Versículo destacado
Números 13:26 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Fueron y llegaron ante Moisés, Aarón y toda la congregación de los hijos de Israel, en el desierto de Parán, en Cades. Les dieron un informe a ellos y a toda la congregación, y les mostraron el fruto de la tierra. "
Números 13:26
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
24 Aquel lugar fue llamado arroyo de Escol por el racimo de uvas que los hijos de Israel cortaron allí.
25 Después de cuarenta días, regresaron de explorar la tierra.
26 Fueron y llegaron ante Moisés, Aarón y toda la congregación de los hijos de Israel, en el desierto de Parán, en Cades. Les dieron un informe a ellos y a toda la congregación, y les mostraron el fruto de la tierra.
27 Le contaron y dijeron: Llegamos a la tierra a la que nos enviaste, y ciertamente fluye leche y miel; este es su fruto.
28 Sin embargo, el pueblo que habita en la tierra es fuerte, y las ciudades están amuralladas y son muy grandes. Además, allí vimos a los hijos de Anac.
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Sorprende que los israelitas esperaran cuarenta días para que regresaran los espías. Estaban a punto de entrar en Canaán y tenían toda razón para confiar en el poder y la promesa de Dios. Dios ya los había guiado mediante un milagro tras otro, pero aun así confiaron más en sus propios planes que en el pacto de Dios, su promesa firme y vinculante. Cuántas veces arruinamos nuestra propia paz por causa de la incredulidad.
Por fin regresaron los mensajeros, pero su informe no fue unánime. La mayoría desanimó al pueblo para que no entrara en Canaán, y con razón Israel quedó expuesto a esta prueba, porque había puesto demasiada confianza en la opinión humana en lugar de confiar en la palabra de Dios. Es justo que Dios entregue a las personas a fuertes engaños cuando se niegan a recibir la verdad con amor.
Su informe contenía algo de verdad. No podían negar que Canaán era una tierra muy rica, y el racimo de uvas que llevaron demostró claramente que así era (Números 13:27). Dios había prometido una tierra que fluía leche y miel, y hasta los espías malvados tuvieron que admitir que esa promesa era cierta. De este modo, Dios seguía siendo honrado y su promesa quedaba confirmada, incluso por medio de sus enemigos.
Sin embargo, después se contradijeron cuando dijeron que la tierra «devora a sus habitantes» (Números 13:32). Eso no tiene sentido si la tierra estaba llena de leche, miel y uvas. Algunos piensan que había una plaga en la tierra cuando la inspeccionaron, y debieron haber visto en ello el cuidado sabio de Dios, porque así disminuía el número de sus enemigos y hacía más fácil la conquista. En lugar de eso, culparon al país mismo; y por ese necio temor a una plaga en Canaán, más tarde fueron heridos por una plaga en el desierto (Números 14:37).
Pero su principal objetivo era hacer que la conquista pareciera imposible. Dijeron que sus habitantes eran fuertes (Números 13:28), de gran estatura (Números 13:32) y más fuertes que Israel (Números 13:31). Describieron las ciudades como amuralladas y muy grandes, como fortalezas imposibles de derribar (Números 13:28). Por encima de todo, se enfocaron en los gigantes, los descendientes de Anac, conocidos por su enorme tamaño (Números 13:28, 33). Hablaron como si la vista de ellos los hubiera llenado de terror.
«A nuestros propios ojos, parecíamos langostas», dijeron, dando a entender que se sentían pequeños e indefensos. También afirmaron que seguramente los gigantes los veían con el mismo desprecio y temor. Así concluyeron: «No podremos subir contra ellos» (Números 13:31), y decidieron que debían buscar otra manera.
Aun si hubieran juzgado la situación únicamente según la fuerza humana, no tenían una buena razón para ser cobardes. Israel contaba con unos seiscientos mil hombres capaces de luchar, organizados y unidos; era un ejército muy poderoso. Moisés, su comandante, era sabio y valiente, y si el pueblo hubiera cobrado ánimo, ¿quién habría podido enfrentarse a ellos? Es cierto que los cananeos eran fuertes, pero estaban dispersos: unos se encontraban en el sur y otros en la región montañosa (Números 13:29). Como estaban tan divididos, no podían reunirse rápidamente para resistir a Israel.
La tierra misma era lo bastante rica como para sostener a un ejército, y si Israel vencía en campo abierto, probablemente las ciudades amuralladas también caerían. En cuanto a los gigantes, su gran tamaño solo los haría más fáciles de ver y de atacar. Los hombres grandes no siempre son los más valientes.
Pero su mayor pecado no fue la cobardía. Las Escrituras los presentan como incrédulos. No debían depender únicamente de las posibilidades humanas. Tenían señales claras de que Dios estaba con ellos y de que su poder estaba a su favor. Si los cananeos eran más fuertes que Israel, ¿acaso eran más fuertes que el Dios de Israel? Israel no era fuerte por sí mismo, pero el Dios Todopoderoso estaba con ellos, y nada es demasiado difícil para él.
También habían visto muchas veces el poder de Dios. Los egipcios eran mucho más fuertes que Israel, pero Dios los destruyó sin que Israel siquiera sacara una espada. Los amalecitas atacaron a Israel desde una posición ventajosa, y aun así Dios los derrotó. En aquel tiempo, los milagros eran su alimento diario. Incluso el hecho de que Dios los alimentara de manera tan constante y generosa debió haber fortalecido su fe.
Además, Dios ya les había prometido la victoria. Le había dado a Abraham toda seguridad de que sus descendientes poseerían la tierra (Génesis 15:18; 17:8). Por medio de Moisés, había dicho claramente que expulsaría a los cananeos delante de ellos (Éxodo 33:2), y que lo haría poco a poco (Éxodo 23:30). Después de todo eso, que Israel dijera: «No podremos subir contra ellos» equivalía realmente a decir que Dios mismo no podía cumplir su palabra.
En efecto, estaban llamando mentiroso a Dios y diciendo que había prometido más de lo que podía hacer. Las Escrituras resumen así su pecado: «Despreciaron la tierra deseable y no creyeron en su palabra» (Salmo 106:24). Habían comprobado que la tierra era tan buena como Dios había dicho, una tierra que fluía leche y miel; aun así, no quisieron confiar en que Dios ciertamente se la daría. Dudaron de la verdad eterna misma. Este fue el informe de los espías malvados.
Caleb animó al pueblo a avanzar, aunque Josué solo lo respaldó después (Números 13:30). Caleb hizo callar a la multitud, pues ya veía que comenzaba a alborotarse y a causar problemas, incluso antes de que Moisés interviniera. Ni siquiera Moisés, cuyo rostro resplandeció después de encontrarse con Dios, logró calmarlos cuando ya estaban volviéndose rebeldes.
El nombre Caleb significa «todo corazón», y él vivió de acuerdo con ese significado. Era valiente y actuaba de todo corazón, y quería que el pueblo fuera igual si estaba dispuesto a escucharlo. Es posible que Josué se haya contenido al principio porque, como servidor de Moisés, podían acusarlo de favorecerlo. Por eso fue prudente que Josué dejara que Caleb tomara la iniciativa. Caleb pertenecía a la tribu de Judá, la tribu principal, así que también era el indicado para hablar primero.
Caleb había visto con tanta claridad como los demás espías la fuerza de los habitantes de la tierra, pero aun así habló con gran confianza: «Podemos vencerlos». Luego instó al pueblo a avanzar, hablando como un hombre listo para dirigir la carga. «Subamos de inmediato», dijo, como si un solo paso valiente resolviera el asunto. «Subamos y tomemos posesión de ella». No dijo: «Subamos y conquistémosla», porque en su mente la victoria ya estaba asegurada. Solo faltaba entrar y tomar la tierra que Dios, su gran Señor, estaba dispuesto a darles.
Los justos son valientes como un león. Las dificultades que aparecen en el camino de la salvación parecen pequeñas y se desvanecen ante una fe viva en el poder y la promesa de Dios. Todo es posible para quien cree, cuando Dios lo ha prometido.
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De este capítulo
Números 13:1
"El SEÑOR habló a Moisés y le dijo:"
Números 13:2
"«Envía hombres para que exploren la tierra de Canaán, la cual doy a los hijos de Israel. De cada tribu de sus padres enviarán a un hombre, cada uno de ellos jefe entre los suyos»."
Números 13:3
"Entonces Moisés, por mandato del SEÑOR, los envió desde el desierto de Parán. Todos aquellos hombres eran jefes de los hijos de Israel."
Números 13:4
"Estos eran sus nombres: de la tribu de Rubén, Samúa hijo de Zacur."
Números 13:5
"De la tribu de Simeón, Safat hijo de Horí."
Números 13:6
"De la tribu de Judá, Caleb hijo de Jefone."
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