Versículo destacado
Salmos 82:6 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Yo he dicho: «Ustedes son dioses, y todos ustedes son hijos del Altísimo». "
Salmos 82:6
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
4 Libren al pobre y al necesitado; rescátenlos de la mano de los malvados.
5 No saben ni quieren entender; andan en la oscuridad. Todos los cimientos de la tierra están fuera de su sitio.
6 Yo he dicho: «Ustedes son dioses, y todos ustedes son hijos del Altísimo».
7 Pero morirán como los hombres y caerán como uno de los príncipes.
8 Levántate, oh Dios, juzga la tierra, porque tú heredarás todas las naciones.
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Aquí vemos a los gobernantes terrenales humillados y abatidos, en los versículos 6 y 7. Se reconoce su alta posición: «Yo he dicho: “Ustedes son dioses”». Dios mismo les dio ese título en la ley acerca de las palabras injuriosas contra las autoridades: «No maldigas a los dioses» (Éxodo 22:28). Si Dios, la fuente de todo honor, les ha dado ese nombre, ¿quién puede discutirlo?
Sin embargo, ¿qué es el ser humano para recibir un honor tan grande? Se les llamó dioses porque la palabra de Dios les fue confiada, como explica Jesús (Juan 10:35). Tenían autoridad recibida de Dios. Él los estableció para proteger el bien público, mantener la paz y castigar a quienes hacen lo malo (Romanos 13:4). En ese sentido, todos ellos son hijos del Altísimo. Dios ha puesto sobre ellos parte de su honor y los usa para gobernar el mundo, así como David hizo que sus hijos ocuparan puestos principales.
O quizá el significado sea este: como Dios dijo «Ustedes son dioses», ellos llevaron ese honor demasiado lejos y se imaginaron ser hijos del Altísimo en un sentido que no les correspondía. Esa fue la soberbia del rey de Babilonia, quien dijo: «Seré semejante al Altísimo» (Isaías 14:14), y del rey de Tiro, que puso su corazón como si fuera el corazón de Dios (Ezequiel 28:2). A las personas les cuesta recibir un gran honor de parte de Dios, y también de los demás, sin llenarse de orgullo y tener un concepto demasiado elevado de sí mismas.
Entonces aparece la verdad que los humilla: «Morirán como hombres». Esto puede referirse al castigo de los gobernantes corruptos, los que juzgan injustamente y sumen al mundo en el desorden. Dios les pedirá cuentas y los quitará en medio de su poder y prosperidad. Morirán como cualquier otra persona malvada y caerán como uno de los príncipes de las naciones. Ser israelitas no los salvará, del mismo modo que ser jueces tampoco los salvará. O quizá se dice que morirán como hombres en un sentido más amplio, porque ese es el destino de todos los gobernantes de este mundo. Por tanto, no deben enorgullecerse de su honor ni descuidar su responsabilidad. Su condición mortal debe humillar su orgullo y motivarlos a cumplir con su deber.
Se les llama dioses, pero no tienen derecho a la inmortalidad. Morirán como cualquier persona y, un día, ustedes, príncipes, caerán como todos los demás. Los reyes, los príncipes y todos los jueces de la tierra son dioses para nosotros, pero delante de Dios son seres humanos. Morirán como hombres, y toda su gloria volverá al polvo. La muerte pone al cetro y a la pala al mismo nivel.
Luego el salmo se vuelve hacia el Dios del cielo, exaltado sobre todos. El salmista entiende que sirve de poco discutir con esos opresores orgullosos. Ellos se niegan a escuchar y siguen caminando en oscuridad. Por eso mira hacia Dios, recurre a él y le pide que manifieste su gran poder: «Levántate, oh Dios, y juzga la tierra». Mientras ora, confía en que Dios lo hará: «Tú heredarás todas las naciones».
Esto apunta, en primer lugar, al gobierno providencial de Dios: su cuidado sabio y su autoridad sobre el mundo. Él establece a los gobernantes y los derriba según le place. Hereda todas las naciones, es decir, tiene plena autoridad sobre ellas y puede disponer de ellas como una persona dispone de una herencia. Debemos creerlo y encontrar consuelo en ello. La tierra no está entregada a los malvados ni a los gobernantes malvados, aunque a veces nos sintamos tentados a pensar lo contrario (Job 9:24). Dios ha conservado el poder en sus propias manos y está por encima de ellos. Con esa confianza, debemos orar: «Levántate, oh Dios, y juzga la tierra»; muéstrate en contra de quienes juzgan injustamente y establece sobre tu pueblo pastores conforme a tu corazón. Existe un Dios justo a quien podemos acudir y de quien podemos esperar verdadero alivio cuando los jueces injustos nos hacen daño.
Esto también apunta al reino del Mesías, el Rey prometido. Es una oración para que ese reino llegue pronto, para que Cristo venga a juzgar la tierra. Se reclama la promesa de que Dios le dará las naciones como herencia: «Tú, oh Cristo, heredarás todas las naciones y gobernarás sobre ellas» (Salmo 2:8; Salmo 22:28). Que la segunda venida de Cristo ponga en orden todos estos desórdenes. Hay dos palabras que pueden consolarnos y ayudarnos a consolarnos unos a otros cuando el poder se usa mal entre las personas: «¡Aleluya! El Señor nuestro Dios Todopoderoso reina» (Apocalipsis 19:6), y «Ciertamente, vengo pronto» (Apocalipsis 22:20).
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De este capítulo
Salmos 82:1
"Dios está de pie en la congregación de los poderosos; juzga en medio de los dioses."
Salmos 82:2
"¿Hasta cuándo juzgarán injustamente y mostrarán favoritismo a los malvados? Selah."
Salmos 82:3
"Defiendan al pobre y al huérfano; hagan justicia al afligido y al necesitado."
Salmos 82:4
"Libren al pobre y al necesitado; rescátenlos de la mano de los malvados."
Salmos 82:5
"No saben ni quieren entender; andan en la oscuridad. Todos los cimientos de la tierra están fuera de su sitio."
Salmos 82:7
"Pero morirán como los hombres y caerán como uno de los príncipes."
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