Versículo destacado

1 Tesalonicenses 2:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Ustedes mismos, hermanos, saben que nuestra visita a ustedes no fue en vano. "

1 Tesalonicenses 2:1

menu_book El versículo en contexto

1 Ustedes mismos, hermanos, saben que nuestra visita a ustedes no fue en vano.

2 Más bien, aunque, como ya saben, antes habíamos sido insultados y maltratados en Filipos, Dios nos ayudó a anunciarles a ustedes su evangelio con todo valor y en medio de una fuerte lucha.

3 Porque no estábamos equivocados en lo que predicábamos, ni hablábamos con malas intenciones ni con el propósito de engañar a nadie.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos un relato de la manera en que Pablo predicaba y una reflexión agradecida sobre cómo llegó por primera vez a los tesalonicenses. Su propia conciencia daba testimonio de su honestidad, y también podía apelar a los mismos tesalonicenses: «Ustedes mismos, hermanos, saben que nuestra llegada a ustedes no fue en vano». Es un gran consuelo para quien sirve al Señor saber que tanto su conciencia como la de los demás dan testimonio de que comenzó bien, con motivos rectos y un buen propósito. También es un consuelo saber que su predicación no fue inútil, vacía ni engañosa.

Pablo puede estar diciendo que su ministerio no fue infructuoso o que su predicación no fue hueca ni falsa. No predicaba ideas vanas, detalles inútiles ni preguntas necias. Predicaba una verdad sana y sólida, de la clase que más podía ayudar a quienes lo escuchaban. Ese es un buen modelo para todos los ministros del evangelio.

Además, la predicación de Pablo no era falsa ni deshonesta. Podía decir a los tesalonicenses lo mismo que dijo a los corintios: «Hemos renunciado a todo lo vergonzoso y oculto. No actuamos con engaño ni manipulamos la palabra de Dios» (2 Corintios 4:2). No tenía un propósito oculto, egoísta ni mundano al predicar. Les recuerda que ellos lo sabían.

Predicaba con valor y firmeza: «Tuvimos el valor, por medio de nuestro Dios, de anunciarles el evangelio de Dios» (1 Tesalonicenses 2:2). Pablo tenía un valor santo. No se desanimaba por el sufrimiento ni por la oposición que enfrentaba. Los tesalonicenses sabían lo que había sucedido en Filipos, donde Pablo y Silas habían sido maltratados y puestos en el cepo. Sin embargo, en cuanto fueron liberados, siguieron hasta Tesalónica y predicaron el evangelio con la misma valentía de antes.

Sufrir por una causa justa debe fortalecer el valor santo, no debilitarlo. En los primeros días del evangelio había mucha oposición. Quienes lo predicaban lo hacían con gran esfuerzo y lucha, ya fuera por la exigencia de la predicación misma o por la resistencia que encontraban. Pablo encontraba consuelo en esto, porque ni las dificultades ni la oposición lo alejaban de su tarea.

También predicaba con gran sencillez y sinceridad delante de Dios: «Nuestra exhortación no procede del engaño, la impureza ni el fraude» (1 Tesalonicenses 2:3). Sin duda, para Pablo era un profundo consuelo tener conciencia de su propia sinceridad. Esa también era una de las razones de su éxito. Predicaba el evangelio verdadero y sin corrupción, y los exhortaba a creerlo y obedecerlo.

No intentaba formar una facción ni reunir a la gente alrededor de sí mismo. Su propósito era promover una religión pura, limpia y verdadera delante de Dios el Padre. Su mensaje estaba libre de engaño. Era verdadero y digno de confianza, no una historia inventada. También estaba libre de impureza. El evangelio es santo y puro, como corresponde a su santo autor, y actúa contra toda forma de impureza. La palabra de Dios es pura, y nada corrupto debe mezclarse con ella.

Su manera de hablar también estaba libre de fraude. No decía una cosa mientras pensaba otra. Creía y, por eso, hablaba. No tenía objetivos ocultos ni intereses mundanos. En realidad, era tal como parecía ser.

Pablo no solo afirma que era sincero; también presenta razones y pruebas de ello. En primer lugar, sabía que era un administrador, un encargado de confianza, del evangelio, y un administrador debe ser fiel. El evangelio que predicaba no era suyo, sino el evangelio de Dios. Dios honra mucho a quienes sirven como ministros y les confía una gran responsabilidad. Ellos no deben corromper la palabra de Dios, sino manejar lo que se les ha confiado únicamente como Dios lo permite y lo ordena, sabiendo que un día tendrán que rendir cuentas cuando termine su administración.

En segundo lugar, su propósito era agradar a Dios, no a la gente. Dios es un Dios de verdad y quiere que haya verdad en lo más profundo de la persona. Si falta la sinceridad, nada de lo que hacemos puede agradarlo verdaderamente. El evangelio no está diseñado para satisfacer los deseos y las pasiones pecaminosas de las personas. Su propósito es dar muerte a esas cosas y poner a las personas bajo el dominio de la fe. «Si todavía tratara de agradar a la gente, no sería siervo de Cristo» (Gálatas 1:10).

En tercer lugar, actuaban bajo la mirada de Dios, delante de aquel que examina los corazones. Este es uno de los motivos más poderosos para vivir con sinceridad. Dios ve todo lo que hacemos y también conoce nuestros pensamientos más distantes. Él examina el corazón y conoce tanto nuestras intenciones como nuestras acciones. De este Dios, que examina los corazones, recibiremos nuestra recompensa.

Pablo presenta luego más señales de su sinceridad. En primer lugar, evitaba la adulación: «En ningún momento usamos palabras de halago, como ustedes bien saben» (1 Tesalonicenses 2:5). Él y sus colaboradores predicaban a Cristo crucificado. No intentaban ganarse el afecto de la gente para sí mismos mediante elogios, una falsa cordialidad o palabras suaves. Pablo no halagaba a las personas en sus pecados ni les decía que podían vivir como quisieran con tal de unirse a su grupo. No les daba falsas esperanzas ni les permitía permanecer en malos caminos mientras les prometía vida.

En segundo lugar, evitaba la codicia. No usaba el ministerio como una fachada para ocultar su deseo de enriquecerse, y Dios era su testigo (1 Tesalonicenses 2:5). No intentaba hacerse rico predicando el evangelio. Todo lo contrario: ni siquiera negociaba con ellos para obtener el pan. Era muy distinto de los falsos maestros que, movidos por la codicia, se valen de palabras inventadas para aprovecharse de la gente (2 Pedro 2:3).

En tercer lugar, evitaba la ambición y el deseo de recibir elogios: «No buscábamos la gloria que viene de la gente, ni de ustedes ni de otros» (1 Tesalonicenses 2:6). No buscaban el dinero ni los aplausos de la gente. No querían riquezas ni halagos; tampoco querían que los trataran con excesiva consideración o que los llamaran «Rabí». Pablo les advierte a los gálatas que no busquen una gloria vacía (Gálatas 5:26). Su deseo era recibir el honor que viene de Dios (Juan 5:44).

Pablo dice que, como apóstoles, podrían haber ejercido mayor autoridad y haber pedido más respeto. También podrían haber exigido apoyo material, que es lo que quiere decir al afirmar que no fueron una carga, pues algunos quizá habrían considerado demasiado pesado brindarles ese apoyo.

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