Versículo destacado

Tito 2:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Pero tú habla lo que corresponde a la sana doctrina: "

Tito 2:1

menu_book El versículo en contexto

1 Pero tú habla lo que corresponde a la sana doctrina:

2 Que los hombres de edad sean sobrios, respetables, moderados, sanos en la fe, en el amor y en la paciencia.

3 Asimismo, que las mujeres de edad se comporten como corresponde a la santidad; que no sean calumniadoras ni estén entregadas a mucho vino, sino que enseñen cosas buenas;

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí comienza la tercera parte de la carta. En el capítulo anterior, Pablo le había dicho a Tito, colaborador cristiano en Creta, cómo debía ocuparse del gobierno de la iglesia y poner en orden lo que todavía faltaba en las congregaciones. Ahora le indica, primero, que cumpla fielmente con su propio ministerio. El hecho de ordenar a otros para que predicaran no excusaba a Tito de predicar él mismo. Tampoco debía ocuparse únicamente de los ministros y ancianos, sino enseñar también a los creyentes comunes cuál era su deber.

La palabra «pero» apunta a los falsos maestros, que difundían mitos e ideas vacías e inútiles. En contraste con ellos, Pablo dice: «Habla lo que corresponde a la sana doctrina». Esto significa enseñar lo que está de acuerdo con la Palabra de Dios, que es pura, da vida y puede nutrir a los creyentes para la vida eterna. La verdadera enseñanza del evangelio es sana tanto en sí misma como en sus efectos. Es una verdad buena y santa, y también hace buenos y santos a los creyentes. Los fortalece y los prepara para servir a Dios.

Los ministros deben cuidar de enseñar solamente esa verdad. Si la conversación común de los cristianos debe ser sana y útil para edificar a los demás, como se enseña en (Efesios 4:29), cuánto más debe serlo la predicación. Luego Pablo da a Tito instrucciones específicas para distintos grupos de personas, desde (Tito 2:2-10). Los ministros no deben limitarse a declaraciones generales. Deben dar a cada persona lo que corresponde a su edad, su lugar y su forma de vida. Tienen que ser prácticos y específicos, enseñando a cada uno cuál es su deber.

Este es un guía cristiana útil para los mayores y los jóvenes, para los hombres y las mujeres, para el propio ministro y para los siervos. A los hombres mayores, Pablo les da estas instrucciones. Algunos consideran que la expresión «hombres mayores» se refiere a los dirigentes de la iglesia, incluidos los diáconos, pero parece más apropiado entenderla como una referencia a los hombres de edad avanzada. Los seguidores de Cristo que son mayores deben vivir de una manera que corresponda a la enseñanza cristiana.

Deben ser sobrios. La edad, por sí sola, no es una excusa para perder el dominio propio. Las personas mayores no deben pensar que la debilidad propia de la edad les permite vivir sin control en la comida, la bebida o los hábitos. Deben guardar moderación en todo, por el bien de su salud, su buen juicio y el ejemplo que dan a los más jóvenes. También deben ser serios y dignos, es decir, estables y firmes. La frivolidad no es apropiada en nadie, pero mucho menos en las personas mayores. Su manera de vestir, hablar y comportarse debe mostrar dignidad, no vanidad ni necedad.

Deben ser moderados, sensatos y capaces de controlar sus pasiones. Una persona así no se deja arrastrar por deseos indebidos ni por una conducta impropia. También deben ser firmes en la fe, sinceros y constantes en su apego a la verdad del evangelio. No deben estar ansiosos por lo novedoso ni dejarse llevar fácilmente por opiniones falsas, sectas, mitos judíos, tradiciones o especulaciones vacías de los rabinos. Quienes tienen muchos años también deberían tener mucha gracia. Aunque la persona exterior se debilite, la interior debe seguir fortaleciéndose.

Pablo añade que deben ser firmes en el amor. Esto armoniza con la fe, porque la verdadera fe actúa por medio del amor. Ese amor debe ser genuino, no fingido. Incluye amar a Dios por quien él es y amar a las demás personas por causa de Dios. Los deberes que tenemos con los demás fluyen de nuestro deber hacia Dios. Debemos amar a las personas como seres humanos y, de manera especial, a los creyentes, porque son preciosos en la tierra. Ese amor debe mantenerse firme tanto en las dificultades como en los momentos de bienestar. Las personas mayores también deben ser firmes en la paciencia. A menudo enfrentan la tentación de la irritabilidad, el mal humor y la ira rápida, por lo que necesitan cuidarse de esas debilidades. La fe, el amor y la paciencia son tres grandes virtudes cristianas, y crecer en ellas es una parte importante de la madurez en el evangelio. La paciencia debe mantenerse tanto en el sufrimiento como en la espera: soportar bien las dificultades y esperar con contentamiento las cosas buenas hasta que llegue el momento apropiado. De este modo, deben seguir el ejemplo de quienes, por medio de la fe y la paciencia, heredan las promesas.

Después Pablo se dirige a las mujeres mayores. Ellas también deben recibir enseñanza y advertencia. Algunos piensan que se refiere a las mujeres que servían a la iglesia de manera práctica, pero es mejor entenderlo como una referencia a todas las mujeres cristianas mayores. Deben comportarse como corresponde a quienes viven en santidad. Tanto los hombres como las mujeres deben vivir de una manera coherente con su profesión de fe. Las virtudes ya mencionadas —sobriedad, dignidad, dominio propio, firmeza en la fe, amor y paciencia— no son solamente para los hombres mayores. También corresponden a las mujeres mayores. Las mujeres, al igual que los hombres, deben escuchar y aprender su deber por medio de la Palabra de Dios. No hay un camino de salvación para un sexo o una clase social y otro camino distinto para los demás. Tanto unos como otros deben aprender y practicar las mismas verdades como personas mayores y como cristianos.

Por eso, las mujeres mayores también deben comportarse como corresponde a la santidad; es decir, su conducta exterior debe estar de acuerdo con su afirmación de ser personas santas. Esto incluye una decencia piadosa en la manera de vestir, moverse, expresarse, hablar y conducirse en cada aspecto de la vida. Esa conducta surge de un hábito interior de santidad, que moldea la vida exterior en todo momento. Aunque la Escritura quizá no dé una orden directa para cada palabra, mirada o estilo particular, sí ofrece principios generales que deben guiar todas las cosas, como en (1 Corintios 10:31): «Todo lo que hagan, háganlo para la gloria de Dios», y en (Filipenses 4:8), donde se enseña a pensar en todo lo verdadero, honorable, justo, puro, amable y digno de buena reputación. De la misma manera, aquello que es apropiado o inapropiado para la santidad nos proporciona una regla de conducta.

No deben ser calumniadoras. Esto significa que no deben difamar a los demás ni divulgar conversaciones dañinas. Era un pecado común y grave, especialmente cuando los chismes perjudican al prójimo, separan a los amigos y hablan mal de las personas. La persona calumniadora hace la obra del diablo, hasta el punto de que la Escritura le da a ese comportamiento el nombre del diablo. Este pecado va en contra del amor, la justicia y la equidad entre las personas, y con frecuencia nace de la malicia, el odio o la envidia.

Tampoco deben ser esclavas de mucho vino, es decir, no deben estar dominadas ni controladas por él. Esto es vergonzoso y pecaminoso en cualquier persona, pero especialmente en las mujeres mayores. También era una práctica demasiado común entre los griegos de aquel lugar y de aquella época.

Es vergonzoso y corrompe, porque destruye la pureza tanto del cuerpo como de la mente. Además, da un mal ejemplo y no corresponde al deber propio de las mujeres mayores, quienes deben ser maestras de lo bueno.

Esto no significa que deban ser predicadoras públicas, pues se prohíbe que la mujer hable en la iglesia (1 Corintios 14:34). Sin embargo, pueden y deben enseñar de otras maneras, especialmente mediante su ejemplo y una vida piadosa. Quienes viven de acuerdo con la santidad ya están enseñando cosas buenas con sus acciones y su conducta. También pueden enseñar por medio de una instrucción sana en el hogar y en privado.

Las palabras del rey Lemuel y el mensaje que su madre le enseñó muestran claramente esta verdad. Se elogia a una mujer así: «Habla con sabiduría, y la enseñanza de la bondad está en su lengua» (Proverbios 31:1, Proverbios 31:26). Las maestras de lo bueno se oponen a quienes enseñan cosas corruptas, inútiles o vanas, incluidos los cuentos de viejas y las palabras y prácticas supersticiosas. Su tarea es enseñar lo que es bueno.

También hay enseñanzas para las mujeres jóvenes, y las mujeres mayores deben instruirlas y guiarlas en la fe, de acuerdo con su edad y situación. A menudo, las mujeres mayores tienen un acceso más fácil a las jóvenes que los hombres, e incluso que los ministros, por lo que deben aprovechar bien esa oportunidad. Esto es especialmente importante en el caso de las mujeres jóvenes casadas, ya que el apóstol habla de sus deberes hacia sus esposos y sus hijos.

Primero, se debe enseñar a estas mujeres jóvenes a desarrollar un buen carácter personal. Deben ser sensatas y prudentes, en contraste con la vanidad y la imprudencia que con frecuencia acompañan a la juventud. La prudencia y la castidad van muy bien juntas, porque muchas personas caen en una tentación grave por algo que comenzó como un simple descuido. Proverbios dice: «La prudencia te protegerá, y la inteligencia te cuidará del mal camino» (Proverbios 2:11). La castidad y el permanecer en casa también están relacionadas. Dina perdió su castidad cuando salió a visitar a las jóvenes de aquella tierra.

Las mujeres que sienten que su hogar es una prisión quizá lleguen a considerar la castidad una carga. Por supuesto, habrá ocasiones en que tendrán que salir, pero el peligro está en adoptar la costumbre inquieta de andar de un lado a otro por placer o en busca de compañía, mientras descuidan sus responsabilidades en el hogar. Ese tipo de actitud suele conducir también a otros pecados. Pablo dice acerca de algunas viudas: «Aprenden a estar ociosas, andando de casa en casa; y no solo son ociosas, sino también chismosas y entrometidas, hablando de cosas que no deben» (1 Timoteo 5:13, 1 Timoteo 5:14). El trabajo apropiado de una mujer es cuidar de su hogar y no darles a los enemigos ningún motivo para hablar mal de ella.

Deben ser buenas en general, en oposición a todo vicio, y especialmente buenas en su propio hogar. Esto significa ser amables, serviciales y generosas, como Dorcas, que estaba llena de buenas obras y actos de caridad. Algunos consideran que aquí “buenas” también apunta a un espíritu amable y alegre, no áspero ni amargado. Una mujer así no regaña constantemente, no vive angustiada ni les hace la vida difícil a todos los que la rodean. Más bien, tiene un trato agradable, da consejos útiles y trabaja con diligencia. De esa manera edifica su casa y le hace bien a su esposo todos los días de su vida.

Por lo tanto, en su conducta personal deben ser sobrias, prudentes, castas, dedicadas al hogar y buenas. En sus responsabilidades familiares, deben amar a sus esposos y estar sujetas a ellos. Cuando existe un amor verdadero, este mandato no resulta difícil.

Dios estableció este orden en la creación y conforme a su voluntad. Pablo dice: «No permito que la mujer ejerza autoridad sobre el hombre» (1 Timoteo 2:12). Luego da la razón: Adán fue formado primero y después Eva. Adán no fue engañado, pero la mujer fue engañada y se convirtió en la transgresora (1 Timoteo 2:13, 1 Timoteo 2:14). Ella cayó primero y fue el medio por el cual su esposo también cayó en pecado. Había sido destinada a ser su ayuda, pero terminó siendo el instrumento de su caída y ruina. Por eso, el orden de sujeción quedó confirmado y se hizo más firme para ella (Génesis 3:16).

Este orden ya estaba establecido antes de la caída, cuando Adán fue formado primero y la mujer fue tomada del hombre. Después de la caída, la mujer fue la primera en transgredir y ayudó a llevar al hombre por el camino equivocado. Su sujeción se volvió menos fácil y menos agradable, pues pasó a formar parte del castigo impuesto sobre ella. Sin embargo, por medio de Cristo, esta situación sigue siendo santificada.

Pablo dice: «Esposas, sométanse a sus propios esposos, como al Señor» (Efesios 5:22, Efesios 5:23). Esto significa que deben reconocer en sus esposos una autoridad que está bajo la autoridad de Cristo, pues los esposos llevan su imagen. «Porque el esposo es cabeza de la esposa, así como Cristo es cabeza de la iglesia». Cristo es la cabeza de la iglesia para protegerla y salvarla, suplir sus necesidades y librarla del mal. De manera semejante, el esposo debe cuidar de su esposa, protegerla del daño y proveer para ella según sus posibilidades.

Así como la iglesia está sujeta a Cristo, las esposas deben estar sujetas a sus propios esposos «como conviene en el Señor» (Colosenses 3:18). Esto concuerda con la ley de Cristo y honra tanto a Cristo como al Padre. No se trata de una sumisión absoluta, ilimitada ni servil. Es un orden de amor que evita la confusión y promueve el bien del matrimonio.

Por eso, a las esposas se les debe enseñar su deber de amar y estar sujetas a sus esposos. También deben amar a sus hijos, no solo con el afecto natural, sino con un amor santo formado por la Palabra de Dios. No se trata de un amor insensato que permite que los hijos hagan el mal o que descuida la corrección cuando es necesaria. Es un amor cristiano apropiado, demostrado en su formación espiritual, en la enseñanza de una buena conducta y en el cuidado tanto de sus almas como de sus cuerpos, procurando su bienestar espiritual antes que su bienestar terrenal.

La razón es clara: «para que la palabra de Dios no sea blasfemada». El incumplimiento de estos deberes familiares traería gran vergüenza sobre el cristianismo. Los incrédulos no tardarían en preguntar: «¿Qué beneficio les ha traído esta nueva religión?». La palabra de Dios y el evangelio de Cristo son puros, excelentes y gloriosos en sí mismos, y esa excelencia debe verse en la vida de quienes profesan seguirlos, especialmente en sus responsabilidades familiares. Cuando los creyentes fallan en este aspecto, se convierte en una deshonra. «El nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de ustedes» (Romanos 2:24). Las personas juzgan la religión por la vida de quienes la siguen, y de esa manera Cristo es herido en la casa de sus amigos.

Hasta aquí se han presentado los deberes de las mujeres jóvenes. A continuación vienen los deberes de los hombres jóvenes.

Los jóvenes suelen ser entusiastas, impulsivos y descuidados. Por eso necesitan exhortaciones firmes y serias que los llamen a ser reflexivos y no imprudentes, dispuestos a ceder y no obstinados, humildes y amables y no orgullosos ni engreídos. Más jóvenes se arruinan por el orgullo que por casi cualquier otro pecado. Los hombres y las mujeres jóvenes deben conducirse con seriedad y firmeza, sin perder la energía y vitalidad propias de la juventud.

Una vida así ayuda a que los años de juventud produzcan un bien verdadero. También deja consuelo cuando, con el paso del tiempo, se mira hacia atrás. Además, libra de mucho pecado y dolor, y establece un buen fundamento para una vida útil y gozosa. Quienes viven de esta manera no llegarán al final llenos de pesar, sino que tendrán paz y consuelo en la muerte, y después recibirán una gloriosa corona de vida.

Junto con estas instrucciones para Tito acerca de lo que debía enseñar a los demás, el apóstol también le da instrucciones para su propia vida. Tito no podía esperar enseñar bien a otros si su vida y su predicación no eran correctas. No debía derribar con una mano lo que edificaba con la otra.

En cuanto a su vida, Tito debía ser un ejemplo de buenas obras en todo (Tito 2:7). Quienes enseñan acerca de las buenas obras también deben ser ejemplos de ellas. La buena enseñanza y una buena vida deben ir juntas. La persona que enseña a otra también debe enseñarse a sí misma. Si a un ministro le falta esto, es una falla grave y un gran obstáculo. En todo, o como algunos entienden, sobre todo, su ejemplo era lo más importante. La instrucción clara es necesaria, pero la vida del maestro tiene un peso especial. Las personas suelen seguir más fácilmente lo que ven que lo que solo escuchan.

Tito debía mostrar en su vida una imagen viva de las virtudes y cualidades que deseaba ver en los demás. Cuando las personas ven pureza, seriedad, dominio propio y una buena conducta en su maestro, es más fácil persuadirlas de seguir el mismo camino. Los ministros deben ser ejemplos para el rebaño, y el pueblo debe seguirlos en la medida en que ellos siguen a Cristo.

También necesitaba dirección en su enseñanza y doctrina. Debía mostrar honestidad, seriedad, sinceridad y un lenguaje sano que no pudiera ser criticado con razón (Tito 2:7, Tito 2:8). Su predicación debía dejar claro que su único propósito era honrar a Dios, servir a Cristo y a su reino, y bendecir a las almas. No debía usar el ministerio para obtener ganancias terrenales ni para satisfacer la ambición o la codicia. Tampoco debía presumir de su ingenio, conocimiento o habilidad para hablar. Más bien, debía usar un lenguaje sano, palabras que no pudieran ser condenadas justamente, empleando en lo posible el lenguaje de la Escritura al explicar la verdad bíblica.

Este mismo modelo aparece en otros pasajes. Pablo dijo: «Cuida de ti mismo y de tu enseñanza» (1 Timoteo 4:16). También dijo: «Que nadie menosprecie tu juventud; al contrario, sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, fe y pureza» (1 Timoteo 4:12). Tito había visto que la enseñanza y la manera de vivir de Pablo estaban de acuerdo. Así debe ser con todos los ministros: su enseñanza debe concordar con la Palabra, y su vida debe concordar con su enseñanza. Ese es el ministro verdadero y bueno.

Pablo dijo lo mismo acerca de él y de sus compañeros: «Les predicamos el evangelio de Dios» mientras trabajaban de día y de noche, y los tesalonicenses, juntamente con Dios, eran testigos de cuán santa, justa e irreprochable había sido su conducta (1 Tesalonicenses 2:9, 1 Tesalonicenses 2:10). Esto debía vigilarse con cuidado, como muestran las palabras que siguen. La razón de que un ministro lleve una vida estricta y predique una enseñanza sana es que el adversario quede avergonzado, sin tener nada malo que decir.

Los enemigos estarán atentos a cualquier error y tratarán de usarlo contra un ministro fiel. Si encuentran algo incorrecto en su enseñanza o en su conducta, se aprovecharán de ello. Pero si tanto su vida como su doctrina son sanas, no tendrán una causa justa para atacarlo y su oposición quedará avergonzada. Los ministros fieles siempre tendrán personas observando y buscando sus defectos, por lo que deben cuidarse con mucha atención. Aun así, pueden ser víctimas de calumnias, porque quienes tienen la mente corrompida se resisten a la verdad y con frecuencia hablan contra quienes la predican y la viven. Sin embargo, deben vivir de tal manera que silencien las críticas insensatas por medio de sus buenas obras, y que quienes hablen mal de ellos queden avergonzados al no encontrar una falta real en su conducta en Cristo.

Este era el encargo personal de Tito, y conduce a los deberes de las personas libres, tanto hombres como mujeres, jóvenes y mayores. Luego Pablo se dirige a los siervos.

Los siervos no deben pensar que su posición humilde los deja fuera de la atención de Dios o más allá de su ley. Aunque sirvan a amos humanos, no están libres de servir a Dios. Deben conocer y cumplir su deber para con sus amos terrenales, sin dejar de tener la mirada puesta en su Amo celestial. Tito debía instruir y amonestar no solo a los amos, sino también a los siervos, tanto en la enseñanza pública como en el consejo privado. Los siervos debían participar en las ordenanzas de Dios para recibir instrucción y consuelo, del mismo modo que los amos.

Pablo presenta tanto los deberes mismos como una razón firme para insistir en ellos. Primero, los siervos debían obedecer a sus propios amos (Tito 2:9). Este era su deber principal y la señal por la que se les reconocía. «Son esclavos de aquel a quien obedecen» (Romanos 6:16). Esto exige sumisión interior, respeto y reverencia en la mente y el corazón. También debían mostrar externamente ese respeto haciendo lo que se les ordenaba.

Cuando el Señor dice: «Si soy amo, ¿dónde está mi temor?», se refiere al afecto respetuoso y a las señales apropiadas de obediencia que le corresponden. La voluntad del siervo debe estar sujeta a la voluntad de su amo, y su tiempo y trabajo deben estar disponibles cuando el amo los requiera. «Siervos, estén sujetos con todo respeto a sus amos, no solo a los buenos y considerados, sino también a los difíciles de complacer» (1 Pedro 2:18). Este deber procede de la voluntad de Dios y de la posición que él, en su providencia, les ha asignado, no de la personalidad del amo. Si un hombre es su amo, entonces, por ser amo, le corresponden los deberes propios de esa relación.

Por tanto, a los siervos se les debía exhortar a obedecer a sus propios amos. También debían procurar agradarles en todo lo que fuera lícito y en todo lo que correspondiera a la autoridad legítima de un amo. Esto no significa obedecerlos o complacerlos sin límites. El derecho de Dios siempre debe ocupar el primer lugar, y ningún mandato humano puede reemplazarlo.

Si el mandato de un amo entra en conflicto con el mandato de Dios, se nos enseña a obedecer a Dios antes que a las personas. Sin embargo, los siervos debían asegurarse de que realmente existiera un conflicto antes de tomar esa postura. La voluntad de Dios debe guiar tanto la obediencia del siervo como la razón de su obediencia. Todo debe hacerse con respeto por la autoridad de Dios y principalmente para agradarle, como enseña (Colosenses 3:22-24). Cuando un siervo sirve a un amo terrenal conforme a la voluntad de Cristo, en realidad está sirviendo a Cristo, y Cristo recompensará ese servicio.

¿Cómo podían los siervos agradar a sus amos en todo sin convertirse en personas que buscan agradar a los demás? En el sentido equivocado, quienes buscan agradar a las personas son los que miran únicamente, o principalmente, a la aprobación humana. Dejan a Dios fuera o lo colocan por debajo de las personas. Se conforman con lo que otros quieren, aunque vaya en contra de la voluntad de Dios. Les importa más agradar a un amo que agradar a Dios. Ese deseo de agradar a los seres humanos es pecaminoso, y todos los creyentes deben evitarlo, como explica (Efesios 6:5-7).

La libertad cristiana es compatible con la servidumbre y la sumisión dentro del orden civil. Una persona puede servir a amos humanos y seguir siendo sierva de Cristo. Estas cosas no están en conflicto, siempre que el servicio a las personas se realice conforme a la voluntad de Cristo y por causa de él. Cristo no vino a derribar el orden civil ni las diferencias sociales. Por eso, si alguien fue llamado siendo siervo, no debía angustiarse por ello, como dice (1 Corintios 7:21). Es un liberto del Señor: no está libre de servir, sino que es libre mientras sirve. Es espiritualmente libre, aunque no sea libre en el ámbito civil. Del mismo modo, quien es libre en la sociedad sigue siendo siervo de Cristo. Esclavos o libres, todos son uno en Cristo.

Los siervos no debían resentir su condición ni dejarse perturbar por ella. Debían ser fieles y servir con ánimo en el lugar donde Dios los había puesto, procurando agradar a sus amos en todo. Esto podía ser difícil bajo amos duros, como el áspero Nabal, pero aun así ese debía ser el objetivo al que procuraran acercarse en la medida de sus posibilidades.

Tampoco debían responder con insolencia. Esto significa que no debían contradecir a sus amos, discutir obstinadamente ni usar palabras irrespetuosas o provocadoras. En cierta ocasión, Job se quejó de que sus siervos lo llamaban y no le respondían, pero allí la falta consistía en otra cosa. En este contexto, guardar silencio es una señal de respeto. Es mejor recibir una corrección con humildad y en silencio que responder con atrevimiento o desafío. Cuando alguien sabe que ha hecho algo malo, tratar de justificarse solo empeora el asunto.

Sin embargo, no responder con insolencia no prohíbe dar una respuesta serena y amable cuando sea apropiado. Por lo general, un amo sabio y bueno estará dispuesto a escuchar y a hacer lo correcto. Pero responder en el momento equivocado, hacerlo de manera grosera o adoptar un tono atrevido y cortante cuando no hay excusa que presentar demuestra falta de la humildad y la mansedumbre que esta relación exige.

Los siervos tampoco debían robar, sino mostrar completa fidelidad. Esta es otra señal fundamental de un buen siervo. Nunca debía usar para sí mismo los bienes de su amo ni desperdiciar lo que se le había confiado. Debía ser honrado y digno de confianza, y tratar los bienes de su amo como trataría los propios. (Proverbios 28:24) advierte que quien roba a su padre o a su madre y lo justifica se hace compañero del destructor. Los pequeños actos de tomar lo que no corresponde pueden endurecer la conciencia y conducir a pecados peores. Eso es malo en sí mismo y también produce más maldad.

Aunque un amo fuera duro y tacaño, y apenas proporcionara lo suficiente para sus siervos, ellos no debían robar para compensarlo. No debían tomar el asunto en sus propias manos mediante el robo. En cambio, debían soportar su situación y confiar en que Dios proveería y pondría las cosas en orden. Esto no incluye los casos extremos en los que sea necesario preservar la vida, pues un siervo tiene derecho a las necesidades básicas indispensables para vivir.

Los siervos no solo debían evitar robar y desperdiciar. También debían esforzarse por aumentar los bienes de su amo y promover su prosperidad tanto como pudieran. El siervo que no incrementó el talento de su amo fue condenado por su infidelidad, aunque no lo hubiera malversado. La fidelidad de un siervo incluye obedecer con prontitud, cuidado y esmero las órdenes de su amo. Incluye guardar secretos, llevar a cabo los negocios, administrar sabiamente los recursos y proteger de pérdidas o daños aquello que se le ha confiado. Esa fidelidad suele traer bendición al propio siervo, mientras que lo contrario con frecuencia conduce a la ruina. Como dice (Lucas 16:12), si no han sido fieles en lo que pertenece a otro, ¿quién les dará lo que les pertenece a ustedes?

Estos eran los deberes que Tito debía exigir a los siervos. Debía exhortarlos a vivir de tal manera que adornaran en todo la doctrina de Dios nuestro Salvador. Esto significa que su conducta mansa, humilde, obediente y fiel haría atractivo el evangelio y la santa fe de Cristo ante quienes estaban fuera de ella. Incluso los siervos, aunque pudieran pensar que su posición humilde les daba pocas oportunidades de honrar al cristianismo, podían hacer mucho si cumplían fielmente con su deber.

Los amos incrédulos tendrían una mejor opinión de ese camino tan despreciado, del que se hablaba mal por todas partes, al ver que sus siervos cristianos eran mejores que los demás: más obedientes y sumisos, más justos y fieles, y más diligentes en su trabajo.

La verdadera religión honra a quienes la profesan, y ellos deben asegurarse de no avergonzarla. Más bien, deben adornarla tanto como puedan en todo lo que hacen. Nuestra luz debe brillar delante de los demás, para que, al ver nuestras buenas obras, glorifiquen a nuestro Padre celestial. Así concluyen las instrucciones del apóstol a Tito, mientras le enseña cómo llevar a cabo su obra entre distintos grupos de personas.

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