Versículo destacado
Lucas 21:5 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Mientras algunos hablaban del templo, de cómo estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas, él dijo: "
Lucas 21:5
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
3 Y dijo: De cierto les digo que esta viuda pobre echó más que todos ellos,
4 porque todos estos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobraba; pero ella, de su pobreza, echó todo el sustento que tenía.
5 Mientras algunos hablaban del templo, de cómo estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas, él dijo:
6 En cuanto a estas cosas que ven, vendrán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada.
7 Entonces le preguntaron: Maestro, pero ¿cuándo serán estas cosas? ¿Y qué señal habrá cuando estas cosas sucedan?
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Algunos de los propios discípulos de Cristo admiraban el esplendor exterior del templo y se lo señalaron. Estaba adornado con piedras hermosas y con ofrendas que habían sido entregadas y colocadas allí (Lucas 21:5). Esperaban que su Maestro quedara tan impresionado como ellos y que lamentara su futura destrucción de la misma manera. Pero cuando hablamos del templo, primero debemos pensar en la presencia de Dios allí, en su adoración y en la comunión que su pueblo tenía con él.
Es triste cuando las conversaciones sobre la iglesia se centran en su belleza, sus riquezas o el poder de sus líderes. La verdadera gloria del pueblo de Dios es interior, no exterior. Cristo habló con desprecio de aquellas cosas que tanto admiraban y dijo que pronto quedarían desoladas. El templo, por hermoso y fuerte que pareciera, sería derribado por completo, de modo que no quedaría una piedra sobre otra (Lucas 21:6). Esto sucedería justamente cuando la iglesia del evangelio, el templo espiritual que cumple lo que aquel templo anunciaba, comenzara a florecer en el mundo.
Si de verdad creyéramos que toda gloria exterior se desvanecerá, no pondríamos tanto el corazón en ella. No nos aferraríamos a lo que no puede durar. Algunos valoramos la grandeza visible porque no miramos lo suficientemente lejos. La fe nos enseña a ver el final del esplendor terrenal.
Entonces los discípulos preguntaron cuándo ocurriría aquella gran ruina y qué señal mostraría que estaba cerca: «Maestro, ¿cuándo sucederán estas cosas?» (Lucas 21:7). Las personas naturalmente quieren conocer el futuro y el momento en que sucederán las cosas, incluso cuando Dios no ha dicho que puedan saberlo. Por lo general, nos preocupa más cuál debe ser nuestro deber frente a esas cosas y cómo prepararnos para ellas; eso es lo que realmente necesitamos saber. Los discípulos no pedían una señal que comprobara las palabras de Cristo, porque su palabra era suficiente. Querían señales que les advirtieran que el momento se acercaba.
Cristo les respondió con claridad y de manera completa, hasta donde era necesario para guiarlos en su deber. Todo conocimiento es útil cuando nos ayuda a obedecer. Primero les dijo que esperaran la aparición de falsos cristos y falsos profetas, junto con falsas predicciones (Lucas 21:8). Muchos vendrían en su nombre; esto no significaba simplemente que usarían el nombre de Jesús, aunque algunos engañadores sí afirmaron tener su autoridad, sino que asegurarían ser el Mesías. Muchos fingirían ser los libertadores de la nación judía frente a los romanos y fijarían fechas para esa liberación, atrapando y arruinando así a muchas personas.
Dirían: «Yo soy», atribuyéndose el nombre especial con el que Dios se reveló cuando liberó a Israel de Egipto. Usarían esa afirmación para reunir seguidores, prometiendo que el reino pronto sería restaurado a Israel y que todos los que se unieran a ellos participarían de él. Cristo dio una advertencia necesaria: «No se dejen engañar». No quería que imaginaran que regresaría con una gloria exterior para apoderarse de los reinos terrenales. Su reino no era de este mundo. Como ellos deseaban saber cuándo ocurrirían estas cosas, su primera advertencia fue acerca del engaño. Incluso quienes preguntan con sinceridad corren el peligro de ser desviados, por lo que deben mantenerse alerta. También dijo: «No los sigan». Si Jesús es el Cristo y su enseñanza es el evangelio de Dios, entonces debemos rechazar cualquier afirmación de otro cristo o de otro evangelio.
Cristo también les dijo que esperaran grandes conflictos entre las naciones, con muchos juicios terribles sobre los judíos y sus vecinos. Habría guerras sangrientas, con una nación levantándose contra otra (Lucas 21:10). Probablemente esto se refiere primero a una parte de la nación judía contra otra y después a toda la nación contra los romanos. Impulsados por falsos cristos, intentarían equivocadamente sacudirse el dominio romano por la fuerza. Habían rechazado la libertad que Cristo ofrecía, así que quedaron entregados a buscar la libertad civil por medios pecaminosos, y eso no podía tener éxito.
También habría terremotos en muchos lugares, que sacudirían pueblos y casas y sepultarían a las personas entre las ruinas. Después vendrían hambres y epidemias, que con frecuencia acompañan a la guerra, porque la guerra destruye las cosechas y deja a la gente débil y expuesta a las enfermedades. Dios tiene muchas maneras de juzgar a un pueblo obstinado. Los profetas del Antiguo Testamento hablaron muchas veces de cuatro clases de juicios, y los profetas del Nuevo Testamento advierten acerca de los mismos. Aunque en los tiempos del evangelio son más comunes los juicios espirituales, Dios todavía usa también juicios externos.
Cristo mencionó además acontecimientos aterradores y grandes señales en el cielo: fenómenos inusuales, como cometas y estrellas resplandecientes, que alarmarían a la gente y parecerían anunciar una calamidad. Su advertencia fue: «No se aterroricen». Otros tendrían miedo, pero sus seguidores no debían tenerlo. Ellos miran más allá de los cielos visibles, hacia el trono donde Dios gobierna. Los paganos se estremecen ante las señales del cielo, pero el pueblo de Dios no debe dejarse gobernar por el miedo. En cuanto al hambre y las epidemias, están en las manos de Dios, y él ha prometido sostener a su pueblo en tiempos de hambre y protegerlo de las enfermedades mortales. Ellos deben confiar en él y no tener miedo.
No; cuando escuchen hablar de guerras, cuando haya conflictos afuera y temores por dentro, no se aterroricen. Ustedes saben cuál es el peor daño que cualquiera de estos juicios puede causarles, así que no les tengan miedo. Les conviene aceptar lo que está sucediendo, porque sus temores no pueden cambiarlo. Estas cosas tienen que suceder primero y no hay manera de evitarlas. Será sabio hacer las paces con esa realidad y ajustarse a ella.
Todavía vendrán cosas peores. No se engañen pensando que los problemas terminarán pronto o antes de lo que esperan. El fin no llegará de inmediato. No se asusten, porque si se desaniman tan rápidamente, ¿cómo soportarán lo que todavía falta?
También deben esperar convertirse en señales y advertencias para Israel. Su persecución sería una señal de que la ciudad y el templo estaban a punto de ser destruidos, como él acababa de decir. Esta sería la primera señal de su ruina. Antes de todas esas otras cosas, la gente los arrestaría. El juicio comienza por la casa de Dios; por eso ustedes tendrían que sufrir primero, como advertencia para los demás, para que reflexionaran en esto: si estas cosas se hacen con el árbol verde, ¿qué no se hará con el seco? Véanse 1 Pedro 4:17-18. Pero esto debe entenderse no solo como el sufrimiento de los perseguidos, sino también como el pecado de los perseguidores. Antes de que Dios trajera sus juicios sobre ellos, llenarían por completo la medida de su pecado al arrestar a los seguidores de Cristo.
La ruina de una nación siempre comienza con su pecado, y nada conduce a una ruina más segura y severa que la persecución. Es una señal de que la ira de Dios viene plenamente sobre un pueblo cuando su ira contra los siervos de Dios alcanza su punto máximo. Cristo les dice qué cosas tan difíciles sufrirían por causa de su nombre, de manera semejante a lo que les había dicho cuando los llamó por primera vez a seguirlo (Mateo 10). Debían conocer el costo antes de seguir adelante. Más tarde, Cristo mismo le hizo saber a Pablo, el mayor trabajador y sufriente entre ellos, las grandes cosas que padecería por causa de su nombre (Hechos 9:16). Esto era necesario, porque todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús deben esperar persecución.
Los cristianos originalmente eran judíos y todavía honraban el Antiguo Testamento y los aspectos principales de la religión judía. Solo se diferenciaban en cuanto a las ceremonias, así que podrían haber esperado recibir un trato justo de parte de los judíos. Pero Cristo dice que no debían esperarlo. Al contrario, ellos serían los primeros en perseguirlos. Usarían su propia autoridad religiosa contra ellos: los entregarían a las sinagogas para que fueran golpeados y maldecidos. Incitarían a los gobernantes contra ellos: los encarcelarían para que fueran llevados ante reyes y autoridades por causa del nombre de Cristo y fueran castigados por ellos. Sus propios familiares los traicionarían: sus padres, hermanos, parientes y amigos. Por eso no sabrían en quién confiar ni dónde estar a salvo.
Su religión sería tratada como un delito digno de muerte, y serían llamados a permanecer firmes hasta morir. Algunos serían ejecutados. Lejos de esperar honor y riquezas, tendrían que esperar únicamente la muerte en sus formas más aterradoras, con toda su espantosa realidad. Y más aún, serían odiados por todos por causa del nombre de Cristo. Esto es peor que la muerte misma. Se cumplió cuando los apóstoles no solo fueron sentenciados a morir, sino también expuestos ante el mundo y tratados como la basura del mundo, como el desecho de todos, despreciados por todos (1 Corintios 4:9, 1 Corintios 4:13).
Eran odiados por todos, es decir, por las personas malvadas que no soportaban la luz del evangelio porque dejaba al descubierto sus malas obras. Por eso odiaban a los mensajeros que llevaban esa luz. Los atacaban y querían hacerlos pedazos. El mundo malvado, que odiaba ser corregido, aborrecía a Cristo, el gran Reformador, y a todos los que le pertenecían, precisamente porque le pertenecían. Los líderes de la iglesia judía sabían que, si el evangelio se extendía entre los judíos, su poder robado y abusado llegaría a su fin. Por eso emplearon todas sus fuerzas contra él, le dieron mala fama, llenaron la mente de la gente de prejuicios y lograron que la multitud odiara a sus predicadores y seguidores.
Cristo también los anima a soportar sus pruebas y a seguir haciendo su trabajo, aun frente a la oposición que enfrentarían. Por medio de sus sufrimientos, Dios se glorificaría a sí mismo y también los honraría a ellos. Sus pruebas se convertirían en una oportunidad para dar testimonio (Lucas 21:13). El hecho de que fueran señalados públicamente y perseguidos haría que la gente les prestara más atención y preguntara acerca de sus enseñanzas y milagros. Al ser llevados ante reyes y gobernantes, tendrían la oportunidad de anunciar el evangelio a personas que, de otro modo, nunca lo habrían escuchado. El hecho de que sufrieran cosas tan graves y fueran odiados por las personas más malvadas, cuya vida era más corrupta, demostraría que eran buenos, pues gente tan perversa no los odiaría de otra manera. Su valor, alegría y firmeza en medio del sufrimiento también darían testimonio de que realmente creían lo que predicaban, de que el poder divino los sostenía y de que el Espíritu de Dios y su gloria reposaban sobre ellos.
Dios estaría a su lado, los reconocería como suyos y los ayudaría en sus pruebas. Ellos eran sus defensores, y él los equiparía por completo con todo lo necesario, como vemos en Lucas 21:14-15. En vez de preocuparse por cómo responder a las acusaciones en los tribunales religiosos y civiles, debían resolverlo en su corazón y no preparar de antemano su defensa. No debían confiar en su propia inteligencia, habilidad, prudencia o estrategia, ni desconfiar de Dios o desesperarse por no recibir su ayuda inmediata y especial. No debían pensar que escaparían de la causa de Cristo como alguien que evita una demanda privada gracias a sus propias capacidades y esfuerzos, dependiendo solamente de la providencia ordinaria de Dios. Cristo les prometió la ayuda especial de la gracia divina: «Yo les daré palabras y sabiduría». Esto demuestra que Cristo es Dios, porque dar sabiduría es un derecho de Dios, y Dios es quien creó la boca humana.
Una boca y sabiduría juntas preparan completamente a una persona tanto para el servicio como para el sufrimiento. La sabiduría le indica qué decir, y la boca le permite expresarlo correctamente. Es una gran bendición tener tanto el contenido como las palabras necesarias para honrar a Dios y ayudar a los demás; tener la mente llena de verdades útiles y la capacidad de expresarlas oportunamente.
Quienes defienden la causa de Cristo pueden confiar en que él les dará las palabras correctas y la sabiduría para usarlas, sin importar cómo se les pida defenderlo, especialmente cuando sean llevados ante gobernantes por causa de él. Cristo no promete enviarles un ángel del cielo para responder por ellos, aunque podría hacerlo. En cambio, promete darles una boca y sabiduría para que puedan responder por sí mismos. Esto les concede mayor honra, porque deben usar los dones y la gracia que Cristo les proporciona, y también da todavía más gloria a Dios, quien hace callar al enemigo y al vengador por medio de la boca de los pequeños.
Cuando Cristo les da a sus testigos una boca y sabiduría, ellos pueden decir, en defensa de él y de sí mismos, cosas que sus adversarios no pueden refutar ni resistir. Sus enemigos quedan callados y avergonzados. Esto se cumplió claramente poco después de que el Espíritu Santo fuera derramado, cuando Cristo les dio a sus discípulos esa boca y esa sabiduría. Cuando los apóstoles fueron llevados ante los sacerdotes y los gobernantes, respondieron de tal manera que los dejaron avergonzados (Hechos 4–5; Hechos 6:1-15).
No sufrirán una pérdida verdadera por todas las dificultades que les impongan: «No se perderá ni un solo cabello de su cabeza» (Lucas 21:18). ¿Cómo podrían algunos perder la cabeza y, aun así, no perder ni un cabello? Es una expresión proverbial que significa completa seguridad y protección. Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento se usa con frecuencia en ese sentido. Algunos piensan que se refiere a que Dios preservó la vida de todos los cristianos que estaban entre los judíos cuando los romanos destruyeron la nación, y la historia afirma que ningún cristiano murió en aquella catástrofe. Otros lo explican en relación con la muerte de muchos creyentes por causa de Cristo, entendiendo la frase en un sentido espiritual, parecido a lo que Cristo dijo: «El que pierda su vida por causa de mí, la encontrará».
«No se perderá ni un solo cabello de su cabeza» significa, primero, que Cristo toma en cuenta cada pérdida. Ya había dicho: «Los cabellos de su cabeza están todos contados» (Mateo 10:30). Dios lleva cuenta de ellos, de modo que ninguno queda olvidado. Segundo, lo que se entrega por un buen propósito no se pierde realmente. No llamamos perdido o destruido algo que se entrega para un fin digno y que producirá un buen resultado. Si entregamos incluso nuestro cuerpo por el nombre de Cristo, este no perece realmente; ha sido bien invertido. Tercero, será recompensado abundantemente. Cuando se comparen las ganancias y las pérdidas, se verá que nada se perdió en realidad. Por el contrario, habrá una gran ganancia en los consuelos presentes y, sobre todo, en las alegrías de la vida eterna. Así que, aunque parezca que perdemos por causa de Cristo, por medio de él nunca podemos perder al final.
Por eso, en medio de sus propios sufrimientos y de los sufrimientos de la nación, es su deber y también su bien mantener una integridad santa y una mente en paz. Eso los mantendrá firmes en todo momento (Lucas 21:19). «Por medio de su paciencia conservarán su alma», o bien: «Con su paciencia conservarán su alma». En esencia, ambas expresiones significan lo mismo. Es nuestro deber y nuestro bien, especialmente en tiempos peligrosos y difíciles, mantener el control de nuestra propia alma. No solo debemos asegurarnos de que no sea destruida para siempre, sino también de que no caiga ahora en la confusión ni pierda su estabilidad.
Conserven su alma. Sean dueños de sí mismos. Mantengan la razón al mando y las pasiones bajo control, para que el dolor o el temor no los gobiernen ni los expulsen de la paz. En tiempos difíciles, cuando quizá podamos conservar muy poco más, asegurémonos de conservar lo que sí puede conservarse: nuestra alma. Y es por medio de la paciencia, la paciencia cristiana, que mantenemos esa posesión. En tiempos de sufrimiento, pongan la paciencia como guardia de su alma. Permitan que mantenga el corazón tranquilo y bien ordenado, y que cierre la entrada a todo lo que quiera alterarlos y hacerlos perder el equilibrio.
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De este capítulo
Lucas 21:1
"Él alzó la mirada y vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el tesoro."
Lucas 21:2
"Vio también a cierta viuda pobre que echaba allí dos blancas."
Lucas 21:3
"Y dijo: De cierto les digo que esta viuda pobre echó más que todos ellos,"
Lucas 21:4
"porque todos estos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobraba; pero ella, de su pobreza, echó todo el sustento que tenía."
Lucas 21:6
"En cuanto a estas cosas que ven, vendrán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada."
Lucas 21:7
"Entonces le preguntaron: Maestro, pero ¿cuándo serán estas cosas? ¿Y qué señal habrá cuando estas cosas sucedan?"
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