Versículo destacado

Mateo 6:9 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Por tanto, oren ustedes de esta manera: Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. "

Mateo 6:9

¿Qué significa Mateo 6:9?

Mateo 6:9 enseña que la oración comienza reconociendo a Dios como Padre cercano y santo. “Padre nuestro” expresa una relación personal y comunitaria; “santificado sea tu nombre” pide que su carácter sea honrado en la vida. En momentos de estrés familiar o laboral, este enfoque ayuda a poner a Dios primero y buscar su voluntad.

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menu_book El versículo en contexto

7 Pero cuando ustedes oren, no usen repeticiones vanas como hacen los paganos, porque ellos piensan que serán escuchados por hablar mucho.

8 Por tanto, no sean como ellos, porque su Padre sabe qué cosas necesitan ustedes antes de que le pidan.

9 Por tanto, oren ustedes de esta manera: Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre.

10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

11 Danos hoy nuestro pan de cada día.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Después de corregir lo que estaba mal, Cristo mostró el camino mejor, porque sus reprensiones tienen el propósito de enseñar. Como no sabemos orar como deberíamos, él ayuda a nuestra debilidad dándonos palabras que podemos usar: «Oren ustedes de esta manera» (Mateo 6:9). La oración entre los judíos se había corrompido tanto que Cristo consideró necesario dar una nueva guía para orar. Les muestra a sus discípulos qué debe ocupar normalmente sus oraciones y qué forma deben tener.

Él da palabras que ciertamente pueden usarse como una oración; un breve resumen de las muchas partes de nuestras peticiones. Sin embargo, no estamos obligados a usar solamente esta oración ni siempre estas mismas palabras, como si nuestras demás oraciones necesitaran recibir santidad por medio de ellas. Se nos enseña a orar de esta manera, con estas palabras o con este sentido. Lucas presenta la oración de una manera algo diferente, y no encontramos que los apóstoles la usaran como una fórmula fija. Aquí todavía no se nos enseña a orar en el nombre de Cristo, como se hará más adelante. Se nos enseña a orar pidiendo que venga el reino, lo cual ocurrió cuando se derramó el Espíritu Santo. Aun así, es muy bueno usarla como una oración modelo, y es una señal de la comunión de los creyentes. La iglesia la ha usado en todas las épocas, al menos desde el siglo tercero, según el doctor Whitby.

Es la oración del Señor, compuesta y establecida por él. Es muy breve, pero también muy completa, porque él tiene compasión de nuestra debilidad al orar. Su contenido es excelente y necesario, su orden es instructivo y sus palabras son muy breves. Contiene mucho en pocas palabras. Debemos aprender bien su significado, porque solo se usa correctamente cuando se ora con entendimiento y sin repetirla de manera vacía.

La oración del Señor, como toda oración, es semejante a una carta enviada de la tierra al cielo. Tiene su destinatario: nuestro Padre; su lugar: el cielo; sus peticiones: las varias solicitudes; su cierre: «porque tuyo es el reino»; su sello: «Amén»; y, si se quiere, también su fecha: «el pan nuestro de cada día». Dicho sencillamente, la oración tiene tres partes: la introducción, «Padre nuestro que estás en el cielo»; las peticiones; y la alabanza final.

Antes de presentar nuestras necesidades, debemos acercarnos solemnemente a Aquel a quien hablamos: «Padre nuestro». Esto nos recuerda que no debemos orar solamente a solas y por nosotros mismos, sino también junto con otros y por otros, porque pertenecemos unos a otros y hemos sido llamados a vivir en comunión. Aquí se nos enseña a quién debemos orar: solo a Dios, y no a los santos ni a los ángeles. Ellos no nos conocen, no se les ha dado el honor que corresponde en la oración y no pueden darnos la ayuda que buscamos. También se nos enseña cómo hablar con Dios y qué título usar para referirnos a él: uno que muestra que es bondadoso y está dispuesto a ayudarnos, porque nos acercamos con confianza al trono de la gracia.

En primer lugar, debemos dirigirnos a él como nuestro Padre y llamarlo así. Él es Padre de todos por la creación (Malaquías 2:10; Hechos 17:28). De una manera especial, es Padre de los creyentes por medio de la adopción, por la cual nos incorpora a su familia, y por medio del nuevo nacimiento (Efesios 1:5; Gálatas 4:6). Este es un privilegio maravilloso. En la oración debemos contemplar a Dios de esta manera y conservar pensamientos correctos acerca de él, pensamientos que nos animen en vez de atemorizarnos. Nada agrada más a Dios ni nos consuela más que llamarlo Padre. Cristo normalmente llamaba Padre a Dios cuando oraba.

Si él es nuestro Padre, tendrá compasión de nuestras debilidades y fallas (Salmo 103:13), nos perdonará y nos tratará con misericordia (Malaquías 3:17), y valorará de la mejor manera nuestros pobres esfuerzos, aun cuando estén lejos de ser perfectos. No nos negará nada que verdaderamente sea bueno para nosotros (Lucas 11:11-13). Podemos acercarnos a él con confianza, como a un padre. Tenemos un abogado ante el Padre y el Espíritu de adopción. Cuando llegamos afligidos por el pecado, debemos pensar en Dios como un Padre, tal como lo hizo el hijo pródigo (Lucas 15:18; Jeremías 3:19). Cuando pedimos gracia, paz, la herencia y la bendición de hijos, nos ayuda recordar que venimos a Dios no como ante un juez enojado que todavía no se ha reconciliado con nosotros, sino como ante un Padre amoroso y bondadoso que hizo las paces con nosotros por medio de Cristo (Jeremías 3:4).

En segundo lugar, él es nuestro Padre que está en el cielo. Está en el cielo, aunque el cielo no puede contenerlo, y allí muestra su gloria de una manera especial, porque el cielo es su trono (Salmo 103:19). Para los creyentes, es un trono de gracia. Debemos dirigir nuestras oraciones hacia él allí, porque Cristo, el Mediador —el que une a Dios y a la humanidad—, ahora está en el cielo (Hebreos 8:1). El cielo está más allá de nuestra vista y es un mundo espiritual, por lo que nuestra relación con Dios en la oración debe ser espiritual. El cielo está en lo alto; por eso, al orar, debemos elevarnos por encima del mundo y levantar nuestro corazón (Salmo 5:1). El cielo es puro; por eso debemos levantar manos limpias y procurar honrar su nombre, porque él es el Santo que habita en ese lugar santo (Levítico 10:3).

Desde el cielo, Dios ve a los hijos de la humanidad (Salmo 33:13-14). Al orar, también debemos recordar que sus ojos están sobre nosotros. Desde allí tiene una visión completa y clara de todas nuestras necesidades, cargas, deseos y debilidades. El cielo también es el lugar firme donde él manifiesta su poder (Salmo 150:1). Como Padre, no solo puede ayudarnos y hacer muchísimo más de lo que pedimos o entendemos, sino que también posee todo lo necesario para suplir nuestras necesidades, porque todo buen regalo viene de lo alto. Él es Padre, así que podemos acercarnos con confianza. Pero es un Padre que está en el cielo, por lo que debemos acercarnos con reverencia (Eclesiastés 5:2). De esta manera, todas nuestras oraciones deben concordar con la gran meta de nuestra vida cristiana: estar con Dios en el cielo. Dios y el cielo, la meta de toda nuestra vida, deben estar claramente presentes en cada oración. La oración nos lleva por anticipado al lugar al que decimos que vamos.

Las peticiones son seis. Las primeras tres se refieren más directamente a Dios y a su honor, mientras que las últimas tres tienen que ver con nuestras necesidades, tanto terrenales como espirituales. Esto se parece a los Diez Mandamientos: los primeros cuatro enseñan nuestro deber hacia Dios y los últimos seis, nuestro deber hacia el prójimo. El orden de esta oración nos enseña a buscar primero el reino de Dios y su justicia, confiando en que las demás cosas serán añadidas.

«Santificado sea tu nombre». Esta es la misma palabra que en otros pasajes se traduce como «santificado». Aquí se conserva la expresión tradicional porque la gente está acostumbrada a ella en la oración del Señor. Con estas palabras damos gloria a Dios. Pueden entenderse no solo como una petición, sino también como una alabanza, como decir: «Que el Señor sea exaltado» o glorificado, porque la santidad de Dios es la belleza y la grandeza de todos sus demás atributos. Debemos comenzar nuestras oraciones alabando a Dios, y es correcto que él sea servido primero, antes de pedirle misericordia y gracia.

Debemos alabarlo por quién es y luego recibir el beneficio de todo lo que él es. En esta petición también establecemos nuestro objetivo. Es el objetivo correcto y debe ser nuestra meta principal y final en cada petición: que Dios sea glorificado. Todas nuestras demás solicitudes deben servir a ese fin. En esencia, debemos orar así: «Padre, glorifícate al darme el pan de cada día, al perdonar mis pecados y en todo lo demás».

Puesto que todo viene de Dios y por medio de Dios, todo debe ser también para Dios. En la oración, nuestros pensamientos y deseos deben dirigirse principalmente a la gloria de Dios. Los fariseos, los líderes religiosos judíos, hicieron de su propio nombre el propósito principal de sus oraciones, porque querían ser vistos por los demás (Mateo 6:5). En contraste con eso, Jesús nos enseña a hacer del nombre de Dios nuestro propósito principal. Que cada petición que presentemos descanse en ese objetivo y sea moldeada por él: «Haz esto por mí para la gloria de tu nombre, y solo en la medida en que te honre».

Cuando oramos pidiendo que el nombre de Dios sea santificado, pedimos que Dios mismo, y todo aquello por lo que se ha dado a conocer, sea honrado como santo por nosotros y por los demás, y especialmente por él mismo. Oramos así: «Padre, permite que tu nombre sea glorificado como Padre que estás en el cielo. Muestra tu bondad, tu grandeza, tu majestad y tu misericordia. Permite que tu nombre sea tratado como santo, porque es santo. Haz que nuestros propios nombres contaminados importen menos; pero, Señor, ¿qué harás por tu gran nombre?».

Cuando oramos pidiendo que el nombre de Dios sea glorificado, pedimos algo que Dios ciertamente hará de todos modos. Él honrará su propio nombre, lo pidamos o no, como dice el Salmo 46:10: «Seré exaltado entre las naciones». También pedimos algo que sabemos que nos será concedido. Cuando nuestro Salvador oró: «Padre, glorifica tu nombre», la respuesta llegó de inmediato: «Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez».

«Venga tu reino» apunta claramente al mensaje que Cristo predicaba en aquel tiempo, al mismo mensaje que Juan el Bautista había predicado antes que él y al mismo mensaje que Jesús después envió a sus apóstoles a proclamar: el reino de los cielos está cerca. Esto significa que el reino del Padre celestial, el reino del Mesías, está cerca, y debemos orar por su venida. Debemos convertir en oración lo que escuchamos de la Palabra de Dios. Nuestro corazón debe responder a las promesas de Dios. Si Cristo dice: «Ciertamente vengo pronto», nuestro corazón debe responder: «Amén; ven, Señor Jesús».

Los ministros deben orar por la Palabra que predican. Cuando dicen que el reino de Dios está cerca, también deben orar: «Padre, venga tu reino». Debemos orar por aquello que Dios ha prometido. Las promesas no se dan para reemplazar la oración, sino para despertarla y animarnos a orar. Cuando se acerca el tiempo prometido, debemos orar con mayor fervor. Daniel hizo esto cuando vio que se acercaba el tiempo de la liberación de Israel (Daniel 9:2). Los judíos también oraban diariamente para que Dios estableciera su reino, hiciera avanzar su redención y enviara al Mesías para liberar a su pueblo.

«Venga tu reino» significa: que el evangelio sea predicado a todos y recibido por todos. Que cada persona se someta a lo que Dios ha dicho acerca de su Hijo en su Palabra y lo reciba como Salvador y Rey. Que la iglesia del evangelio crezca, que el mundo llegue a ser el reino de Cristo y que todos vivan como súbditos de ese reino.

«Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo». Oramos para que, puesto que el reino de Dios ha venido, nosotros y los demás obedezcamos todas sus leyes y mandamientos. De esta manera se demostrará que el reino de Cristo ha venido. También se demostrará que es un reino que viene del cielo y que trae algo del cielo a la tierra. Convertimos a Cristo solamente en un nombre si lo llamamos Rey, pero no obedecemos su voluntad. Puesto que hemos orado para que él gobierne sobre nosotros, también oramos para que en todo seamos gobernados por él.

Lo que pedimos es claro: «Hágase tu voluntad». En otras palabras: «Señor, haz conmigo y con los míos todo lo que te agrade» (1 Samuel 3:18). «Me entrego a ti y estoy completamente satisfecho de que se cumplan todos tus propósitos para mí». En este sentido, Cristo mismo oró: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». Nosotros también pedimos: «Capacítame para hacer lo que te agrada. Dame la gracia que necesito para conocer correctamente tu voluntad y obedecerla bien». Que tu voluntad sea hecha por mí y por los demás con una conciencia dispuesta, y no la nuestra, ni los deseos de la carne o de la mente, ni la voluntad de los seres humanos (1 Pedro 4:2), mucho menos la voluntad de Satanás (Juan 8:44). Oramos para no hacer nunca nada que desagrade a Dios ni angustiarnos por nada de lo que Dios haga.

El modelo también es claro: «así en la tierra como en el cielo». La tierra es el lugar donde somos probados y donde debe realizarse nuestro trabajo, si es que ha de realizarse en algún momento. El cielo es el lugar del descanso y del gozo. Oramos para que la tierra llegue a parecerse más al cielo mediante la obediencia a la voluntad de Dios. Esta tierra se ha acercado mucho al infierno por el poder de la voluntad de Satanás, y pedimos que los creyentes lleguen a parecerse más a los santos ángeles en devoción y obediencia. Estamos en la tierra, gracias a Dios, y todavía no debajo de la tierra. Oramos por los vivos, no por los muertos que han partido al silencio.

«Danos hoy nuestro pan de cada día». Puesto que la vida corporal es necesaria para nuestra vida espiritual en este mundo, primero oramos por la gloria, el reino y la voluntad de Dios, y después oramos por las necesidades de la vida presente. Estas son dádivas de Dios, y debemos pedírselas a él. La frase puede significar el pan para el día que viene, el pan para lo que queda de nuestra vida o el pan necesario para nuestro sustento y subsistencia, lo que corresponde a nuestra condición en el mundo (Proverbios 30:8).

Cada parte de esta petición enseña algo. Pedimos pan, lo cual nos enseña sobriedad y dominio propio. Pedimos pan, no lujos ni cosas innecesarias, sino lo que es saludable aunque sea sencillo. Pedimos nuestro pan, lo cual nos enseña honestidad y trabajo diligente. No pedimos alimento tomado de otros, ni el pan del engaño (Proverbios 20:17), ni el pan de la pereza (Proverbios 31:27), sino lo que se gana honradamente. Pedimos el pan de cada día, lo cual nos enseña a no preocuparnos por el día de mañana (Mateo 6:34), sino a seguir dependiendo del cuidado de Dios cada día.

Le pedimos a Dios que nos lo dé, no que nos lo venda ni que nos lo preste, sino que nos lo dé. Aun las personas más importantes deben depender de la misericordia de Dios para recibir su pan diario. También oramos: «Danoslo», no solo a mí, sino a los demás que están conmigo. Esto nos enseña la generosidad y una preocupación afectuosa por los pobres y necesitados. También muestra que debemos orar con nuestras familias, ya que comemos juntos y debemos orar juntos. Pedimos «hoy», lo cual nos enseña a renovar continuamente nuestro deseo de acudir a Dios conforme nuestras necesidades regresan cada día. Tan regularmente como llega el día, debemos orar a nuestro Padre celestial. Debemos sentir que no podríamos vivir un día sin alimento más de lo que podríamos vivirlo sin oración.

«Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores». Esta petición está relacionada con la anterior porque dice «y perdónanos», lo cual muestra que, sin el perdón de nuestros pecados, no podemos tener verdadero consuelo en la vida ni en los medios que la sostienen. Nuestro pan diario solo nos alimentaría como a corderos destinados al sacrificio si nuestros pecados no fueran perdonados.

Esto también muestra que debemos pedir perdón diariamente, con la misma regularidad con que pedimos el pan de cada día. «El que está lavado» todavía necesita lavarse los pies. Aquí tenemos una petición: «Padre celestial, perdónanos nuestras deudas», nuestras deudas contigo. Nuestros pecados son nuestras deudas. Como criaturas, le debemos a Dios el deber de obedecerle; y cuando no cumplimos con ese deber, también contraemos una deuda de castigo.

Cuando desobedecemos la voluntad de Dios, nos colocamos bajo su ira. Cuando no cumplimos el mandamiento de la ley, quedamos expuestos a su penalidad. Un deudor puede ser llevado ante un tribunal, y nosotros también. El que hace lo malo es deudor ante la ley, y nosotros también. Cada día, el deseo y la oración de nuestro corazón al Padre celestial deben ser que él perdone nuestras deudas.

Pedimos que se cancele la sentencia de castigo para no caer en condenación. Pedimos ser liberados y recibir el consuelo de esa liberación. Al pedir perdón, nuestro gran argumento es la satisfacción ofrecida a la justicia de Dios por el pecado humano mediante la muerte del Señor Jesús, nuestro Fiador; es decir, aquel que ocupó nuestro lugar o, mejor dicho, nuestro Aval, quien asumió la responsabilidad de nuestra liberación.

La petición se fortalece con este argumento: «como nosotros perdonamos a nuestros deudores». No se trata de una súplica basada en méritos, sino de una súplica basada en la gracia. Quienes acuden a Dios para pedir perdón por los pecados que han cometido contra él deben perdonar seriamente a quienes les han hecho daño. De lo contrario, se condenan a sí mismos cuando oran el Padrenuestro.

Nuestro deber es perdonar a nuestros deudores. Cuando se trata de dinero prestado, no debemos ser duros ni implacables al exigir el pago a quienes no pueden pagar sin arruinarse junto con sus familias. Pero aquí la idea principal es el daño recibido, no el dinero. Nuestros deudores son quienes pecan contra nosotros, quienes nos golpean, como en (Mateo 5:39, Mateo 5:40), y quienes, bajo una aplicación estricta de la ley, podrían ser procesados por ello. Debemos contenernos, perdonar y olvidar los insultos y las ofensas que nos han hecho.

Este espíritu de perdón es una señal moral que corresponde al perdón y a la paz. Nos da razones para esperar que Dios nos perdonará, porque si esa actitud llena de gracia está en nosotros, es Dios quien la ha producido. Puesto que el perdón es algo tan elevado y santo en Dios, su presencia demuestra que él ya nos ha perdonado al producir en nosotros esta disposición necesaria para perdonar.

«No nos metas en tentación, sino líbranos del mal». Esta petición se expresa en dos partes. Primero, de manera negativa: «No nos metas en tentación». Después de pedir que se quite la culpa del pecado, es correcto pedir que nunca volvamos a la necedad y que no seamos tentados a regresar a ella. Esto no significa que Dios tiente a alguien a pecar. Significa: «Señor, no dejes que Satanás sea soltado contra nosotros. Encadena a ese león rugiente, porque es astuto y cruel. Señor, no nos abandones a nosotros mismos» (Salmo 19:13), «porque somos muy débiles. Señor, no pongas tropiezos ni trampas en nuestro camino, ni nos coloques en situaciones que puedan llevarnos a caer».

Debemos orar contra las tentaciones tanto porque traen angustia y dificultades como porque podemos ser vencidos por ellas. Después vienen la culpa y el dolor. Segundo, de manera positiva: «Pero líbranos del mal», o del maligno, el diablo, el tentador. Pedimos que Dios nos guarde para que no seamos atacados por él o, si somos atacados, para que no seamos vencidos por sus ataques. También puede significar: líbranos de lo malo, del pecado, el peor de todos los males, el mal verdadero; de hecho, el único mal, aquello que Dios aborrece y que Satanás usa para tentar y destruir a las personas.

También pedimos ser librados del mal del mundo, de la corrupción que hay en él por causa de los deseos pecaminosos. Pedimos ser librados del mal propio de toda condición humana: del mal de la muerte y del aguijón de la muerte, que es el pecado. Pedimos ser librados de nosotros mismos, de nuestros propios corazones malos y de las personas malvadas, para que no se conviertan en una trampa para nosotros ni nosotros en su presa.

La conclusión es: «Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén». Algunos relacionan estas palabras con la alabanza de David en 1 Crónicas 29:11: «Tuya, Señor, es la grandeza». En primer lugar, esta conclusión sirve como una súplica para fortalecer las peticiones anteriores. Tenemos el deber de presentar nuestros argumentos delante de Dios en oración, de llenar nuestra boca de razones (Job 23:4), no para persuadir a Dios, sino para formar nuestro propio corazón, fortalecer nuestra fe, avivar nuestro fervor y manifestar todo esto.

Los mejores argumentos en la oración provienen de Dios mismo y de lo que él ha dado a conocer acerca de sí mismo. Debemos luchar con Dios apoyándonos en su propia fuerza, tanto en la clase de argumentos que usamos como en la manera en que insistimos en ellos. Esta súplica encaja especialmente con las primeras tres peticiones: «Padre nuestro que estás en el cielo, venga tu reino, porque tuyo es el reino. Hágase tu voluntad, porque tuyo es el poder. Santificado sea tu nombre, porque tuya es la gloria».

Estas palabras también nos animan en nuestras propias necesidades. «Tuyo es el reino» significa que tú gobiernas el mundo y proteges a los santos, tu pueblo dispuesto a servirte en él. Dios da y salva como rey. «Tuyo es el poder» significa que eres capaz de sostener ese reino y cumplir cada promesa que has hecho a tu pueblo. «Tuya es la gloria» significa que todo el bien que reciben los santos, y todo lo que se hace por ellos en respuesta a la oración, termina en tu alabanza, porque ellos esperan alabarte.

Esto también es una forma de alabanza y agradecimiento. La mejor manera de presentar nuestras súplicas delante de Dios es alabarlo. La alabanza nos prepara para recibir más misericordia. En todas nuestras oraciones, la alabanza debe ocupar un lugar importante, porque corresponde a los santos alabar. Debemos ser un pueblo para el honor y la alabanza de Dios. Es justo y apropiado alabar a Dios y darle gloria, no porque él la necesite —pues ya es alabado por un mundo de ángeles—, sino porque la merece y porque tenemos el deber de honrarlo conforme a su propósito al revelarse a nosotros.

La alabanza es la obra y el gozo del cielo. Todos los que esperan ir al cielo en el futuro deben comenzar a vivir desde ahora como en el cielo. Observa cuán completa es esta doxología: el reino, el poder y la gloria, todo le pertenece a Dios. Debemos ser generosos al alabarlo. El verdadero creyente nunca piensa que puede hablar suficientemente bien de Dios. Debe haber un fluir libre de alabanza, y esa alabanza debe durar para siempre.

Dar gloria a Dios por siempre significa reconocer que él siempre merece la gloria y anhelar seguir glorificándolo eternamente, junto con los ángeles y los santos que están arriba (Salmo 71:14). Finalmente, se nos enseña a añadir nuestro «Amén», que significa: «Así sea». El «Amén» de Dios es una concesión, su «que así sea». Nuestro «Amén» expresa nuestro deseo sincero, nuestro «que así sea». Decimos «Amén» como señal tanto del deseo como de la confianza de que seremos escuchados.

El «Amén» se remonta a cada petición anterior. Por compasión hacia nuestra debilidad, se nos enseña a reunir toda la oración en una sola palabra y así recoger en general lo que quizá hayamos perdido u olvidado en los detalles. Es bueno terminar los deberes religiosos con fervor y firmeza, para apartarnos de ellos con una dulce impresión en el espíritu.

En el pasado, era costumbre entre las personas piadosas decir «Amén» en voz alta al final de cada oración. Es una buena práctica, siempre que se haga con entendimiento, como enseña el apóstol (1 Corintios 14:16). También debe hacerse con sinceridad, con vida y fervor verdaderos en el interior, de modo que las palabras externas correspondan al deseo y la confianza del corazón.

La mayoría de las peticiones del Padrenuestro ya se usaban entre los judíos en sus oraciones, o en palabras muy parecidas. Pero la frase de la quinta petición, «como también nosotros perdonamos a nuestros deudores», era completamente nueva. Por eso nuestro Salvador explica por qué la añadió; no para señalar personalmente el mal temperamento, la afición a los pleitos o la falta de bondad de aquella generación, aunque había muchas razones para hacerlo, sino porque el asunto mismo es sumamente necesario e importante.

Cuando Dios nos perdona, presta especial atención a si nosotros perdonamos a quienes nos han hecho daño. Por eso, al pedir perdón, debemos mencionar nuestro compromiso de cumplir con este deber. Esto nos lo recuerda y también nos compromete a cumplirlo. Véase la parábola de Mateo 18:23-35. La naturaleza humana centrada en sí misma se resiste a esto, por lo que Cristo lo recalca aquí (Mateo 6:14-15).

Primero lo presenta como una promesa: si perdonan, su Padre celestial también los perdonará. Esto no significa que el perdón sea lo único que se requiere. También debe haber arrepentimiento, fe y una nueva obediencia. Pero donde esas virtudes están verdaderamente presentes, también estará el perdón hacia los demás. Esta bondad hacia un hermano demuestra que la persona realmente está arrepentida delante de Dios.

Las cosas llamadas «deudas» en la oración aquí se llaman «ofensas», es decir, daños o faltas cometidos contra nosotros en el cuerpo, los bienes o la reputación. «Ofensas» es una palabra más suave para hablar de las faltas, como tropiezos o descuidos. Es una buena señal y una ayuda real usar un nombre más suave para los males que nos han hecho. No los llamemos traiciones, sino ofensas. No los llamemos daños intencionales, sino errores cometidos por descuido. Quizá solo fue un descuido (Génesis 43:12); por eso, debemos interpretarlo de la mejor manera posible.

Debemos perdonar a los demás como esperamos ser perdonados. Esto significa más que no odiarlos ni planear vengarnos. También debemos dejar de sacar a relucir sus faltas contra nosotros y no alegrarnos cuando les sobreviene alguna dificultad. En cambio, debemos estar dispuestos a ayudarlos y hacerles el bien. Si se arrepienten y desean recuperar la amistad, debemos recibirlos con apertura y bondad, como antes.

Cristo también da una advertencia: si no perdonamos a quienes nos han hecho daño, eso es una mala señal de que en realidad no poseemos las otras cualidades necesarias y no estamos preparados para recibir el perdón. En ese caso, el Padre a quien llamamos Padre, y que ofrece su gracia en condiciones justas, no nos perdonará. Y si las demás virtudes son genuinas, pero aun así fallamos gravemente en perdonar a los demás, no podemos esperar disfrutar del consuelo del perdón. Tal vez necesitemos alguna prueba o tristeza que humille nuestro espíritu lo suficiente para obedecer este deber.

Quienes desean recibir misericordia de Dios deben mostrar misericordia a sus hermanos en la fe. No podemos esperar que Dios extienda hacia nosotros la mano de su favor si nosotros no levantamos hacia él manos santas, libres de enojo (1 Timoteo 2:8). Si oramos mientras estamos enojados, debemos temer que Dios responda con enojo. Se ha dicho que las oraciones hechas con ira se escriben con hiel.

¿Qué razón tendría Dios para perdonarnos las grandes deudas que tenemos con él si nosotros no queremos perdonar a nuestros hermanos las pequeñas deudas que tienen con nosotros? Cristo vino al mundo como el gran pacificador. Vino no solo para reconciliarnos con Dios, sino también para reconciliarnos unos con otros. Debemos estar de acuerdo con él en esto. Es atrevido y peligroso tomar a la ligera aquello a lo que Cristo concede tanta importancia. Las pasiones humanas no pueden anular la palabra de Dios.

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Corazón Inteligencia emocional
Mateo 6:9 comienza con una cercanía sorprendente: «Padre nuestro». No presenta a Dios como una fuerza impersonal ni como una autoridad distante, sino como alguien a quien se puede acudir con confianza. Y, al decir … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Mateo 6:9 comienza con una cercanía sorprendente: «Padre nuestro». No presenta a Dios como una fuerza impersonal ni como una autoridad distante, sino como alguien a quien se puede acudir con confianza. Y, al decir «nuestro», la oración deja de ser un espacio de aislamiento: el dolor, la esperanza y la necesidad de cada persona quedan sostenidos dentro de una comunidad más amplia. «Que estás en el cielo» mantiene el misterio y la grandeza de Dios. Su cercanía no significa que sea manejable; su presencia puede ser profunda aun cuando no se perciba con claridad. Luego, «santificado sea tu nombre» expresa reverencia: reconoce que Dios merece honor, incluso en temporadas de confusión, cansancio o duelo. No obliga a negar el sufrimiento ni a fingir una fe fuerte. Más bien, ofrece un lugar donde la angustia puede coexistir con la confianza. Este inicio enseña que la oración no necesita palabras elaboradas. Puede comenzar reconociendo quién es Dios, quiénes somos ante Él y que nadie tiene que cargar la vida completamente a solas.

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Mateo 6:9 introduce la oración del Señor con una orientación decisiva: la oración nace de quién es Dios, no de la exhibición religiosa ni de la acumulación de palabras. “Padre nuestro” une intimidad y comunidad. … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Mateo 6:9 introduce la oración del Señor con una orientación decisiva: la oración nace de quién es Dios, no de la exhibición religiosa ni de la acumulación de palabras. “Padre nuestro” une intimidad y comunidad. Dios es cercano como Padre, pero no pertenece exclusivamente a una persona; el pronombre “nuestro” sitúa a quienes oran dentro de un pueblo reconciliado y responsable unos de otros. La expresión “que estás en el cielo” no presenta a Dios como ausente o limitado a un lugar, sino como aquel cuya autoridad trasciende la realidad humana. El cielo señala su grandeza y soberanía. Por eso, “santificado sea tu nombre” no significa que los seres humanos puedan hacer a Dios más santo. Es una petición para que su nombre —es decir, su identidad y reputación— sea reconocido como santo en el mundo y reflejado en la vida de su pueblo. La distinción clave es que esta primera petición no empieza con las necesidades humanas, aunque estas aparecerán después. Comienza con Dios y con el deseo de que su carácter sea honrado. Así, Jesús presenta la oración como una relación reverente, comunitaria y orientada al reino de Dios, no como una técnica para obtener resultados.

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Vida Vida práctica
En Mateo 6:9, Jesús no presenta una fórmula para impresionar a Dios, sino una manera de ordenar la vida delante de él. “Padre nuestro” une cercanía y comunidad: Dios no es una fuerza distante, sino … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

En Mateo 6:9, Jesús no presenta una fórmula para impresionar a Dios, sino una manera de ordenar la vida delante de él. “Padre nuestro” une cercanía y comunidad: Dios no es una fuerza distante, sino un Padre al que se puede acudir, y la oración no se reduce a necesidades individuales. El “nuestro” recuerda que la fe también considera a otras personas, sus cargas y su dignidad. “Que estás en el cielo” sostiene dos verdades a la vez: Dios está cerca, pero no puede ser tratado como cualquier cosa. Santificar su nombre significa reconocer su carácter, honrar su autoridad y procurar que la vida refleje lo que se afirma de él. Esto aterriza la espiritualidad en decisiones concretas: cómo se trabaja, cómo se habla en casa, cómo se maneja el dinero y cómo se responde al conflicto. Antes de pedir soluciones, la oración reubica el corazón: la prioridad no es controlar cada resultado, sino vivir bajo el cuidado de Dios y para su honra. En resumen, este comienzo enseña que la confianza bíblica combina afecto, reverencia y responsabilidad.

Soul
Alma Perspectiva eterna
En Mateo 6:9, la oración comienza no con las necesidades humanas, sino con Dios mismo. “Padre” expresa cercanía y confianza, pero no familiaridad superficial: quien escucha es también el Santo, el que está “en el … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

En Mateo 6:9, la oración comienza no con las necesidades humanas, sino con Dios mismo. “Padre” expresa cercanía y confianza, pero no familiaridad superficial: quien escucha es también el Santo, el que está “en el cielo”. Esta expresión no presenta a Dios como ausente, sino como aquel cuya realidad trasciende nuestras circunstancias y gobierna con una perspectiva más amplia. “ Nuestro” cambia el centro de la oración. La fe no es un refugio privado; une a quienes llaman a Dios Padre y recuerda que la vida espiritual tiene una dimensión compartida. Pedir que su nombre sea santificado no significa hacer santo a Dios —ya lo es—, sino anhelar que su santidad sea reconocida en el mundo y visible en la vida de su pueblo. Así, Jesús enseña que la oración auténtica comienza reordenando el deseo: antes de pedir algo para nosotros, se busca que Dios sea honrado. La eternidad cambia el peso del presente: cuando el nombre de Dios ocupa el primer lugar, las demás peticiones encuentran su medida, no porque pierdan importancia, sino porque dejan de gobernar el corazón.

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En Mateo 6:9, Jesús enseña a comenzar la oración con una relación y una identidad compartidas: “Padre nuestro que estás en el cielo”. Para la salud emocional, estas palabras pueden recordar que nadie tiene que enfrentar el dolor en aislamiento y que su valor no depende de su productividad, diagnóstico o estado de ánimo. En momentos de ansiedad, repetir lentamente esta frase, acompañándola con respiraciones pausadas y atención al entorno, puede funcionar como una práctica de arraigo. No elimina el problema, pero puede ayudar a disminuir la activación y recuperar perspectiva.

“Santificado sea tu nombre” orienta la mente hacia valores como la dignidad, la compasión y una esperanza realista, en lugar de permitir que el miedo defina toda la realidad. Esto no significa negar la depresión, el trauma, el duelo o la injusticia, ni asumir que la fe sustituye el tratamiento. Para algunas personas, la palabra “Padre” puede despertar recuerdos dolorosos; es válido avanzar con cuidado, buscar apoyo pastoral seguro y trabajar esas experiencias con un profesional de salud mental. La oración puede complementar, pero no reemplazar, la terapia, los medicamentos indicados ni el apoyo comunitario.

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Este versículo no es una fórmula mágica ni una promesa de que toda petición será concedida. Es dañino usar “Padre” para justificar abuso, control, obediencia ciega o una imagen de Dios que niega el dolor de quienes tuvieron experiencias paternas traumáticas. También es una mala aplicación afirmar que la tristeza, la ansiedad, la enfermedad o las dificultades económicas demuestran poca fe, o presionar a alguien para que perdone, se reconcilie o deje de buscar ayuda. La positividad tóxica y la evasión espiritual pueden convertir la oración en una forma de evitar el duelo, el trauma o decisiones responsables. Cuando hay síntomas persistentes, deterioro en la vida diaria, trauma, pensamientos de hacerse daño, confusión intensa o riesgo inmediato, se necesita evaluación de un profesional de salud mental; la fe y el acompañamiento pastoral no sustituyen la atención clínica ni los servicios de emergencia.

Preguntas frecuentes

¿Por qué es importante Mateo 6:9?
Mateo 6:9 es importante porque introduce el modelo de oración que Jesús enseñó a sus discípulos. El versículo dirige la atención hacia Dios como Padre cercano y santo, y muestra que la oración comienza con adoración antes de presentar necesidades personales. También destaca que la fe cristiana se vive en comunidad: Jesús dice “Padre nuestro”, no solamente “Padre mío”. Este pasaje ayuda a entender que orar implica confianza, reverencia y una relación compartida con Dios.
¿Qué significa “Padre nuestro” en Mateo 6:9?
“Padre nuestro” expresa una relación de confianza con Dios y, al mismo tiempo, un sentido de comunidad. Jesús enseña que quienes siguen a Dios pueden acercarse a él con la seguridad de que escucha y cuida a sus hijos. La palabra “nuestro” recuerda que la fe no se trata únicamente de intereses individuales; también incluye a otros creyentes y al prójimo. Esta expresión combina cercanía, dependencia y respeto, sin presentar a Dios como alguien común o igual a nosotros.
¿Qué significa “santificado sea tu nombre”?
“Santificado sea tu nombre” significa pedir que Dios sea reconocido como santo, digno de honor y completamente distinto de todo lo creado. No implica que las personas puedan hacer que Dios sea más santo, sino que desean que su carácter y su nombre sean respetados en el mundo. Esta frase también invita a quienes oran a vivir de una manera coherente con su fe, para que sus palabras y acciones reflejen la bondad, la justicia y la verdad de Dios.
¿Cuál es el contexto de Mateo 6:9?
Mateo 6:9 aparece en el Sermón del Monte, donde Jesús enseña a sus seguidores cómo vivir delante de Dios. Justo antes, advierte contra orar para llamar la atención y contra repetir palabras sin sentido, como si muchas palabras garantizaran una respuesta. Después presenta una oración modelo que comienza con Dios, su nombre y su reino, antes de hablar de las necesidades humanas. El contexto muestra que la oración debe ser sincera, confiada y centrada en la voluntad de Dios.
¿Cómo puedo aplicar Mateo 6:9 a mi vida diaria?
Puedes aplicar Mateo 6:9 empezando tus momentos de oración con reconocimiento y respeto hacia Dios, en lugar de enfocarte únicamente en tus problemas. Considera cómo tus decisiones, conversaciones y trato hacia los demás pueden honrar su nombre. La expresión “Padre nuestro” también puede animarte a recordar las necesidades de otras personas y a cultivar una fe menos individualista. Este versículo no exige palabras perfectas; orienta tu corazón hacia una relación confiada con Dios y hacia una vida que refleje su carácter.

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Aviso importante: Esta guía bíblica no sustituye la atención profesional de salud mental. Si estás experimentando síntomas de una crisis, comunícate con la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis o busca ayuda profesional inmediata.

Bible Guided ofrece orientación basada en la fe y debe complementar, no reemplazar, el apoyo terapéutico profesional.