Versículo destacado
Jueces 20:18 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Los hijos de Israel se levantaron, subieron a la casa de Dios y consultaron a Dios. Dijeron: «¿Quién de nosotros subirá primero a la batalla contra los hijos de Benjamín?» Y el SEÑOR respondió: «Judá subirá primero». "
Jueces 20:18
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
16 Entre todo este pueblo había setecientos hombres escogidos, zurdos; cada uno podía lanzar piedras con la honda y acertar a un blanco del ancho de un cabello sin fallar.
17 Los hombres de Israel, sin contar a Benjamín, fueron contados: cuatrocientos mil hombres que sacaban espada; todos ellos eran hombres de guerra.
18 Los hijos de Israel se levantaron, subieron a la casa de Dios y consultaron a Dios. Dijeron: «¿Quién de nosotros subirá primero a la batalla contra los hijos de Benjamín?» Y el SEÑOR respondió: «Judá subirá primero».
19 Los hijos de Israel se levantaron por la mañana y acamparon frente a Gabaá.
20 Los hombres de Israel salieron a combatir contra Benjamín, y se pusieron en formación de batalla contra ellos en Gabaá.
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Aquí vemos a Israel derrotado en sus dos primeras batallas contra los benjaminitas.
Antes de la primera batalla, consultaron a Dios acerca del orden de combate, y él les indicó cómo proceder. Sin embargo, fueron derrotados con gran severidad. No preguntaron si debían atacar a Benjamín, porque ese asunto parecía suficientemente claro. Los hombres de Gabaa debían ser castigados por su maldad, e Israel era la nación encargada de ejecutar ese castigo. Su pregunta fue: «¿Quién de nosotros subirá primero?» (Jueces 20:18). En otras palabras, preguntaban quién dirigiría el ejército. Si una tribu debía ir al frente, el príncipe de esa tribu sería considerado el comandante de toda la fuerza. Si solo se hubieran referido al orden de marcha, habrían preguntado quién debía ir después, y luego quién seguiría. Pero una vez que Judá fue escogida para ir primero, todas las tribus tuvieron que seguir el liderazgo del príncipe de esa tribu.
Judá recibió ese honor porque nuestro Señor Jesucristo vendría de esa tribu y ocuparía el primer lugar en todas las cosas. La tribu que iba al frente tenía la posición más honorable, pero también enfrentaba el mayor peligro y probablemente sufriría las pérdidas más grandes en la batalla. ¿Quién querría luchar por el primer lugar sabiendo lo arriesgado que era? Sin embargo, aunque Judá, una tribu fuerte y valiente, fue al frente y todo Israel marchó con ella, el pequeño Benjamín, como se le llama en (Salmo 68:27), resultó ser demasiado fuerte para todos. Todo el ejército sitió a Gabaa (Jueces 20:19). Los benjaminitas salieron para romper el sitio, e Israel se preparó para enfrentarlos con firmeza (Jueces 20:20). Pero los benjaminitas atacaron con ferocidad por el frente, mientras que los hombres de Gabaa salieron contra la retaguardia. Así Israel quedó confundido y perdió a veintidós mil hombres (Jueces 20:21). No tomaron prisioneros, porque no mostraron misericordia: a todos los mataron a filo de espada.
Antes de la segunda batalla, volvieron a consultar a Dios, y lo hicieron con más fervor que antes. Lloraron delante del SEÑOR hasta la noche (Jueces 20:23), lamentando la pérdida de tantos hombres valientes, especialmente porque esa derrota mostraba que Dios estaba disgustado con ellos. También les daba a los benjaminitas motivos para jactarse del éxito de su maldad. Esta vez no preguntaron quién debía ir primero, sino si debían subir a combatir. Tenían buenas razones para vacilar, especialmente después de que la providencia parecía haberse vuelto contra ellos, pues Benjamín era su hermano. Estaban dispuestos a deponer las armas si Dios así lo ordenaba. Dios les dijo que subieran. Permitió el ataque porque, aunque Benjamín era su hermano, se había vuelto como una parte enferma del cuerpo que debía ser amputada.
Después de eso cobraron ánimo, aunque quizá se apoyaron más en sus propias fuerzas que en el mandato de Dios. Atacaron por segunda vez a los rebeldes en el mismo lugar donde se había librado la primera batalla (Jueces 20:22). Esperaban recuperar su honor en el mismo terreno donde lo habían perdido, y no evitaron supersticiosamente aquel lugar como si les hubiera traído mala suerte. Pero volvieron a ser rechazados, con la pérdida de dieciocho mil hombres (Jueces 20:25). Las pérdidas de ambos días sumaron cuarenta mil hombres, la décima parte de todo su ejército, el mismo número que antes habían escogido por sorteo para encargarse de llevar provisiones (Jueces 20:10). Habían apartado una décima parte para ese servicio, y ahora Dios tomó de nuevo una décima parte en juicio.
¿Cómo debemos entender que una causa tan justa y honorable fracasara dos veces? ¿Acaso no estaban peleando la batalla de Dios contra el pecado? ¿No habían recibido su mandato? Y, aun así, perdieron. Primero, los juicios de Dios son profundos y sus caminos están en el mar. Con frecuencia lo rodean nubes y oscuridad, pero la justicia y el derecho son siempre el fundamento de su trono. Podemos confiar en que Dios hace lo correcto aun cuando no logremos ver sus razones. Segundo, Dios les estaba mostrando a ellos, y también a nosotros por medio de ellos, que la carrera no la gana siempre el más veloz ni la batalla el más fuerte. No debemos confiar en el número de personas, como quizá Israel lo hizo con demasiada seguridad. Nunca debemos apoyarnos únicamente en el poder humano, porque solo la Roca eterna puede sostener todo el peso de nuestra confianza.
Tercero, Dios estaba corrigiendo a Israel por sus propios pecados. Hacían bien en mostrar celo contra la maldad de Gabaa, pero ¿no había también pecado entre ellos? A quienes se apresuran a condenar a otros hay que hacerles reconocer su propia culpa. Algunos consideran que esto también fue una reprensión porque no habían enfrentado la idolatría de Micaía y de los danitas, que había corrompido su religión. Ahora actuaban contra la conducta vergonzosa de Gabaa y de los benjaminitas, que perturbaba la paz pública, aunque Dios les había ordenado claramente hacer guerra contra los idólatras (Deuteronomio 13:12).
Cuarto, Dios nos estaba enseñando a no sorprendernos cuando una buena causa sufre una derrota temporal, ni a juzgar una causa por su éxito. La obra de la gracia en el corazón y de la verdadera religión en el mundo puede ser derribada, sufrir grandes pérdidas y parecer casi destruida, pero al final la justicia triunfará. Podemos ser derrotados en una batalla, pero no en la guerra completa. La justicia puede caer, pero volverá a levantarse.
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De este capítulo
Jueces 20:1
"Entonces todos los hijos de Israel salieron, y la congregación se reunió como un solo hombre, desde Dan hasta Beerseba, junto con la tierra de Galaad, ante el SEÑOR en Mizpa."
Jueces 20:2
"Los principales de todo el pueblo, es decir, de todas las tribus de Israel, se presentaron en la asamblea del pueblo de Dios: cuatrocientos mil soldados de infantería que sacaban espada."
Jueces 20:3
"(Los hijos de Benjamín oyeron que los hijos de Israel habían subido a Mizpa). Entonces los hijos de Israel dijeron: «Dígannos, ¿cómo ocurrió esta maldad?»"
Jueces 20:4
"El levita, esposo de la mujer que había sido asesinada, respondió: Yo llegué con mi concubina a Gabaá, que pertenece a Benjamín, para pasar la noche."
Jueces 20:5
"Los hombres de Gabaá se levantaron contra mí y, durante la noche, rodearon la casa por causa de mí. Pensaban matarme, y violaron a mi concubina, de modo que murió."
Jueces 20:6
"Entonces tomé a mi concubina, la corté en pedazos y los envié por todo el territorio de la herencia de Israel, porque ellos cometieron infamia y locura en Israel."
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