Versículo destacado
Lucas 12:13 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces uno de la multitud le dijo: Maestro, dile a mi hermano que divida la herencia conmigo. "
Lucas 12:13
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
11 Cuando los lleven ante las sinagogas, los magistrados y las autoridades, no se preocupen por cómo o qué responderán, ni por lo que dirán.
12 Porque el Espíritu Santo les enseñará en esa misma hora lo que deben decir.
13 Entonces uno de la multitud le dijo: Maestro, dile a mi hermano que divida la herencia conmigo.
14 Pero él le dijo: Hombre, ¿quién me nombró juez o repartidor sobre ustedes?
15 Y les dijo: Estén atentos y cuídense de la codicia, porque la vida de un hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.
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En estos versículos vemos primero la petición que uno de los oyentes de Jesús le hizo, y lo fuera de lugar que estaba. El hombre dijo: «Maestro, dile a mi hermano que divida la herencia conmigo» (Lucas 12:13). Algunos piensan que su hermano lo había defraudado y que acudió a Jesús en busca de ayuda porque hacer cumplir la ley era costoso. Si ese era el caso, su hermano era un hombre duro y violento, alguien que había tomado más de lo que le correspondía y lo retenía por la fuerza.
Pero otros piensan que el hombre quería que Jesús lo ayudara a hacer algo indebido. La ley daba al hermano mayor una doble porción de la herencia, y ni siquiera un padre podía ignorar esa norma (Deuteronomio 21:16-17). Es posible que este hombre quisiera que Jesús presionara a su hermano para que dividiera todo por partes iguales. Eso parece probable, porque Jesús aprovechó el momento para advertir contra la avaricia, es decir, el deseo de tener más de lo que Dios nos ha dado.
Jesús se negó a intervenir en la disputa. Dijo: «Hombre, ¿quién me puso como juez o árbitro entre ustedes?» (Lucas 12:14). En asuntos como este, Cristo no quiso ocupar el lugar de un legislador ni de un juez civil. Podía desempeñar la función de juez y abogado, así como sanaba enfermedades, pero esa no era parte de su misión. Estas palabras también recuerdan la ocasión en que Moisés fue rechazado por su propio pueblo en Egipto, cuando le preguntaron: «¿Quién te puso como gobernante y juez?» (Hechos 7:27, 35).
Esto muestra la naturaleza del reino de Cristo. Es un reino espiritual, no terrenal. No les quita a los gobernantes el poder civil ni interfiere con los derechos legítimos de propiedad. Tampoco promete ganancias materiales a sus seguidores, como si la fe fuera un camino para obtener más dinero o tierras. Además, no anima a los creyentes a exigir sus derechos con dureza unos contra otros, sino que muchas veces los llama a ceder por amor a la paz. Los ministros tampoco deben enredarse en los asuntos de esta vida cuando su trabajo es servir a la palabra de Dios (2 Timoteo 2:4).
A partir de esto, Jesús da a la multitud una advertencia necesaria. Aunque no vino a dividir herencias, sí vino a guiar la conciencia en cuanto a la manera en que las personas consideran sus posesiones. Dijo: «Tengan cuidado y cuídense de toda avaricia» (Lucas 12:15). La avaricia es un pecado que puede entrar silenciosamente en el corazón, por lo que debemos vigilarnos con cuidado. También debemos proteger nuestro corazón para que la avaricia no lo gobierne.
Jesús añade la razón: «La vida de una persona no depende de la abundancia de sus posesiones» (Lucas 12:15). Nuestra verdadera felicidad no depende de tener muchas riquezas. Esto es cierto especialmente del alma, que es la verdadera persona. Las cosas materiales no corresponden a la naturaleza del alma, no pueden satisfacer sus necesidades más profundas y no durarán tanto como ella.
Incluso para el cuerpo, las riquezas no garantizan una buena vida. Muchas personas con poco dinero viven contentas y en paz, mientras que otras con grandes riquezas son miserables. Una comida sencilla compartida con amor es mejor que un banquete abundante sin amor. Algunas personas tienen mucho, pero no disfrutan nada, porque destruyen su propia paz y nunca están satisfechas. Otras, como Acab y Amán, siguen inquietas y amargadas aun en medio de la abundancia.
Luego Jesús explica esto mediante una parábola, mostrando la insensatez de quienes viven únicamente para este mundo y la miseria que les espera al morir. La historia no solo pretende advertirle al hombre que acudió a Jesús por su herencia, sino a todos nosotros, para que nos cuidemos de la avaricia. Habla de un hombre rico cuya tierra produjo una cosecha abundante. Poseía una gran propiedad, casi como un pequeño príncipe por derecho propio, y su riqueza provenía en gran medida del fruto de la tierra. Tenía mucha tierra, y esa tierra era tan productiva que cuanto más recibía, más le producía.
La fertilidad de la tierra es una gran bendición, pero Dios muchas veces se la concede en abundancia a personas malvadas, y para ellas se convierte en una trampa. Por eso, no debemos juzgar el amor o el rechazo de Dios basándonos en lo que vemos externamente.
También vemos lo que ocurría en el corazón de este hombre en medio de tanta abundancia. Pensaba para sí, y Dios conoce y observa cada pensamiento que tenemos en nuestro interior. Él es quien ve y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón. Nos equivocamos si creemos que nuestros pensamientos están ocultos o que Dios no los toma en cuenta.
Observemos qué era lo que le preocupaba. Cuando vio que su tierra había producido una cosecha extraordinariamente grande, no le dio gracias a Dios por ella. Tampoco pensó en el bien que podía hacer con esos bienes. En vez de eso, se inquietó con esta pregunta: «¿Qué haré, si no tengo dónde almacenar mis cosechas?». Habla como un hombre desconcertado y lleno de confusión. El mendigo más pobre de la tierra, que no supiera de dónde sacaría su próxima comida, difícilmente habría expresado algo más angustioso. La preocupación suele ser el resultado de la abundancia material y es una falta común entre quienes tienen mucho. Cuanto más tienen las personas, más se preocupan por conservarlo, aumentarlo y decidir cómo ahorrarlo o gastarlo.
Observemos también sus planes, que surgieron de sus preocupaciones y fueron tan insensatos como ellas: «Haré esto: derribaré mis graneros porque son muy pequeños y construiré otros más grandes. Allí almacenaré todo mi grano y mis bienes, y descansaré». Primero, fue insensato que llamara suyos a los frutos y bienes. Repite «mis frutos» y «mis bienes», pero lo que tenemos solo nos ha sido prestado para que lo usemos. La propiedad sigue perteneciendo a Dios. Nosotros solo administramos los bienes de nuestro Señor y somos inquilinos en la tierra de nuestro Señor. Dios dice: «Es mi grano y mi vino» (Oseas 2:8-9).
Segundo, fue insensato que acaparara lo que tenía y pensara que esa era una buena manera de usarlo. Planeaba guardar todo en su propio granero, como si nada debiera destinarse a los pobres, a su familia, al levita, al extranjero, al huérfano o a la viuda. Tercero, fue insensato dejar que sus planes crecieran al mismo ritmo que su cosecha. Como su tierra había producido más de lo habitual, habló de graneros más grandes, como si el año siguiente fuera a ser tan abundante como ese, o más. Pero al año siguiente los graneros podrían resultar demasiado grandes, así como ese año eran demasiado pequeños. Después de años de abundancia suelen venir años de hambre, como ocurrió en Egipto. Le habría convenido guardar parte del grano para ese mismo año.
Cuarto, fue insensato pensar que podía aliviar su preocupación construyendo nuevos graneros. Construirlos solo le añadiría más preocupaciones. Cualquiera que sepa algo de construcción lo entiende. La manera de Dios de sanar la ansiedad dañina realmente funciona, pero la manera del mundo solo la aumenta. Incluso después de construirlos, seguirían apareciendo nuevas preocupaciones. Cuanto más grandes son los graneros, mayores son los cuidados (Eclesiastés 5:10). Quinto, fue insensato hacer estos planes como si nada pudiera impedirlos. «Haré esto», dice. Pero nunca afirma: «Si el Señor quiere, viviremos» (Santiago 4:13-15). Los planes firmes y confiados en uno mismo son insensatos, porque nuestro tiempo está en las manos de Dios, no en las nuestras. Ni siquiera sabemos qué traerá el día de mañana.
Después de todos esos planes, escuchamos las agradables esperanzas que tenía para sí mismo: «Tienes muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe y disfruta» (Lucas 12:19). Su insensatez se ve con tanta claridad en la manera en que esperaba disfrutar de sus riquezas como en la manera en que intentaba obtenerlas. Primero, fue insensato posponer el disfrute hasta completar sus planes. Pensaba descansar solo después de construir y llenar graneros más grandes, lo cual tomaría tiempo. ¿Por qué no descansar desde ahora? Como dice una antigua historia, un hombre repetía: «Entonces viviremos», y su amigo le respondió: «Podemos vivir ahora, si así lo decidimos».
Segundo, fue insensato estar tan seguro de que sus bienes estarían almacenados durante muchos años, como si los graneros grandes fueran más seguros que los antiguos. En una hora, los graneros podían incendiarse y llevarse todo con ellos, quizá a causa de un rayo, contra el cual nadie puede protegerse. Unos pocos años pueden traer grandes cambios. La polilla y el óxido pueden destruir, y los ladrones pueden entrar y robar. Tercero, fue insensato contar con una vida tranquila solo porque tenía mucho. Muchas cosas pueden perturbar a una persona aun en medio de grandes riquezas. Una sola mosca muerta puede arruinar un frasco entero de perfume fino, y una sola espina puede echar a perder una cama cómoda. El dolor, la enfermedad, los problemas en las relaciones familiares y, sobre todo, una conciencia culpable pueden quitarle la paz a quien posee muchas riquezas de este mundo.
En cuarto lugar, fue necio pensar que debía usar su abundancia únicamente para comer, beber y disfrutar. Eso no es más que complacer el cuerpo y alimentar el apetito, sin pensar en hacer el bien a los demás ni en servir mejor a Dios. Es como decir que vivimos para comer, en vez de comer para vivir. Considera la felicidad humana como nada más que el máximo placer de los sentidos. En quinto lugar, y lo más necio de todo, se dijo esto a sí mismo. Si hubiera dicho: «Cuerpo, descansa, porque tienes bienes almacenados para muchos años», al menos habría tenido sentido. Pero el alma, como espíritu inmortal que puede vivir separada del cuerpo, no obtiene ningún beneficio de un granero lleno de grano ni de una bolsa llena de oro.
Si una persona solo tuviera la vida de un animal, quizá podría conformarse con comida y bebida. Pero ¿de qué le sirve eso al alma humana, con sus necesidades y deseos más profundos, que esas cosas jamás pueden satisfacer? Esta es la gran necedad de quienes viven para este mundo: gastan su alma en las riquezas y en los placeres físicos.
Aquí está el veredicto de Dios sobre todo esto, y podemos estar seguros de que su juicio es verdadero. El hombre se dijo a sí mismo: «Descansa». Si Dios también hubiera dicho eso, el hombre se habría alegrado, y el Espíritu habría dado a los creyentes un verdadero descanso. Pero Dios dijo algo muy diferente. Debemos permanecer firmes o caer según su juicio, no según el nuestro ni según los elogios de los demás (1 Corintios 4:3-4). Sus vecinos lo elogiaban y pensaban que le estaba yendo bien (Salmo 10:3; Salmo 49:18), pero Dios dijo que se estaba haciendo un gran daño: «Necio, esta misma noche te reclamarán la vida» (Lucas 12:20).
Dios dijo esto porque así lo había determinado y lo hizo saber, ya fuera mediante la conciencia del hombre, por medio de algún acontecimiento que le sirviera de advertencia, o por ambas cosas a la vez. Esto ocurrió cuando el hombre estaba en la cima de su éxito, mientras su mente estaba ocupada haciendo planes para ampliar sus graneros; no simplemente añadiendo un pequeño espacio, sino derribándolos para construir otros más grandes. Mientras hacía todos esos planes y pensaba que tenía asegurado el futuro, Dios le habló. De la misma manera, Belsasar se llenó de miedo al ver la escritura en la pared en medio de su banquete.
Observa el nombre que Dios le da: «Necio», o Nabal, en alusión a Nabal del Antiguo Testamento, cuyo nombre significa «necio». Era un hombre cuyo corazón se había endurecido como una piedra mientras disfrutaba de la abundante comida preparada para los esquiladores de sus ovejas. Las personas mundanas son necias, y se acerca el día en que Dios las llamará por su verdadero nombre: «Necio». Entonces, finalmente, estarán de acuerdo.
Observa ahora la sentencia que Dios pronuncia contra él, una sentencia de muerte: «Esta misma noche te reclamarán la vida». Las palabras significan: «Te exigirán la vida»; y entonces, ¿de quién serán todas esas cosas que has preparado? Él pensaba que tenía bienes para muchos años, pero los perdería esa misma noche. Pensaba disfrutarlos personalmente, pero tendría que dejarlos a alguien que ni siquiera sabía quién sería.
La muerte de las personas mundanas es miserable en sí misma y aterradora para ellas. Primero, es un arrebato violento, como un arresto. Se les reclama el alma, lo único que han tratado con tanta negligencia. ¿Qué ha hecho una persona con su alma si la ha usado tan mal? La expresión «te reclamarán la vida» también sugiere que no está dispuesta a entregarla. La persona piadosa, que ha dejado de aferrarse a este mundo, entrega su alma a Dios con alegría al morir. Pero la persona mundana siente que se la arrancan, y la idea de abandonar este mundo la llena de terror.
«Te reclamarán la vida». Dios la reclamará y también pedirá cuentas de ella: «¿Qué has hecho con tu alma? Da cuenta de la responsabilidad que te confié». Estas palabras también pueden referirse a los ángeles malignos como servidores de la justicia de Dios. Así como los ángeles buenos reciben a las almas fieles y las llevan al gozo, los ángeles malignos reciben a las almas perversas y las llevan al castigo. El diablo reclama como suya a una persona así, porque, en efecto, ya se ha entregado a él.
En segundo lugar, la muerte es una sorpresa, una toma inesperada. Llega en la noche, y los terrores nocturnos son los más difíciles de soportar. Para una persona buena, la muerte es como el día, incluso como la mañana. Pero para una persona mundana es la noche, una noche oscura, y se acuesta llena de dolor. Es «esta noche», esa misma noche, sin demora. No hay oportunidad de posponerlo ni tiempo para pedir un día más. En medio de sus agradables planes para disfrutar durante muchos años, todo termina de repente (Isaías 21:4).
En tercer lugar, la muerte deja atrás todo lo que esa persona reunió con tanto esfuerzo y cuidado. Debe abandonar todas las cosas que consideraba su felicidad, sobre las que edificó sus esperanzas y que esperaba disfrutar más adelante. Su gloria no desciende con ella a la tumba (Salmo 49:17). Sale del mundo tan desnuda como entró en él y no obtiene ningún beneficio de lo que acumuló: ni en la muerte, ni en el juicio, ni en la eternidad.
En cuarto lugar, deja esas cosas a personas que no conoce. «Entonces, ¿de quién serán esas cosas?». Suyas no serán, por supuesto. No sabe qué clase de personas las recibirán, si serán sus hijos o sus familiares, sabios o necios (Eclesiastés 2:18-19); tampoco sabe si honrarán el nombre de la familia o lo deshonrarán, ni si usarán bien la herencia o la desperdiciarán. Ni siquiera sabe si aquellos a quienes pensaba dejársela vivirán el tiempo suficiente para disfrutarla, o si finalmente pasará por completo a manos de otra persona. Aunque sepa quién la recibe primero, no sabe quién la recibirá después.
Si muchas personas supieran quién sería dueño de su casa después de su muerte, preferirían quemarla antes que mejorarla.
En quinto lugar, la muerte demuestra su necedad. Las personas mundanas son necias mientras viven, y su camino es una necedad (Salmo 49:13). Pero su necedad se vuelve evidente cuando mueren: «Al final, demostrará que es un necio» (Jeremías 17:11). Entonces queda claro que se esforzó por acumular tesoros en un mundo que estaba a punto de dejar, pero nunca se preocupó por acumular tesoros en el mundo al que se dirigía.
Así se aplica aquí esta parábola: «Así le sucede al que acumula riquezas para sí mismo, pero no es rico para con Dios» (Lucas 12:21). Ese es el camino y el final de una persona así. Acumula tesoros para sí misma, para el cuerpo, para este mundo y para el yo que se opone a Dios, ese yo que debería negarse. Su error consiste en pensar que su carne es su verdadero yo, como si el cuerpo fuera la persona completa. Si entendemos correctamente lo que significa «sí mismo», solo el verdadero cristiano acumula tesoros para sí y actúa con sabiduría para su propio bien (Proverbios 9:12). Su otro error es hacer de la provisión para la carne su principal preocupación y llamar a eso proveer para sí mismo. Todo su trabajo es para su boca (Eclesiastés 6:7): simplemente hacer provisión para la carne.
Comete un grave error cuando considera como su tesoro únicamente las cosas acumuladas para este mundo, para el cuerpo y para la vida presente. Esas son las riquezas en las que confía, las que gasta y a las que entrega su corazón. Pero el mayor error de todos es que no le preocupa ser rico para con Dios.
Ser rico para con Dios significa ser rico a sus ojos, y la perspectiva de Dios es la que importa. Significa ser rico en las cosas de Dios: rico en fe (Santiago 2:5), rico en buenas obras y en el fruto de una vida recta (1 Timoteo 6:18), y rico en gracia, consuelo y dones espirituales. Muchas personas tienen abundancia de los bienes de este mundo, pero carecen de todo lo que verdaderamente enriquecería su alma y las haría ricas para con Dios, ricas para la eternidad.
Esta es la necedad y la miseria de una persona mundana: «Así le sucede». Nuestro Señor Jesucristo, quien conoce cuál será el final de todas las cosas, nos ha dicho cuál será el final de una persona así. Es una necedad terrible que tantas personas se preocupen más por las riquezas de este mundo que por las riquezas del mundo venidero; más por lo que pertenece al cuerpo y a esta vida breve que por lo que pertenece al alma y a la eternidad.
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De este capítulo
Lucas 12:1
"Mientras tanto, se reunió una multitud innumerable, hasta el punto de que se pisaban unos a otros. Él comenzó a decir, ante todo, a sus discípulos: Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía."
Lucas 12:2
"Porque no hay nada encubierto que no haya de ser revelado, ni nada oculto que no haya de ser conocido."
Lucas 12:3
"Por tanto, todo lo que ustedes hayan dicho en la oscuridad será oído a la luz, y lo que hayan dicho al oído en los aposentos será proclamado desde las azoteas."
Lucas 12:4
"Y les digo a ustedes, mis amigos: No tengan miedo de los que matan el cuerpo y después de eso no pueden hacer nada más."
Lucas 12:5
"Pero les advertiré a quién deben temer: teman a aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar al infierno. Sí, les digo: témanlo."
Lucas 12:6
"¿No se venden cinco gorriones por dos cuartos, y ni uno de ellos es olvidado delante de Dios?"
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