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Jueces 6:11 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces vino un ángel del SEÑOR y se sentó debajo de una encina que estaba en Ofra, la cual pertenecía a Joás, el abiezerita. Su hijo Gedeón trillaba trigo junto al lagar para esconderlo de los madianitas. "

Jueces 6:11

menu_book El versículo en contexto

9 Los libré de la mano de los egipcios y de la mano de todos los que los oprimían; los expulsé de delante de ustedes y les di su tierra.

10 Y les dije: Yo soy el SEÑOR su Dios; no teman a los dioses de los amorreos, en cuya tierra habitan. Pero ustedes no han obedecido mi voz.

11 Entonces vino un ángel del SEÑOR y se sentó debajo de una encina que estaba en Ofra, la cual pertenecía a Joás, el abiezerita. Su hijo Gedeón trillaba trigo junto al lagar para esconderlo de los madianitas.

12 El ángel del SEÑOR se le apareció y le dijo: El SEÑOR está contigo, hombre fuerte y valiente.

13 Gedeón le dijo: Ah, señor mío, si el SEÑOR está con nosotros, ¿por qué nos ha sucedido todo esto? ¿Y dónde están todos sus milagros que nuestros padres nos contaron, diciendo: “¿No nos hizo subir el SEÑOR de Egipto?”? Pero ahora el SEÑOR nos ha abandonado y nos ha entregado en manos de los madianitas.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

No se dice qué efecto tuvo en el pueblo el sermón del profeta, pero podemos esperar que haya producido algún bien. Tal vez algunos se arrepintieron y cambiaron su manera de vivir. Inmediatamente después vemos los primeros indicios de su liberación, cuando Gedeón es llamado a dirigir al ejército de Israel contra los madianitas.

El hombre escogido para esta tarea fue Gedeón, hijo de Joás (Jueces 6:14). Su padre todavía vivía, pero Dios pasó por alto a Joás y concedió ese honor a su hijo. Esto era apropiado, porque su padre mantenía el culto a Baal en su propia casa (Jueces 6:25), mientras que probablemente Gedeón se oponía a él tanto como podía. Gedeón pertenecía a la media tribu de Manasés que vivía en Canaán, y era de la familia de Abiezer, el clan más antiguo de esa tribu (Josué 17:2). En tiempos anteriores, los jueces a menudo habían surgido de la tribu que sufría la opresión más severa, y parece que aquí también fue así.

Quien le dio a Gedeón su comisión fue el ángel del SEÑOR. Parece que no era un ángel creado, sino el Hijo de Dios mismo, el Verbo eterno, Señor de los ángeles, apareciendo en forma humana en ocasiones especiales. Como señala el obispo Patrick, esto era una especie de anticipo de lo que Cristo haría en el momento señalado, cuando tomaría nuestra naturaleza para siempre. A este ángel incluso se le llama SEÑOR, el santo nombre de Dios que le pertenece solo a él (Jueces 6:14, Jueces 6:16). Él dijo: «Yo estaré contigo».

Esta persona divina encontró a Gedeón en un lugar poco común. Estaba solo, lejos del ruido y del ritmo apresurado del mundo. Dios a menudo se manifiesta a su pueblo cuando está en quietud y a solas, porque el silencio y la soledad nos ayudan a acercarnos a él. Gedeón también estaba ocupado trabajando: trillaba trigo con un bastón o vara, del tipo que se usaba para cultivos pequeños como la neguilla y el comino (Isaías 28:27). Probablemente la usaba para el trigo porque solo tenía una pequeña cantidad que trillar y no necesitaba bueyes. Aunque era un hombre de cierta posición y «un hombre valiente y esforzado», no era una vergüenza para él trabajar con sus manos. Más adelante tuvo muchos siervos (Jueces 6:27), pero no escogió vivir en la ociosidad. Muchas veces nos ponemos en el camino de las visitas de Dios cuando hacemos fielmente un trabajo honrado. La noticia del nacimiento de Cristo llegó a unos pastores mientras vigilaban sus rebaños. El trabajo de Gedeón también apuntaba a la tarea mayor a la que estaba siendo llamado, así como la pesca de los discípulos apuntaba a la misión que recibirían. De trillar grano, pronto pasaría a trillar a los madianitas (Isaías 41:15).

Además, Gedeón estaba angustiado. No trillaba el trigo en la era al aire libre, que era el lugar apropiado, sino junto al lagar, escondido por temor a los madianitas. Compartía el sufrimiento general de su pueblo; por eso el ángel vino a levantarlo contra Madián, pues conocía muy bien la difícil situación de ellos. El tiempo de mayor aflicción suele ser también el momento en que Dios muestra su ayuda a su pueblo.

Veamos ahora lo que ocurrió entre el ángel y Gedeón, quien no supo con certeza que era un ángel sino hasta después de que se fue. Al principio pensó que hablaba con un profeta. El ángel lo saludó con honor y le aseguró que Dios estaba con él (Jueces 6:12). Lo llamó «hombre valiente y esforzado», quizá porque lo vio trillando con todas sus fuerzas. Una persona diligente en las tareas pequeñas puede estar siendo preparada para otras mayores. El que es fiel en lo poco también puede recibir responsabilidad sobre mucho.

Gedeón era valiente y activo, pero los malos tiempos lo habían obligado a esconderse, como si estuviera enterrado vivo. Aun así, el ángel lo animó con estas palabras: «El SEÑOR está contigo». La versión caldea dice: «La Palabra del SEÑOR es tu ayuda». Sin duda era verdad que el SEÑOR estaba con Gedeón cuando este ángel estaba con él. En este mensaje, el ángel hizo tres cosas. Primero, le dio a Gedeón su llamado, porque la presencia de Dios confirmaría y respaldaría lo que estaba a punto de hacer. Segundo, le dio la fuerza que necesitaría, porque el SEÑOR lo guiaría, fortalecería y sostendría. Tercero, le prometió el éxito, porque si Dios está a favor de nosotros, nadie puede prevalecer contra nosotros. La presencia de Dios lo es todo en nuestra labor y en nuestro éxito. Gedeón tenía valor, pero no podía hacer nada sin la presencia de Dios. Esa presencia era suficiente para hacerlo verdaderamente fuerte.

Gedeón respondió con profundo dolor (Jueces 6:13): «Mi señor, si el SEÑOR está con nosotros, ¿por qué nos ha sucedido todo esto?». La versión caldea lo expresa así: «¿Es la gloria del SEÑOR nuestra ayuda?». Preguntaba por qué Israel sufría tanto a causa de las incursiones de los madianitas, que lo obligaban a trillar el trigo a escondidas. Sentía la pérdida, el dolor y el temor de su pueblo, y también preguntaba dónde estaban ahora los milagros que sus antepasados les habían contado. No se detuvo a elogiar su propio valor, y esas palabras tampoco parecen haberlo animado. Probablemente ni siquiera comprendía que las palabras del ángel coincidían con los pensamientos valientes que ya comenzaban a despertar en su corazón. Mientras sus manos trabajaban con el trigo, quizá su mente y su corazón ya estaban planeando la liberación de Israel y la derrota de Madián. Dios, que conoce el corazón, lo encontró precisamente en ese momento y lo llamó hombre valiente por esos nobles planes, abriéndole el camino para ponerlos en práctica.

Sin embargo, Gedeón no pensó primero en sí mismo. Se aferró únicamente a la promesa de que Dios estaba con ellos. El ángel le había hablado particularmente a él: «El SEÑOR está contigo», pero Gedeón respondió en nombre de toda la nación: «Si el SEÑOR está con nosotros». Se incluía entre todo Israel y no quería recibir ningún consuelo que no pudiera compartir con su pueblo. Esa es la marca de un hombre comprometido con el bien común. Consideraba que su honor y su alegría solo tenían valor si contribuían al bienestar colectivo de la iglesia de Dios.

Gedeón era un hombre valiente y esforzado, pero su fe todavía era débil. Por eso le resultaba difícil reconciliar la promesa de la presencia de Dios con la aflicción que sufría Israel. ¿Por qué les había sucedido todo aquello? Los acontecimientos dolorosos a veces son difíciles de conciliar con el favor de Dios, aunque nunca son incompatibles con él.

El retraso en la liberación de Israel llevó al pueblo a preguntarse dónde estaban todos los milagros de los que habían hablado sus antepasados. Se preguntaban por qué el mismo poder que había sacado a sus antepasados del dominio de Egipto no los liberaba ahora de Madián. Como Dios no hizo de inmediato milagros para aliviar su sufrimiento, fueron tentados a dudar de que aquellas maravillas antiguas hubieran ocurrido realmente, o de que Dios todavía tuviera la misma sabiduría, poder y amor por su pueblo.

Esa era una debilidad grave. No debemos esperar que los mismos milagros realizados cuando la iglesia estaba siendo formada, o cuando se establecía por primera vez alguna gran verdad, sigan repitiéndose después de que esa obra ha terminado. Tampoco debemos esperar que las misericordias mostradas a nuestros antepasados fieles se repitan en nosotros si nos hemos apartado de Dios. Gedeón no debió decir que Dios los había entregado en manos de Madián, porque su propio pecado los había vendido a esa esclavitud. Tampoco debió decir que, puesto que ahora estaban en manos de Madián, Dios los había abandonado, porque Dios acababa de enviarles un profeta (Jueces 6:8), mostrando claramente que no los había desamparado.

El ángel respondió con mucha eficacia a las objeciones de Gedeón: le dio la comisión de rescatar a Israel de los madianitas y le prometió que tendría éxito, como se relata en Jueces 6:14. En este momento al ángel se le llama el SEÑOR, porque habla con autoridad y no simplemente como mensajero. Hubo algo especial en la mirada que dirigió a Gedeón. Fue una mirada amable y aprobadora que levantó el ánimo decaído de Gedeón y calmó su temor, semejante a la mirada con que Dios observa a los rectos (Salmo 11:7). Miró a Gedeón y, por así decirlo, sonrió ante sus objeciones. No les dio una respuesta directa; en cambio, llenó a Gedeón de un poder que pronto lo ayudaría a responderlas por sí mismo y a avergonzarse de haberlas expresado.

Había aún más en sus palabras. Primero, llamó a Gedeón a actuar como libertador de Israel. Algunas personas sensatas de la nación, entre ellas Gedeón, esperaban que Dios levantara a un líder así, como lo había hecho antes en respuesta a los clamores de Israel oprimido. Ahora se le dijo a Gedeón: «Tú eres ese hombre. Ve con esta fuerza», es decir, con la fuerza que tenía mientras trillaba el trigo, y úsala para un propósito más noble. En efecto, Dios le estaba diciendo que convertiría a Gedeón, que trillaba trigo, en un hombre que trillararía a sus enemigos. O quizá el ángel se refería a la fuerza que Gedeón acababa de recibir mediante aquella mirada de Dios. Dios le dio su comisión al darle también los dones necesarios para cumplirla, algo que ningún gobernante terrenal puede hacer por las personas que designa. Cuando Dios prepara a alguien para una tarea, esa preparación es una señal segura de que lo está llamando a realizarla. En otras palabras, «ve», no confiando en tu fuerza natural ni en tu propio valor, sino en la fuerza que acabas de recibir: la fuerza del SEÑOR Dios, la fuerza que debes usar para fortalecerte.

En segundo lugar, el ángel aseguró a Gedeón que tendría éxito. Eso fue suficiente para darle valor. Podía estar seguro de que no fracasaría en el intento y de que el resultado le traería honra a él y bienestar a su pueblo, no vergüenza ni pérdida. «Tú salvarás a Israel de la mano de los madianitas», y así no solo vería las maravillas que sus antepasados le habían contado, sino que sería un instrumento honrado para realizarlas. Gedeón probablemente se quedó asombrado ante la autoridad tan inesperada que se le había concedido y se preguntaba si podía confiar en lo que había oído. El ángel confirmó su comisión con su propia autoridad, como si dijera: «¿Acaso no te he enviado yo?». Había hablado aquel que tiene todo el poder en el cielo y en la tierra y que, como Rey de Israel, da las misiones. Era el mismo Señor que le había dicho a Moisés: «Yo soy el que soy» (Éxodo 3:14).

Entonces Gedeón presentó una objeción muy modesta a la comisión, en Jueces 6:15: «Señor mío, ¿cómo salvaré yo a Israel?». Esta pregunta podría mostrar desconfianza en el poder de Dios, como si, aun teniendo a Dios a su lado, la tarea siguiera siendo imposible. La fe verdadera a menudo es débil, pero Dios no la rechaza. Él la anima y la fortalece. O quizá Gedeón estaba preguntando cómo debía llevar a cabo un llamado tan grande. Sentía las muchas desventajas que enfrentaba y estaba diciendo: «Si voy a hacer esto, tienes que mostrarme el camino». Quienes reciben un llamado de Dios deben esperar que él les dé instrucciones y buscarlas en él. Sin embargo, lo más probable es que Gedeón hablara con humildad, desconfianza de sí mismo y disposición a dejarse a un lado. El ángel lo había honrado, pero Gedeón habló de sí mismo como alguien pequeño e indigno. Su familia era pobre en Manasés, quizá aún más pobre debido a la opresión de Madián, y él era el menos importante en la casa de su padre. ¿Qué podía hacer? Se sentía completamente incapaz para la obra e indigno de aquel honor. A menudo Dios decide hacer grandes cosas por medio de personas que parecen pequeñas, especialmente por medio de quienes se ven a sí mismos de esa manera. A él le agrada levantar a los humildes.

Esta objeción recibió una respuesta inmediata mediante la repetición de la promesa de que Dios estaría con él, en el versículo 16. No debía objetar que era pobre e insignificante. Esas cosas suelen detener a las personas cuando emprenden grandes tareas, pero no significan nada para quien cuenta con la presencia de Dios. La presencia de Dios compensa toda falta de posición o riqueza. «Ciertamente yo estaré contigo», dijo Dios, para guiarlo, fortalecerlo y darle una posición tal que, aunque su propia influencia fuera débil, tendría suficientes hombres que lo siguieran. Con toda seguridad derrotaría a los madianitas como si fueran un solo hombre, con la misma facilidad y por completo que si se tratara de una sola persona. Los miles de Madián serían como si tuvieran un solo cuello, y él tendría el poder de cortarlo.

Después Gedeón pidió que su fe fuera fortalecida respecto a esta comisión. No quería creer demasiado rápido algo que le traería tanto honor. Tampoco quería apresurarse a emprender una tarea que lo superaba por completo y que involucraría a muchas otras personas, sin estar plenamente seguro de su autoridad y sin poder asegurarles quién lo había enviado. Por eso, con humildad, le pidió a este ser divino, quienquiera que fuera, que le diera una señal (Jueces 6:17).

Como Gedeón había recibido este llamado mediante una intervención providencial extraordinaria, podía esperar razonablemente que Dios lo confirmara mediante una demostración extraordinaria de poder. Por eso pidió una señal que probara que aquello era más que palabras y que el mensajero hablaba en serio. En la era del Espíritu no debemos esperar señales externas como la que Gedeón deseaba. Más bien, debemos orar con sinceridad para que, si hemos hallado el favor de Dios, él nos muestre una señal en el corazón mediante la obra poderosa de su Espíritu, fortaleciendo nuestra fe y completando lo que le falta.

Gedeón también le pidió al ángel que se quedara a comer, con la esperanza de tener más tiempo para hablar con él (Jueces 6:18). Quienes han disfrutado de la comunión con Dios desean que continúe y no quieren separarse de ella. En esencia, Gedeón dijo: «Por favor, no te vayas todavía». Quería traerle comida a aquel extranjero y lo hizo él mismo, en vez de enviar a un siervo. Tal vez la casa de su padre no era amable con él ni con sus amigos, o quizá quería hablar a solas con el extranjero. Esto también puede recordarnos a Abraham, quien en una ocasión recibió ángeles en su casa sin saberlo (Génesis 18:8).

Cuando el ángel aceptó quedarse a cenar, Gedeón se apresuró a traer un cabrito, probablemente ya cocinado para su propia comida, junto con pan y caldo (Jueces 6:19). Quería mostrar respeto agradecido y generoso hacia el extranjero y, por medio de él, hacia el Dios que lo había enviado. Gedeón acababa de mencionar la pobreza de su familia para excusarse de convertirse en líder (Jueces 6:15), pero no usó la pobreza como excusa para no mostrar hospitalidad. Con lo poco que los madianitas le habían dejado, compartió con gusto una comida, especialmente con un mensajero del cielo. También quería descubrir quién era en realidad aquel visitante extraordinario.

Lo que Gedeón llevó es llamado su presente, y esa palabra también puede significar una ofrenda de grano (Jueces 6:18). Esto quizá se menciona intencionalmente, porque Gedeón pudo haber dejado que el visitante mostrara qué clase de presente era. Si el extranjero lo comía como alimento común, Gedeón podría considerarlo un hombre, quizá un profeta. Pero si no lo comía, como sucedió, Gedeón sabría que era un ángel. Entonces el ángel le dio una señal mediante lo que Gedeón había preparado. Lo que ofrecemos a Dios con gratitud, a menudo, por su gracia se convierte en nuestro propio consuelo y paz.

El ángel le dijo a Gedeón que sacara la carne y el pan de la canasta, los pusiera sobre una roca y derramara el caldo encima, aunque allí se enfriaría rápidamente (Jueces 6:20). Gedeón obedeció, confiando en que el ángel no estaba despreciando su bondad, sino dándole una señal. Entonces el ángel convirtió la comida en un sacrificio consumido por el fuego, una ofrenda agradable para él. Esto mostró que no era simplemente un hombre que necesitaba alimento, sino el Hijo de Dios, digno de ser honrado mediante sacrificios y que un día se ofrecería a sí mismo como sacrificio. También hizo salir fuego de la roca para consumir la ofrenda (Jueces 6:21). No golpeó la roca como se golpea un pedernal; tocó suavemente la ofrenda con la punta de su bastón.

Esta fue una señal clara de que Gedeón había hallado el favor de Dios. Dios mostró que aceptaba los sacrificios mediante el fuego, a veces desde el cielo, como en el caso de Moisés y Elías, y otras veces, como aquí, desde la tierra; el significado era el mismo. En ambos casos eran señales del poder divino. La aceptación del sacrificio de Gedeón también mostró que Dios lo aceptaba a él, confirmó su llamado y quizá señalaba el éxito de su misión. Gedeón y su ejército se convertirían en un terror y un juicio repentino para los madianitas, como fuego salido de la roca. Entonces el ángel lo dejó de inmediato. No se alejó caminando como un hombre común, sino que desapareció como un espíritu. Gedeón había recibido toda la señal que razonablemente podía esperar.

Aunque todo esto fortaleció la fe de Gedeón en la naturaleza divina de aquel que había hablado con él, por un momento también lo llenó de temor, hasta que Dios lo tranquilizó bondadosamente. Cuando Gedeón comprendió que había visto a un ángel —algo que no supo sino hasta después de que el ángel se fue—, exclamó con miedo: «¡Ay, Señor DIOS! ¡He visto al ángel del SEÑOR cara a cara!» (Jueces 6:22). Esto fue parecido a lo que le ocurrió a Jacob, quien se maravilló de que su vida hubiera sido preservada después de ver a Dios (Génesis 32:30). Como el pecado ha puesto a las personas bajo la ira y la maldición de Dios, un mensaje del cielo puede llenarlas de temor. Al menos, en este mundo de cosas físicas, tener contacto directo con el mundo espiritual, del que sabemos tan poco, es un asunto serio. Allí el valor de Gedeón le falló.

Pero Dios le habló de paz (Jueces 6:23). Aquella visión podría haberle hecho daño, pero Dios le aseguró que no sería así. El Señor ya se había apartado de su vista; por lo tanto, Gedeón ya no podía vivir por lo que veía, pero aún podía vivir por fe, la fe que viene por el oír. El Señor le dijo, quizá con una voz audible: «La paz sea contigo. Todo está bien. No tengas miedo. No he venido a matarte. No morirás». Dios se apresura a reanimar el corazón de quienes tiemblan ante su palabra y su presencia, y a mostrar misericordia a quienes reverencian profundamente su majestad.

Entonces Gedeón levantó un altar como memorial de esta visión, principalmente para conservar el recuerdo de lo ocurrido (Jueces 6:24). Esto era especialmente apropiado porque el ángel lo había aceptado mediante una especie de sacrificio sobre una roca, sin el altar acostumbrado. En ese momento no hacía falta un altar, pues el bastón del ángel bastó para apartar la ofrenda. Pero ahora el altar servía para mantener presente la visión. Gedeón lo llamó Jehová-salom, que significa «El SEÑOR es paz» (Jueces 6:24). Este era el título del SEÑOR que le había hablado, como en Génesis 16:13. El mismo SEÑOR que es nuestra justicia también es nuestra paz (Efesios 2:14), el que nos reconcilia con Dios y, por eso, llega a ser nuestro Salvador.

O, en segundo lugar, estas pueden ser las palabras que le dirigió: «El SEÑOR habló paz y creó ese fruto de labios»; es decir, me dijo que estuviera tranquilo cuando estaba tan angustiado. O, en tercer lugar, podría tratarse de una oración basada en lo que Dios había dicho, como lo explica la nota marginal: «Que el SEÑOR envíe paz»; es decir, descanso de la aflicción presente, pues el bienestar del pueblo seguía siendo lo que más le preocupaba.

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