Versículo destacado

Jueces 3:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Estas son las naciones que el SEÑOR dejó para poner a prueba por medio de ellas a Israel, es decir, a todos los de Israel que no habían conocido todas las guerras de Canaán; "

Jueces 3:1

menu_book El versículo en contexto

1 Estas son las naciones que el SEÑOR dejó para poner a prueba por medio de ellas a Israel, es decir, a todos los de Israel que no habían conocido todas las guerras de Canaán;

2 solamente para que las generaciones de los hijos de Israel conocieran la guerra, a fin de enseñarles, por lo menos a los que antes no sabían nada de ella;

3 a saber, los cinco señores de los filisteos, todos los cananeos, los sidonios y los heveos que habitaban en el monte Líbano, desde el monte Baal-hermón hasta la entrada de Hamat.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se nos dice qué quedó de los antiguos habitantes de Canaán. Algunos permanecieron reunidos en grupos organizados y no fueron dispersados. Entre ellos estaban los cinco gobernantes de los filisteos, es decir, los líderes de Asdod, Gaza, Ascalón, Gat y Ecrón (1 Samuel 6:17). Tres de esas ciudades habían sido tomadas parcialmente anteriormente (Jueces 1:18), pero parece que los filisteos, probablemente con la ayuda de las otras dos ciudades, las recuperaron después y las mantuvieron unidas con mayor firmeza. Ellos causaron más dificultades a Israel que cualquier otro pueblo, especialmente en la etapa posterior del tiempo de los jueces, y no fueron sometidos por completo sino hasta los días de David.

También estaba el pueblo llamado cananeo, que se mantenía junto con los sidonios a lo largo de la costa del Gran Mar. En el norte, los heveos ocupaban gran parte del monte Líbano. Era una región distante, y quizá recibían ayuda de las naciones vecinas. Además de estos grupos más grandes, había por toda la tierra remanentes dispersos de las otras naciones, como los hititas y los amorreos. Como Israel los había tolerado neciamente, llegaron a ser numerosos, atrevidos y difíciles de enfrentar. Por eso se dice que los israelitas vivían entre ellos, como si los cananeos todavía tuvieran el derecho sobre la tierra e Israel estuviera allí solamente con su permiso.

Ahora observemos dos cosas acerca de estos pueblos que quedaron. Primero, Dios permitió que permanecieran por razones sabias. En el capítulo anterior, esto se presentó como un acto de justicia de Dios, pues los dejó allí para disciplinar a Israel. Aquí se muestra otro aspecto: también fue un acto de sabiduría. Dios los dejó para que quienes no habían conocido las guerras de Canaán aprendieran a combatir (Jueces 3:1-2). Era la voluntad de Dios que Israel se acostumbrara a la batalla.

Esto era necesario porque su tierra era rica y fértil, llena de cosas buenas. Si nunca se veían obligados a enfrentar dificultades, fácilmente se volverían débiles, perezosos y dados al lujo. No podían vivir siempre en comodidad y abundancia. Necesitaban temporadas de dificultad; de lo contrario, hasta sus soldados se volverían débiles y delicados, como personas que ya no pueden soportar ninguna incomodidad. Esa clase de blandura destruye lo bueno y lo valioso, así que el pueblo de Dios debe cuidarse de ella con mucha atención.

También era necesario porque Israel vivía en medio de naciones hostiles. El pueblo de Dios estaba rodeado de enemigos por todas partes (Jeremías 12:9). Por eso necesitaba entrenamiento, tanto para defender sus fronteras como para prepararse para futuras conquistas, según lo que Dios había prometido. La guerra se aprende mejor mediante la práctica. Enseña destreza militar, pero también forma el espíritu del soldado. Israel necesitaba ser formado como un pueblo de soldados, así como una isla necesita formar marineros.

De esta manera, los cananeos que quedaron eran como un campo de entrenamiento. Al enfrentar peligros menores, Israel estaría preparado para otros mayores. Al aprender a correr con los soldados de infantería, aprendería a competir con los caballos (Jeremías 12:5). Israel también era una representación de la iglesia en este mundo, que debe luchar hasta alcanzar la victoria final. Los soldados de Cristo deben soportar dificultades (2 Timoteo 2:3). De la misma manera, Dios permite que el pecado permanezca incluso en el corazón de los verdaderos creyentes para que aprendan a luchar, se mantengan vestidos con toda la armadura de Dios y permanezcan vigilantes.

El obispo Patrick propone otra posible interpretación de Jueces 3:2. Piensa que podría significar que Israel aprendería lo que implica quedar entregado a sus propias fuerzas. Sus padres habían peleado con el poder de Dios. Dios les había enseñado a combatir y a luchar. Pero ahora, como habían perdido su favor, tendrían que aprender lo que significa pelear como hombres comunes.

Segundo, Israel se mezcló pecaminosamente con los pueblos que habían quedado. Una razón por la que Dios dejó a esas naciones entre ellos fue para poner a prueba a Israel (Jueces 3:4). De esa manera, quienes eran fieles al Dios de Israel mostrarían su fe al resistir la atracción hacia la idolatría, y quienes eran falsos quedarían expuestos al ceder. También en las iglesias cristianas deben surgir enseñanzas falsas para que los creyentes genuinos puedan manifestarse con claridad (1 Corintios 11:19). Israel, cuando fue puesto a prueba, fracasó gravemente.

Primero, se casaron con los cananeos (Jueces 3:6), aunque de esas uniones no podían obtener ni honor ni un verdadero beneficio. Esos matrimonios no mejoraron su linaje ni sus bienes. En vez de ayudar, perjudicaron ambas cosas. Segundo, esos matrimonios los llevaron a participar en la adoración de los cananeos. Sirvieron a sus dioses (Jueces 3:6), a los baales y a las imágenes de Asera (Jueces 3:7), es decir, a los ídolos que se adoraban en lugares sagrados rodeados de árboles frondosos, los cuales servían como templos naturales.

Cuando los buenos se unen demasiado con los malos, hay más razones para temer que los malos corrompan a los buenos que para esperar que los buenos reformen a los malos. Es como colocar una pera podrida junto a una sana. Al volverse hacia otros dioses, olvidaron al SEÑOR su Dios. Para agradar a sus nuevos familiares, hablaban constantemente de los baales y de las imágenes de Asera; poco a poco perdieron el recuerdo del Dios verdadero. Olvidaron que él existía y también olvidaron las obligaciones que tenían con él. En ningún otro aspecto es tan poco confiable la memoria humana como en este: olvidar a Dios. Cuando Dios deja de estar ante nuestros ojos, con frecuencia también deja de estar en nuestra mente. Y de ese olvido comienza toda la maldad del mundo: se han apartado del camino correcto porque han olvidado al SEÑOR su Dios.

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