Versículo destacado
Números 23:1 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Y Balaam dijo a Balac: «Constrúyeme aquí siete altares y prepárame aquí siete bueyes y siete carneros». "
Números 23:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Y Balaam dijo a Balac: «Constrúyeme aquí siete altares y prepárame aquí siete bueyes y siete carneros».
2 Balac hizo como Balaam había dicho; y Balac y Balaam ofrecieron en cada altar un becerro y un carnero.
3 Balaam dijo a Balac: «Quédate junto a tu holocausto, y yo iré. Quizá el SEÑOR venga a mi encuentro; y todo lo que me muestre te lo diré». Y fue a un lugar alto.
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Se hizo un gran esfuerzo para conseguir que Israel fuera maldecido. El propósito era persuadir al Dios de Israel de que abandonara a su pueblo o, por lo menos, de que permaneciera neutral y dejara que Moab venciera. ¡Qué necia es la superstición al imaginar que Dios puede ser controlado mediante la presión humana! Balaam y Balac pensaban que podían sobornarlo con altares y sacrificios ofrecidos sin que él los hubiera ordenado, como si Dios se agradara de un ritual vacío. Era absurdo pensar que esas ofrendas podían ganar el favor de Dios, pues no iban acompañadas de una fe ni de una obediencia verdaderas.
Parece que ofrecían estos sacrificios al Dios del cielo, el ser divino supremo, y no a uno de sus dioses locales. Sin embargo, la multiplicación de altares mostraba cuánto se habían alejado de la fe de sus antepasados para entrar en la idolatría. Quienes multiplican los altares también multiplican los dioses falsos. Efraín hizo muchos altares para pecar (Oseas 8:11). Ya no querían tener a Dios presente en sus pensamientos y, por eso, se volvieron vacíos en su manera de pensar; aun así, esperaban que esas ofrendas hicieran que Dios se volviera contra Israel, el pueblo que tenía su santuario y el altar escogido por Dios en medio de ellos.
Observa, primero, cuán autoritario era Balaam. Se enorgullecía de darle órdenes a un rey y de establecer reglas para los príncipes. Ese es el espíritu del maligno, que se exalta por encima de todo lo que se llama Dios o de todo lo que recibe culto como divino. Balaam habla con gran autoridad: «Constrúyeme aquí, en el lugar que yo he escogido, siete altares». De esta manera, ocultaba su odio contra Israel detrás de una apariencia de devoción; pero su sacrificio era detestable para Dios porque procedía de un corazón malvado (Proverbios 21:27). No intentaba honrar a Dios con sacrificios ofrecidos correctamente, sino obtener dinero mediante la maldad.
Observa también cuán dispuesto estaba Balac a obedecer. Los altares se construyeron de inmediato y se prepararon los sacrificios, lo mejor que tenían: siete toros y siete carneros. Balac no protestó por el costo. No consideró que fuera demasiado trabajo ni que estuviera por debajo de su dignidad permanecer junto a la ofrenda mientras Balaam lo dirigía.
Sin embargo, Dios anuló la maldición y la convirtió en bendición por amor a Israel. Moisés lo explicó más adelante (Deuteronomio 23:5). Dios puso la bendición en la boca de Balaam. Mientras ardían los sacrificios, Balaam se apartó a solas, probablemente hacia un bosque oscuro en la cima del monte (Deuteronomio 23:3, nota al margen). Sabía lo suficiente para entender que la soledad ofrece una buena oportunidad para tener comunión con Dios. Quienes desean encontrarse con él deben apartarse del ruido del mundo, de sus ocupaciones y de sus conversaciones. Nadie está menos solo que cuando está a solas, porque el Padre está con esa persona. Por eso debemos entrar en nuestro cuarto y cerrar la puerta, confiando en que Dios se encontrará con nosotros si lo buscamos correctamente.
Pero Balaam se fue con una esperanza incierta. Pensaba que quizá Dios se encontraría con él, aunque su conciencia culpable y la reciente ira de Dios le daban razones para hablar con cautela: «Tal vez el Señor se encuentre conmigo» (Números 23:3). Alguien así no debería esperar ningún favor de Dios. De hecho, parece que mientras afirmaba que iba a encontrarse con Dios, en realidad planeaba usar encantamientos, como se ve más adelante (Números 24:1). Pero, cualesquiera que fueran las intenciones de Balaam, Dios tenía el propósito de usarlo para su propia gloria; por eso se encontró con Balaam (Números 23:4). ¿Qué comunión puede haber entre la luz y la oscuridad? Ciertamente, no una comunión amistosa.
Balaam seguía inclinado hacia el mal, y Dios continuaba oponiéndose a él. Sin embargo, como Balac lo había escogido para hablar en su nombre, Dios lo obligaría a pronunciar palabras que honraran a Dios y a Israel, palabras que dejarían sin excusa a los futuros agresores. Cuando Balaam vio que Dios se había encontrado con él, probablemente por medio de un ángel, se jactó de lo que había hecho: «He preparado siete altares y he ofrecido un toro y un carnero en cada uno». ¿Cómo lo había hecho? No le había costado nada, porque Balac había pagado todo. Aun así, se jactaba como si hubiera realizado algo extraordinario. Los actos de adoración hechos con hipocresía suelen recordarse con orgullo y vanagloria, como el fariseo que fue al templo para presumir de su religión (Lucas 18:11-12).
También trataba esos sacrificios como si obligaran a Dios a concederle lo que quería. Parecía pensar que ahora Dios le debía algo y que el pago debía ser entregar a Israel al odio de Moab. Esta es una trampa común que las personas se tienden a sí mismas. Imaginan que los actos externos de devoción persuadirán a Dios para que pase por alto sus peores pecados, especialmente la persecución (Isaías 66:5). Sin embargo, aunque el sacrificio mismo era detestable, Dios usó las expectativas de Balaam para poner una palabra en su boca (Números 23:5). La respuesta de la lengua viene del Señor, y esto muestra cuán equivocados están quienes dicen: «Con nuestra lengua prevaleceremos; nuestros labios son nuestros» (Salmo 12:4). El Dios que creó la boca puede dirigirla hacia donde él quiera.
Esta es una advertencia para los pecadores insolentes que hablan contra el cielo. Dios puede hacer que sus propias palabras se vuelvan contra ellos (Salmo 64:8). También es un consuelo para los siervos de Dios, a quienes él puede llamar a hablar en su nombre. Si Dios puso una palabra en la boca de Balaam, un hombre que quería hacerles daño a Dios y a Israel, entonces no abandonará a quienes desean honrarlo y ayudar a su pueblo. Él les dará las palabras correctas en el momento oportuno.
Entonces Balaam pronunció la bendición delante de Balac. Encontró a Balac de pie junto a su holocausto (Números 23:6), prestando mucha atención y esperando ansiosamente el resultado. Quienes desean recibir una respuesta de paz de parte de Dios deben permanecer cerca del sacrificio y esperar en el Señor sin distracciones. No deben cansarse de hacer el bien. Balaam ocupó su lugar, el mismo desde donde había planeado pronunciar maldiciones contra Israel, quizá con las palabras ya preparadas; pero en vez de eso, comenzó su discurso y pronunció una bendición (Números 23:7). Declaró que Israel estaba seguro y era feliz, y de esa manera lo bendijo.
Primero declaró que estaba seguro, fuera del alcance de sus palabras dañinas. Reconoció que todo el plan había sido maldecirlo. Balac lo había mandado llamar desde su tierra, y él había venido con ese propósito (Números 23:7). El mensaje había sido: «Ven, maldice a Jacob por mí; ven, desafía a Israel». Balac pretendía hacerles la guerra y quería que Balaam bendijera su campaña y orara por la ruina de Israel. Pero Balaam también tuvo que admitir que el plan había fracasado y que él no podía llevarlo a cabo. Ni siquiera podía pronunciar una palabra maligna contra ellos ni desearles el mal: «¿Cómo puedo maldecir a quienes Dios no ha maldecido?» (Números 23:8). No es que no estuviera dispuesto a hacerlo, sino que era incapaz de hacerlo.
Esta es una confesión justa. Primero, reconoce la debilidad y el fracaso de las propias artes mágicas de Balaam, precisamente aquello por lo que otros lo valoraban tanto y, sin duda, él también se valoraba a sí mismo. Era el hombre más conocido en ese oficio y, aun así, tuvo que admitir que había sido derrotado. Dios ya había advertido a Israel que no recurriera a la adivinación (Levítico 19:31), y este acontecimiento les dio una razón para ese mandamiento al mostrar la debilidad y la necedad de tales prácticas.
Así como los magos de Egipto habían quedado en ridículo, aquí también el gran hechicero del oriente fue reducido a la nada. Véase Isaías 47:12-14. Segundo, esta es una confesión del gobierno y del poder de Dios sobre todas las cosas. Balaam admite que no podía hacer más de lo que Dios le permitiera, porque Dios podía anular todos sus planes y derribar sus proyectos.
Tercero, es una confesión de la seguridad firme del pueblo de Dios. Observa lo siguiente: Dios reconoce a Israel como suyo y lo bendice. No lo ha maldecido, porque está libre de la maldición de la ley. No lo ha condenado, rechazado ni abandonado, aunque era débil e indigno. Quienes tienen el favor del cielo tendrán el odio del infierno. La serpiente y su descendencia se oponen a ellos. Aunque los enemigos del pueblo de Dios logren mucho contra él, todavía no pueden maldecirlo. Mucho menos pueden destruirlo, porque no pueden separarlo del amor de Dios (Romanos 8:39).
Después habló de Israel como un pueblo feliz de tres maneras. Primero, era feliz por ser distinto de las demás naciones. «Desde la cima de la peña lo veo» (Números 23:9). Balaam se sorprendió porque, aunque quizá le habían dicho que Israel era una multitud áspera y desordenada, encontró en cambio un campamento bien organizado, con todas las señales de disciplina y buen orden. Lo vio como un pueblo que vivía separado y previó que seguiría siendo así, y que esa separación sería su gran honor.
A las personas de rango las llamamos «personas distinguidas». Ese era el motivo de orgullo de Israel, aunque sus enemigos lo consideraban una vergüenza: se diferenciaban de todas las naciones vecinas, no solo en su religión y sus prácticas sagradas, sino también en su alimentación, su manera de vestir y sus costumbres diarias. Eran un pueblo llamado a salir del mundo y que no debía dejarse moldear por él. No perdieron su buen nombre sino hasta que se mezclaron con los paganos (Salmo 106:35). Observemos que es tanto el deber como el honor de quienes están consagrados a Dios separarse del mundo y no vivir conforme a sus caminos. Quienes son cuidadosos en cumplir deberes especiales pueden encontrar consuelo en recibir privilegios especiales, y parece que Balaam tenía esto en mente aquí. El Israel de Dios no estará al mismo nivel que las demás naciones, sino que será honrado por encima de todas como un pueblo cercano a Dios y apartado para él.
En segundo lugar, son dichosos por su número. No eran tan pocos e insignificantes como Balaam había llegado a pensar, sino una multitud incontable, lo que hacía que fueran honrados y temidos (Números 23:10). «¿Quién puede contar el polvo de Jacob?». El tamaño del pueblo era lo que más temía Balac (Números 22:3). Moab tenía miedo de ellos porque eran numerosos, y aquí Dios, por medio de Balaam, fortalece ese temor al anunciar que aumentarían todavía más. Balac había querido que Balaam viera únicamente el extremo más distante del campamento (Números 22:41), con la esperanza de que, mientras más viera, más se enojara y más fuertes fueran sus maldiciones. Pero el resultado fue lo contrario. En vez de enojarse por el número de israelitas, Balaam los admiró.
Cuanto mejor conocemos al pueblo de Dios, mejor tendemos a pensar de él. Balaam observa primero el polvo de Jacob, es decir, el pueblo de Jacob, del cual se había anunciado que sería tan numeroso como el polvo (Génesis 28:14). De esta manera reconoce que Dios estaba cumpliendo la promesa hecha a los antepasados y espera que esa promesa se cumpla aún más. Tal vez David pecó cuando hizo el censo del pueblo, porque intentó contar el polvo de Jacob, que Dios había dicho que sería imposible de contar.
En segundo lugar, Balaam observa la cuarta parte de Israel, refiriéndose a la forma de su campamento, que estaba organizado en cuatro grupos bajo cuatro estandartes. Observemos que el Israel de Dios es un cuerpo muy grande, y lo mismo ocurre con su Israel espiritual. Esto se hará evidente cuando todos sean reunidos ante él en el gran día (Apocalipsis 7:9).
En tercer lugar, son dichosos por su destino final: «¡Que yo muera como mueren los israelitas justos, que están en pacto con Dios, y que mi final, o mi estado futuro, sea como el de ellos!». Es decir, que mi recompensa en el otro mundo sea como la de ellos. Aquí, primero, se da por sentado que la muerte es el fin de todos. Incluso los justos tienen que morir, y es bueno que pensemos en ello personalmente, como Balaam mismo lo hace aquí al hablar de su propia muerte.
En segundo lugar, Balaam da por sentado que el alma continúa viviendo después de la muerte y que existe un estado diferente más allá de ella. Este es un noble testimonio de esa verdad y una evidencia de que era conocida y creída desde tiempos antiguos. ¿Por qué habría de ser más deseable la muerte de los justos que la de los malvados si no significara felicidad en otro mundo? En la manera y las circunstancias externas de morir, vemos que a todos les suceden cosas semejantes.
En tercer lugar, afirma que los justos son verdaderamente dichosos, no solo mientras viven, sino también cuando mueren. Eso hace que su muerte no solo sea más deseable que la muerte de otros, sino incluso más deseable que la vida misma; sus palabras pueden entenderse de esa manera. No quiere decir únicamente: «Cuando muera, que muera como mueren los justos». Parece decir también: «Desde ahora estaría dispuesto a morir, con tal de morir como mueren los justos y llegar en este momento a mi destino final, siempre que este sea como el de ellos».
No muy lejos del lugar donde Balaam se encontraba, en uno de los montes de Moab, Moisés murió poco tiempo después. Tal vez Dios, quien puso estas palabras en boca de Balaam, quiso que señalaran precisamente en esa dirección, para que Moisés fuera animado a subir y morir de la manera que el propio Balaam deseaba. En cuarto lugar, Balaam demuestra que su opinión acerca de la religión era mejor que su determinación de vivir conforme a ella. Muchos desean morir como mueren los justos, pero no procuran vivir como viven los justos. Quieren tener el mismo final, pero no recorrer el mismo camino. Quieren ser santos en el cielo, pero no santos en la tierra. Este es el deseo de los perezosos, que termina destruyéndolos, porque se niegan a trabajar.
Las palabras de Balaam son solo un deseo, no una oración, y es un deseo inútil, porque quiere el fin sin preocuparse por los medios. Hasta aquí llega esta bendición: incluso a la muerte y más allá de ella, hasta el destino final. Ahora, en tercer lugar, se nos dice cómo reaccionó Balac ante esto (Números 23:11).
Balac fingía honrar al Señor con sus sacrificios y esperar la respuesta que Dios enviaría. Sin embargo, cuando la respuesta no coincidió con sus propios deseos, rápidamente se olvidó de Dios y estalló en ira contra Balaam, como si Balaam hubiera causado por sí solo el resultado: «¿Qué me has hecho? ¡Me has decepcionado!». A veces, Dios hace que los enemigos de su iglesia se perjudiquen unos a otros, mientras que el que está sentado en el cielo se ríe de sus planes impotentes.
Balaam se vio obligado a aceptar aquel resultado. Cedió porque no podía hacer otra cosa, pero manejó el asunto con habilidad, actuando como si fuera especialmente cuidadoso con su deber. Le respondió a Balac con la seriedad de un profeta: «¿Acaso no debo tener cuidado de decir lo que el Señor ha puesto en mi boca?» (Números 23:12). De esta manera, un profeta malvado tuvo que reconocer el poder soberano de Dios, lo que aumentó aún más la vergüenza de un príncipe malvado.
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De este capítulo
Números 23:2
"Balac hizo como Balaam había dicho; y Balac y Balaam ofrecieron en cada altar un becerro y un carnero."
Números 23:3
"Balaam dijo a Balac: «Quédate junto a tu holocausto, y yo iré. Quizá el SEÑOR venga a mi encuentro; y todo lo que me muestre te lo diré». Y fue a un lugar alto."
Números 23:4
"Dios se encontró con Balaam, y él le dijo: «He preparado siete altares y he ofrecido en cada altar un becerro y un carnero»."
Números 23:5
"El SEÑOR puso una palabra en la boca de Balaam y dijo: «Regresa a Balac y habla así»."
Números 23:6
"Él regresó a él, y he aquí que estaba junto a su holocausto, él y todos los príncipes de Moab."
Números 23:7
"Entonces pronunció su parábola y dijo: «Balac, rey de Moab, me ha traído desde Aram, desde las montañas del oriente, diciendo: “Ven, maldíceme a Jacob; ven, desafía a Israel”»."
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