Versículo destacado

Lucas 16:19 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino fino, y comía espléndidamente todos los días. "

Lucas 16:19

¿Qué significa Lucas 16:19?

Lucas 16:19 presenta a un hombre rico que vivía rodeado de lujo, mientras ignoraba las necesidades de quienes sufrían cerca de él. El versículo introduce la parábola del rico y Lázaro y advierte que la abundancia, por sí sola, no demuestra aprobación de Dios. Invita a practicar compasión y responsabilidad con los vulnerables.

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menu_book El versículo en contexto

17 Pero es más fácil que pasen el cielo y la tierra que caiga una sola tilde de la ley.

18 Todo el que repudia a su esposa y se casa con otra comete adulterio, y todo el que se casa con la que fue repudiada por su marido comete adulterio.

19 Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino fino, y comía espléndidamente todos los días.

20 También había un mendigo llamado Lázaro, que había sido puesto junto a su puerta, lleno de llagas.

21 Deseaba alimentarse con las migajas que caían de la mesa del rico. Además, los perros venían y le lamían las llagas.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Así como la parábola del hijo pródigo nos presentó la gracia del evangelio, que nos anima a todos, esta parábola nos presenta la ira venidera y busca despertarnos. Si esto no logra sacudirlos, es porque algunos están profundamente dormidos en el pecado. Los fariseos, que se burlaban de la advertencia de Cristo contra amar demasiado el dinero y las comodidades, necesitaban algo que los hiciera tomar el asunto en serio. Esta parábola lo logra al mostrar el destino final tanto de la riqueza como de la pobreza en el mundo venidero.

El evangelio de Cristo nos ayuda a aceptar la pobreza y el sufrimiento, y también nos protege del amor al mundo y de una vida sensual, es decir, una vida dedicada únicamente al placer del cuerpo. Esta parábola hace ambas cosas al levantar el telón y mostrar el resultado en el mundo venidero. Se diferencia de las otras parábolas de Cristo, en las que las verdades espirituales se representan mediante comparaciones terrenales, como el sembrador y la semilla, o las ovejas y los cabritos. Aquí, la verdad espiritual se muestra directamente por medio de una historia sobre la distinta suerte de los buenos y los malos en este mundo y en el próximo.

No es necesario considerarla como el relato exacto de un acontecimiento específico, pero refleja lo que sucede todos los días. Las personas pobres y piadosas, a quienes otros ignoran y pisotean, mueren dejando atrás sus aflicciones y entran en el gozo celestial, que se vuelve más dulce por los sufrimientos que soportaron primero. Las personas ricas y entregadas a sí mismas, que viven cómodamente y tratan sin misericordia a los pobres, mueren y entran en un tormento insoportable, que se vuelve aún más terrible por la vida centrada en el placer que llevaron. Y una vez allí, ya no pueden recibir ningún alivio.

¿Es esta una parábola? ¿Qué semejanza contiene? La conversación entre Abraham y el hombre rico es, en realidad, una ilustración adicional, destinada a hacer más poderosa la enseñanza, como el diálogo entre Dios y Satanás en Job. Nuestro Salvador vino para familiarizarnos con el otro mundo y mostrarnos cómo este mundo apunta hacia él. Eso es lo que hace aquí.

En esta descripción, como la llamaré, podemos observar la diferente condición de un hombre rico malvado y de un hombre pobre piadoso en este mundo. Algunas personas, incluidos los judíos de la antigüedad y otros que vinieron después, estaban dispuestas a considerar el éxito exterior como una señal del favor de Dios. Les resultaba muy difícil pensar bien de una persona pobre. Cristo corrigió repetidamente ese error, y aquí lo hace de manera muy completa.

Había un hombre rico (Lucas 16:19). Comúnmente lo llamamos “el rico”, porque *dives* es la palabra latina para “hombre rico”. Sin embargo, el obispo Tillotson observa que no se le da un nombre personal, a diferencia del pobre, porque ponerle nombre a un hombre rico en una escena así podría haber despertado celos y enojo. Otros piensan que Cristo no honró al rico dándole un nombre, aunque quizá él creyera que sus propias tierras mantendrían vivo su recuerdo por más tiempo que el mendigo que estaba a su puerta. Sin embargo, aquí se conserva el nombre del mendigo, mientras que el del rico se ha perdido.

Este hombre rico se vestía de púrpura y lino fino. Esa era su manera de exhibir su riqueza. Tenía lino fino para su comodidad y ropa limpia todos los días: ropa de día y ropa de noche. Usaba púrpura para mostrar su posición, ya que la púrpura era la vestimenta de los príncipes, y algunos han pensado que Cristo quizá tenía a Herodes en mente. Nunca salía sino con gran esplendor. También vivía cada día en lujo, con una mesa llena de los mejores alimentos, platos exquisitos preparados con gran esmero, cubiertos de plata fina, sirvientes vestidos con uniformes costosos y huéspedes que aumentaban su honor.

¿Qué había de malo en eso? No es pecado ser rico, vestirse de púrpura y lino fino, ni tener una mesa abundante si una persona puede permitírselo. No se nos dice que obtuviera su riqueza mediante fraude, opresión o extorsión. Ni siquiera se nos dice que fuera un borracho o que hiciera emborracharse a otros. Sin embargo, Cristo está mostrando varias cosas. Una persona puede tener mucha riqueza, belleza exterior y placer, y aun así perecer bajo la ira y la maldición de Dios. No podemos suponer que Dios ama a las personas porque les da mucho, ni que ellas aman a Dios porque reciben mucho. La verdadera felicidad no depende de esas cosas.

La abundancia y el placer también son peligrosos, y para muchas personas se convierten en una trampa mortal. Conducen al lujo, a la indulgencia y al olvido de Dios y del mundo venidero. Este hombre quizá habría sido feliz si no hubiera tenido posesiones y comodidades tan grandes. La comodidad y el placer del cuerpo arruinan muchas almas y perjudican sus intereses más importantes. Comer buenos alimentos y vestir ropa fina son cosas permitidas, pero con frecuencia se convierten en combustible para el orgullo y el lujo, y entonces se vuelven pecado. Darnos banquetes a nosotros mismos y a nuestros amigos mientras ignoramos las dificultades y el sufrimiento de los pobres ofende profundamente a Dios y resulta mortal para el alma. El pecado del hombre rico no consistía principalmente en su ropa ni en su comida, sino en que solo se preocupaba por sí mismo.

Aquí también encontramos a un hombre piadoso, destinado a ser feliz para siempre, aunque vivía en profunda pobreza y aflicción. Había un mendigo llamado Lázaro (Lucas 16:20). Es probable que en aquel tiempo fuera bien conocido entre las personas buenas un mendigo llamado así, reconocido por su devoción y por sus grandes sufrimientos. Era un mendigo, quizá uno de esos cuyo nombre significa “Dios es mi ayuda”, que es precisamente la ayuda que los pobres deben buscar cuando ya no les queda ninguna otra. Este hombre había llegado al nivel más bajo de miseria exterior que uno pudiera imaginar fácilmente.

Su cuerpo estaba cubierto de llagas, como el de Job. Estar enfermo y débil es una gran aflicción, pero tener llagas es aún más doloroso y mucho más desagradable para quienes rodean al que sufre. Además, se veía obligado a mendigar pan y a vivir de las sobras de las puertas de los ricos. Estaba tan débil y discapacitado que ni siquiera podía llegar allí por sí mismo; alguien compasivo tenía que llevarlo y dejarlo a la puerta del rico.

Quienes no pueden ayudar a los pobres con dinero deben ayudarlos con esfuerzo. Si no pueden dar ni una moneda, pueden tenderles la mano. Si no pueden llevarles ayuda personalmente, deben ir a buscarla para ellos. Lázaro no tenía nada propio con qué vivir, ni familia a la cual acudir, ni ayuda pública que lo sostuviera. Esto muestra el triste deterioro del pueblo judío en aquel tiempo: un hombre tan piadoso quedaba sufriendo por falta del alimento necesario.

Observa lo que esperaba recibir de la mesa del rico: quería alimentarse con las migajas (Lucas 16:21).

Ni siquiera pidió las sobras que quedaban en la mesa del rico, aunque debería haber recibido algunos de los mejores alimentos. Le habría dado gracias por las migajas que caían debajo de la mesa, por los pedazos de comida que el rico dejaba atrás, incluso por las sobras destinadas a los perros. Los pobres tienen que suplicar y agradecer cualquier cosa que puedan recibir.

Esto se menciona, en primer lugar, para mostrar la aflicción del pobre y su espíritu humilde. Era pobre, pero estaba dispuesto a serlo. No se sentaba a la puerta del rico a gritar ni a hacer una escena. Más bien, con tranquilidad y modestia, deseaba recibir algunas migajas para comer. Este hombre miserable era bueno y gozaba del favor de Dios. Con frecuencia, algunos de los santos y siervos más queridos de Dios sufren mucho en este mundo, mientras que las personas malvadas prosperan y tienen abundancia. Observa (Salmo 73:7, Salmo 73:10, Salmo 73:14). Allí estaba un hijo de ira y heredero del infierno disfrutando de una casa rica y comida abundante, mientras un hijo del amor y heredero del cielo yacía a la puerta, muriéndose de hambre. Por eso, no debemos juzgar la condición espiritual de las personas por su situación exterior.

En segundo lugar, esto muestra la actitud del rico hacia él. No se nos dice que lo insultara, que le impidiera usar la puerta o que lo lastimara directamente de alguna manera. Pero es evidente que lo ignoraba. No sentía preocupación por él ni hacía nada para cuidarlo. Allí, justo a su propia puerta, tenía un caso real y conmovedor que requería caridad. El pobre tenía buena reputación, se comportaba bien y tenía toda razón para recibir ayuda. Un poco de atención habría significado mucho para él. Sin embargo, el rico ni siquiera hizo que lo llevaran a un granero o a alguna otra dependencia. Simplemente lo dejó allí.

No basta con que no aplastemos ni maltratemos a los pobres. En el gran día se demostrará que fuimos infieles con los bienes de nuestro Señor si no los ayudamos y aliviamos sus necesidades. El juicio más aterrador incluye estas palabras: “Tuve hambre, y no me dieron de comer”. No puedo entender cómo las personas ricas que han leído el evangelio de Cristo y dicen creer en él pueden mostrarse tan despreocupadas ante las necesidades y los sufrimientos de los pobres.

Los perros también trataron a Lázaro de cierta manera. Venían y le lamían las llagas. Es posible que el rico tuviera perros de caza u otros perros para su entretenimiento, y que estos fueran bien alimentados mientras el pobre Lázaro no podía conseguir lo suficiente para mantenerse con vida. Quienes alimentan a sus perros y descuidan a los pobres tendrán mucho que responder más adelante. Es una vergüenza muy grave entre muchas personas ricas que gasten dinero en sus propias comodidades y placeres, mientras ese mismo dinero podría satisfacer las necesidades y levantar el ánimo de muchos cristianos que sufren. Ofenden a Dios y tratan la vida humana con desprecio cuando consienten a sus perros y caballos mientras permiten que las familias pobres de sus vecinos pasen hambre.

Estos perros venían a lamer las llagas del pobre Lázaro, y esto puede entenderse de dos maneras. Primero, hacía aún más terrible su miseria. Sus llagas sangraban, y eso atraía a los perros, así como en las Escrituras los perros eran atraídos por la sangre (1 Reyes 21:19; Salmo 68:23). Lo atacaban cuando todavía estaba vivo, casi como si ya estuviera muerto. Él no tenía fuerzas para ahuyentarlos, y ninguno de los sirvientes tenía la bondad de detenerlos. Los perros actuaban como su amo, como si disfrutaran de un banquete al alimentarse de sangre humana.

Segundo, esto también puede verse como un pequeño alivio en medio de su sufrimiento. El amo era duro de corazón, pero los perros venían a lamer sus llagas, lo cual quizá las limpiaba y calmaba un poco. El texto no dice que las succionaran, sino que las lamían, y eso pudo haberle ayudado. Los perros fueron más bondadosos con él que su amo.

Aquí vemos la condición diferente de este pobre hombre piadoso y de este rico malvado al morir y después de la muerte. Hasta ese momento, el malvado parecía haber tenido la ventaja, pero esperemos a ver el final. Ambos murieron (Lucas 16:22). Murió el mendigo, y también murió el rico. La muerte llega tanto al rico como al pobre, al piadoso como al impío, y allí se encuentran. Uno muere con sus fuerzas intactas y otro en profunda tristeza, pero ambos terminan juntos en el polvo (Job 21:26). La muerte no favorece al rico por causa de sus riquezas ni al pobre por causa de su pobreza. Los santos mueren para que terminen sus tristezas y comiencen sus alegrías. Los pecadores mueren para dar cuenta de sus vidas. Tanto ricos como pobres deben prepararse para la muerte, porque ella llega para todos.

El mendigo murió primero. A menudo Dios saca a las personas piadosas de este mundo mientras permite que los malvados sigan prosperando. Para el mendigo fue una muestra de misericordia que su sufrimiento terminara pronto. Como no pudo encontrar ningún otro refugio ni descanso, fue escondido en la tumba, donde descansan los cansados.

El rico murió y fue sepultado. No se dice nada sobre el entierro del pobre. Probablemente cavaron una tumba en cualquier lugar y arrojaron allí su cuerpo sin ceremonia alguna. Fue enterrado como un animal. Incluso es posible que dejaran que los mismos perros que habían lamido sus llagas royeran sus huesos. En cambio, el rico tuvo un funeral grandioso: fue llevado con honores, los dolientes lo siguieron y colocaron un hermoso monumento sobre su tumba. Tal vez incluso hubo un discurso fúnebre que alabara su generosidad, su estilo de vida y la abundante mesa que mantenía, pronunciado por quienes habían disfrutado de su hospitalidad. Las Escrituras dicen que los malvados son llevados a la tumba con gran pompa y puestos en el sepulcro, mientras las piedras del valle les resultan dulces, si tal cosa fuera posible (Job 21:32-33). Sin embargo, toda esa ceremonia no contribuye en nada a la verdadera felicidad de aquel hombre.

El mendigo murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. ¡Cuánto mayor fue el honor mostrado a su alma, llevada a su descanso por aquella escolta celestial, que el honor mostrado al cuerpo del rico, llevado con tanta ostentación a la tumba! Observemos tres cosas. Primero, su alma seguía existiendo separada del cuerpo. No murió ni quedó dormida junto con el cuerpo. Su vida no se extinguió con él. Siguió viviendo, actuando y sabiendo lo que le estaba sucediendo. Segundo, su alma fue a otro mundo, el mundo de los espíritus; volvió a Dios, quien se la había dado, y regresó a su verdadero hogar. Eso forma parte de lo que significa que fue llevada allí. El espíritu de una persona asciende. Tercero, los ángeles cuidaron de ella. Fue llevada por los ángeles.

Ellos son espíritus servidores enviados para ayudar a quienes heredarán la salvación, no solo mientras viven, sino también cuando mueren. Dios les ha dado una tarea relacionada con su pueblo: llevarlo en sus manos, no solo durante sus viajes aquí en la tierra, sino también en su gran viaje hacia su hogar eterno en el cielo. Son guía y protección a través de lugares desconocidos e inseguros.

El alma humana, si no está encadenada a esta tierra ni agobiada por ella, como sucede con las almas impías, posee una fuerza interior que la impulsa a elevarse en cuanto queda libre del cuerpo. Pero Cristo no deja a su pueblo depender solamente de eso. En cambio, envía mensajeros especiales para llevarlo hasta él. Un solo ángel podría parecer suficiente, pero aquí se habla de más de uno, así como fueron enviados varios por Elías. Amasis, rey de Egipto, hacía que otros reyes tiraran de su carroza; pero ¿qué honor puede compararse con este? Los creyentes ascienden por el poder de la ascensión de Cristo, pero esta escolta de ángeles se añade como muestra de dignidad y honor.

Los santos son llevados a casa no solo a salvo, sino también con honor. ¿Qué eran los que cargaban el cuerpo en el funeral del rico, aunque fueran hombres de alta posición, en comparación con quienes llevaron a Lázaro? Los ángeles no tuvieron miedo de tocarlo, porque sus llagas estaban en su cuerpo, no en su alma. Su alma fue llevada a Dios sin mancha, arruga ni cosa semejante. Un buen hombre dijo cierta vez mientras moría: «Ahora, benditos ángeles, vengan y cumplan con su deber».

Fue llevado al seno de Abraham. Los judíos describían de tres maneras la felicidad de los justos después de la muerte: van al jardín del Edén, van a estar bajo el trono de gloria y van al seno de Abraham. Esa es la imagen que nuestro Salvador usa aquí. Abraham era el padre de los fieles, y ¿dónde deberían reunirse las almas de los fieles sino con él? Como un padre tierno, los acoge en su seno, especialmente cuando llegan por primera vez, para recibirlos y renovarlos después de las tristezas y el cansancio de este mundo.

Fue llevado al seno de Abraham, es decir, a sentarse a comer con él. En los banquetes, los invitados solían recostarse muy cerca unos de otros, apoyándose sobre el pecho del que estaba a su lado. En el cielo, los santos se sientan con Abraham, Isaac y Jacob. Abraham era un hombre grande y rico, pero en el cielo no considera indigno recibir en su seno al pobre Lázaro. Allí se encuentran santos ricos y santos pobres. Este pobre Lázaro, que ni siquiera podía entrar por la puerta del rico, es llevado al comedor, al dormitorio del palacio celestial. Es puesto en el seno de Abraham, aunque el rico antes lo había despreciado y tratado como si valiera menos que los perros de su rebaño.

La siguiente noticia que recibimos del rico, después de su muerte y sepultura, es que en el infierno alzó sus ojos mientras estaba en tormentos (Lucas 16:23). Su condición es terriblemente miserable. Está en el infierno, en el Hades, es decir, en el estado de las almas separadas, y allí sufre la mayor miseria y el mayor dolor posibles. Así como las almas de los fieles, en cuanto son liberadas de la carga del cuerpo, entran en gozo y bienaventuranza, las almas malvadas e impías, en cuanto la muerte las separa de los placeres del cuerpo, entran en un tormento interminable, inútil y sin esperanza. Ese tormento será aún mayor y más completo en la resurrección.

Este rico se había entregado por completo a los placeres del mundo visible. Estaba absorto en ellos y los había escogido como su porción, por lo que era completamente incapaz de disfrutar los placeres del mundo espiritual. Para una mente tan dominada por lo material, esos placeres no producirían ningún deleite; no podía apreciarlos, así que quedó excluido de ellos. Pero eso no era todo. Había sido insensible ante los pobres de Dios, y por eso no solo quedó separado de la misericordia, sino que recibió un juicio sin misericordia. Cayó bajo el castigo del dolor, además del castigo de la pérdida.

Su miseria empeoró al conocer la felicidad de Lázaro. Alzó sus ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Era el alma la que estaba en tormento, y eran los ojos de la mente los que se alzaban. Comenzó a preguntarse qué había sido de Lázaro. No lo encontró donde él estaba, pero lo vio claramente, con tanta nitidez como si lo viera con los ojos del cuerpo, lejos, en el seno de Abraham. Antes vimos un aumento semejante del sufrimiento de los perdidos cuando Jesús dijo: «Verán a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, mientras ustedes son expulsados» (Lucas 13:28).

Vio a Abraham de lejos. Ver a Abraham debería haber sido algo agradable, pero verlo a distancia le resultaba doloroso. Cerca de él veía demonios y compañeros condenados, escenas terribles y angustiosas. A lo lejos veía a Abraham. Cada imagen en el infierno aumenta el dolor. También vio a Lázaro en el seno de Abraham. A ese mismo Lázaro a quien antes había tratado con desprecio, como si no mereciera atención, ahora lo veía honrado y bendecido. Esa visión le recordaba la crueldad con que había tratado a Lázaro, y la felicidad de Lázaro hacía que su propia miseria fuera todavía más dolorosa.

Aquí se nos relata lo que ocurrió entre el hombre rico y Abraham después de la muerte, en un estado en el que ambos están separados entre sí y los dos están separados de este mundo. Es probable que no haya ni vaya a haber conversaciones como estas entre los santos glorificados y los pecadores condenados. Sin embargo, en descripciones destinadas a conmover el corazón, esos diálogos son apropiados, porque ayudan a mostrar cuáles serían los pensamientos y sentimientos de cada uno. Puesto que leemos que los pecadores condenados son atormentados en presencia del Cordero (Apocalipsis 14:10), y que los siervos fieles de Dios contemplarán a quienes quebrantaron el pacto, donde su gusano no muere y su fuego no se apaga (Isaías 66:23-24), una conversación así no está fuera de lugar.

En esta conversación, primero encontramos la petición que el hombre rico le hace a Abraham para recibir algún alivio de su sufrimiento (Lucas 16:24). Al ver a Abraham a lo lejos, le grita, como alguien que sufre un dolor profundo y siente una gran urgencia, mezclando sus gritos con la petición para despertar compasión. El hombre que antes hablaba con autoridad ahora ruega a gritos, con más fuerza de la que Lázaro había usado cuando pedía ayuda a su puerta. Las canciones de sus banquetes y sus placeres desenfrenados se han convertido en gritos de tristeza.

Observa el título que le da a Abraham: «Padre Abraham». Muchos en el infierno pueden llamar padre a Abraham, porque eran sus descendientes físicos, y muchos incluso eran, por nombre y profesión externa, hijos del pacto que Dios hizo con Abraham. Es posible que este hombre rico se hubiera burlado alguna vez de Abraham y de su historia, como más tarde lo hacen los que se burlan de la fe; pero ahora le da un título respetuoso: Padre Abraham. Se acerca el día en que los malvados estarán deseosos de buscar la amistad de los justos y de afirmar que tienen lazos familiares con ellos, aunque ahora los desprecien. En esta representación, Abraham ocupa el lugar de Cristo, ya que todo juicio le ha sido entregado a él, y aquí Abraham habla con la mente de Cristo.

Los que ahora ignoran a Cristo pronto le suplicarán: «¡Señor, Señor!».

En segundo lugar, el hombre rico describe su sufrimiento presente: «Estoy atormentado en esta llama». Habla del dolor de su alma, así que debe tratarse de un fuego capaz de actuar sobre el alma. La ira de Dios es un fuego así, porque pesa sobre una conciencia culpable. También lo son el horror de la mente y las amargas palabras de un corazón que se acusa y se condena a sí mismo. Nada es más doloroso ni aterrador para el cuerpo que el fuego, y la Escritura usa esa imagen para mostrar la agonía de las almas perdidas.

En tercer lugar, debido a ese sufrimiento, le pide misericordia a Abraham: «Ten misericordia de mí». Observa esto: se acerca el día en que quienes ahora consideran poca cosa la misericordia de Dios rogarán desesperadamente por ella. Clamarán por misericordia cuando el día de la misericordia haya terminado y ya no se ofrezca. El hombre que no tuvo misericordia de Lázaro ahora espera que Lázaro tenga misericordia de él. Parece pensar: «Lázaro es más bondadoso de lo que yo jamás fui». El favor específico que pide es este: «Manda a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y me refresque la lengua».

Aquí se queja especialmente del tormento de su lengua, como si esa parte sufriera más que las demás. El castigo corresponde al pecado. La lengua es el instrumento del habla, así que este dolor le recuerda las palabras malvadas que pronunció contra Dios y contra las personas: sus maldiciones, juramentos, blasfemias, palabras duras y lenguaje obsceno. Sus propias palabras lo condenan, por eso su lengua es atormentada. La lengua también es el instrumento del gusto, de modo que este dolor le recordaría su amor codicioso por los placeres, que antes saboreaba.

Solo pide una gota de agua para refrescar su lengua. No dice: «Padre Abraham, líbrame de este sufrimiento y sácame de este abismo», porque ha abandonado toda esperanza de eso. Pide el alivio más pequeño posible, solo una gota por un momento. Es posible que en ocasiones incluso haya tenido una mala intención escondida hacia Lázaro, esperando utilizarlo y evitar que regresara al lado de Abraham. Un corazón lleno de enojo contra Dios también está lleno de enojo contra el pueblo de Dios. Sin embargo, debemos hablar con la mayor bondad posible incluso de un pecador perdido y suponer que quiso mostrar respeto a Lázaro, ya que ahora estaría dispuesto a depender de él. Menciona a Lázaro porque lo conoce y piensa que Lázaro no se negará a hacerle este pequeño favor a un viejo conocido.

Grocio cita aquí a Platón, quien describió el tormento de las almas malvadas y dijo que estas siguen clamando a aquellos a quienes asesinaron o perjudicaron, pidiéndoles que perdonen las ofensas que les hicieron. Se acerca el día en que quienes ahora odian y desprecian al pueblo de Dios estarán deseosos de recibir bondad de parte de ellos.

La respuesta de Abraham fue, en términos generales, una negativa. No le daría ni una sola gota de agua para refrescar su lengua. Observa esto: los condenados en el infierno no tendrán ni el menor alivio de su dolor. Si aprovechamos ahora las oportunidades que tenemos, algún día disfrutaremos del consuelo pleno y permanente de la misericordia de Dios. Pero si ahora ignoramos su ofrecimiento, de nada servirá pedir en el infierno siquiera una gota de misericordia. Observa cuán justamente se le paga a este hombre rico con la misma medida que usó: el que negó una migaja ahora recibe la negativa de una gota. Ahora se nos dice: «Pidan, y se les dará», pero si dejamos pasar este tiempo favorable, podemos pedir y no recibir.

Pero Abraham dice algo más que «No recibirás nada que alivie tu tormento». Sus palabras hacen aún más intenso el dolor del hombre rico, porque todo lo que hay en el infierno aumenta el tormento.

Primero, Abraham lo llama «hijo», una palabra amable y cortés, pero aquí solo hace más difícil la negativa. Cierra la puerta a la compasión que un padre podría mostrar. Había sido un hijo, pero uno rebelde, y ahora está separado y desheredado. Observa el error de quienes confían en la afirmación: «Tenemos a Abraham por padre», cuando encontramos en el infierno, probablemente para siempre, a alguien a quien Abraham llama hijo.

Segundo, Abraham le recuerda cómo había sido su vida y también cuál había sido la condición de Lázaro: «Hijo, recuerda». Esas son palabras dolorosas. Los recuerdos atormentarán a las almas perdidas, y entonces la conciencia despertará y cumplirá su función, algo que ellas se negaron a permitir aquí. Nada echará más combustible al fuego del infierno que estas palabras: «Hijo, recuerda». Ahora se les dice a los pecadores que recuerden, pero no lo hacen ni quieren hacerlo. Encuentran maneras de evitarlo. «Recuerda a tu Creador, a tu Redentor; recuerda cómo terminará tu vida». Pero pueden apartarse de estas advertencias y olvidar precisamente aquello para lo cual recibieron la memoria. Por eso será justo que su sufrimiento interminable comience con estas palabras: «Hijo, recuerda», palabras que ya no podrán apartar de su mente.

¡Qué sonido tan espantoso será este para nuestros oídos!: «Hijo, recuerda las muchas advertencias que recibiste para que no llegaras a este lugar de tormento, advertencias que no quisiste escuchar. Recuerda las ofertas bondadosas que recibiste de vida eterna y gloria, ofertas que no quisiste aceptar». Pero lo que aquí se le dice que recuerde es esto: «Durante tu vida recibiste tus bienes». Abraham no dice que haya abusado de ellos, sino que los recibió. En otras palabras, Dios fue muy generoso con él y estuvo dispuesto a hacerle bien, así que no puede decir que Dios le deba algo, ni siquiera una gota de agua. Recibió lo que se le dio, y eso fue todo. Nunca le dio a Dios un agradecimiento verdadero ni usó correctamente esos dones. Era como una tumba donde las bendiciones de Dios quedaban sepultadas, no como un campo donde fueran sembradas. Recibió sus bienes y los usó como si fueran suyos, como si nunca tuviera que rendir cuentas por ellos.

O más bien, estos eran los bienes que él había escogido, las cosas que consideraba mejores. Estaba satisfecho con ellos y los convirtió en su porción. Tenía la comida más abundante, las bebidas más finas y la ropa más lujosa, y puso su felicidad en esas cosas. Eran su recompensa, su consuelo y el pago que había acordado; ya lo había recibido. Se preocupó por los bienes de esta vida y no pensó en los bienes mejores de la vida venidera, así que ahora no tiene razón para esperarlos. El tiempo de sus bienes ya terminó, y ahora ha llegado el tiempo de sus males, el momento en que recibe el pago por todas sus malas obras. Ya recibió la última gota de misericordia que podía esperar. Ahora no le queda más que la ira, sin ninguna mezcla de misericordia.

«Recuerda también —dice Abraham— lo que Lázaro recibió de malo».

Podrías envidiar la felicidad que Lázaro tiene ahora, pero piensa en cuánto sufrimiento experimentó durante su vida. Tú recibiste tanto bien como podía esperarse para un hombre tan malo, y él recibió tanto mal como podía esperarse para un hombre tan bueno. Él recibió sus males y los soportó con paciencia. Los aceptó de la mano de Dios, como lo hizo Job (Job 2:10): «Si recibimos de Dios lo bueno, ¿no recibiremos también lo malo?». Los aceptó como una medicina destinada a curar la enfermedad de su alma, y la curación quedó completa.

Así como las personas malvadas solo tienen cosas buenas en esta vida y, al morir, quedan apartadas para siempre de todo bien, las personas piadosas solo tienen dificultades en esta vida y, al morir, quedan para siempre fuera del alcance de ellas. Al poner ambas realidades delante del hombre rico, Abraham despierta su conciencia. Le recuerda cómo trató a Lázaro cuando él disfrutaba de sus bienes y Lázaro sufría bajo sus aflicciones. No podía olvidar que entonces se negó a ayudar a Lázaro; por eso, ¿cómo podía esperar ahora que Lázaro lo ayudara? Si después Lázaro se hubiera vuelto rico y el hombre rico hubiera quedado en la pobreza, Lázaro habría considerado su deber ayudarlo, en vez de recordarle su antigua falta de bondad. Pero en la vida venidera, donde Dios recompensa justamente a cada persona, quienes ahora reciben de parte de Dios y de los demás un trato mejor del que merecen deben esperar ser recompensados conforme a sus obras.

También le recuerda la alegría presente de Lázaro y su propia miseria: ahora las cosas se han invertido, y deben permanecer así para siempre. Ahora Lázaro recibe consuelo, y tú sufres tormento. El hombre rico no necesitaba que le dijeran que estaba sufriendo; lo sentía profundamente. También sabía que quien estuviera en el seno de Abraham no podía sino estar consolado. Aun así, Abraham le recuerda esto para que compare ambas situaciones y vea la justicia de Dios al traer aflicción sobre quienes afligen a su pueblo, y descanso a quienes sufren aflicción (2 Tesalonicenses 1:6-7).

Observa estas realidades: el cielo es consuelo, y el infierno es tormento. El cielo es alegría, y el infierno es llanto, lamento y dolor en su peor expresión. En cuanto el alma deja el cuerpo, va al cielo o al infierno: recibe consuelo o tormento de inmediato. No queda dormida ni va al purgatorio, un supuesto lugar de purificación después de la muerte. El cielo será verdaderamente cielo para quienes lleguen allí después de pasar por muchas grandes aflicciones en este mundo. Algunas personas tuvieron gracia, pero recibieron poco consuelo de ella aquí, quizá porque sus almas se negaban a ser consoladas. Sin embargo, cuando mueren en Cristo, se puede decir de verdad: ahora reciben consuelo. Ahora todas sus lágrimas son enjugadas y todos sus temores han desaparecido. En el cielo hay un consuelo permanente.

Por otro lado, el infierno será verdaderamente infierno para quienes lleguen allí después de una vida llena de placeres y comodidades. Su dolor será aún mayor porque están menos acostumbrados a las dificultades. La Escritura habla de este tipo de sufrimiento al describir la carga de la mujer delicada y acostumbrada al lujo, que ni siquiera quería poner en el suelo la planta de su pie debido a su debilidad y comodidad (Deuteronomio 28:56).

Abraham también deja claro que es inútil pensar que Lázaro podría llevar algún alivio, pues, como dice el versículo 26, además de todo esto, hay un gran abismo establecido entre nosotros y ustedes: una separación imposible de atravesar. Por eso no puede haber comunicación entre los santos glorificados y los pecadores condenados. El santo más bondadoso del cielo no puede visitar el lugar de los muertos y condenados para consolar o ayudar allí a alguien, aunque antes hubiera sido su amigo. No pueden dejar la presencia del Padre ni el servicio que realizan alrededor de su trono para llevar agua a quienes sufren tormento. Esa no es su tarea.

Y el pecador más atrevido del infierno no puede salir por la fuerza de esa prisión ni cruzar ese gran abismo. No puede pasar hasta donde están quienes quisieran ir allí desde ese lugar. Nadie debe esperar eso, porque la puerta de la misericordia está cerrada y el puente ha sido retirado. No hay salida bajo libertad condicional ni bajo fianza, ni siquiera por una hora. En este mundo, gracias a Dios, no existe un abismo así de fijo entre la condición humana natural y el estado de gracia, porque podemos pasar del pecado a Dios. Pero si morimos en nuestros pecados, si nos arrojamos al pozo de la destrucción, no hay salida. Es un pozo sin agua y no hay escape de él.

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Corazón Inteligencia emocional
Este versículo presenta a un hombre rodeado de abundancia: ropa de lujo, comida exquisita y una vida de celebración constante. No se menciona su nombre, pero sí se nombrará a Lázaro, el hombre herido y … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Este versículo presenta a un hombre rodeado de abundancia: ropa de lujo, comida exquisita y una vida de celebración constante. No se menciona su nombre, pero sí se nombrará a Lázaro, el hombre herido y hambriento que permanece junto a su puerta. Desde el comienzo, Jesús deja ver algo doloroso: la riqueza puede hacer visible el prestigio de una persona y, al mismo tiempo, volver invisible el sufrimiento que tiene enfrente. El problema no parece ser únicamente poseer bienes, sino vivir encerrado en ellos, sin reconocer la dignidad ni la necesidad de otro ser humano. La mesa abundante del rico contrasta con el hambre de Lázaro; esa distancia revela una falta de compasión que no puede justificarse como simple costumbre o comodidad. El lujo se vuelve una frontera. Esta palabra no invita a despreciar toda prosperidad ni a simplificar las causas de la pobreza. Sí confronta la indiferencia y recuerda que Dios mira a quienes la sociedad deja a la orilla. En el corazón de la parábola hay una verdad sobria: ningún bienestar está completo cuando se construye ignorando el dolor ajeno.

Mind
Mente Sabiduría teológica
Lucas 16:19 presenta a un hombre rico definido por su estilo de vida: vestía de púrpura y lino fino, señales de prestigio, lujo y posición social, y celebraba banquetes «todos los días». El versículo no … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Lucas 16:19 presenta a un hombre rico definido por su estilo de vida: vestía de púrpura y lino fino, señales de prestigio, lujo y posición social, y celebraba banquetes «todos los días». El versículo no menciona todavía una acción violenta ni una injusticia específica; su énfasis está en la abundancia habitual y visible del personaje. Sin embargo, dentro de la parábola, este retrato prepara un contraste decisivo con Lázaro, un hombre necesitado que aparece inmediatamente después. La distinción clave es que Jesús no reduce el problema a tener riquezas, como si toda posesión fuera automáticamente pecado. La narración cuestiona una riqueza convertida en comodidad cerrada sobre sí misma, especialmente cuando existe sufrimiento humano a la puerta. El lujo diario también comunica una forma de mirar el mundo: el rico parece vivir como si las necesidades de otros no fueran moralmente relevantes. En el contexto de Lucas, esta imagen armoniza con la advertencia de Jesús contra la avaricia y con su preocupación constante por los pobres y excluidos. El versículo, por sí solo, describe; la acusación ética se vuelve clara al leer la escena completa. La parábola confronta una vida abundante que no reconoce responsabilidad ante el prójimo.

Life
Vida Vida práctica
Lucas 16:19 presenta a un hombre rico rodeado de lujo: ropa exclusiva, comida abundante y una celebración constante. El problema no aparece solo en lo que posee, sino en la manera en que su comodidad … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Lucas 16:19 presenta a un hombre rico rodeado de lujo: ropa exclusiva, comida abundante y una celebración constante. El problema no aparece solo en lo que posee, sino en la manera en que su comodidad parece haberle cerrado los ojos ante la necesidad que estaba literalmente a su puerta. Jesús no convierte la pobreza en una virtud automática ni afirma que toda riqueza sea pecado. Más bien, revela el peligro de una vida tan enfocada en disfrutar que ya no percibe la dignidad, el dolor ni las necesidades de otros. La púrpura, el lino fino y los banquetes diarios también hablan de identidad: este hombre parece definirse por su estatus y su consumo. La sabiduría práctica del pasaje examina qué lugar ocupan el dinero, la comodidad y la imagen en la vida cotidiana. Los recursos pueden recibirse con gratitud, pero nunca deben convertirse en una excusa para la indiferencia. La mayordomía bíblica comienza prestando atención: reconocer quién sufre cerca, compartir con justicia y recordar que el valor de una persona no se mide por su ropa, su mesa ni su cuenta bancaria.

Soul
Alma Perspectiva eterna
Lucas 16:19 presenta a un hombre rico definido por lo que posee y disfruta: púrpura, lino fino y una mesa abundante todos los días. No se condena aquí la existencia de bienes materiales en sí … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Lucas 16:19 presenta a un hombre rico definido por lo que posee y disfruta: púrpura, lino fino y una mesa abundante todos los días. No se condena aquí la existencia de bienes materiales en sí mismos, sino una forma de vida encerrada en la comodidad, incapaz de percibir el sufrimiento que permanece a la puerta. La repetición de “todos los días” revela algo más profundo que un banquete: una rutina de abundancia que puede adormecer la conciencia. El hombre rico no tiene nombre en el relato; su identidad parece reducirse a su riqueza. En cambio, el pobre que aparece enseguida será llamado Lázaro. Esta diferencia sugiere que, ante Dios, la persona no queda definida por su posición social ni por la apariencia de éxito. La eternidad no inventa de repente el carácter; manifiesta lo que se fue formando en la vida cotidiana. La púrpura y el lino hablan de honor visible, pero la mirada de Dios atraviesa las telas, las mesas y las reputaciones. La verdadera pobreza del rico no era necesariamente económica, sino espiritual: tener suficiente para vivir sin aprender a ver. La abundancia se vuelve peligrosa cuando construye una distancia moral frente al prójimo.

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Lucas 16:19 presenta a un hombre rodeado de abundancia, comodidad y placer cotidiano. El versículo no enseña que tener recursos sea malo ni que el sufrimiento sea señal de poca fe. Sin embargo, prepara una advertencia sobre el peligro de vivir tan centrado en el bienestar propio que se deja de percibir el dolor ajeno. Desde la psicología, la desconexión emocional, el aislamiento y la evitación de la realidad pueden reducir temporalmente la incomodidad, pero con el tiempo deterioran la empatía, las relaciones y el sentido de propósito.

La salud emocional incluye reconocer las propias necesidades sin ignorar las de otras personas. Practicar una pausa consciente para identificar emociones, limitar el consumo que funciona como escape y mantener contacto con una comunidad segura puede ayudar a disminuir la ansiedad y la sensación de vacío. También es importante recordar que la depresión, el trauma y la ansiedad no son castigos divinos ni fracasos personales; requieren compasión y, cuando corresponde, apoyo de un profesional de salud mental. La sabiduría de este pasaje invita a transformar la comodidad en responsabilidad, desarrollando una atención compasiva que incluya tanto el autocuidado como acciones concretas de solidaridad.

info Aplicaciones erróneas comunes que debes evitar expand_more

Una lectura dañina de Lucas 16:19 puede convertir la riqueza en prueba automática de maldad o la pobreza en garantía de virtud. El versículo presenta al hombre rico dentro de una enseñanza más amplia sobre la indiferencia ante el sufrimiento; no autoriza a avergonzar a personas con bajos ingresos, justificar la explotación ni romantizar la carencia. También es una señal de alerta usarlo para decir que la depresión, la ansiedad o el trauma se resuelven simplemente con más fe, o para presionar a alguien a soportar abuso, abandonar tratamiento o rechazar ayuda financiera responsable. La positividad tóxica y la evasión espiritual pueden silenciar necesidades reales. Cuando hay culpa persistente, desesperanza, recuerdos traumáticos o dificultades para funcionar, conviene buscar apoyo de un profesional de salud mental. Ante riesgo inmediato, en EE. UU. se puede llamar o enviar un mensaje al 988. Las decisiones económicas requieren asesoría calificada, no solo una interpretación bíblica.

Preguntas frecuentes

¿Por qué es importante Lucas 16:19?
Lucas 16:19 es importante porque presenta el contraste entre un hombre rico, rodeado de lujos, y Lázaro, un hombre necesitado que aparece en los versículos siguientes. El versículo no condena automáticamente tener dinero, pero sí prepara una advertencia sobre la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Jesús invita a examinar cómo usamos nuestros recursos y cómo tratamos a las personas vulnerables. La abundancia puede convertirse en un problema cuando nos cierra el corazón y nos impide ver las necesidades que tenemos delante.
¿Cuál es el contexto de Lucas 16:19?
Lucas 16:19 forma parte de la enseñanza de Jesús sobre el dinero y la mayordomía. Antes, Jesús habla de usar las riquezas con responsabilidad y también confronta a los fariseos, que amaban el dinero. Después de este versículo, aparece Lázaro a la puerta del rico, en una situación de extrema necesidad. El relato continúa mostrando un gran cambio de destinos después de la muerte y termina destacando la importancia de escuchar a Moisés y a los profetas. El contexto señala la responsabilidad moral de ignorar al necesitado.
¿Qué significa que el hombre rico se vistiera de púrpura y lino fino?
La púrpura y el lino fino describen ropa costosa, asociada con lujo, prestigio y una posición social elevada. Además, el hombre rico comía espléndidamente todos los días, lo que muestra que su estilo de vida era constante y excesivo, no una celebración ocasional. Lucas 16:19 enfatiza así su comodidad y sus privilegios. El problema principal no es simplemente que tuviera bienes, sino que vivía en abundancia mientras permanecía indiferente ante Lázaro, quien sufría muy cerca de él.
¿Cómo puedo aplicar Lucas 16:19 a mi vida?
Puedes aplicar Lucas 16:19 examinando si tus comodidades te han vuelto indiferente a las necesidades de otras personas. Considera cómo administras tu dinero, tu tiempo y tus recursos, y busca maneras concretas de actuar con compasión en tu comunidad. También presta atención a quienes sufren cerca de ti, en vez de pensar que sus problemas no tienen nada que ver contigo. Este pasaje invita a vivir con gratitud, generosidad y responsabilidad, recordando que Dios toma en serio la forma en que tratamos al prójimo.
¿Lucas 16:19 describe literalmente lo que ocurre después de la muerte?
Lucas 16:19 inicia un relato que Jesús usa para enseñar sobre la riqueza, la indiferencia y la importancia de escuchar la Palabra de Dios. Los cristianos difieren en cómo interpretan sus detalles: algunos lo consideran una parábola con imágenes reales y otros le dan un sentido más descriptivo. Por eso, no conviene usar un solo versículo para construir una explicación completa de la vida después de la muerte. El mensaje central del pasaje es claro: nuestras decisiones tienen importancia y no debemos ignorar al necesitado.

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