Versículo destacado
Zacarías 4:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" El ángel que hablaba conmigo volvió y me despertó, como se despierta a un hombre de su sueño. "
Zacarías 4:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 El ángel que hablaba conmigo volvió y me despertó, como se despierta a un hombre de su sueño.
2 Y me dijo: «¿Qué ves?». Yo respondí: He mirado, y vi un candelabro todo de oro, con un recipiente en su parte superior, sus siete lámparas sobre él y siete tubos para las siete lámparas que están en su parte superior.
3 También hay dos olivos junto a él, uno a la derecha del recipiente y el otro a su izquierda.
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Primero, el profeta fue preparado para el mensaje que estaba a punto de recibir. El ángel que había estado hablando con él volvió y lo despertó, como se despierta a alguien de su sueño (Zacarías 4:1). Aunque había estado conversando con un ángel acerca de asuntos de gran importancia pública, parece que se quedó adormecido y se durmió mientras el ángel todavía hablaba. Los discípulos estaban cargados de sueño cuando vieron a Cristo transfigurado (Lucas 9:32), y Daniel estaba profundamente dormido cuando escuchó las palabras del ángel (Daniel 10:9).
El espíritu del profeta estaba dispuesto a escuchar, pero su cuerpo era débil. Su cuerpo no podía seguir el ritmo de su alma en aquellos pensamientos santos. Tal vez las visiones mismas lo dejaron aturdido, o quizá su dulzura lo arrulló suavemente hasta dormirlo. Nunca estaremos completamente preparados para una comunión cercana con los seres espirituales mientras estemos libres de estos cuerpos de carne. Parece que el ángel permitió que se desconectara por un momento, para que estuviera descansado y listo para nuevas revelaciones; luego lo despertó, para su sorpresa, como quien despierta de un sueño. Necesitamos al Espíritu de Dios no solo para mostrarnos las cosas divinas, sino también para ayudarnos a reconocerlas. Él nos despierta mañana tras mañana y despierta nuestros oídos (Isaías 50:4). Debemos pedirle a Dios que nos despierte cada vez que él habla, y luego debemos reaccionar y ponernos atentos.
Después vino la visión misma. El ángel le preguntó: «¿Qué ves?» (Zacarías 4:2). La pregunta dirigió la atención del profeta para que observara con cuidado lo que tenía delante. Vio un candelabro de oro, parecido al que había estado en el templo. Con el tiempo, el templo volvería a contar con algo semejante.
La iglesia es como un candelabro, colocado para dar luz a este mundo oscuro y sostener la verdad que Dios ha revelado. La lámpara es de Dios, y la iglesia solo es el soporte que la sostiene. Sin embargo, el soporte está hecho de oro, lo cual muestra el gran valor y honor del pueblo de Dios. Este candelabro de oro tenía siete lámparas, y cada una daba luz. La iglesia judía había sido una sola, y sus sinagogas dispersas eran como muchas lámparas pertenecientes a un mismo candelabro. Pero bajo el evangelio, Cristo es el centro de la unidad, no Jerusalén ni ningún otro lugar específico. Por eso se muestran siete iglesias, no como siete lámparas sobre un solo candelabro, sino como siete candelabros de oro separados (Apocalipsis 1:20).
Sobre el candelabro había un solo recipiente, un depósito común en el que caía continuamente el aceite. Desde allí, siete conductos ocultos llevaban el aceite a las lámparas, de modo que recibían aceite tan rápido como lo consumían, sin necesitar atención adicional. El recipiente también recibía un suministro constante, sin esfuerzo ni cuidado humanos. Zacarías vio dos olivos, uno a cada lado del candelabro, tan llenos de fruto que vertían aceite continuamente en el recipiente por sí mismos (Zacarías 4:3). A través de dos conductos más grandes, ese aceite se distribuía a los más pequeños y luego llegaba a las lámparas (Zacarías 4:12). Nadie necesitaba cuidar el candelabro ni mantenerlo lleno de aceite. El punto es claro: Dios puede cumplir con facilidad sus propósitos de gracia para su iglesia por medio de su propia sabiduría y poder, sin depender de la capacidad ni del esfuerzo humanos. Puede usar a las personas como instrumentos, pero no las necesita ni está limitado por ellas.
Entonces el profeta preguntó qué significaba la visión, y recibió una suave reprensión por su lentitud para entender (Zacarías 4:4). Él respondió con respeto y llamó al ángel «mi señor». Quienes desean ser instruidos deben honrar a quien les enseña. Zacarías podía ver qué eran los objetos, pero quería saber qué significaban. Es bueno desear comprender los mensajes de Dios, ya sea que vengan por medio de su palabra, sus ordenanzas o su providencia. Quienes quieren conocer la voluntad de Dios deben estar dispuestos a preguntar y aprender.
El ángel respondió con otra pregunta: «¿No sabes qué significan estas cosas?». Esto mostraba que, si Zacarías lo hubiera reflexionado y hubiera comparado lo espiritual con lo espiritual, quizá lo habría entendido. Él sabía que había habido un candelabro de oro en el tabernáculo, y que era responsabilidad habitual de los sacerdotes abastecerlo de aceite y mantenerlo encendido para el servicio del tabernáculo. Así que, cuando vio en la visión un candelabro cuyas lámparas permanecían encendidas todo el tiempo sin que ningún sacerdote las atendiera, podría haber comprendido el significado. Dios había restaurado el sacerdocio, pero podía continuar su obra a favor de su pueblo y en medio de él sin depender del sacerdocio.
Deberíamos sentirnos avergonzados de lo lentos que somos tantas veces para captar el significado de las revelaciones de Dios. El ángel habló de esa manera para llevar al profeta a confesar honestamente su torpeza, oscuridad y lentitud para entender. Zacarías lo admitió de inmediato: «No, mi señor; no sé qué significan estas cosas». Las visiones tenían un significado, pero a menudo eran difíciles de comprender, incluso para los profetas al principio. Quienes desean que Dios les enseñe deben reconocer su ignorancia y su necesidad de instrucción, y acudir a él para recibirla. Debemos pedirle al dador la llave que nos permita abrir lo que él nos ha dado. Dios enseña a los mansos y humildes, no a quienes son orgullosos y confían en su propio entendimiento.
El propósito principal de la visión era asegurarle al profeta, y por medio de él al pueblo, que la buena obra de reconstruir el templo tendría éxito. Llegaría a un final feliz gracias al cuidado especial de Dios y a la ayuda directa de su gracia, aunque los enemigos fueran muchos y fuertes, y los amigos y colaboradores fueran pocos y débiles. Cuando expliquemos visiones y parábolas, debemos concentrarnos en el punto principal y conformarnos con eso si está claro, aun cuando no podamos explicar cada detalle. En términos generales, el ángel le dijo al profeta que la visión tenía el propósito de explicar un mensaje del Señor a Zorobabel, el gobernador judío, y de animarlo a seguir construyendo el templo.
Debía saber que estaba trabajando junto con Dios, y que Dios sostendría esta obra y la llevaría a su culminación.
Dios haría avanzar esta obra y la terminaría, tal como había comenzado a rescatarlos de Babilonia. Lo haría no por medio de la fuerza externa, sino mediante una obra secreta y una influencia interior en la mente de las personas. El Señor de los ejércitos lo afirma, y ciertamente podría hacerlo por la fuerza, pues tiene ejércitos bajo su mando. Sin embargo, lo haría no por la fuerza ni por el poder humanos, sino por su propio Espíritu. Lo que hace el Espíritu se realiza con verdadero poder, pero se opone a la fuerza visible.
Israel fue sacado de Egipto y llevado después a Canaán mediante la fuerza y el poder, y en ambos actos de liberación hubo un gran derramamiento de sangre. Pero fue sacado de Babilonia y llevado a Canaán por segunda vez mediante la obra del Espíritu del Señor de los ejércitos, quien obró en el espíritu de Ciro y lo impulsó a proclamar su libertad. También obró en el espíritu de los cautivos y los movió a aceptar la libertad que se les ofrecía. Fue el Espíritu del Señor de los ejércitos quien impulsó y fortaleció al pueblo para construir el templo. Por eso se dice que fueron ayudados por los profetas de Dios, porque los profetas, como voz del Espíritu, hablaron a sus corazones (Esdras 5:2). El mismo Espíritu inclinó el corazón de Darío a favorecer y apoyar aquella buena obra, y confundió los planes de sus enemigos declarados para que no pudieran detenerla como pretendían.
Esto nos enseña que la obra de Dios muchas veces avanza con gran éxito mientras parece silenciosa y sin intervención de la fuerza humana. El templo del evangelio se construye no por la fuerza ni por el poder, porque nuestras armas no son de este mundo, sino por el Espíritu del Señor de los ejércitos. Su obra en la conciencia de las personas es suficientemente fuerte para derribar fortalezas. De esta manera, el poder pertenece claramente a Dios y no al ser humano. Cuando los colaboradores humanos fallan, debemos dejar que Dios haga su obra por medio de su propio Espíritu.
Todas las dificultades y toda oposición que se interpongan en el camino serán vencidas y removidas, incluso las que parezcan imposibles (Zacarías 4:7). «¿Quién eres tú, gran montaña? Delante de Zorobabel te convertirás en una llanura». Aquí el problema se representa como una gran montaña: empinada, inmovible e imposible de atravesar. Es como un montón de escombros que debe ser retirado, porque de lo contrario la obra no puede continuar. Los enemigos de los judíos son orgullosos y obstinados como montañas, pero cuando Dios tiene una obra que realizar, las montañas que se interponen se reducen a pequeñas colinas.
Así que estas dificultades también son tratadas con desprecio: «¿Quién eres tú, gran montaña, para interponerte en el camino de Dios y pensar que puedes detener su obra?». ¿Quién eres tú para parecer tan grande, amenazar tanto y asustar a tantos? Delante de Zorobabel, cuando actúa en nombre de Dios, te convertirás en una llanura. Toda dificultad desaparecerá y toda objeción será eliminada. Toda montaña y toda colina serán rebajadas cuando se prepare el camino del Señor (Isaías 40:4). La fe puede quitar montañas y convertirlas en llanuras. Cristo es nuestro Zorobabel, el líder y restaurador que se presenta aquí. Las montañas de dificultad se interpusieron en el camino de su obra, pero delante de él todas fueron niveladas. Nada es demasiado difícil para que su gracia lo realice.
La misma mano que comenzó esta buena obra la llevará a término. «Él sacará la piedra principal» (Zacarías 4:7). También se dice: «Las manos de Zorobabel echaron los cimientos de esta casa» (Zacarías 4:9). Esto se menciona para honrarlo, quizá porque colocó la primera piedra con sus propias manos. Aunque la obra se ha retrasado por mucho tiempo y todavía enfrenta oposición, finalmente será terminada. Él vivirá para verla concluida, y sus manos la terminarán. En esto, Zorobabel es una figura de Cristo, quien es tanto el autor como el consumador de nuestra fe. El hecho de que él sea su autor nos asegura que también la llevará a término, porque la obra de Dios es perfecta. Si él la ha comenzado, ciertamente la llevará a término.
El mismo Zorobabel sacará la piedra principal entre los gritos fuertes y alegres del pueblo que observa. El clamor no es simplemente una alabanza general, sino: «Gracia, gracia». Este es el canto de victoria que entona la iglesia. Puede entenderse de dos maneras. Primero, atribuye toda la gloria a la gracia gratuita. Cuando la obra termine, habrá que reconocer con libertad y gratitud que no fue realizada por nuestra propia sabiduría o fuerza, sino por la gracia. Fue la buena voluntad de Dios hacia nosotros y su buena obra en nosotros y por nosotros. «Gracia, gracia» debe proclamarse no solo sobre la piedra principal, sino también sobre la piedra de fundamento, la piedra angular y cada piedra del edificio de Dios. Desde el principio hasta el final, no se trata de obras, sino de gracia, y todas nuestras coronas deben ser depositadas a los pies de la gracia gratuita: «No a nosotros, Señor, no a nosotros».
Segundo, es una oración para que la gracia gratuita continúe obrando en lo que todavía queda por hacer. «Gracia, gracia» es el lenguaje de la oración tanto como el de la alabanza. Ahora que el edificio ha sido terminado, que toda bendición descanse sobre él. Que haya paz dentro de sus muros y, para que eso sea posible, que allí esté la gracia. Que el favor del Señor nuestro Dios repose sobre él. Lo que procede de la gracia de Dios puede ser confiado nuevamente a esa misma gracia, con fe y por buenas razones, porque Dios no abandonará la obra de sus propias manos.
Esto también confirmará plenamente las profecías anteriores acerca del regreso de los judíos y de su vida restaurada en la tierra. Cuando el templo sea terminado, entonces sabrán que el Señor de los ejércitos ha enviado al profeta. El cumplimiento exacto de las profecías de la Escritura es una prueba contundente de que proceden de Dios. De esta manera, Dios confirma la palabra de su siervo cuando dice acerca de Jerusalén: «Serás edificada» (Isaías 44:26). Ninguna palabra de Dios fallará, ni una sola parte de ella caerá al suelo. Las profecías de Zacarías sobre el día venidero de liberación para la iglesia pronto demostrarán, por medio de su cumplimiento, que proceden de Dios.
Esto también hará callar a quienes menospreciaron el comienzo de la obra (Zacarías 4:10). ¿Dónde están ahora los que despreciaron el día de las cosas pequeñas y pensaron que esta obra nunca llegaría a ser algo importante? Los mismos judíos menospreciaron los cimientos del segundo templo porque les parecían mucho menos impresionantes que los del primero (Esdras 3:12). Sus enemigos se burlaron de la muralla mientras todavía se estaba construyendo (Nehemías 2:19; Nehemías 4:2-3). Pero no debieron hacerlo. En la obra de Dios, el día de las cosas pequeñas no debe ser despreciado.
Aunque los obreros parezcan débiles y poco capaces, Dios suele escoger a personas así para realizar grandes cosas por medio de ellas. Así como una gran montaña se convierte en una llanura delante de él cuando así lo decide, también una pequeña piedra cortada de una montaña sin intervención humana puede llenar toda la tierra (Daniel 2:35). Aunque el comienzo sea pequeño, Dios puede hacer que el final crezca grandemente. Una semilla de mostaza puede convertirse en un árbol grande. Por eso, no se debe despreciar la primera luz del amanecer, porque se hará cada vez más brillante hasta llegar a la plenitud del día. El día de las cosas pequeñas también es el día de las cosas preciosas, y llegará a ser el día de las cosas grandes.
Esto dará plena satisfacción a todos los que verdaderamente se preocupan por la obra de Dios. Se alegrarán al comprobar que se equivocaron al menospreciar «el día de las cosas pequeñas». Los que habían perdido la esperanza de que la obra terminara se regocijarán al ver la plomada en la mano de Zorobabel. Lo verán entre los constructores, dando órdenes e indicaciones y asegurándose de que la obra se realice cuidadosamente, para que sea sólida y hermosa.
Esto es motivo de gran alegría para todas las personas buenas. Es bueno ver a los gobernantes civiles, es decir, a las autoridades, cuidar activamente la edificación de la casa de Dios. Es bueno ver la plomada en las manos de quienes tienen poder para hacer mucho, cuando su corazón está dispuesto a hacerlo. No vemos a Zorobabel con la paleta en la mano, porque esa tarea corresponde a los obreros, los ministros. Pero sí lo vemos con la plomada, y eso no es una vergüenza para él. Al contrario, lo honra. Las autoridades deben velar por la obra de los ministros y hablar con bondad a los levitas, los servidores del templo, que cumplen con su deber.
Esto también muestra la gran sabiduría y el cuidado de la providencia de Dios: su gobierno sabio sobre todas las cosas, que siempre obra para el bien de su iglesia. Zorobabel cumple su parte y hace todo lo que un ser humano puede hacer para impulsar la obra. Sin embargo, lo hace con la ayuda de aquellos siete ojos, los siete ojos del Señor mencionados en (Zacarías 3:9). No podría hacer nada si la providencia vigilante, poderosa y bondadosa de Dios no fuera delante de él y permaneciera a su lado. Si el Señor no edifica la casa, Zorobabel y los demás trabajan en vano (Salmo 127:1).
Estos ojos del Señor son los ojos que recorren toda la tierra, observando a todas las criaturas y todas sus acciones (2 Crónicas 16:9), y guiando y moviendo todas las cosas conforme a los propósitos de Dios. No debemos pensar que Dios está tan ocupado con su iglesia que se olvida del resto del mundo. Aun así, es un consuelo saber que la misma providencia, toda sabia y todopoderosa, que gobierna a las naciones se ocupa especialmente de la iglesia. Esos siete ojos que recorren la tierra están puestos en la piedra que Zorobabel está nivelando con su plomada, para asegurarse de que quede bien colocada. Y quienes tienen la plomada en la mano deben levantar la mirada hacia esos ojos del Señor, manteniendo siempre presente la providencia divina, actuando en dependencia de su dirección y sometiéndose a su voluntad.
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De este capítulo
Zacarías 4:2
"Y me dijo: «¿Qué ves?». Yo respondí: He mirado, y vi un candelabro todo de oro, con un recipiente en su parte superior, sus siete lámparas sobre él y siete tubos para las siete lámparas que están en su parte superior."
Zacarías 4:3
"También hay dos olivos junto a él, uno a la derecha del recipiente y el otro a su izquierda."
Zacarías 4:4
"Entonces respondí y le pregunté al ángel que hablaba conmigo: «¿Qué son estos, señor mío?»."
Zacarías 4:5
"El ángel que hablaba conmigo me respondió: «¿No sabes qué son estos?». Yo contesté: «No, señor mío»."
Zacarías 4:6
"Entonces él me respondió: Esta es la palabra del SEÑOR para Zorobabel: No será por la fuerza ni por el poder, sino por mi Espíritu, dice el SEÑOR de los ejércitos."
Zacarías 4:7
"¿Quién eres tú, gran montaña? Delante de Zorobabel te convertirás en una llanura. Él sacará la piedra principal entre gritos de: “¡Gracia, gracia para ella!”."
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