Versículo destacado

Lucas 17:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces dijo a los discípulos: «Es imposible que no vengan tropiezos; pero ¡ay de aquel por medio de quien vienen!» "

Lucas 17:1

menu_book El versículo en contexto

1 Entonces dijo a los discípulos: «Es imposible que no vengan tropiezos; pero ¡ay de aquel por medio de quien vienen!»

2 Mejor le sería que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeños.

3 Cuídense. Si tu hermano peca contra ti, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se nos enseña, en primer lugar, que hacer tropezar a otros es un gran pecado y que todos debemos evitarlo y estar atentos para no caer en él (Lucas 17:1-2). Debemos esperar que vengan tropiezos, porque la naturaleza humana es obstinada y pecaminosa. Dios también tiene propósitos sabios y puede llevar a cabo su obra aun por medio de esas ofensas, sacando bien del mal. Es casi imposible que no vengan tropiezos; por eso debemos estar preparados. Pero ¡ay de aquel por medio de quien vienen!, porque su juicio será severo (Lucas 17:2).

Esta advertencia alcanza a varias clases de personas. Incluye a los perseguidores, que hieren de palabra o de hecho aun a los más pequeños de Cristo y los desaniman de servirle. Incluye a los engañadores, que tergiversan la verdad y los mandamientos de Cristo y perturban la mente de sus discípulos. También incluye a quienes afirman llevar el nombre de cristianos, pero viven de manera vergonzosa, debilitan los vínculos del pueblo de Dios y entristecen su corazón. El hecho de que sea difícil evitar los tropiezos no disminuye la culpa de quienes los causan ni reducirá su castigo.

En segundo lugar, se nos enseña que perdonar las ofensas es un deber muy importante que todo creyente debe tomar en serio (Lucas 17:3). La expresión «Tengan cuidado de ustedes mismos» puede referirse a lo que se ha dicho antes o a lo que viene después. Puede significar: «Tengan cuidado de no hacer tropezar a ninguno de estos pequeños», especialmente en el caso de los ministros, quienes deben evitar decir o hacer cualquier cosa que desanime a los cristianos débiles. O puede significar: «Tengan cuidado cuando su hermano les haga algo malo», porque el enojo puede llevarnos a hablar neciamente y a apresurarnos a buscar venganza (Proverbios 24:29). Debemos cuidar lo que decimos en ese momento para no hablar de manera incorrecta.

Si puedes reprenderlo, hazlo. No entierres el dolor, sino habla claramente de lo sucedido. Dile cuál fue su falta y muéstrale en qué te trató injustamente. Tal vez descubras —y debes estar dispuesto a descubrirlo— que lo entendiste mal y que la ofensa fue solo un descuido, no un daño intencional. Entonces debes estar dispuesto a pedirle perdón por haberlo malinterpretado, como sucedió en Josué 22:30-31.

Si se arrepiente, debes perdonarlo y reconciliarte plenamente con él. Olvida la ofensa y no vuelvas a sacarla a relucir. No la uses después para avergonzarlo. Si no se arrepiente, no estás obligado a actuar como si nada hubiera ocurrido, pero tampoco debes guardar odio ni planear venganza. Si su pecado es grave y afecta a la comunidad cristiana, debe ser reprendido con seriedad y mansedumbre. Luego, cuando se arrepienta, debe ser restaurado nuevamente a la amistad y a la comunión. Esto es lo que el apóstol llama perdón (2 Corintios 2:7).

Debes estar dispuesto a hacer esto cada vez que repita la ofensa (Lucas 17:4). Aunque te haga daño siete veces en un día y siete veces diga que lo siente y prometa no volver a hacerlo, debes seguir perdonándolo. Errar es humano. Los cristianos deben ser personas dispuestas a perdonar, deseosas de pensar lo mejor de los demás y de hacerles la vida más llevadera. Deben apresurarse a suavizar las faltas en vez de agravarlas, y demostrar que han perdonado a otros con tanta claridad como otros demuestran que se han sentido ofendidos.

En tercer lugar, todos necesitamos una fe más firme, porque a medida que la fe crece, también crece toda otra virtud. Cuanto más claramente creemos en la enseñanza de Cristo y más plenamente confiamos en su gracia, mejor nos irá en todos los aspectos. Los discípulos acudieron a Jesús y le pidieron que aumentara su fe (Lucas 17:5). Incluso los apóstoles, aunque eran los principales ministros del reino de Cristo, reconocieron que su fe era débil y necesitaba la ayuda de Cristo para crecer. Dijeron: «Señor, aumenta nuestra fe», es decir: «Completa lo que nos falta».

Pidieron una visión más clara por medio de la fe, deseos más firmes, una confianza más sólida, una devoción más plena y un gozo más profundo. Nosotros también debemos desearlo sinceramente y orar por ello. Algunos piensan que hicieron esta petición porque Jesús acababa de insistirles en el deber de perdonar las ofensas. En efecto, estaban diciendo: «Señor, aumenta nuestra fe, porque de otro modo nunca podremos cumplir un deber tan difícil». La fe en la misericordia de Dios para perdonarnos nos ayudará a superar los mayores obstáculos para perdonar a nuestro hermano. Otros creen que lo dijeron después de no poder realizar algún milagro y de ser reprendidos por Cristo por su poca fe, como en Mateo 17:16 y los versículos siguientes. Puesto que él los había corregido, acudieron entonces a él para recibir la gracia necesaria para mejorar.

Cristo les aseguró el gran poder de la fe verdadera (Lucas 17:6). Si tuvieran una fe tan pequeña como un grano de mostaza, podrían hacer cosas mucho más grandes de las que entonces hacían. Nada les resultaría demasiado difícil si fuera apropiado hacerlo para la gloria de Dios y para confirmar el mensaje que predicaban, incluso algo tan imposible como trasladar un árbol de la tierra al mar. Véase Mateo 17:20. Así como nada es imposible para Dios, todas las cosas son posibles para quien cree.

En cuarto lugar, hagamos lo que hagamos al servicio de Cristo, debemos permanecer humildes y nunca imaginar que hemos ganado su favor o que lo hemos puesto en deuda con nosotros. Incluso los apóstoles, que hicieron mucho más por Cristo que otros, no debían pensar que lo habían convertido en su deudor. Todos somos siervos de Dios, y sus apóstoles y ministros lo son de una manera especial. Como siervos, estamos obligados a hacer todo lo que podamos para honrarlo. Todas nuestras fuerzas y todo nuestro tiempo le pertenecen, porque no somos nuestros propios dueños ni nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a nuestro Señor.

Como siervos de Dios, debemos ocupar nuestro tiempo en el cumplimiento de nuestro deber. Él nos ha dado muchas clases de trabajo, y cuando termina una tarea, debe comenzar otra. Un siervo que ha estado arando o alimentando el ganado en el campo todavía tiene trabajo al regresar a casa por la noche, porque debe servir la mesa (Lucas 17:7-8). De la misma manera, haber sido fieles en la conducta cristiana cotidiana no nos exime de la oración y la devoción. Después de haber trabajado para Dios, todavía debemos seguir sirviéndolo y esperar continuamente en él.

Nuestra principal preocupación debe ser cumplir con nuestro deber en el lugar que Dios nos ha asignado y dejar que nuestro Señor nos dé consuelo por medio de ese servicio cuando y como él considere mejor. Ningún siervo espera que su amo le diga: «Ven y siéntate a comer» antes de que termine el trabajo del día. Basta con procurar terminar bien la tarea; la recompensa llegará a su debido tiempo. Debemos permitir que Cristo sea servido antes de buscar nuestro propio consuelo. El cristiano que duda puede decir que no puede darle a Cristo la gloria de su amor como debería porque todavía no ha sentido el consuelo de ese amor. Pero ese razonamiento está al revés. Primero debemos honrar a Cristo con nuestra alabanza; después participaremos del consuelo de ese amor, que en sí mismo es un banquete.

Cuando los siervos de Cristo esperan en él, deben ceñirse; es decir, liberarse de todo lo que los ate o distraiga. Deben concentrar su mente en la obra y estar listos para continuar hasta terminarla. En la imagen que se presenta aquí, después de preparar lo que Cristo ha de comer, debemos ceñirnos y atenderlo. Eso es lo que se espera de los siervos, y Cristo podría exigírnoslo. Sin embargo, él no se impone de esa manera sobre nosotros. Estuvo entre sus discípulos como quien sirve. No vino, como muchos amos, para mantenerse distante y recibir atención, sino para servir, como lo mostró cuando lavó los pies de sus discípulos.

Los siervos de Cristo ni siquiera ganan su agradecimiento por todo lo que hacen por él. «¿Acaso le da las gracias a ese siervo?». ¿Se considera obligado con ese siervo? Por supuesto que no. Ninguna de nuestras buenas obras puede hacer que Dios nos deba algo. Esperamos el favor de Dios, no porque nuestro servicio lo haya convertido en nuestro deudor, sino porque él lo ha prometido y se ha comprometido con su propio honor. Podemos presentarle esas promesas, pero no podemos exigir que nos pague por mérito, como si hubiéramos ganado esa recompensa por nuestras obras.

Todo lo que hacemos por Cristo, aunque hagamos más que algunos otros, sigue siendo solamente nuestro deber. Aunque hiciéramos todo lo que se nos ha mandado —y, tristemente, nos quedamos cortos en muchas cosas—, no existiría ningún mérito adicional, ni una supererogación, es decir, un servicio que vaya más allá de lo que Dios exige. Todo está incluido en el primero y gran mandamiento: amar a Dios con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma. Ese mandamiento reclama lo mejor de nosotros y todo lo que somos.

Los mejores siervos de Cristo, aun después de haberle servido de la mejor manera, deben decir humildemente que son siervos inútiles. No son como aquellos siervos inútiles que entierran sus talentos y son arrojados a las tinieblas de afuera; pero, en relación con Cristo y con cualquier beneficio que él reciba de su servicio, siguen siendo inútiles. Nuestra bondad no alcanza a Dios, y si somos justos, él no se hace mejor por ello (Salmo 16:2; Job 22:2; Job 35:7).

Dios no puede obtener nada de nuestro servicio; por eso, nuestro servicio no puede ponerlo en deuda con nosotros. Él no nos necesita, y nuestras obras no pueden añadir nada a su perfección. Por eso es correcto llamarnos siervos inútiles. Sin embargo, debemos considerar provechoso servirle, porque Dios está plenamente satisfecho sin nosotros, pero nosotros estamos perdidos sin él.

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