Versículo destacado

Marcos 13:5 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Jesús comenzó a responderles: Cuídense de que nadie los engañe, "

Marcos 13:5

menu_book El versículo en contexto

3 Mientras estaba sentado en el monte de los Olivos, frente al templo, Pedro, Jacobo, Juan y Andrés le preguntaron en privado:

4 Dinos, ¿cuándo sucederán estas cosas? ¿Y cuál será la señal cuando todas estas cosas se cumplan?

5 Jesús comenzó a responderles: Cuídense de que nadie los engañe,

6 porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: Yo soy el Cristo, y engañarán a muchos.

7 Cuando oigan de guerras y rumores de guerras, no se angustien, porque es necesario que estas cosas sucedan; pero todavía no será el fin.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En respuesta a su pregunta, nuestro Señor Jesucristo aparta sus pensamientos de la curiosidad y los dirige hacia el deber. No les revela los tiempos ni las ocasiones, porque el Padre los ha reservado bajo su propia autoridad y no les correspondía conocerlos. En cambio, les da las advertencias que necesitaban acerca de lo que pronto sucedería.

Primero, debían cuidarse de no ser engañados por falsos maestros y impostores que pronto aparecerían (Marcos 13:5-6). «Cuídense de que nadie los engañe», les dice. Después de haber encontrado al verdadero Mesías, no debían volver a perderlo entre una multitud de pretendientes. Muchos vendrían usando su nombre; no querían decir que vendrían como seguidores de Jesús, sino que afirmarían: «Yo soy el Cristo», apropiándose del honor que le pertenece solamente a él.

Después de que los judíos rechazaron al verdadero Cristo, fueron engañados por muchos falsos cristos, algo que antes no había sucedido. Esos falsos cristos engañaron a muchos; por eso Jesús dice: «Cuídense de que nadie los engañe». Cuando vemos que muchas personas son engañadas, eso debería impulsarnos a examinarnos con mayor cuidado.

Segundo, no debían dejarse sacudir por los rumores de guerras que los alarmarían (Marcos 13:7-8). El pecado introdujo las guerras en el mundo, y las guerras surgen de los deseos humanos. Hay épocas en las que las naciones son más desgarradas y devastadas por la guerra que en otras, y ese tiempo estaba por llegar. Cristo nació cuando había paz, pero poco después de que dejó el mundo estallaron guerras generalizadas. Nación se levantaría contra nación, y reino contra reino.

¿Qué sería de quienes debían predicar el evangelio a todas las naciones? Incluso en medio del choque de las armas, la voz de la ley no es escuchada. Sin embargo, Jesús dice: «No se alarmen». No debían sorprenderse, porque se les había advertido que esperaran esas cosas, y era necesario que sucedieran como parte del plan de Dios. Tampoco debían aterrarse, como si su obra hubiera quedado arruinada o hubieran perdido toda seguridad. Ellos no participaban en esas disputas, así que no tenían que temer el daño que pudieran causarles.

Tampoco debían pensar que esas guerras significaban que el mundo estaba a punto de terminar. «El fin todavía no ha llegado», dice Jesús (Marcos 13:7). Habría otros acontecimientos entre esas guerras y el fin definitivo de todas las cosas. Esos acontecimientos debían prepararlos, no adelantar el fin. Tampoco debían pensar que Dios ya había ejecutado sus juicios más severos. Aún tenía más flechas en su aljaba, dirigidas contra los perseguidores. Las guerras serían apenas el comienzo de los dolores.

Junto con las guerras habría terremotos en muchos lugares, que sepultarían a grandes cantidades de personas bajo las ruinas de sus propias casas. También habría hambres, y muchos pobres morirían por falta de pan, además de dificultades y disturbios. No habría paz para quienes salieran ni para quienes entraran. El mundo estaría lleno de problemas, pero los discípulos de Cristo no debían dejarse dominar por ellos. Aunque el peligro y el temor estuvieran por todas partes, debían conservar la calma en él.

Tercero, debían cuidarse de no apartarse de Cristo ni de su deber a causa del sufrimiento que enfrentarían por seguirlo. Jesús vuelve a decirles: «Cuídense» (Marcos 13:9). Aunque escaparan de la espada de la guerra mejor que algunos de sus vecinos, porque no participarían en las disputas públicas, aun así no estarían a salvo. Estarían más expuestos que otros a la espada de la justicia, y los distintos grupos se unirían contra ellos.

No debían engañarse con la esperanza de recibir comodidad externa o de establecer un simple reino terrenal. Debían entrar en el reino de Dios a través de muchas dificultades. También tenían que cuidarse de no traer sufrimientos innecesarios sobre sí mismos. Sus palabras y sus acciones serían vigiladas de cerca.

Debían esperar ser odiados por todos. Eso, por sí solo, es una carga pesada, porque el odio produce dolor constante y las personas maliciosas siempre están listas para hacer daño. No serían odiados por haber hecho algo malo, sino por causa del nombre de Cristo. Eran llamados por su nombre, invocaban su nombre, predicaban su nombre y hacían milagros en su nombre. El mundo los odiaba porque Cristo los amaba.

Incluso sus propios familiares los traicionarían: las personas más cercanas, aquellas en quienes naturalmente confiarían para recibir protección. Los denunciarían y presentarían cargos contra ellos. Un padre que tuviera un hijo cristiano podría perder todo afecto natural, consumido por un celo obstinado, y entregar a su propio hijo a los perseguidores, como si adorara a dioses falsos (Deuteronomio 13:6-10).

Los dirigentes de sus congregaciones también los castigarían con sanciones religiosas. Los entregarían al gran Sanedrín en Jerusalén y a tribunales más pequeños en otras ciudades, y los azotarían en las sinagogas con cuarenta azotes cada vez, como si fueran delincuentes que habían violado la ley que allí se leía. No es algo nuevo que las armas de la iglesia, por la infidelidad de sus dirigentes, sean usadas contra algunos de sus mejores amigos.

Los gobernadores y los reyes también usarían su autoridad contra ellos. Como los judíos no podían ejecutarlos por sí mismos, incitarían a las autoridades romanas, como habían hecho con Herodes contra Jacobo y Pedro, y harían que los mataran como enemigos del imperio. Ellos tendrían que mantenerse firmes aun hasta derramar su sangre.

Aun así, tendrían consuelo en medio de esas graves dificultades. La obra a la que habían sido llamados continuaría y tendría éxito a pesar de toda la oposición que enfrentarían (Marcos 13:10). El evangelio sería predicado entre todas las naciones, y antes de la destrucción de Jerusalén su mensaje se extendería por toda la tierra, no solamente entre los judíos, sino también entre todas las naciones. Esto es un consuelo para quienes sufren por el evangelio. Pueden ser aplastados y derribados, pero el evangelio no puede ser aplastado. Permanecerá firme y obtendrá la victoria.

Su sufrimiento no impediría su obra. Al contrario, ayudaría a difundirla. Ser llevados «ante gobernadores y reyes» sería «para dar testimonio» delante de ellos, es decir, les daría la oportunidad de predicar el evangelio a gobernantes que, de otro modo, nunca los escucharían (Marcos 13:9). Así fue como Pablo compareció ante Félix, Festo, Agripa y Nerón, y cada audiencia se convirtió en un testimonio acerca de Cristo y su evangelio.

O bien, el pasaje puede entenderse también como un testimonio contra ellos: contra los jueces y contra los acusadores. Ellos presentarían cargos con gran enojo, pero después del examen los prisioneros demostrarían ser inocentes e incluso buenos. El evangelio es un testimonio para nosotros acerca de Cristo y del cielo. Si lo recibimos, se convierte en un testimonio a nuestro favor, porque nos justifica, es decir, nos declara justos delante de Dios, y nos salva. Si lo rechazamos, permanecerá como testimonio contra nosotros en el día final.

Cuando fueran llevados ante reyes y gobernadores por causa de Cristo, también recibirían ayuda especial del cielo para defender a Cristo y defenderse a sí mismos (Marcos 13:11). Se les dijo que no se preocuparan de antemano por lo que dirían ni se angustiaran pensando en cómo ganarse el favor de los hombres importantes. Su causa era justa y gloriosa, así que no necesitaba discursos cuidadosamente preparados. Debían hablar de lo que se les diera en ese momento, de lo que les fuera puesto en la mente y en los labios allí mismo, sin temor, porque en realidad no hablarían por su propia sabiduría y fuerza, sino por medio del Espíritu Santo.

A quienes Cristo llama para hablar en su nombre también les dará lo que necesitan. Cuando servimos a Cristo, podemos confiar en la ayuda del Espíritu de Cristo.

Al final, el cielo compensaría todo. En el camino enfrentarían muchas dificultades, pero debían cobrar ánimo. Su batalla terminaría, su testimonio sería completado, y «el que persevere hasta el fin será salvo» (Marcos 13:13). La perseverancia recibe la corona. La salvación prometida aquí es más que ser rescatados de los problemas. Es la felicidad eterna, una recompensa abundante por todo su servicio y sufrimiento. Todo esto también se enseña en Mateo 10:17 y los versículos siguientes.

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