Versículo destacado

Jueces 18:14 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces los cinco hombres que habían ido a espiar el territorio de Laís respondieron y dijeron a sus hermanos: «¿Saben que en estas casas hay un efod, terafines, una imagen tallada y una imagen fundida? Por lo tanto, consideren ahora lo que deben hacer». "

Jueces 18:14

menu_book El versículo en contexto

12 Subieron y acamparon en Quiriat-jearim, en Judá. Por eso llamaron a aquel lugar Mahane-dan hasta el día de hoy. He aquí, está detrás de Quiriat-jearim.

13 Desde allí pasaron a la región montañosa de Efraín y llegaron a la casa de Micaía.

14 Entonces los cinco hombres que habían ido a espiar el territorio de Laís respondieron y dijeron a sus hermanos: «¿Saben que en estas casas hay un efod, terafines, una imagen tallada y una imagen fundida? Por lo tanto, consideren ahora lo que deben hacer».

15 Ellos se dirigieron hacia allá y llegaron a la casa del joven levita, a la casa de Micaía, y lo saludaron.

16 Los seiscientos hombres de los hijos de Dan, provistos de sus armas de guerra, se quedaron junto a la entrada de la puerta.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Los danitas habían enviado espías para buscar tierras para sí mismos, y les había ido bien en esa búsqueda. Pero ahora, al llegar a este lugar, hicieron otro descubrimiento para sus hermanos, uno que ni siquiera habían mencionado antes. Podían decirles dónde había dioses: «Aquí, en estas casas, hay un efod, terafines y muchas cosas valiosas para el culto, cosas que no tenemos en nuestra propia tierra. Así que consideren ahora lo que deben hacer» (Jueces 18:14).

Habían consultado esas imágenes para pedirles dirección y habían recibido lo que ellos consideraban una buena respuesta. Por eso razonaron que esos dioses valían la pena, incluso que valía la pena robárselos si era necesario. Si tan solo lograban apoderarse de esos dioses, esperaban poder conquistar también Laís. En una cosa tenían razón: es bueno contar con la presencia de Dios. Pero estaban completamente equivocados al considerar aquellas imágenes —más apropiadas para un espectáculo de títeres que para el culto— como señales de la presencia de Dios.

Pensaban que un oráculo sería un compañero útil en su campaña, como un consejo permanente al que pudieran acudir para cada problema. Y como el lugar donde iban a vivir estaría lejos de Silo, creían que necesitaban una casa de dioses entre ellos más de lo que Micaía, el hombre dueño del santuario, la necesitaba cerca de Silo. Podían haber fabricado su propio efod y sus propios terafines con la misma facilidad, y estos les habrían servido igual de bien para su propósito.

Pero la reputación que ya tenían esos objetos, aunque era reciente, los llevó a mostrar un respeto extraño por aquella casa de dioses. Si se hubieran detenido a preguntar de dónde provenía y si había algo verdaderamente de Dios en su origen, habrían visto lo que realmente era. Sin embargo, ya habían decidido llevarse esos dioses, así que el relato nos cuenta cómo robaron las imágenes, convencieron al sacerdote para que los acompañara y asustaron a Micaía cuando intentó recuperarlas.

En primer lugar, los cinco hombres que conocían la casa y los caminos para llegar a ella, especialmente el santuario, entraron y sacaron las imágenes, junto con el efod, los terafines y todo lo demás, mientras los seiscientos hombres mantenían ocupado al sacerdote en la entrada (Jueces 18:16-18). Vean qué poco cuidaba este pobre sacerdote a sus dioses. Mientras se quedaba en la entrada mirando a los extraños, su tesoro, por llamarlo de alguna manera, ya había desaparecido. Vean también cuán impotentes eran esos dioses, pues ni siquiera podían evitar que se los robaran.

Por esta misma razón, las Escrituras tratan a los ídolos con desprecio y dicen que ellos mismos fueron llevados cautivos (Isaías 46:2). ¡Qué insensatez la de estos danitas! ¿Cómo podían pensar que esos dioses los protegerían cuando ni siquiera podían protegerse a sí mismos? Sin embargo, como esos objetos eran llamados dioses —como si no fuera suficiente tener con ellos al Dios vivo e invisible y las señales visibles de su presencia en el tabernáculo—, nada los satisfacía si no tenían dioses propios. No eran objetos hechos por ellos, pero eso era casi igual de malo, pues eran objetos que ellos mismos habían robado.

Su idolatría comenzó con un robo, una apertura apropiada para un crimen semejante. Para quebrantar el segundo mandamiento, primero quebrantaron el octavo: tomaron los bienes de su prójimo para convertirlos en sus dioses. El Dios santo aborrece que se use lo robado como ofrenda quemada, pero al diablo le agrada. Si los danitas hubieran tomado las imágenes para destruirlas y al sacerdote para castigarlo, habrían actuado como verdaderos israelitas y mostrado celo por Dios, tal como lo habían hecho sus antepasados en otro tiempo (Josué 22:16). Pero tomarlas para su propio uso demostró que no temían a Dios ni respetaban a las personas. Estaban completamente perdidos tanto en la piedad como en la honestidad.

En segundo lugar, se acercaron al sacerdote y lo halagaron hasta ponerlo de buen humor, de modo que no solo dejara ir a los dioses, sino que también se fuera con ellos. Sin él, no sabían cómo usar debidamente esos dioses. Lo tentaron prometiéndole un mejor salario y mayor honra entre ellos (Jueces 18:19). Como capellán de todo un grupo —pues eso era, aunque se llamaran una tribu— recibiría más honra y mejor recompensa que como capellán privado de una sola casa.

Si se iba con ellos, tendría más personas que dependieran de él, más sacrificios llevados a su altar y más dinero por consultar sus terafines que el que recibía allí. Y lo convencieron fácilmente. «Su corazón se alegró» (Jueces 18:20). La propuesta encajaba con su carácter inconstante, que nunca quería permanecer mucho tiempo en un mismo lugar, y alimentaba su avaricia y su ambición. No tenía ninguna razón para quejarse de Micaía. Micaía no lo había engañado ni le había reducido el salario.

Tampoco lo movía una conciencia culpable por servir a una imagen tallada. Si hubiera ido a Silo para servir a los sacerdotes del Señor, como correspondía a un levita, allí podría haber sido bien recibido (Deuteronomio 18:6), y su traslado habría sido bueno. En cambio, se llevó las imágenes y llevó el veneno de la idolatría a toda una ciudad. Ya habría sido bastante malo abandonar a Micaía, pero llevarse también las imágenes fue una ofensa mucho mayor, pues sabía cuánto las valoraba Micaía. Sin embargo, de un levita infiel no se podía esperar nada mejor. ¿Qué casa puede confiar en un hombre que ha abandonado la casa del Señor? ¿A qué amigo permanecerá fiel alguien que ha sido infiel a su Dios?

No podía decir que lo habían obligado, porque en su corazón estaba contento de irse. Como dice el obispo Hall, si diez siclos podían ganárselo, once podían hacerlo cambiar de bando; pues ¿qué puede detener a un hombre que ha destruido una buena conciencia? El asalariado huye porque trabaja solo por un salario. El sacerdote y sus dioses avanzaron en medio del pueblo. Lo colocaron allí para que no pudiera regresar si cambiaba de opinión y para que Micaía no pudiera recuperarlo fácilmente. O quizá lo pusieron en medio imitando la marcha de Israel por el desierto, cuando el arca y los sacerdotes iban en medio del campamento.

En tercer lugar, hicieron retroceder a Micaía por medio del miedo cuando él los persiguió para recuperar sus dioses. En cuanto vio que habían saqueado su santuario y que su sacerdote había huido, reunió toda la ayuda que pudo y persiguió a los ladrones (Jueces 18:22). Sus vecinos, y quizá también algunos trabajadores que se habían unido a él en su culto, estuvieron dispuestos a ayudarlo. Se reunieron y persiguieron a los ladrones, que llevaban a sus hijos y su ganado delante de ellos (Jueces 18:21), por lo que no podían avanzar muy rápido. Esto permitió que los hombres de Micaía los alcanzaran, con la esperanza de recuperar lo robado mediante la razón y una apelación, ya que eran demasiado pocos para esperar recuperarlo por la fuerza.

Los perseguidores les gritaron, pues querían hablar con ellos. Los que iban atrás —donde al parecer habían colocado a los hombres más fuertes y valientes— se volvieron y le preguntaron a Micaía qué ocurría y qué quería (Jueces 18:23). Micaía discutió con ellos y reclamó lo que consideraba su derecho. Ellos respondieron apoyándose en la fuerza, y al final la fuerza venció, porque con frecuencia el poder se impone sobre la justicia.

Micaía comenzó señalando claramente el mal que le habían hecho (Jueces 18:24): «Ustedes se han llevado mis dioses y mis imágenes», dijo; «las cosas que yo hice y que, por lo tanto, en mi opinión, me pertenecían legítimamente. Estoy tan unido a ellas que quedaré arruinado si las pierdo. ¿Qué más tengo que pueda ayudarme si estas desaparecen?». Esto muestra cuán insensato es el culto a los ídolos y cuánto poder tiene Satanás sobre las personas por medio de él. Fue una insensatez que Micaía llamara «dioses» a cosas que él mismo había hecho, pues solo debe adorarse como Dios al que nos creó.

Esto también muestra nuestra propia idolatría espiritual, que consiste en darles a ciertas cosas un lugar en el corazón que le pertenece únicamente a Dios. Cualquier criatura en la que pongamos nuestra felicidad, a la que amemos demasiado y cuya pérdida no podamos soportar se convierte en un ídolo para nosotros. Esa cosa toma el lugar de Dios y actúa como un gobernante falso cuando la tratamos como si nuestra vida, nuestro consuelo, nuestra esperanza y nuestra felicidad dependieran por completo de ella. Pero si otras personas se aferran tan firmemente a sus dioses falsos, ¿no deberíamos sentir un apego mucho más profundo hacia nuestro Dios verdadero? Tener a Dios y disfrutar de comunión con él es la porción más rica que una persona puede tener, y perder su favor es la peor pérdida.

Micaía también enfrentó el peligro que ellos estaban dispuestos a hacer caer sobre él si continuaba defendiendo su reclamo. No quisieron escuchar razones ni hacer lo correcto. Ni siquiera ofrecieron pagarle el costo de fabricar las imágenes, mucho menos devolverle lo que habían tomado después de usarlo para sus propios fines. No mostraron compasión por una pérdida que él sentía tan profundamente. En cambio, lo amenazaron con violencia si no dejaba de exigir lo que era suyo, y estuvieron dispuestos a justificar el robo con el asesinato (Jueces 18:25). En efecto, le estaban diciendo: «Ten cuidado, o unos hombres enojados caerán sobre ti y perderás la vida, lo cual es peor que perder tus dioses».

Las personas malvadas e irrazonables a menudo creen que se comete una ofensa grave cuando se les pide hacer lo correcto. Usan el poder para defenderse de la justicia y del sentido común. Micaía solo había pedido que le devolvieran lo que le pertenecía, pero aun eso puso en peligro su vida y la de su familia. No tuvo suficiente valor para arriesgar la vida con tal de recuperar sus dioses, lo que demuestra cuánta desconfianza tenía realmente en la capacidad de ellos para protegerlo. Así que renunció a ellos y regresó a su casa (Jueces 18:26). Si perder sus ídolos le hubiera mostrado su vacío y su propia insensatez al amarlos, y lo hubiera hecho volver al Dios verdadero que había abandonado, entonces el hombre que los perdió habría ganado mucho más que los hombres que se los robaron.

Si perder nuestros ídolos nos libra de amarlos y nos lleva a decir: «¿Qué tenemos que ver ya con los ídolos?», entonces esa pérdida es, en realidad, una gran ganancia. Véanse Isaías 2:20; Isaías 30:22.

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