Versículo destacado
Lucas 16:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" También dijo a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un administrador, y este fue acusado ante él de haber malgastado sus bienes. "
Lucas 16:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 También dijo a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un administrador, y este fue acusado ante él de haber malgastado sus bienes.
2 Entonces lo llamó y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Rinde cuentas de tu administración, porque ya no podrás seguir siendo administrador.
3 Entonces el administrador dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me quita la administración. No puedo cavar, y me da vergüenza mendigar.
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Podemos perder fácilmente el punto si pensamos que Cristo dio esta enseñanza solo para llenar nuestra mente de misterios o de pensamientos agradables acerca de la misericordia. En el evangelio, Dios revela estas verdades para impulsarnos a actuar, especialmente a mostrar bondad y generosidad hacia quienes tienen necesidad. Nuestro Salvador recalca esto al recordarnos que solo somos administradores de los diversos dones de Dios y que muchas veces hemos sido infieles. Puesto que hemos perdido el favor de nuestro Señor por haber usado mal lo que nos confió, la sabiduría nos lleva a pensar cuidadosamente cómo podemos todavía emplear nuestros recursos para hacer el bien.
No debemos llevar las parábolas más allá de lo que pretenden enseñar. Esta parábola no significa que alguien pueda ayudarnos cuando estamos bajo el desagrado del Señor. Sí significa, en términos generales, que debemos usar lo que tenemos en actos de adoración y caridad, para que después de la muerte y la sepultura podamos encontrarnos con sus resultados con consuelo. Si somos sabios, usaremos nuestro dinero con cuidado en la piedad y las buenas obras, buscando nuestro bien futuro y eterno, así como las personas mundanas usan el dinero para obtener ganancias terrenales y asegurar sus intereses. Como lo expresa el doctor Clarke, debemos hacer amigos con nuestros recursos en este sentido.
En la parábola misma, todas las personas aparecen como administradoras de lo que poseen en este mundo. Todo lo que tenemos le pertenece a Dios. Solo se nos permite usarlo, y debemos hacerlo conforme a la voluntad de nuestro gran Señor y para su honra. El rabino Kimchi, citado por el doctor Lightfoot, compara el mundo con una casa, el cielo con su techo, las estrellas con sus luces y la tierra, con sus frutos, con una mesa preparada para nosotros. Dios es el dueño de la casa y el ser humano es el administrador. Si el administrador actúa bien, encuentra el favor de su señor. Si actúa mal, es removido de su puesto.
Primero, vemos la deshonestidad de este administrador. Malgastó los bienes de su señor, ya fuera despilfarrándolos, usándolos mal o permitiendo que se perdieran por descuido. Por esto fue acusado ante su señor (Lucas 16:1). Nosotros enfrentamos el mismo peligro. No hemos usado bien lo que Dios nos confió en este mundo, sino que hemos distorsionado el propósito para el que nos lo dio. Por eso, si no queremos ser juzgados por nuestro Señor, debemos juzgarnos a nosotros mismos ahora.
Segundo, vemos cómo fue removido de su puesto. Su señor lo llamó y le dijo: «¿Cómo es que escucho esto acerca de ti? Esperaba algo mejor de ti». Habla como alguien que lamenta sentirse decepcionado, pero que aun así necesita despedirlo. El administrador no puede negar la acusación, así que no hay remedio. Debe rendir cuentas y marcharse pronto (Lucas 16:2). Esto nos enseña que pronto todos seremos removidos de nuestra administración en este mundo. No conservaremos para siempre lo que ahora disfrutamos. La muerte vendrá y nos quitará las capacidades y las oportunidades de hacer el bien, y otros ocuparán nuestro lugar. También enseña que esta destitución mediante la muerte es justa y merecida, porque hemos malgastado los bienes de nuestro Señor y quebrantado la confianza que depositó en nosotros. Cuando termine nuestra administración, tendremos que responder por ella ante nuestro Señor; después de la muerte viene el juicio. Se nos advierte claramente tanto de nuestra destitución como de nuestra rendición de cuentas, y debemos pensar en ello con frecuencia.
Tercero, vemos la sabiduría tardía, pero práctica, del administrador. Comenzó a preguntarse: «¿Qué haré?» (Lucas 16:3). Debió haber pensado en esto antes de arruinar un buen puesto por su infidelidad, pero pensar tarde es mejor que no pensar nunca. Puesto que sabemos que nuestra administración en este mundo pronto terminará, ahora debemos pensar qué haremos después. Todavía necesita vivir; entonces, ¿cómo se sostendrá? Sabe que no es lo suficientemente trabajador para ganarse la vida con el esfuerzo físico. Dice: «No puedo cavar», lo cual no muestra una debilidad del cuerpo, sino una voluntad perezosa. Si su amo le hubiera mandado trabajar, habría tenido que cavar. No puede hacerlo porque nunca se acostumbró a trabajar de esa manera. Esto también nos recuerda que no podemos proveer para nuestra alma trabajando para este mundo, ni podemos hacer por nuestra alma algo de valor duradero mediante nuestras capacidades naturales.
También sabe que es demasiado orgulloso para pedir limosna. «Me da vergüenza pedir», dice. Esa es la voz del orgullo, así como su excusa anterior mostraba pereza. Las personas a quienes Dios, en su providencia, les ha impedido valerse por sí mismas no deben avergonzarse de pedir ayuda a otros. Este administrador tenía más razones para avergonzarse de haber engañado a su amo que de pedir pan.
Así que decide hacerse amigo de los deudores de su señor, los arrendatarios que debían pagar la renta y habían firmado documentos por esas deudas. «Ya sé lo que haré», dice (Lucas 16:4). «Mi señor me está echando de su casa. Yo no tengo una casa propia. Conozco a los arrendatarios de mi señor. Antes les he hecho algunos favores y ahora les haré uno más. Ellos me recibirán en sus casas y me tratarán bien; mientras encuentro algo mejor, viviré de su hospitalidad». La manera en que planeaba ganarse su favor era reducir lo que debían a su amo y registrar cantidades menores en las cuentas.
Llamó primero a un deudor que debía cien medidas de aceite, pues el aceite era el producto con el que pagaba la renta. «Toma tu cuenta —le dijo—, siéntate pronto y escribe cincuenta» (Lucas 16:6). Redujo la deuda a la mitad y quiso hacerlo rápidamente, para que no sospecharan de ellos mientras llegaban al acuerdo. Después llamó a otro que debía cien medidas de trigo y también redujo esa cuenta, diciéndole que escribiera ochenta (Lucas 16:7). Probablemente trató a los demás de la misma manera, reduciendo más o menos la deuda según el favor que esperaba ganarse.
Aquí vemos cuán inseguros son los bienes de este mundo, especialmente para quienes tienen más. Con frecuencia dejan todo el cuidado de sus bienes en manos de otros, y eso les da a esos otros la oportunidad de engañarlos, porque los dueños no vigilan con sus propios ojos. También vemos cuánta traición puede existir incluso entre personas a quienes se les ha confiado una responsabilidad.
Es difícil encontrar a alguien en quien podamos confiar por completo. «Sea Dios veraz, y todo ser humano mentiroso» (Romanos 3:4). Incluso después de que despidieron a este administrador por sus tratos deshonestos, siguió actuando de la misma manera. Esto muestra lo raro que es que las personas cambien un mal hábito, aun cuando sufran por causa de él.
El amo del administrador elogió al administrador deshonesto porque había actuado con astucia, es decir, con sabiduría al hacer planes para el futuro (Lucas 16:8). Puede ser que el propio amo del administrador alabara su habilidad para pensar con rapidez, aunque estuviera enojado por su deshonestidad. Pero también puede ser que toda la afirmación provenga de Jesús, quien estaría diciendo, en efecto: «Miren a un hombre como este. Él sabe cómo actuar pensando en su futuro y cómo aprovechar una breve oportunidad mientras la tiene». Jesús no está elogiando al hombre por engañar. Está elogiando su previsión.
También puede haber un sentido en el que el administrador actuó con más justicia hacia los arrendatarios que antes. Parece que sabía que los había obligado a aceptar acuerdos demasiado duros, que no podían cumplir. Como ellos y sus familias estaban en peligro de caer en la ruina, ahora, al dejar su puesto, hizo lo que la justicia y la misericordia exigían. Redujo sus deudas y probablemente también disminuyó la renta que pagarían en el futuro. La pregunta «¿Cuánto debes?» podría significar: «¿Cuánto pagas de renta? Te ofreceré un trato mejor, aunque solo sea lo que debiste haber recibido desde el principio».
Al principio solo estaba pensando en su amo, pero ahora comenzó a pensar en los arrendatarios porque quería contar con su buena voluntad después de perder el favor de su amo. Reducirles la renta los ayudaría de manera duradera y haría que estuvieran más dispuestos a recibirlo que si simplemente les hubiera cancelado parte de lo que ya debían. Este tipo de planificación para vivir cómodamente en este mundo pone en evidencia nuestra falta de cuidado por el mundo venidero. «Los hijos de este mundo», es decir, quienes escogen este mundo como su herencia, suelen ser más hábiles para manejar los asuntos terrenales que «los hijos de la luz», los creyentes que tienen el evangelio y se preocupan por las almas y la eternidad.
Debemos aprender de las personas mundanas cuán cuidadosamente aprovechan sus oportunidades. Actúan con rapidez cuando aparece una buena ocasión. Piensan en el futuro, guardan recursos para lo que viene y confían en lo que es seguro en lugar de confiar en lo falso. ¡Ojalá fuéramos así de sabios en los asuntos espirituales! Los hijos de este mundo no son verdaderamente sabios; solo son sabios para su propia época. Sin embargo, aun esa sabiduría limitada muchas veces deja en vergüenza a los creyentes. Se nos dice que nuestra administración pronto terminará, pero no nos preparamos como si pronto fuéramos a dejar este mundo y a enfrentarnos con otro.
Como hijos de la luz, vemos mediante el evangelio la esperanza de la vida y la inmortalidad, pero aun así no nos preparamos para ese mundo como deberíamos. No enviamos allá nuestros mejores tesoros, nuestros mejores planes ni nuestros afectos más profundos. Ese es el sentido de la aplicación de la parábola. Jesús habla aquí a sus discípulos, pues la historia estaba dirigida a ellos (Lucas 16:1). Aunque tenían pocos bienes de este mundo, debían pensar cuidadosamente cómo usar lo poco que tenían para hacer el bien.
El mandato de Cristo es que hagamos amigos para nosotros usando «las riquezas injustas», es decir, las riquezas de este mundo, de una manera correcta. «Mamón» es una palabra que se refiere al dinero y las posesiones, y «injustas» señala tanto el hecho de que muchas veces las riquezas se obtienen por medios indebidos como su falta de confiabilidad. Si confiamos en las riquezas para que nos den una felicidad duradera, nos engañarán. Se acaban y no pueden satisfacer el corazón. Sin embargo, aunque las riquezas no pueden ser nuestra esperanza, sí pueden usarse al servicio de lo que verdaderamente importa.
Debemos usar nuestro dinero de tal manera que, al final, contribuya a nuestro bien eterno. No estamos comprando el cielo ni ganando el favor de Dios por medio de nuestros regalos. Más bien, al usar para la honra de Dios y el bien de las personas lo que él nos ha dado, estamos haciendo un uso sabio de sus dones. En ese sentido, podemos hacer amigos por medio de nuestras riquezas: Dios y Cristo como nuestros amigos, los santos ángeles y los santos como nuestros amigos, y también los pobres como nuestros amigos. Es algo precioso ser recibidos en el mundo venidero.
Al morir, todos «fracasamos», como un negocio que cierra cuando su dueño queda en bancarrota. La muerte apaga nuestra luz. Cierra la tienda y deja inmóvil la mano. Entonces todas las comodidades terrenales nos fallarán, y aun el cuerpo y el corazón se debilitarán. Por eso, nuestra gran preocupación debe ser asegurarnos de que, cuando fracasemos en la muerte, seamos recibidos en las moradas eternas del cielo (2 Corintios 5:1). Esas moradas son eternas y no fueron hechas por manos humanas. Cristo se ha adelantado para preparar un lugar para los suyos, y allí está listo para recibirlos. Los ángeles están listos para llevarlos allí, y los santos que ya están en gloria recibirán con alegría a quienes ayudaron a suplir sus necesidades en la tierra.
Esta es una razón poderosa para usar lo que tenemos para la honra de Dios y el bien de nuestros hermanos y hermanas. Al hacerlo, estamos acumulando un buen tesoro, una buena seguridad y un fundamento firme para la vida venidera, sí, para la eternidad. Véase (1 Timoteo 6:17-19), donde este punto se explica con más detalle. Luego Jesús continúa insistiendo en esta misma enseñanza con otros argumentos, exhortándonos a vivir ricos en piedad y misericordia.
Si no usamos sabiamente los dones de Dios, ¿cómo podemos esperar que él nos dé los consuelos que provienen de su Espíritu? Jesús compara estas dos clases de dones. El uso fiel de las cosas terrenales no gana el favor de Dios, pero la infidelidad en asuntos pequeños puede ser tratada justamente como una pérdida de la gracia que necesitamos para alcanzar la gloria; eso es lo que Jesús muestra en Lucas 16:10-14.
Las riquezas de este mundo son lo pequeño, mientras que la gracia y la gloria son lo grande. Por eso, si somos infieles con los bienes terrenales y los usamos para propósitos equivocados, es razonable temer que también hagamos mal uso de la gracia de Dios y la recibamos en vano. Jesús dice: «El que es fiel en lo muy poco, también es fiel en lo mucho». La persona que sirve a Dios y hace el bien con su dinero también usará bien la sabiduría, la gracia, los dones espirituales y las promesas del cielo. Pero quien entierra el talento de las riquezas terrenales nunca usará correctamente los cinco talentos de las riquezas espirituales. Dios retiene la gracia de las personas mundanas y avariciosas más de lo que nos damos cuenta.
Las riquezas terrenales también son poco confiables y duran poco. Son «mamón injusto», es decir, riquezas mundanas que fácilmente pueden alejar a las personas de Dios. Desaparecen rápidamente; por eso, si queremos usarlas para el bien, debemos actuar de inmediato. Si no lo hacemos, ¿cómo podemos esperar que se nos confíen las riquezas espirituales, que son las únicas riquezas verdaderas? La verdadera riqueza pertenece a quienes son ricos en fe y ricos para con Dios, ricos en Cristo, en las promesas y en las primicias del cielo. Por eso debemos acumular allí nuestro tesoro, considerar eso como nuestra verdadera herencia y buscar primero el reino de Dios y su justicia. Si se nos añaden otras cosas, debemos usarlas de una manera espiritual, para que nos ayuden a aferrarnos con más firmeza a las riquezas verdaderas y nos preparen para recibir más gracia de Dios. Dios da sabiduría, conocimiento y alegría a quien es bueno delante de él, es decir, a la persona generosa que da con liberalidad (Eclesiastés 2:26). De ese modo, da las verdaderas riquezas a quien es fiel con el mamón injusto.
Las riquezas terrenales también son «de otro». En realidad no son nuestras. Son ajenas al alma y a sus verdaderos intereses. Primero y de manera más plena, pertenecen a Dios. Nosotros solo las tenemos por un tiempo, como quienes usan algo que no les pertenece. Son de otro porque las recibimos de otros, las usamos para otros y pronto tendremos que dejarlas a otros, aunque no sabemos quién las recibirá. Sin embargo, las riquezas espirituales y eternas sí son verdaderamente nuestras. Entran en el alma que las recibe y permanecen con ella para siempre. Cristo, las promesas y el cielo pueden llamarse verdaderamente nuestros si los hacemos nuestros por la fe. Pero ¿cómo podemos esperar que Dios nos enriquezca con estas cosas si no lo servimos con las posesiones mundanas, que solo nos han sido confiadas?
Tampoco tenemos otra manera de demostrar que somos siervos de Dios sino entregándonos por completo a su servicio, de modo que aun el mamón —es decir, todas nuestras ganancias mundanas— llegue a ser útil para servirlo (Lucas 16:13). Ningún siervo puede servir a dos amos cuyas órdenes van en direcciones opuestas, como sucede con Dios y el mamón. Si una persona ama al mundo y se aferra a él, terminará odiando a Dios y tratándolo con desprecio. Ajustará su religión a sus negocios y planes, y usará las cosas de Dios para ayudarla a perseguir el mundo. Pero si una persona ama a Dios y permanece cerca de él, en comparación odiará al mundo cada vez que el mundo y Dios entren en conflicto. Lo considerará menos importante y usará su trabajo y su éxito en el mundo para crecer en la vida de fe. Entonces las cosas del mundo apoyarán su servicio a Dios y su salvación. El asunto es claro: «No pueden servir a Dios y al mamón». Sus intereses son tan diferentes que su servicio nunca puede combinarse. Por lo tanto, si realmente queremos servir a Dios, debemos renunciar al servicio del mundo.
Luego se nos dice cómo recibieron los fariseos esta enseñanza y cómo les respondió Jesús. Los fariseos eran avaros y, cuando oyeron estas cosas, no pudieron contestarle, así que se burlaron de él (Lucas 16:14). Ese era su pecado, y provenía de la avaricia que los dominaba. Muchas personas que hacen una gran demostración de religión, saben mucho y son activas en la devoción, aun así quedan arruinadas por el amor al mundo. Nada endurece más el corazón contra la palabra de Cristo que ese amor. Estos fariseos avaros no soportaban que Jesús tocara el pecado que más amaban. Por eso se burlaron de él y mostraron el más profundo desprecio. La palabra de Dios era motivo de burla para ellos (Jeremías 6:10). Se reían porque Jesús iba en contra de las ideas y la manera de vivir del mundo, y porque intentaba apartarlos de un pecado que habían decidido conservar.
Esto también formó parte del sufrimiento de Cristo. Nuestro Señor soportó no solo la oposición de los pecadores, sino también su desprecio. Se burlaban de él todo el día. Aquel que habló como nadie más había hablado fue objeto de burlas y ridículo. Esto debe evitar que los ministros fieles se desanimen cuando su predicación recibe el mismo trato. No es una vergüenza que se burlen de nosotros; la vergüenza está en merecerlo. También se burlaron de los apóstoles de Cristo, y no debe sorprendernos, porque el discípulo no es superior a su señor.
Jesús reprendió correctamente a los fariseos, no por burlarse de él —pues sabía considerar la vergüenza como algo insignificante—, sino por engañarse con la apariencia de la religión mientras carecían de su poder (Lucas 16:15). Tenían una buena apariencia externa. Se justificaban delante de los demás y negaban cualquier acusación de maldad que se hiciera contra ellos, incluso cuando provenía del mismo Cristo.
Afirmaban ser personas de una santidad y una devoción extraordinarias, y defendían esa afirmación. «Ustedes son el tipo de personas que hacen esto de una manera que nadie más hace. Se esfuerzan mucho por ganarse la aprobación de los demás y, sea con razón o sin ella, se aseguran de justificarse delante del mundo. Son muy conocidos por esto». También gozaban de gran respeto entre la gente. Los demás no solo los excusaban de toda culpa, sino que los elogiaban y los honraban, no simplemente como hombres buenos, sino como los mejores.
Sus opiniones eran tratadas como palabras directas de Dios, sus consejos como leyes y sus costumbres como reglas que nadie podía cuestionar. Pero Dios veía su interior, y esa vida interior era detestable ante sus ojos, porque estaba llena de toda clase de maldad. Es absurdo justificarnos delante de la gente y pensar que eso bastará para sostenernos en el día del juicio. Puede que las personas no conozcan nada malo de nosotros, pero Dios conoce el mal que hay en nuestro corazón y que nadie más puede ver. Esto debe hacernos humildes y cuidadosos con nosotros mismos, porque Dios conoce cuánto engaño hay en nuestro interior.
También es insensato juzgar a las personas y las cosas según lo que otros piensan, y simplemente seguir la opinión pública. Lo que la gente elogia mucho porque juzga por las apariencias puede ser una abominación ante Dios, porque él ve las cosas como realmente son y juzga con completa verdad. Por otro lado, algunas personas a quienes el mundo desprecia y condena son recibidas y aprobadas por Dios (2 Corintios 10:18).
Entonces Jesús dejó de dirigirse a los fariseos y se volvió hacia los publicanos y los pecadores, porque era más probable que ellos respondieran a su evangelio que aquellos fariseos orgullosos y avaros (Lucas 16:16). Él dice que la ley y los profetas estuvieron vigentes hasta Juan. Es decir, el orden del Antiguo Testamento, que estaba centrado en el pueblo judío, duró hasta la llegada de Juan el Bautista. Hasta entonces, podía parecer que solo ellos tenían derecho a la justicia y la salvación, y se enorgullecían de ello. La gente los respetaba porque eran estudiosos de la ley y los profetas.
Pero desde que vino Juan el Bautista, se está anunciando el reino de Dios. Este nuevo orden del Nuevo Testamento no honra a las personas simplemente porque sean maestras de la ley. Más bien, personas de toda clase se abren paso hacia el reino, tanto gentiles como judíos. Nadie piensa que debe esperar cortésmente a que sus supuestos superiores, como los gobernantes y los fariseos, pasen primero. El evangelio no es un sistema nacional como lo era el orden judío, cuando la salvación pertenecía a los judíos. Se convierte en un asunto personal para cada ser humano; por eso, todo el que sabe que tiene un alma que salvar y una eternidad para la cual prepararse se abre paso de inmediato, no sea que pierda la oportunidad por demorarse y mostrar una cortesía vacía.
Algunos entienden estas palabras de la siguiente manera: los fariseos se burlaban de Cristo porque hablaba en contra de las riquezas. Tal vez pensaban: «¿Acaso la ley y los profetas no contienen muchas promesas de riquezas y otras bendiciones terrenales? ¿No fueron muy ricos algunos de los mejores siervos de Dios, como Abraham y David?». La respuesta de Cristo sería: «Eso era cierto antes, pero ahora que se está anunciando el reino de Dios, la situación ha cambiado. Ahora son bienaventurados los pobres, los que lloran y los perseguidos».
A cambio de la gran estima que el pueblo les tenía, los fariseos le permitían conformarse con una religión externa, fácil y barata. Pero ahora que se anuncia el evangelio, los ojos de la gente se han abierto. Ya no pueden admirar a los fariseos como antes, ni tampoco sentirse satisfechos con la religión descuidada que les enseñaron. En cambio, se abren paso hacia el reino de Dios con una determinación santa. Quienes desean ir al cielo deben esforzarse, luchar contra la corriente y abrirse paso entre la multitud que se dirige en la dirección contraria.
Aun así, Cristo niega firmemente que pretenda debilitar la ley (Lucas 16:17). Es más fácil que pasen el cielo y la tierra, aunque parezcan establecidos con tanta firmeza, que falle hasta la parte más pequeña de la ley. La ley moral queda confirmada y sostenida; ni una sola de sus partes pierde su vigencia. Los deberes que ordena siguen siendo deberes, y los pecados que prohíbe siguen siendo pecados. De hecho, el evangelio explica y fortalece esos mandamientos, al mostrar su significado más profundo y espiritual.
La ley ceremonial llega a su cumplimiento a la luz del evangelio. Ni una pequeña parte de ella falla, porque su modelo aparece claramente en el evangelio. El libro de Hebreos da testimonio de ello. Bajo la ley se permitieron ciertas cosas para evitar daños mayores, pero el evangelio elimina esas concesiones. Esto no perjudica la ley ni la deshonra, sino que devuelve esos asuntos al propósito original de la ley, como ocurre con el divorcio (Lucas 16:18; Mateo 5:32; Mateo 19:9).
Cristo no permite el divorcio, porque su evangelio pretende atacar la raíz amarga de la corrupción humana: los deseos y las pasiones pecaminosas que dominan a las personas. Esos deseos deben morir y ser arrancados de raíz, no ser complacidos. Cuanto más se les da gusto, más fuertes y obstinados se vuelven.
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De este capítulo
Lucas 16:2
"Entonces lo llamó y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Rinde cuentas de tu administración, porque ya no podrás seguir siendo administrador."
Lucas 16:3
"Entonces el administrador dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me quita la administración. No puedo cavar, y me da vergüenza mendigar."
Lucas 16:4
"Ya sé lo que haré para que, cuando me quiten la administración, ellos me reciban en sus casas."
Lucas 16:5
"Entonces llamó a cada uno de los deudores de su amo y dijo al primero: ¿Cuánto le debes a mi amo?"
Lucas 16:6
"Él respondió: Cien medidas de aceite. Entonces le dijo: Toma tu recibo, siéntate pronto y escribe cincuenta."
Lucas 16:7
"Después dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Él respondió: Cien medidas de trigo. Entonces le dijo: Toma tu recibo y escribe ochenta."
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