Versículo destacado

Nehemías 10:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Los que sellaron fueron Nehemías, el tirsata, hijo de Hacalías, y Sedequías, "

Nehemías 10:1

menu_book El versículo en contexto

1 Los que sellaron fueron Nehemías, el tirsata, hijo de Hacalías, y Sedequías,

2 Seraías, Azarías, Jeremías,

3 Pasur, Amarías, Malquías,

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Cuando Israel entró por primera vez en pacto con Dios, lo hizo mediante un sacrificio y la aspersión de sangre (Éxodo 24). Aquí lo hicieron de una manera más común: firmando y sellando un pacto escrito. Este pacto no añadía nada nuevo a lo que ya le debían a Dios. Simplemente los comprometía más firmemente a hacer lo que ya era su deber.

El primer punto que se destaca son los nombres de los líderes públicos que firmaron en representación de toda la congregación. Habría sido interminable que cada persona firmara por separado; por eso, los representantes y jefes del pueblo dieron sus nombres. Si estos hombres principales cumplían el pacto, su ejemplo ayudaría a motivar al resto del pueblo a hacer lo mismo.

Nehemías, el gobernador, firmó primero para mostrar su disposición y marcar el paso para los demás (Nehemías 10:1). Quienes ocupan una posición más alta y tienen mayor autoridad deben dar el primer paso en el servicio a Dios. Después vinieron veintidós sacerdotes, aunque sorprende que Esdras, el escriba, no aparezca entre ellos. Él había participado activamente en la solemne reunión que se había celebrado a principios de ese mismo mes (Esdras 8:2), así que probablemente no estuvo ausente, sino que ya había cumplido su parte como maestro y ahora dejó que otros cumplieran la suya.

Después de los sacerdotes vinieron diecisiete levitas, entre ellos la mayoría o quizá todos los que habían hablado en nombre de la congregación durante la oración (Esdras 9:4-5). Esto demostraba que ellos mismos habían sido conmovidos por aquello que habían orado y que no iban a imponerles a otros cargas que ellos no estuvieran dispuestos a llevar. Quienes dirigen en la oración también deben dirigir en toda otra buena obra.

Después de los levitas vinieron cuarenta y cuatro de los principales del pueblo. Ellos firmaron por sí mismos y por aquellos que estaban bajo su influencia, comprometiéndose a guardar los mandamientos de Dios. Sus nombres quedan registrados aquí para honra, porque trabajaron para renovar y preservar la religión en su tierra. La memoria de personas así será bendecida. La mayoría de ellos son nombres que ya aparecen en listas anteriores de jefes de familia, como Parós, Pajat-moab, Elam, Zatú, Bani, Azgad, Bebai, Bigvai, Adín, Ater, Hasum, Bezai, Harif, Anatot y otros. Quienes tienen influencia deben usarla para Dios.

El resto del pueblo, junto con los demás sacerdotes y levitas, se unió y aprobó lo que habían hecho sus líderes. También se unieron sus esposas y sus hijos, porque todos habían pecado y todos necesitaban reformarse. Toda persona que tuviera conocimiento y entendimiento debía entrar en pacto con Dios. Tan pronto como los jóvenes puedan distinguir entre el bien y el mal y actuar con prudencia, deben hacer suyo el compromiso de unirse al Señor.

Los prosélitos, es decir, los convertidos de otras naciones, también se unieron: todos los que se habían separado de los pueblos que los rodeaban, de sus dioses y de su adoración, para seguir la ley de Dios. Esto muestra en qué consiste la verdadera conversión: apartarse de las costumbres del mundo y entregarnos a la dirección de la Palabra de Dios. Y así como hay una sola ley, también hay un solo pacto y un solo bautismo para el extranjero y para el nacido en Israel.

El acuerdo del pueblo se describe como unirse a sus hermanos, todos juntos (Nehemías 10:29). Aquí la gente común estuvo de acuerdo con sus líderes en una buena obra. Los grandes nunca parecen más grandes que cuando promueven la verdadera religión y viven conforme a ella. Al hacerlo, muchas veces logran un vínculo más fuerte con el pueblo que por cualquier otro medio. Si los nobles apoyan sinceramente la religión, quizá descubran que el pueblo se une a ellos más estrechamente de lo que esperaban. Se llama hermanos a los nobles del pueblo porque, en las cosas de Dios, ricos y pobres, grandes y pequeños, se encuentran al mismo nivel.

También entraron en una maldición y un juramento. Los nobles confirmaron el pacto con sus manos y sus sellos, mientras que el pueblo lo confirmó con una maldición y un juramento. Invocaron solemnemente a Dios para que juzgara su sinceridad y los castigara si actuaban con falsedad. Todo juramento lleva en cierto sentido una maldición contra quien lo rompe, y por eso se convierte en un vínculo fuerte. Las palabras falsas y engañosas terminan cayendo con todo su peso sobre nuestra propia cabeza.

El punto principal del pacto era sencillo: caminarían conforme a la ley de Dios y guardarían todos sus mandamientos (Nehemías 10:29). No era una carga nueva, sino «esta obligación necesaria», a la que ya estaban comprometidos por deber, gratitud y conveniencia propia. David había hecho el mismo compromiso cuando juró guardar los justos decretos de Dios (Salmos 119:106). Nuestro propio pacto quizá no haga que este deber sea más obligatorio que antes, pero sí lo hace más claro y serio. Por eso, no debemos pensar que es innecesario comprometernos de esta manera. Y cuando prometemos guardar los mandamientos de Dios, nos comprometemos a guardarlos todos, reconociéndolo como nuestro Señor.

Algunas promesas específicas del pacto correspondían a los peligros que enfrentaban en ese tiempo. En primer lugar, prometieron no casarse con los pueblos paganos, es decir, con las naciones vecinas que no adoraban a Dios (Nehemías 10:30). Muchos de ellos ya habían fallado antes precisamente en este asunto (Esdras 9:1). Cuando hacemos pacto con Dios, debemos cuidarnos especialmente de los pecados en los que hemos tropezado con más frecuencia y que más daño nos han causado. Quienes se proponen guardar los mandamientos de Dios también deben decirles a los malhechores: «¡Apártense de mí!» (Salmos 119:115).

También prometieron no celebrar mercados en el día de descanso, ni en ningún otro día que Dios hubiera apartado del trabajo. Ellos mismos no venderían sus productos para obtener ganancias en ese día, ni animarían a los paganos a vender comprándoles, ni siquiera alimentos, con la excusa de la necesidad. En cambio, prepararían el día anterior lo que sus familias necesitaran (Nehemías 10:31). Todo el que hace pacto para guardar los mandamientos de Dios debe comprometerse especialmente a guardar bien el día de descanso, porque quebrantarlo abre la puerta a otras formas de impiedad. El día de descanso es un día de mercado para nuestra alma, pero no para nuestro cuerpo.

También prometieron no oprimir con dureza a sus deudores, sino observar el séptimo año como un año de liberación, conforme a la ley (Nehemías 10:31). Antes habían fallado en esto (capítulo 5), y ahora prometían corregirlo. Este era el tipo de ayuno que Dios aprueba: romper toda carga pesada y dejar libres a los oprimidos (Isaías 58:6). Al final del Día de la Expiación sonaba la trompeta del jubileo. Como habían descuidado el descanso de la tierra durante el séptimo año, Dios hizo que la tierra disfrutara sus días de descanso durante setenta años (Levítico 26:35). Por eso, ahora se comprometieron a obedecer esa ley.

Son verdaderamente obstinados los hijos que no corrigen precisamente la falta por la cual han sido disciplinados de manera especial.

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