Versículo destacado

Marcos 16:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Cuando pasó el sábado, María Magdalena, María la madre de Jacobo y Salomé habían comprado especias aromáticas con el fin de venir a ungirlo. "

Marcos 16:1

menu_book El versículo en contexto

1 Cuando pasó el sábado, María Magdalena, María la madre de Jacobo y Salomé habían comprado especias aromáticas con el fin de venir a ungirlo.

2 Muy de mañana, el primer día de la semana, llegaron al sepulcro cuando salía el sol.

3 Y se decían entre ellas: «¿Quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro?»

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Nunca hubo un sábado como aquel desde que el sábado fue establecido: el sábado del que este capítulo dice que ya había terminado. Durante ese sábado, nuestro Señor Jesucristo yacía en la tumba. Para él fue un sábado de descanso, pero de un descanso silencioso. Para sus discípulos fue un sábado triste, pasado entre lágrimas y temor.

Nunca los servicios del templo habían sido tan ofensivos para Dios, aunque muchas veces antes habían estado corrompidos, como lo estuvieron entonces. Los principales sacerdotes, que dirigían esos servicios, tenían las manos llenas de sangre: la sangre de Cristo. Ahora ese sábado había terminado, y el primer día de la semana era el primer día de un mundo nuevo.

Aquí vemos la visita llena de amor que las mujeres fieles que habían seguido a Cristo hicieron a su tumba. No fue un acto supersticioso, sino una muestra de devoción. Salieron muy temprano del lugar donde se hospedaban, al amanecer o incluso antes. Pero, ya fuera porque el camino era largo o porque se retrasaron, llegaron a la tumba cuando ya había salido el sol. También habían comprado especias aromáticas. No fueron solamente a derramar sus lágrimas sobre el cuerpo muerto, lo cual habría profundizado su dolor, sino también a perfumarlo con especias (Marcos 16:1).

Nicodemo, un dirigente que había ido a ver a Jesús de noche, ya había comprado una gran cantidad de especias secas, mirra y áloe, que ayudarían a secar las heridas y la sangre (Juan 19:39). Pero estas mujeres fieles no pensaron que eso fuera suficiente. También compraron especias, quizá de otro tipo, como aceites aromáticos, para ungirlo. El respeto que otros han mostrado por el nombre de Cristo no debe impedirnos mostrar nuestro propio respeto por él.

También estaban preocupadas por la piedra que cubría la tumba, y esa preocupación les fue quitada (Marcos 16:3, 4). Mientras se acercaban a la tumba, se decían unas a otras: «¿Quién nos quitará la piedra de la entrada de la tumba?». Era muy grande y demasiado pesada para que todas juntas pudieran moverla. Debieron haber pensado en eso antes de salir, y la prudencia les habría indicado que no fueran sin alguien que pudiera hacerlo.

Había otra dificultad mucho mayor que ellas desconocían: se había enviado un grupo de soldados para vigilar la tumba. Si hubieran llegado antes de que los soldados huyeran atemorizados, estos las habrían echado. Pero su amor y devoción por Cristo las llevaron hasta la tumba. Para cuando llegaron, ambos problemas habían desaparecido: la piedra, que conocían, y los soldados, de cuya presencia no sabían nada. Vieron que la piedra había sido removida, y eso fue lo primero que las sorprendió. Quienes, movidos por un fervor santo, buscan sinceramente a Cristo descubrirán que los obstáculos en su camino a menudo desaparecen de maneras sorprendentes, y recibirán ayuda más allá de lo que esperaban.

Entonces un ángel les aseguró que el Señor Jesús había resucitado y había salido de la tumba. El ángel permaneció allí para decírselo a todos los que llegaran buscándolo. Primero entraron en la tumba, al menos un poco, y vieron que el cuerpo de Jesús ya no estaba donde lo habían dejado la noche anterior. Aquel que, por medio de su muerte, aceptó pagar nuestra deuda, recibió por medio de su resurrección nuestra liberación. Su resurrección fue una liberación plena y legal, que demostró que el pago había sido aceptado para todo aquello que debía lograr. Dejó resuelta la cuestión con una prueba clara de que él era el Hijo de Dios.

Vieron a un joven sentado al lado derecho de la tumba. El ángel apareció con forma humana, y como un joven, porque los ángeles, aunque fueron creados desde el principio, no envejecen. Permanecen con la misma belleza y fortaleza, y así serán los santos glorificados cuando sean como los ángeles. El ángel estaba sentado al lado derecho cuando ellas entraron en la tumba y llevaba una larga túnica blanca, como la que usaban las personas importantes. Su presencia debió haberlas animado, pero ellas se asustaron. Muchas veces, lo que debería consolarnos se vuelve aterrador por causa de nuestros propios errores y conceptos equivocados.

Él calmó su temor mostrándoles que había motivos para alegrarse, no para temblar (Marcos 16:6). Les dijo: «No tengan miedo». A los ángeles les alegra tanto ver la fe de los pecadores como su consuelo. «No tengan miedo, porque ustedes aman fielmente a Jesucristo, y por eso deben recibir consuelo, no sentir vergüenza. Buscan a Jesús de Nazaret, el que fue crucificado». La búsqueda de las almas creyentes siempre se centra especialmente en Cristo crucificado (1 Corintios 2:2), para que puedan conocerlo y participar de sus sufrimientos.

El hecho de que haya sido levantado de la tierra es lo que atrae a las personas hacia él. La cruz de Cristo es el estandarte al que acuden las naciones. Observemos que el ángel habla de Jesús como el que fue crucificado. Ese asunto pertenece al pasado. Esa escena ya terminó. Ellas no debían concentrarse tanto en los detalles dolorosos de su crucifixión que dejaran de creer la noticia gozosa de su resurrección. Fue crucificado en debilidad, pero eso no le impidió resucitar con poder. Por lo tanto, quienes lo buscan no deben temer no encontrarlo.

Fue crucificado, pero ahora está glorificado. La vergüenza de su sufrimiento no disminuye la gloria de su exaltación. De hecho, esa gloria cubre por completo la deshonra de su sufrimiento. Incluso después de entrar en su gloria, nunca ocultó sus sufrimientos ni evitó que se hablara de su cruz. El ángel que anuncia su resurrección todavía lo llama Jesús, el que fue crucificado. Cristo mismo dice: «Yo soy el que vive; estuve muerto» (Apocalipsis 1:18). En la alabanza del cielo aparece como un Cordero que había sido sacrificado (Apocalipsis 5:6).

Por eso, para ellas era una buena noticia saber que, en vez de ir a ungir un cuerpo muerto, podían alegrarse en un Salvador vivo. Él había resucitado; no estaba allí, muerto, sino vivo otra vez. Todavía no podía mostrarse a ellas, pero más adelante lo verían. Aun así, podían ver el lugar donde lo habían puesto. Podían comprobar que ya no estaba allí, y que no se lo habían llevado sus enemigos ni sus amigos, sino que había resucitado de entre los muertos.

Después, el ángel les dijo que informaran rápidamente esto a sus discípulos. De esa manera, aquellas mujeres se convirtieron en mensajeras para los apóstoles. Esa fue su recompensa por haber amado fielmente a Cristo y haber permanecido junto a él en la cruz, en la tumba y dentro de la tumba. Fueron las primeras en llegar y las primeras en recibir la noticia. Ninguno de los otros discípulos se había atrevido a acercarse a la tumba ni a preguntar por él. Por eso, había muy poco peligro de que su cuerpo hubiera sido robado durante la noche. De hecho, solo unas pocas mujeres se acercaron, y ni siquiera ellas podían remover la piedra. Debían decirles a los discípulos que él había resucitado.

Era un tiempo oscuro para los discípulos. Su amado Maestro había muerto; todas sus esperanzas y alegrías parecían estar enterradas con él, y pensaban que su causa estaba perdida. Se veían como una presa fácil para sus enemigos y se sentían completamente abrumados. Por eso, el ángel les dijo que fueran rápidamente a anunciar que su Maestro había resucitado, porque esa noticia les devolvería la vida y el valor, y evitaría que cayeran en la desesperación.

Cristo no se avergonzó de reconocer a sus pobres discípulos, aun después de haber sido exaltado. Su honor no lo hizo distanciarse de ellos, pues se aseguró de que recibieran la noticia de inmediato. Tampoco se apresuró a reprocharles sus fracasos mientras sus corazones todavía eran sinceros con él. Los discípulos lo habían abandonado de una manera muy poco bondadosa, pero él aún se preocupaba por ellos. El consuelo oportuno llegará a quienes lloran por el Señor Jesús, y él encontrará el momento adecuado para manifestarse ante ellos.

Se les indicó especialmente que mencionaran a Pedro, y este detalle es señalado cuidadosamente por el evangelista, de quien se piensa que escribió bajo la dirección de Pedro. Si los discípulos escuchaban el mensaje, Pedro también lo escucharía, pues todavía estaba con ellos; eso mostraba alguna señal de arrepentimiento después de haber negado a su Maestro. Sin embargo, Pedro fue mencionado por separado por una razón. La noticia sería especialmente buena para él, incluso más bienvenida que para los demás, porque estaba afligido por su pecado. Nada puede consolar más a quienes se arrepienten de verdad que escuchar acerca de la resurrección de Cristo, pues él resucitó para que fueran declarados justos, es decir, para que fueran reconciliados con Dios.

Pedro también pudo haber temido que aquella alegría no le correspondiera. Si el ángel solo hubiera dicho: «Vayan y díganles a sus discípulos», el pobre Pedro quizá habría pensado: «Pero no me atrevo a considerarme uno de ellos. Yo lo negué, y tal vez él me negará a mí». Para evitarlo, el mensaje decía: «Vayan y díganle a Pedro por nombre que será tan bien recibido como cualquiera de los demás cuando vea a Cristo en Galilea». Para quien se arrepiente de verdad, ver a Cristo es una alegría inmensa; y quien se arrepiente de verdad es muy bien recibido por Cristo, porque hay alegría en el cielo por una persona así.

Debían encontrarse con él en Galilea, como él les había dicho anteriormente (Mateo 26:32). Durante el camino hacia Galilea tendrían tiempo para ordenar sus pensamientos y recordar sus palabras anteriores: que era necesario que sufriera, muriera y resucitara al tercer día. Mientras todavía estuvieran en Jerusalén, rodeados de desconocidos y enemigos, no les sería fácil reponerse del miedo ni recibir con calma mejores noticias. Todos los encuentros entre Cristo y sus discípulos están dispuestos por él. Nunca olvida la cita que ha establecido, y ciertamente se encontrará con su pueblo para darle la bendición que ha prometido, dondequiera que haya puesto su nombre. En cada encuentro con sus discípulos, él es quien toma la iniciativa.

Las mujeres salieron apresuradamente del sepulcro y corrieron hacia los discípulos tan rápido como pudieron, temblando y asombradas (Marcos 16:8). Esto muestra cuánto nos privamos de consuelo cuando en realidad no creemos lo que Cristo nos ha dicho. Él les había dicho muchas veces que resucitaría al tercer día. Si hubieran prestado la debida atención a esas palabras y hubieran confiado en ellas, habrían llegado al sepulcro esperando encontrarlo resucitado y habrían recibido la noticia con alegría en vez de miedo. Pero como se les había dicho que hablaran con los discípulos, pues el mensaje estaba destinado a extenderse por todo el mundo, no le dijeron nada a nadie en el camino. Tenían miedo; temían que fuera demasiado bueno para ser verdad.

Nuestros temores y ansiedades a menudo nos impiden servir a Cristo y ayudar a otras personas. Si nuestra fe, y el gozo que nace de ella, fueran más fuertes, podríamos hacer mucho más.

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