Versículo destacado

Salmos 121:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Al contemplar las montañas, me pregunto: «¿De dónde vendrá mi ayuda?» "

Salmos 121:1

menu_book El versículo en contexto

1 Al contemplar las montañas, me pregunto: «¿De dónde vendrá mi ayuda?»

2 Mi ayuda vendrá del Señor, creador del cielo y de la tierra.

3 ¡Nunca permitirá que resbales! ¡Nunca se dormirá el que te cuida!

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Este salmo nos enseña a confiar en Dios, porque él tiene poder y es plenamente suficiente para nosotros. David lo hizo y experimentó la bendición de hacerlo. No debemos apoyarnos en las cosas creadas, en las personas, en los recursos ni en las causas secundarias; tampoco debemos hacer de la fuerza humana nuestro sostén. Como dice Jeremías, es inútil esperar la salvación de los collados y de los montes (Jeremías 3:23).

Algunos leen esta frase como una pregunta: «¿Alzaré mis ojos a los montes?». Es decir, ¿debo mirar a los poderes de la tierra, a los gobernantes y a los grandes hombres, que parecen fuertes como los montes? No; mi ayuda no viene de ellos. Otros la leen como una respuesta: «Alzaré mis ojos por encima de los montes». Esto significa que miramos más allá de cada instrumento hacia Dios, quien les da todo su valor y utilidad.

Debemos reconocer que toda nuestra ayuda está guardada en Dios: en su poder y bondad, en su cuidado y gracia. De él debemos esperar que venga. «Mi ayuda viene del Señor» significa que la ayuda que necesito es la que él da, y que espero recibirla a su manera y en su tiempo. Si él no ayuda, ninguna criatura puede hacerlo. Si él ayuda, ninguna criatura puede impedirlo ni hacernos daño.

También debemos buscar la ayuda de Dios confiando en sus promesas y respetando los medios de gracia que él ha establecido. Probablemente David se refería a los montes donde estaba el templo: el monte Moriah y Sion, el monte santo donde se encontraban el arca, el lugar de revelación y los altares. En ese caso, está diciendo: «Mantendré mis ojos puestos en la presencia especial de Dios en su iglesia y entre su pueblo, no solamente en su presencia general en todas partes». Cuando estaba lejos, miraba hacia el santuario (Salmo 28:2; Salmo 42:6). De allí viene la ayuda, por medio de la Palabra y la oración, y por medio del lugar donde Dios se reúne con su pueblo.

«Mi ayuda viene del Señor» también puede significar: «Mi ayuda viene de delante del Señor», o de la presencia misma del Señor. El Dr. Hammond dice que esto podría señalar a Cristo hecho hombre. Puesto que la naturaleza de Dios está unida a la humanidad de Cristo, Dios está siempre presente con él y, por medio de él, con nosotros; mientras Cristo está sentado a la derecha de Dios e intercede continuamente por nosotros. Cristo es llamado el ángel de la presencia de Dios, quien salvó a su pueblo (Isaías 63:9).

También debemos fortalecer nuestra confianza en Dios recordando que él hizo los cielos y la tierra. El que hizo eso puede hacer cualquier cosa. Creó el mundo de la nada, por sí mismo, con una palabra y en poco tiempo, y lo hizo todo muy bueno y hermoso. Por eso, no importa cuán grande sea nuestro problema: él tiene poder más que suficiente para ayudarnos y rescatarnos. El que hizo los cielos y la tierra es Señor de todos los poderes que hay en ellos, y puede usarlos como quiera para el bien de su pueblo o impedir que le hagan daño.

Este salmo también nos consuela en Dios cuando nuestros peligros y dificultades son mayores. Promete que, si confiamos en Dios y seguimos caminando en obediencia, estaremos seguros bajo su cuidado. Ningún mal verdadero, nada que finalmente pueda dañarnos, nos sucederá; y ningún sufrimiento llegará, excepto aquello que Dios considere apropiado usar para nuestro bien.

Dios mismo se ha encargado de guardarnos: «El Señor es quien te cuida» (Salmo 121:5). Aunque les dé a los ángeles la tarea de proteger a su pueblo, no ha renunciado él mismo a ese cuidado. Tengamos o no cada creyente un ángel guardián, podemos estar seguros de que Dios mismo es nuestro protector. Es la sabiduría infinita la que planea nuestra seguridad, y es el poder infinito el que la lleva a cabo para quienes se ponen bajo la protección de Dios. Los que el Señor guarda están bien guardados. Aun si la aflicción los convierte en sus prisioneros, él sigue siendo su guardián.

El mismo Dios que protege a la iglesia en conjunto también promete preservar a cada creyente. Es la misma sabiduría, el mismo poder y la misma promesa. «El que guarda a Israel» (Salmo 121:4) es «quien te cuida» (Salmo 121:5). El pastor de todo el rebaño también es el pastor de cada oveja, y se asegurará de que ninguna de las más pequeñas se pierda.

También es un guardián vigilante que nunca duerme. «El que guarda a Israel, el que te guarda a ti, israelita, no se adormecerá ni dormirá». Nunca lo ha hecho ni lo hará, porque nunca se cansa. Ni siquiera se queda dormido por un momento, ni siente jamás el menor deseo de dormir.

No solo protege a su pueblo; también lo refresca. «Él es tu sombra». Esta es una imagen sencilla y consoladora. El Dios eterno, que está más allá de todas las cosas materiales, nos habla de una manera que podemos sentir y comprender, y promete ser como una sombra para su pueblo. Permanece cerca de ellos, así como la sombra permanece cerca del cuerpo, y los protege del sol ardiente, como la sombra de una gran roca en una tierra seca (Isaías 32:2). Bajo esa sombra pueden sentarse con alegría y seguridad (Cantar de los Cantares 2:3).

Siempre está cerca de su pueblo para protegerlo y consolarlo; nunca está lejos. Él es su guardián y su sombra a su mano derecha, por lo que nunca es difícil encontrarlo. La mano derecha es la mano con la que trabajamos, y si cumplimos nuestro deber con cuidado y habilidad, encontraremos a Dios dispuesto a ayudarnos y a darnos éxito (Salmo 16:8).

No solo está a su mano derecha, sino que también guardará los pies de sus santos (1 Samuel 2:9). Vigila sus pasos y no permitirá que resbalen. Dios se asegurará de que su pueblo no sea probado más allá de lo que puede soportar. No permitirá que caiga en pecado, aunque llegue muy cerca del límite (Salmo 73:2, Salmo 73:23). Tampoco permitirá que caiga en la aflicción, aunque muchos intenten engañarlo o derribarlo por la fuerza. Lo guardará del temor que sentimos cuando resbalamos, tropezamos y pensamos que estamos a punto de caer.

También lo protegerá de toda influencia dañina en los cielos: «El sol no te hará daño durante el día, ni la luna durante la noche» (Salmo 121:6). El sol y la luna son bendiciones para las personas; sin embargo, el pecado ha cambiado tanto el mundo que incluso estos regalos a veces se usan para dañar el cuerpo humano. Dios a menudo hiere por medio de ellos, pero su favor se interpondrá entre su pueblo y ese daño. Lo guardará de día y de noche (Isaías 27:3), como guardó a Israel en el desierto por medio de una columna de nube durante el día, que lo protegía del sol, y de fuego durante la noche, que probablemente daba al campamento un calor agradable para que no sufriera por el frío y la humedad. Jacob se quejó una vez de que durante el día lo agotaba el calor y durante la noche, la escarcha (Génesis 31:40).

Esto también puede entenderse de manera figurada: «No te harán daño ni los ataques abiertos de tus enemigos, que son como los rayos intensos del sol, ni sus ataques secretos y astutos, que son como el frío que se infiltra silenciosamente durante la noche». Su protección los mantendrá seguros en todo sentido. «El Señor te protegerá de todo mal»: del mal del pecado y del mal de la aflicción.

Él impedirá el mal que temes, y santificará, quitará o disminuirá el mal que sientes. Te guardará de hacer lo malo (2 Corintios 13:7), y también impedirá que el sufrimiento se convierta en un daño verdadero. Cualquier dificultad que te llegue no tendrá un mal duradero. Incluso aquello que cause la muerte no podrá hacerte daño al final.

Dios protegerá especialmente la vida espiritual. Preservará tu alma. Todas las almas le pertenecen, y el alma es el verdadero ser de la persona. Por eso la vigila con especial cuidado: la guarda del pecado y de quedar agotada por la aflicción. La mantiene en su posesión y la protege de morir para siempre.

Te guardará en todos tus caminos. Preservará tu salida y tu entrada. Estarás bajo su protección en cada viaje, ya sea que salgas o regreses. Él cuidó a Israel en el desierto, tanto cuando avanzaba como cuando descansaba. También bendecirá todo tu trabajo, en casa y fuera de ella, desde el comienzo hasta el final. Te guardará en la vida y en la muerte: en tu salida mientras vives, cuando sales a trabajar por la mañana de la vida, y en tu entrada cuando mueres, al volver a casa para descansar cuando la vejez te llama (Salmo 104:23).

Su cuidado por ti continuará desde ahora y para siempre. Esta protección nunca termina. Te guiará aun hasta la muerte, y después te guardará en el sepulcro y en el cielo. Te mantendrá en su reino celestial. Dios protegerá siempre a su iglesia y a su pueblo, hasta el fin del mundo. El Espíritu, que los guarda y los consuela, permanecerá con ellos para siempre.

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