Versículo destacado

Lucas 10:38 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Sucedió que, mientras iban de camino, él entró en cierta aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. "

Lucas 10:38

menu_book El versículo en contexto

36 «¿Cuál de estos tres piensas que fue prójimo del que cayó en manos de los ladrones?».

37 Él dijo: «El que tuvo misericordia de él». Entonces Jesús le dijo: «Ve y haz tú lo mismo».

38 Sucedió que, mientras iban de camino, él entró en cierta aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.

39 Ella tenía una hermana llamada María, quien también se sentó a los pies de Jesús y escuchó su palabra.

40 Pero Marta estaba atareada con mucho servicio. Se acercó y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado servir sola? Dile, pues, que me ayude».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos la bienvenida que Marta les dio a Cristo y a sus discípulos en su casa, en el versículo 38. Mientras viajaban juntos, Jesús y sus discípulos entraron en cierta aldea. Esa aldea era Betania, cerca de Jerusalén, y Jesús tomó ese camino al dirigirse allí. Nuestro Señor pasó haciendo el bien (Hechos 10:38), difundiendo su bondad y su luz como la verdadera luz del mundo.

Dondequiera que iba Cristo, sus discípulos iban con él. También honró con su presencia y su favor a las aldeas, no solo a las ciudades grandes y llenas de gente. Eligió lugares tranquilos y mostró bondad a los pobres. Marta, una mujer de aquella aldea, lo recibió en su casa y le dio una buena bienvenida, porque parece que ella estaba a cargo del hogar. Jesús fue tan pobre durante su vida terrenal que dependió del apoyo de sus amigos. Aunque era el Rey de Sion, no tenía una casa propia en Jerusalén ni en sus alrededores.

Algunas personas eran amigos especiales de Cristo, y él las amaba de una manera más personal. Visitaba con frecuencia a esta familia porque la amaba (Juan 11:5). Las visitas de Cristo son señales de su amor (Juan 14:23). También hubo personas que, mientras él estaba en la tierra, lo recibieron con alegría en sus hogares. Esta casa es llamada de Marta, probablemente porque ella era viuda y la administraba por sí misma. Aunque recibir a Cristo podía costarle mucho, pues no venía solo sino acompañado de sus discípulos, a ella no le preocupó el gasto.

Aunque ya se estaba volviendo peligroso hospedar a Jesús, especialmente estando tan cerca de Jerusalén, Marta no se preocupó por el riesgo que corría por causa de su nombre. Muchos lo rechazaban y no querían recibirlo, pero una persona sí le dio la bienvenida. En todas partes se habla en contra de Cristo, pero todavía queda un remanente: un grupo más pequeño de personas que le pertenecen y son preciosas para él.

También vemos a María, la hermana de Marta, dedicándose a escuchar la enseñanza de Cristo. En cuanto Jesús entró en la casa de Marta, incluso antes de que se preparara la comida, se dedicó a su gran obra de predicar el evangelio. María se sentó a escucharlo, lo que sugiere que él habló durante un tiempo considerable. Un buen sermón no pierde su valor por ser predicado en una casa. Cuando recibimos visitas, debemos organizar las cosas de modo que ese encuentro también contribuya al bien de nuestra alma.

María aprovechó seriamente aquella oportunidad, sin saber cuándo volvería a escucharlo. Puesto que Cristo está dispuesto a hablar, nosotros debemos estar listos para escuchar. Ella se sentó para oírlo, lo cual muestra que le prestaba mucha atención. Su mente estaba enfocada y quería recibir todo lo que Jesús decía. Se sentó a sus pies, como los estudiantes que se sientan a los pies de su maestro mientras reciben instrucción. Se decía que Pablo había sido instruido a los pies de Gamaliel. Sentarse a los pies de Cristo significa estar dispuestos a recibir su palabra y rendirnos por completo a su dirección.

Tenemos que sentarnos a los pies de Cristo o convertirnos en el estrado de sus pies. Pero si ahora nos sentamos a sus pies, después nos sentaremos con él en su trono. Mientras tanto, Marta estaba ocupada con muchos quehaceres, y eso le impedía sentarse donde estaba María para escuchar a Cristo. Estaba preparando la comida y el alojamiento para Jesús y quienes lo acompañaban. Tal vez no sabía que él vendría y no estaba preparada, así que se apresuró a tener todo listo para huéspedes tan importantes. Quienes reciben invitados saben cuánto trabajo y movimiento puede producir una comida abundante.

Había algo bueno en las acciones de Marta que no debemos pasar por alto. Mostró un respeto verdadero por Jesús, y parece que lo hizo por amor, no por deseo de llamar la atención. Quienes aman de verdad a Cristo consideran bien empleado el dinero cuando se usa para honrarlo. También mostró un cuidado apropiado por los asuntos de su hogar. Al parecer, aquella familia gozaba de respeto entre los judíos (Juan 11:19), y aun así Marta no consideró indigno servir en la casa cuando era necesario. Quienes están a cargo de un hogar deben vigilar con cuidado lo que sucede en él. El amor por la comodidad y la apariencia hace que muchas familias queden descuidadas.

Pero también hubo una falta en la conducta de Marta. Quería ofrecer un servicio abundante. Su corazón estaba puesto en preparar una comida lujosa y elaborada, con abundancia, variedad y muchos detalles, conforme a las costumbres del lugar. Estaba demasiado ocupada atendiendo todo. No corresponde a los discípulos de Cristo anhelar lujos, excesos innecesarios ni ostentación en la comida y la bebida. ¿Por qué ofrecer tanto cuando mucho menos habría sido suficiente?

Además, estaba afanada y cargada por todo aquello; es decir, se encontraba distraída y agobiada. Cualesquiera que sean las responsabilidades que la providencia de Dios ponga sobre nosotros, no debemos permitir que nos abrumen. A veces es correcto y necesario preocuparse por algo, pero quedar enredados y alterados por esas preocupaciones es pecado y necedad. Marta estaba angustiada por servir en exceso precisamente cuando debía estar con su hermana, sentada a los pies de Cristo para escuchar su palabra. Las ocupaciones de este mundo se convierten en una trampa cuando nos impiden servir a Dios y hacer lo que es bueno para nuestra alma.

Entonces Marta se quejó ante Jesús de que su hermana María no la ayudaba con las tareas de la casa (Lucas 10:40): «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me ayude». Esta queja revela algo terrenal en Marta. Suena como la voz de una preocupación ansiosa y una agitación interior. Habla como si estuviera muy enojada con su hermana; de lo contrario, no habría llevado el asunto ante Cristo. Las preocupaciones y los afanes desmedidos por las cosas de este mundo suelen provocar conflictos en las familias y llevar a los parientes a pelearse.

Las personas muy interesadas en alcanzar el éxito terrenal suelen criticar rápidamente a quienes no comparten ese interés. Mientras justifican su propio amor por el mundo, juzgan a los demás según lo útiles que sean para sus metas terrenales. Están dispuestas a condenar a quienes se dedican a los deberes religiosos, como si estuvieran descuidando lo que ellas consideran la verdadera oportunidad.

Marta, enojada con su hermana, apeló a Cristo y quiso que él dijera que tenía razón en estar molesta: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir?». Parece que Cristo en ocasiones había mostrado una preocupación tierna por el bienestar de Marta, y ella esperaba que ahora le dijera a María que la ayudara. Cuando Marta estaba preocupada, quería que María, Cristo y todos los demás estuvieran de acuerdo con ella; de lo contrario, no quedaba satisfecha.

Debemos recordar que quienes apelan más rápidamente a Dios no siempre tienen la razón. Tenemos que cuidarnos de esperar que Cristo apoye nuestras discusiones injustas y sin fundamento. Las cargas que él pone sobre nosotros sí podemos llevarlas con gusto ante él, pero no las cargas que nosotros mismos nos imponemos neciamente. Él defenderá al pobre y a quienes verdaderamente han sido tratados con injusticia, pero no al inquieto ni al conflictivo.

Esto también puede verse como un desaliento para la devoción de María. Marta debió haber elogiado a su hermana por sentarse a los pies de Cristo y escucharlo. En cambio, la culpó como si estuviera faltando a su deber. No es sorprendente que quienes se dedican a la religión enfrenten dificultades por parte de quienes los rodean, no solo de sus enemigos, sino incluso de sus amigos. El ayuno de David y su danza delante del arca fueron usados en su contra.

La respuesta de Cristo a Marta aparece en Lucas 10:41. Como ella había apelado a él, Jesús pronunció su juicio sobre el asunto: «Marta, Marta, estás preocupada y alterada por muchas cosas, pero solo una es necesaria». La reprendió aunque era su invitado. Su falta consistía en estar demasiado ansiosa por atenderlo y esperar que él aprobara esa actitud. Sin embargo, la corrigió abiertamente. A quienes Cristo ama, los reprende y disciplina.

La llamó por su nombre, Marta, porque la corrección personal tiene más probabilidades de ayudar. Las palabras de Natán a David —«Tú eres aquel hombre» (2 Samuel 12:7)— son un buen ejemplo. Cristo repitió su nombre, Marta, Marta, y habló con un interés sincero por su bien. Las personas atrapadas en las preocupaciones de esta vida no se liberan fácilmente de ellas. A quienes viven así tenemos que decirles una y otra vez: «Escucha, tierra, tierra, tierra; oye la palabra del Señor».

Cristo reprendió a Marta por estar preocupada y alterada por muchas cosas. No le agradó que ella pensara que debía honrarlo con una comida lujosa y elaborada, mientras se cargaba de trabajo en el proceso. Él nos enseña a no actuar de esa manera egoísta: no debemos estar contentos de que otros se angustien mientras nosotros obtenemos lo que queremos. Sus palabras reprenden tanto la intensidad de su preocupación como su alcance excesivo. Marta estaba dividida y perturbada por sus afanes, y quería muchas comodidades; por eso también tenía muchas decepciones. Sus numerosas preocupaciones la habían dejado irritada y de mal humor.

Este tipo de ansiedad es una falta común entre los discípulos de Cristo. Le desagrada mucho, y ellos con frecuencia sienten que Dios mismo los corrige por ello. Si se inquietan sin una buena razón, es justo que a veces él permita que enfrenten algo real por lo cual inquietarse.

Lo que hacía especialmente insensata la ansiedad de Marta era que solo una cosa era necesaria. Algunos entienden esto de manera sencilla: Marta estaba preparando muchos platillos, cuando uno solo habría sido suficiente. Si es así, encontramos aquí una lección sobre la moderación: no debemos ir tras toda clase de alimentos y placeres, sino contentarnos con poco (Proverbios 23:1-3). Otros lo entienden de manera más profunda, como una advertencia contra tener el corazón dividido. Lo necesario es un corazón íntegro, enfocado en la palabra, y no arrastrado en muchas direcciones, como lo estaba Marta en ese momento.

La única cosa necesaria era, sin duda, lo que María había escogido: sentarse a los pies de Cristo y escuchar su palabra. Marta estaba preocupada por muchas cosas, cuando debía concentrarse en una sola. La piedad reúne el corazón, mientras que el mundo lo dispersa. Las muchas cosas por las que Marta se afanaba eran innecesarias, mientras que la única que estaba descuidando era esencial. El trabajo de Marta era bueno en su debido lugar y momento, pero ahora tenía algo mucho más importante que hacer. Eso debía ocupar el primer lugar y dominar sus pensamientos. Marta esperaba que Cristo reprendiera a María por no hacer lo que ella estaba haciendo, pero, en cambio, Cristo reprendió a Marta por no hacer lo que María estaba haciendo. El juicio de Cristo siempre es verdadero. Llegaría el día en que Marta desearía haberse sentado donde se sentó María.

Entonces Cristo aprobó y elogió la devoción sincera de María: «María ha escogido la buena parte». María no dijo nada para defenderse, pero como Marta había acudido al Maestro, ella estuvo dispuesta a dejar el asunto en sus manos. Esta fue su respuesta. María había dado correctamente el lugar más elevado a aquello que más lo merecía. Puesto que solo una cosa es necesaria, lo que ella escogió fue entregarse a la guía de Cristo y recibir instrucción de sus labios. La piedad sincera es necesaria; es la única cosa indispensable, porque nada más puede hacernos verdaderamente bien en esta vida, y nada fuera de ella nos acompañará a la venidera.

María también escogió sabiamente para su propio bien. Cristo la defendió de las quejas de su hermana. Aunque otros culpen nuestra devoción y nuestro fervor, el Señor Jesús se pondrá de nuestra parte. No debemos condenar el fervor sincero de los demás, porque podríamos encontrarnos con Cristo en contra de nosotros. Tampoco debemos desanimarnos si otros hablan contra nuestra devoción, porque Cristo está a favor de nosotros. Al final, se demostrará que la elección de María fue correcta, y también la de todos los que siguen su ejemplo.

Pero Cristo hizo más que defenderla: elogió su sabiduría. «Ella ha escogido la buena parte». María escogió estar con Cristo, ocupar su lugar junto a él y buscar la mejor obra y la felicidad más verdadera. Escogió la mejor manera de honrar a Cristo y agradarle: recibir su palabra en el corazón, en vez de limitarse a preparar todo para su estancia en la casa.

Tener una parte con Cristo es la mejor porción. Le pertenece al alma y a la eternidad, y Cristo se la da a quienes ama (Juan 13:8). Les pertenece a quienes pertenecen a Cristo y participan de su vida y de su futura gloria (Hebreos 3:14; Romanos 8:17).

Esta porción nunca les será quitada a quienes la poseen. Todo lo que tengamos en esta vida nos será quitado al final, si no antes. Pero nada puede separarnos del amor de Cristo ni del lugar que ocupamos en ese amor. Ni los seres humanos ni los demonios pueden quitárnoslo, y ni Dios ni Cristo lo harán.

Es sabio y necesario que cada persona escoja esta buena porción. Debemos escoger el servicio a Dios como nuestro trabajo, el favor de Dios como nuestra felicidad y un lugar en Cristo, para recibir ambas cosas. En las decisiones cotidianas, debemos escoger todo lo que nos acerque a la verdadera piedad y considerar como lo mejor aquello que es mejor para nuestra alma.

María estaba escogiendo entre unirse a Marta en las tareas del hogar y ganarse una buena reputación como ama de casa cuidadosa, o sentarse a los pies de Jesús y mostrarse como una discípula devota. Por medio de esa decisión concreta, Jesús reveló cuál era su elección general respecto a lo que realmente importaba. Quienes escogen esta buena porción no solo recibirán lo que escogieron, sino que su elección será elogiada en el gran día.

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