Versículo destacado
Jeremías 31:27 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" El Señor afirma: Vendrá un día en que haré que los hombres y los animales abunden en Israel y en Judá. "
Jeremías 31:27
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
25 Pues daré comida y bebida en abundancia a quienes estén cansados y sin fuerzas.
26 En ese momento me desperté y abrí los ojos. Mi sueño me agradó.
27 El Señor afirma: Vendrá un día en que haré que los hombres y los animales abunden en Israel y en Judá.
28 Y así como estuve atento para arrancar, derribar, echar abajo, destruir y causar daños, también estaré atento para construir y plantar. Yo, el Señor, lo afirmo.
29 En aquel tiempo no volverá a decirse: “Los padres comen uvas agrias y a los hijos se les destemplan los dientes.”
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El profeta había encontrado dulce su sueño por las nuevas promesas que Dios le había mostrado, y vuelve a acostarse con la esperanza de recibir más. No queda decepcionado, porque Dios le da más palabras de consuelo. Aquí el Señor promete que su pueblo llegará a ser numeroso y próspero. Israel y Judá se llenarán de personas y de ganado, como si hubieran sido sembrados en un campo. Este crecimiento será resultado de la bendición de Dios, porque aquellos a quienes Dios bendice se vuelven fructíferos (Jeremías 31:23).
Esta imagen también apunta hacia el gran crecimiento de la iglesia del evangelio. Dios los edificará y los plantará con firmeza (Jeremías 31:28). Velará por ellos para hacerles bien, y no se perderá ninguna oportunidad que pueda contribuir a su paz y prosperidad. Durante mucho tiempo, todo parecía obrar en su contra, casi como si Dios hubiera velado por ellos únicamente para derribarlos. Ahora, en cambio, todo lo que suceda servirá para fortalecerlos y hacerlos avanzar.
Dios está tan dispuesto a consolar a quienes se arrepienten y se humillan como está dispuesto a castigar a quienes siguen amando sus pecados y permanecen obstinados en ellos. También promete que ya no serán juzgados por los pecados de sus padres (Jeremías 31:29-30). Dejarán de decir que Dios castiga la maldad de los padres en sus hijos, un juicio que habían experimentado durante el cautiverio, porque la culpa de sus antepasados, especialmente la de Manasés, había sido tomada en cuenta en su contra. Otras Escrituras respaldan plenamente el derecho de Dios a actuar de esta manera, y Jesús les dijo a los judíos malvados de su tiempo que sufrirían por los pecados de sus padres porque continuaban en los mismos caminos de maldad (Mateo 23:35-36).
Aun así, este trato severo con Israel llegaría a su fin. Dios ya no presentaría ese caso contra ellos como nación. En cambio, recordaría su pacto con sus padres y les haría bien por causa de ese pacto. Ya no se quejarían diciendo que los padres comieron uvas agrias y a los hijos se les destemplaron los dientes, un dicho que cuestiona de manera equivocada y amarga la justicia de Dios. Sin embargo, esto no significa que el pecado quedará sin castigo. Cada persona seguirá muriendo por su propio pecado. La misericordia pública no les da a los pecadores individuales una excusa segura. Todo el que coma las uvas agrias sentirá todavía su efecto amargo.
El pecado produce su propio resultado amargo. Lo que al principio parece atractivo demostrará ser agrio al final, y hará que se destemplen los dientes. En otras palabras, el pecado está hecho de tal manera que naturalmente aflige el alma, así como las uvas agrias molestan la boca. Entonces Dios dice que renovará su pacto con ellos, para que estas bendiciones no lleguen solamente por su providencia, sino también por su promesa, lo que las hace más dulces y seguras. Esta promesa apunta a los tiempos del evangelio, y el apóstol la aplica de esa manera en Hebreos 8:8-9, donde todo este pasaje se usa como un resumen del pacto de la gracia, el acuerdo salvador de Dios con los creyentes en Jesucristo.
Este pacto se hace con la casa de Israel y de Judá, es decir, con la iglesia del evangelio, el Israel de Dios, sobre el cual descansa la paz (Gálatas 6:16). También se hace con los hijos espirituales del creyente Abraham y del que oraba, Jacob. Judá e Israel habían sido reinos separados, pero después de su regreso fueron unidos en las bendiciones que Dios les dio. De la misma manera, judíos y gentiles están unidos en la iglesia y el pacto del evangelio.
En términos generales, este es un pacto nuevo, no como el pacto que Dios hizo cuando los sacó de Egipto. Esto no significa que el pacto del Sinaí fuera un pacto de inocencia, como el que se hizo con Adán cuando fue creado. En esencia, era un pacto de gracia, pero esa gracia se manifestaba de una forma más oscura y menos completa que en los tiempos del evangelio. Bajo ese pacto, las personas eran salvas por medio del arrepentimiento y la fe en el Mesías que todavía habría de venir, y la sangre de ese Mesías era representada de antemano por la sangre de los sacrificios (Éxodo 24:7-8).
Aun así, este pacto recibe el nombre de nuevo por muchas razones. Sus promesas son más espirituales y celestiales, y su luz es mucho más clara. Dios hizo este pacto con ellos cuando los tomó de la mano, como si hubieran estado ciegos, cojos o débiles, y los sacó de Egipto; pero ellos lo quebrantaron. Dios hizo el pacto, pero el pueblo lo quebrantó. Esto muestra una verdad profunda: nuestra salvación procede de Dios, pero nuestro pecado y nuestra ruina proceden de nosotros mismos.
El hecho de que quebrantaran el pacto era aún más grave porque Dios había sido como un esposo para ellos. Se había unido a ellos mediante un pacto matrimonial, y ellos le fueron infieles por medio de la idolatría, que es adulterio espiritual. Es algo serio apartarnos de Dios, porque él ha sido para nosotros un esposo amoroso, cuidadoso y fiel, mientras que nosotros le hemos sido infieles.
Las promesas de este pacto son todas bendiciones espirituales. Dios no dice solamente: «Les daré la tierra de Canaán y muchos hijos», sino: «Les daré perdón, paz y gracia, con mentes y corazones transformados». Primero promete que los inclinará a cumplir con su deber: «Pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón». Esto no significa que les dará una ley diferente, sino que el Espíritu escribirá dentro de ellos la misma ley que antes fue escrita en piedra. Dios hace que su ley sea familiar y esté lista en el corazón de los creyentes, como algo que pueden recordar con facilidad (Proverbios 3:3). También les da un deseo firme de obedecer, de modo que sus caminos estén cerca de su corazón.
Esta es una promesa por la que debemos orar: que podamos cumplir nuestro deber con una conciencia limpia y con alegría. Dios también promete: «Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo». Él será para ellos todo lo que necesitan, plena y abundantemente, y ellos le pertenecerán mediante una obediencia fiel. Que Dios sea nuestro Dios es la suma completa de la felicidad. Incluso el cielo mismo no es más que eso (Hebreos 11:16; Apocalipsis 21:3).
El hecho de que seamos llamados pueblo de Dios puede entenderse de dos maneras. Puede significar que esta es la condición de nuestra parte: solo quienes verdaderamente se entregan a Dios lo tendrán como su Dios. O puede ser otra parte de la promesa: que Dios, por su gracia, nos hará su pueblo y nos hará dispuestos a pertenecerle en el día de su poder. En cualquier caso, es la gracia de Dios la que hace que alguien forme parte de su pueblo.
También habrá un gran aumento en el conocimiento de Dios entre personas de toda clase, y este conocimiento conducirá a toda clase de bien. Quienes verdaderamente conocen el nombre de Dios lo buscarán, le servirán y confiarán en él (Jeremías 31:34). «Todos me conocerán» significa que todos serán bienvenidos a conocer a Dios y tendrán los medios para aprender de él. Sus caminos serán conocidos en la tierra, mientras que durante muchos siglos Dios había sido conocido solamente en Judá. Más personas conocerán a Dios que en los tiempos del Antiguo Testamento, cuando los gentiles, es decir, las naciones no judías, vivían en la ignorancia y adoraban lo que no conocían.
En los tiempos del evangelio, las cosas de Dios serán hechas más claras y fáciles de entender, incluso para la persona más sencilla, que cuando Moisés llevaba un velo sobre su rostro. Habrá un conocimiento de Dios tan generalizado que habrá menos necesidad de enseñanza que antes. Algunos entienden esto como una manera enfática de hablar, destinada a despertar las mentes adormecidas de los judíos y mostrar que el conocimiento del evangelio superaría ampliamente lo que habían tenido bajo la ley. Otros piensan que significa que los tiempos del evangelio tendrían tanta predicación pública, llevada a cabo constantemente por quienes fueron llamados a predicar la palabra a tiempo y fuera de tiempo, que habría menos necesidad de que un creyente enseñara a otro en privado. Bajo la ley, los sacerdotes predicaban solo de vez en cuando, en el templo, y a unos pocos en comparación con los tiempos posteriores. Pero ahora todos pueden conocer a Dios al participar en las reuniones cristianas, donde el buen conocimiento de Dios se enseña en toda la iglesia.
Algunos también entienden esto como una referencia a que muchos comprenderán las cosas de Dios con tanta claridad que parecerá que fueron enseñados por una luz directa, en vez de recibirlas mediante la instrucción ordinaria. En resumen, por medio del evangelio de Cristo, las cosas de Dios llegarán a una luz más clara que nunca antes (2 Timoteo 1:10), y por la gracia de Cristo, el pueblo de Dios verá esas cosas con mayor claridad que nunca antes (Efesios 1:17-18).
Finalmente, para que todas estas bendiciones sean posibles, el pecado debe ser perdonado. Este perdón se presenta como la razón de todo lo demás: «Perdonaré su maldad», es decir, no la tendré en cuenta ni los trataré como merecen. «No me acordaré más de su pecado». El pecado es lo que nos priva de las cosas buenas y bloquea el fluir del favor de Dios. Cuando la misericordia perdonadora quita el pecado, la barrera desaparece, y la gracia divina se derrama como un río, como una corriente poderosa.
De este capítulo
Jeremías 31:1
"El Señor afirma: «En ese tiempo yo seré el Dios de todas las tribus de Israel, y ellas serán mi pueblo.»"
Jeremías 31:2
"El Señor dice: En el desierto me mostré bondadoso con el pueblo que escapó de la muerte. Cuando Israel buscaba un lugar de descanso,"
Jeremías 31:3
"yo me aparecí a él desde lejos. Yo te he amado con amor eterno; por eso te sigo tratando con bondad."
Jeremías 31:4
"Te reconstruiré, Israel. De nuevo vendrás con panderetas a bailar alegremente."
Jeremías 31:5
"Volverás a plantar viñedos en las colinas de Samaria, y quienes planten viñas disfrutarán de sus frutos."
Jeremías 31:6
"Porque vendrá un día en que los centinelas gritarán en las colinas de Efraín: “Vengan ustedes, vamos a Sión, al Señor nuestro Dios.”"
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