a otros a crecer. Ve lo mejor en todos y no busca lo peor en nadie. No acepta un reproche, es decir, no lo inicia ni lo transmite. No apoya una acusación falsa, sino que se aparta de la lengua maliciosa y ayuda a hacerla callar (Proverbios 25:23). Si escucha una historia negativa sobre su prójimo, la desmiente si puede. Si no puede hacerlo, deja que la historia termine con él. Su amor cubre una multitud de pecados.

También valora a las personas por su bondad y su devoción a Dios, no por su éxito exterior ni por su posición social (Salmo 15:5). No considera mejor la maldad solo porque viene acompañada de riqueza, poder u honor. A sus ojos, la persona vil es despreciable. Los malvados son viles, es decir, inútiles y sin valor, como la escoria, la paja o la sal que ha perdido su sabor. Son viles por sus decisiones (Jeremías 2:13) y por sus prácticas (Isaías 32:6). Por eso, las personas sabias y buenas los desprecian, no negándoles el honor humano básico ni el respeto que corresponde a quienes tienen autoridad (1 Pedro 2:17; Romanos 13:7), sino estando de acuerdo con el juicio de Dios acerca de ellos. No sienten envidia de esas personas. Más bien, se compadecen de ellas y desprecian sus ganancias por considerarlas inútiles (Isaías 33:15), sus lujos por considerarlos sin valor (Salmo 141:4) y sus placeres por ser vacíos y pasajeros (Hebreos 11:24-25). También desprecian su compañía (Salmo 119:115; 2 Reyes 3:14), sus amenazas y sus débiles intentos de hacer daño (Salmo 2:1, 4). Saben que Dios también los desprecia, y comparten su parecer.

Al mismo tiempo, no considera menos valiosa la piedad de nadie porque esa persona sea pobre o tenga una posición humilde en el mundo. Conoce a quienes temen al Señor. Considera que la devoción sincera a Dios es un verdadero honor, dondequiera que la encuentre. Esa devoción le da a una persona más dignidad verdadera y hace que su rostro brille más de lo que jamás podrían hacerlo la riqueza, la inteligencia o una gran reputación humana.

Honra a esas personas, las tiene en muy alta estima y las ama. Desea su amistad, disfruta de su compañía y valora sus oraciones. Se alegra de cualquier oportunidad de mostrarles respeto o hacerles un favor. Habla en su defensa, habla de ellas con honor, se alegra cuando prosperan y se entristece cuando mueren. Incluso después de su muerte, conserva con cariño su memoria. De esta manera, hasta cierto punto podemos examinarnos a nosotros mismos. ¿Qué criterio usamos para juzgar a los demás?

También es una persona que siempre pone la buena conciencia por encima de cualquier ganancia terrenal, sin importar cuánto le cueste. Si ha prometido bajo juramento hacer algo, aunque después cumplir esa promesa le cause perjuicio en sus negocios o en sus bienes, la cumple de todos modos y no cambia de parecer. Esto muestra cuántas veces incluso las personas sabias y buenas no logran ver suficientemente lejos. Pueden jurar hacer algo que después les cause daño, aunque no lo hayan previsto cuando hicieron el juramento. También muestra cuán serio es un juramento. Una persona debe preferir sufrir ella misma la pérdida, e incluso permitir que la sufra su familia, antes que romper un juramento y perjudicar a su prójimo. Un juramento es algo santo, y no debemos tomarlo a la ligera.

También es una persona que no se enriquece por medios deshonestos. No presta dinero cobrando intereses injustos para vivir cómodamente del trabajo de otros cuando él mismo tiene la capacidad de ponerlo a producir con su propio esfuerzo. Esto no significa que sea malo en sí mismo que un prestamista participe de las ganancias que un prestatario obtiene con ese dinero, así como tampoco es malo que un propietario cobre renta a quien usa un terreno. El dinero, mediante la habilidad y el trabajo, puede ponerse a producir, al igual que la tierra. Pero un ciudadano de Sion, parte del pueblo de Dios, presta de buena voluntad a los pobres hasta donde puede y no actúa con dureza ni exigencias excesivas al tratar con quienes la providencia de Dios ha llevado a una situación de necesidad.

Tampoco acepta un soborno contra el inocente. Si tiene alguna responsabilidad en la administración de la justicia pública, no hará nada que perjudique una causa justa por obtener una ganancia, ni siquiera por la esperanza de obtenerla.

El salmo termina confirmando este retrato del ciudadano de Sión. Es como el monte de Sión mismo, que no puede ser sacudido, sino que permanece para siempre (Salmo 125:1). Todo miembro verdaderamente vivo de la iglesia, al igual que la iglesia misma, está edificado sobre una roca, y las puertas del infierno no podrán prevalecer contra ella. «El que hace estas cosas jamás será conmovido»; es decir, no será movido para siempre.

La gracia de Dios siempre será suficiente para mantener a salvo y firme a una persona así hasta que llegue al reino celestial. Las tentaciones no lo derrotarán, las dificultades no lo abrumarán, y nada le robará la paz ahora ni el gozo en la vida venidera. Al cantar este salmo, debemos enseñarnos unos a otros a vivir de acuerdo con estas características del ciudadano de Sión, para que nunca seamos apartados del tabernáculo de Dios en la tierra y, finalmente, lleguemos a aquel monte santo donde estaremos para siempre más allá de la tentación y del peligro.

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