Versículo destacado

Lucas 19:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Jesús entró en Jericó y atravesó la ciudad. "

Lucas 19:1

menu_book El versículo en contexto

1 Jesús entró en Jericó y atravesó la ciudad.

2 Y sucedió que había allí un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los recaudadores de impuestos y era rico.

3 Él procuraba ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Sin duda, muchas personas llegaron a tener fe en Cristo, aunque los Evangelios no las mencionan. Pero algunos casos fueron tan excepcionales que quedaron registrados, y Zaqueo fue uno de ellos. Cristo atravesó Jericó (Lucas 19:1). Aquella ciudad había sido construida bajo una maldición, pero Cristo la honró con su presencia, porque el evangelio quita la maldición. No debió haberse construido en primer lugar, pero una vez que existía, vivir allí no era pecado.

Cristo iba desde el otro lado del Jordán hacia Betania, cerca de Jerusalén, donde resucitaría a Lázaro. Aun cuando iba de camino para hacer una obra buena, encontró muchas más oportunidades de hacer el bien. Hizo bien tanto a las almas como a los cuerpos de las personas, y aquí vemos un ejemplo de su cuidado por el alma.

Observemos, en primer lugar, quién era Zaqueo. Su nombre muestra que era judío. Zaccai era un nombre judío común, e incluso por aquel tiempo había un rabino conocido con ese nombre. Su trabajo era importante: era el jefe de los recaudadores de impuestos, algo parecido a un recaudador general. Otros recaudadores trabajaban bajo su autoridad, y algunos piensan que él arrendaba la recaudación de los impuestos aduaneros. Con frecuencia leemos que los recaudadores de impuestos acudían a Cristo, pero aquí se trataba de uno que estaba por encima de los demás en rango y autoridad y que aun así buscaba a Cristo. Dios conserva a su pueblo entre toda clase de personas. Cristo vino a salvar incluso al principal de los recaudadores de impuestos.

Zaqueo también tenía recursos. Era rico. Los recaudadores de impuestos de menor rango a menudo eran hombres despreciados y con poca consideración social, pero el jefe de los recaudadores había acumulado una buena fortuna. Cristo acababa de mostrar lo difícil que es para los ricos entrar en el reino de Dios, y ahora presenta el ejemplo de un hombre rico que estaba perdido y fue encontrado, aunque no tuvo que quedar reducido a la pobreza como el hijo pródigo.

En segundo lugar, observemos cómo Zaqueo se cruzó en el camino de Cristo y qué condujo a su encuentro. Él tenía muchas ganas de ver a Jesús y de averiguar qué clase de hombre era, pues había oído hablar mucho de él (Lucas 19:3). Es natural que queramos ver a quienes han llenado nuestros oídos con su fama, porque pensamos que debe haber algo extraordinario en ellos. Por lo menos, nos gusta poder decir después que los vimos. Pero el ojo nunca se satisface con el simple hecho de mirar. Debemos buscar ver a Jesús con los ojos de la fe, para comprender quién es. Ese debe ser nuestro objetivo en la adoración y en los demás deberes santos: ver a Jesús.

No pudo cumplir ese deseo porque era de baja estatura y había una gran multitud. Cristo no se presentó para que lo vieran, llevado sobre los hombros de la gente como el papa en una procesión. Él y su reino no llegaron con una apariencia externa de grandeza. No entró en un carruaje descubierto como los gobernantes terrenales. Vino como uno de nosotros, oculto entre la multitud, porque aquel era el día de su humillación. Zaqueo era pequeño de estatura y estaba por debajo de todos los que lo rodeaban, así que no podía ver a Jesús. Muchas personas de baja estatura tienen un alma grande y un espíritu vivaz. ¿Quién no preferiría ser un Zaqueo antes que un Saúl, aunque Saúl fuera más alto que todos los demás? Los que son de baja estatura no deben preocuparse por parecer más altos.

Como no estaba dispuesto a que nada se lo impidiera, Zaqueo dejó de lado la dignidad propia del jefe de los recaudadores. Corrió por delante como un niño y se subió a un árbol sicómoro para ver a Jesús. Quienes de verdad quieren ver a Cristo usarán los medios adecuados para lograrlo. Atravesarán muchas dificultades y oposición, y con gusto harán el esfuerzo necesario para encontrarlo. Quienes se sienten pequeños deben aprovechar toda la ayuda posible para elevarse y ver a Cristo, y no deben avergonzarse de reconocer que necesitan ayuda. Poco es suficiente cuando nos ayuda a llegar hasta él.

En tercer lugar, observemos la atención que Cristo le prestó, el llamado que le hizo y el poder de ese llamado (Lucas 19:5-6). Cristo se invitó a la casa de Zaqueo, confiando en que allí lo recibirían con afecto. Dondequiera que Cristo llega, lleva consigo la bienvenida que necesita. Él abre el corazón y lo inclina a recibirlo. Cristo levantó la mirada hacia el árbol y vio a Zaqueo. Zaqueo había ido para mirar a Cristo y observarlo con atención, pero no esperaba que Cristo se fijara en él. Eso superaba por mucho todo lo que merecía. Observa cómo Cristo salió a su encuentro con bondad y superó sus expectativas. Observa también cómo animó los comienzos más pequeños y los hizo avanzar. El que quería conocer a Cristo sería conocido por él. Al que solo quería verlo, se le permitió hablar con él.

Cristo lo llamó por su nombre: Zaqueo, porque conoce por nombre a sus escogidos, y sus nombres están escritos en su libro. Zaqueo pudo haber preguntado, como Natanael (Juan 1:48): «¿Cómo me conoces?». Pero antes de que subiera al árbol sicómoro, Cristo ya lo había visto y conocido. Cristo le dijo que se diera prisa y bajara. Los que Cristo llama deben bajar, humillándose y sin intentar subir al cielo por su propia justicia, es decir, por la supuesta rectitud que creen tener delante de Dios. También deben darse prisa, porque las demoras son peligrosas. Zaqueo no debía vacilar. Sabía que no había duda de que debía recibir en su casa a un huésped así. Tenía que bajar, porque Cristo pensaba quedarse con él ese mismo día y ser su huésped por un tiempo. Él está a la puerta y llama.

Zaqueo se alegró muchísimo de que se le concediera tal honor a su casa (Lucas 19:6). Bajó rápidamente y recibió a Cristo con alegría, y esa bienvenida en su casa mostró que también lo había recibido en su corazón. Cuando Cristo nos llama, debemos apresurarnos a responder. Cuando viene a nosotros, debemos recibirlo con alegría. «¡Levanten la cabeza, puertas!». Debemos recibir con gozo a aquel que trae consigo todo bien y que, cuando toma posesión del alma, abre manantiales de alegría que fluirán para siempre. Cuántas veces Cristo nos ha dicho: «Ábreme», mientras nosotros, como la esposa del Cantar de los Cantares, hemos puesto excusas (Cantar de los Cantares 5:2-3). El entusiasmo de Zaqueo por recibir a Cristo debería avergonzarnos. Ahora no tenemos a Cristo como huésped en nuestros hogares, pero sí tenemos a sus discípulos, y él considera que lo que se hace por ellos se hace por él mismo.

En cuarto lugar, observemos la ofensa que la gente tomó ante este encuentro amistoso entre Cristo y Zaqueo.

Los judíos de mente estrecha y críticos murmuraron. Decían que Jesús había ido a hospedarse en la casa de un hombre pecador, un hombre manchado por el pecado. Pero ¿acaso ellos no eran también pecadores? ¿Y no consistía la misión de Cristo en el mundo en buscar y salvar a los pecadores? Aun así, pensaban que Zaqueo era un pecador peor que todos los demás habitantes de Jericó, alguien que ni siquiera merecía una visita.

Esa queja era muy injusta. Primero, aunque Zaqueo era recaudador de impuestos y muchos recaudadores eran hombres malos, eso no significaba que todos lo fueran. Debemos tener cuidado de no condenar a las personas como grupo ni basándonos en rumores. En el juicio de Dios, cada persona será juzgada tal como realmente es. Segundo, aunque Zaqueo hubiera sido pecador en el pasado, eso no significaba que siguiera siendo el mismo. Los judíos conocían su vida anterior, que había sido mala, pero Cristo podía conocer que su corazón presente era bueno. Dios da lugar al arrepentimiento, y nosotros también debemos hacerlo. Tercero, aunque Zaqueo siguiera siendo pecador, no debían culpar a Cristo por ir a verlo. Cristo no corría peligro de ser perjudicado por un pecador, pero sí tenía toda esperanza de hacerle bien. ¿A dónde debe ir un médico sino a donde están los enfermos? Sin embargo, vemos cómo algo bien hecho puede ser malinterpretado.

Después, Zaqueo dio señales públicas de que, aunque había sido pecador, ahora estaba verdaderamente arrepentido y había cambiado de verdad, como dice Lucas 19:8. No esperaba ser justificado delante de Dios por sus obras, como el fariseo, que se jactaba de lo que había hecho. Más bien, por medio de sus buenas obras mostraría, por la gracia de Dios, que su fe y su arrepentimiento eran reales. Aquí declara lo que ha resuelto hacer.

Se puso de pie mientras lo decía, para que la gente pudiera verlo y escucharlo, especialmente quienes habían murmurado contra Cristo por entrar en su casa. El arrepentimiento, al igual que la fe, se confiesa con la boca. También se puso de pie porque hablaba de manera deliberada y solemne, casi como si estuviera haciendo un voto delante de Dios. Le habló a Cristo, no a la multitud. Ellos no eran sus jueces. Se puso de pie, por así decirlo, delante del tribunal del Señor. Todo lo bueno que hagamos debemos hacerlo para él. Debemos acudir a él y procurar demostrar que somos sinceros en todos nuestros buenos planes y promesas.

Zaqueo mostró que había ocurrido un cambio en su corazón, y eso es el arrepentimiento. También hubo un cambio en su manera de vivir. Sus promesas se referían a sus deberes hacia otras personas, porque Cristo a menudo daba gran importancia a esos deberes. Eran apropiadas para la posición y el carácter de Zaqueo, y en ellas se vería claramente la autenticidad de su arrepentimiento.

Zaqueo había sido un hombre rico. Hasta ese momento había usado su riqueza para acumular tesoros para sí mismo y se había hecho daño. Ahora decide que, de ahí en adelante, la usará para Dios y para los demás. «Mira, Señor —dice—, les doy la mitad de mis bienes a los pobres». No dice: «Se los dejaré cuando muera», sino: «Se los doy ahora». Tal vez había oído acerca de la prueba que Cristo le puso a otro hombre rico: vender todo lo que tenía y darlo a los pobres (Mateo 19:21), y también había oído que aquel hombre se alejó de Cristo por causa de eso. Zaqueo está diciendo: «Yo no haré eso. Estoy dispuesto de inmediato». Aunque antes no había sido generoso, ahora ayudará a los pobres e incluso dará más, porque había descuidado ese deber por tanto tiempo: dará la mitad de sus bienes.

Esta era una porción muy grande para apartarla para la piedad y la caridad, es decir, para la devoción a Dios y el cuidado de los demás. Los judíos solían decir que dar la quinta parte de los ingresos anuales para usos sagrados era una medida muy justa, y la ley permitía aproximadamente esa cantidad. Pero Zaqueo fue mucho más lejos y dio la mitad a los pobres. Eso lo obligaría a reducir los gastos innecesarios; al renunciar a sus excesos, podría ayudar a muchas personas. Si fuéramos más moderados y estuviéramos dispuestos a negarnos ciertos gustos, seríamos más generosos. Si estuviéramos satisfechos con tener menos para nosotros, tendríamos más para dar a quienes lo necesitan. Zaqueo menciona esto como fruto de su arrepentimiento. Es apropiado que quienes se han vuelto a Dios sean generosos con los pobres.

Zaqueo también sabía que no había obtenido todo su dinero honestamente. Parte lo había conseguido por medios injustos e ilegales, y por eso promete hacer restitución, es decir, devolver lo que había tomado. «Si le he quitado algo a alguien mediante una acusación falsa —dice—», o si en su trabajo como cobrador de impuestos había perjudicado a alguien al exigirle más de lo ordenado, «prometo devolverle cuatro veces esa cantidad». Ese era el pago que debía hacer un ladrón (Éxodo 22:1).

Admite claramente que había hecho lo malo. Su trabajo como cobrador de impuestos le daba la oportunidad de actuar injustamente, pues podía presionar a los comerciantes para ganarse el favor del gobierno. Las personas verdaderamente arrepentidas no solo confiesan en términos generales que son culpables delante de Dios. También examinan cuidadosamente sus pecados particulares, especialmente los relacionados con su trabajo y su vida diaria.

También reconoce que parte de su maldad había sido cometida mediante acusaciones falsas. Esa era una de las tentaciones de los cobradores de impuestos, y Juan el Bautista les había advertido especialmente acerca de ella (Lucas 3:14). Tenían acceso al gobierno, y podían distorsionar muchas cosas para favorecer el cobro de impuestos. Eso les daba la oportunidad de satisfacer un odio personal si alguien les desagradaba.

Zaqueo promete devolver cuatro veces más, en la medida en que recuerde o pueda descubrir en sus registros que perjudicó a alguien. No dice: «Si me demandan y me obligan a hacerlo, devolveré el dinero». Algunas personas solo son honestas cuando no pueden evitarlo. Zaqueo lo hará voluntariamente. «Será un acto mío», afirma. Quienes saben que han hecho lo malo no pueden demostrar la sinceridad de su arrepentimiento sin hacer restitución.

Esto merece una atención especial. Zaqueo no piensa que dar la mitad de sus bienes a los pobres compensará el mal que ha hecho. Dios aborrece que se le ofrezca como holocausto lo que se ha robado. Primero debemos hacer lo correcto y luego amar la misericordia. No es caridad, sino hipocresía, regalar algo que en realidad no nos pertenece. No debemos considerar nuestro aquello que obtuvimos deshonestamente, ni aquello que realmente no es nuestro hasta haber pagado nuestras deudas y corregido todo el daño que causamos.

Entonces Cristo aprueba y acepta la conversión de Zaqueo, y con esto también deja claro que no había nada malo en haber sido su huésped (Lucas 19:9-10). Zaqueo ahora es declarado un hombre dichoso. Se ha apartado del pecado y se ha vuelto a Dios. Ha recibido a Cristo en su casa y se ha convertido en un hombre honesto, generoso y bueno. «Hoy ha llegado la salvación a esta casa». Ahora que se ha convertido, en efecto es salvo: salvo de sus pecados, de su culpa y de su poder. Todas las bendiciones de la salvación ahora le pertenecen. Cristo ha llegado a su casa, y dondequiera que Cristo llega, lleva consigo la salvación. Él es, y será, el dador de la salvación eterna para todos los que lo reciben como lo hizo Zaqueo.

Pero eso no es todo. Ese día la salvación ha llegado a su casa. Al convertirse Zaqueo, será, más que antes, una bendición para su familia.

Llevará a su casa los medios de la gracia y de la salvación, porque ahora es verdaderamente hijo de Abraham. Como Abraham, enseñará a los miembros de su hogar a seguir el camino del Señor. El hombre codicioso que busca ganancias trae problemas y maldición sobre su propia casa (Habacuc 2:9). Pero el que da a los pobres hace bien a su propia familia y trae bendición y, por lo menos, cierta salvación temporal a ella (Salmo 112:3).

Cuando Zaqueo es llevado a Cristo, toda su familia también entra en una relación con Cristo. Sus hijos son admitidos como miembros de la iglesia de Cristo, y así la salvación llega a su casa. Esto concuerda con la promesa hecha a Abraham, que por medio de la fe alcanza a los cobradores de impuestos y a los gentiles: Dios será Dios de ellos y de sus hijos. Por eso, cuando Zaqueo cree, la salvación llega a su casa, tal como ocurrió con el carcelero cuando Pablo le dijo: «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo, tú y tu casa» (Hechos 16:31).

Zaqueo había nacido como hijo de Abraham, pero, por ser cobrador de impuestos, la gente lo trataba como a un pagano. Los judíos solían agrupar a personas como él con los que estaban fuera del pueblo (Mateo 18:17) y lo evitaban. También habrían esperado que Cristo lo evitara. Pero Cristo muestra que Zaqueo, como verdadero arrepentido, ahora está en paz con Dios y con su pueblo, y es digno de ser considerado hijo de Abraham, como si nunca hubiera sido cobrador de impuestos.

Lo que Cristo hizo particularmente por Zaqueo concuerda con el gran propósito de su venida al mundo (Lucas 19:10). Cristo ya había usado este mismo argumento cuando defendió el hecho de comer con cobradores de impuestos, diciendo que había venido a llamar a los pecadores al arrepentimiento (Mateo 9:13). Aquí dice que vino a buscar y salvar lo que se había perdido.

Toda la raza humana se describe como un solo cuerpo que se encuentra en una condición perdida. Por la caída, el mundo de la humanidad se convirtió en un mundo perdido: como una ciudad que se ha unido a los rebeldes, como un viajero que ha perdido el camino en el desierto, como un enfermo cuya enfermedad no puede curarse o como un prisionero después de haber sido condenado. Es una condición triste y desesperada.

Pero el Hijo de Dios vino con un propósito lleno de gracia: buscar y salvar, buscar para salvar. Vino del cielo a la tierra, recorriendo un largo camino, para encontrar lo que se había extraviado y traerlo de vuelta (Mateo 18:11-12). Vino a salvar lo que estaba pereciendo, como si ya estuviera condenado y arruinado. Asumió una causa que todos los demás habían dado por perdida.

Cristo vino a este mundo perdido para buscarlo y salvarlo. Salvar era su objetivo, porque no había salvación en ningún otro lugar. Y al llevar a cabo ese propósito, empleó todos los medios apropiados para lograr esa salvación. Busca a quienes no parecen dignos de ser buscados. Busca a quienes no lo buscan ni preguntan por él, como ocurre aquí con Zaqueo.

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