Versículo destacado

Jueces 1:9 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Después, los hijos de Judá descendieron para combatir contra los cananeos que habitaban en la región montañosa, en el sur y en el valle. "

Jueces 1:9

menu_book El versículo en contexto

7 Entonces Adoni-bezec dijo: «Setenta reyes, con los pulgares de las manos y los dedos gordos de los pies cortados, recogían su comida debajo de mi mesa. Tal como yo hice, así Dios me ha pagado». Después lo llevaron a Jerusalén, y allí murió.

8 Los hijos de Judá habían combatido contra Jerusalén, la habían tomado, la habían herido a filo de espada y habían incendiado la ciudad.

9 Después, los hijos de Judá descendieron para combatir contra los cananeos que habitaban en la región montañosa, en el sur y en el valle.

10 Judá marchó contra los cananeos que habitaban en Hebrón: (antes el nombre de Hebrón era Quiriat-arba:) y mataron a Sesai, Ahimán y Talmai.

11 Desde allí fue contra los habitantes de Debir; antes el nombre de Debir era Quiriat-sefer:

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos otra parte de la gloriosa y exitosa campaña de Judá y Simeón. El territorio que le correspondía a Judá había quedado bastante libre de los cananeos, aunque no por completo. Expulsaron a los habitantes de la región montañosa, las montañas alrededor de Jerusalén (Jueces 1:9, 19). Pero los que vivían en el valle mantuvieron su posición porque tenían carros de hierro, como también leemos en (Josué 17:16).

En esto, los hombres de Judá fracasaron, y su fracaso debilitó el buen efecto que su ejemplo había producido en las otras tribus. Hasta ese momento, las demás tribus habían seguido a Judá con valentía; ahora lo siguieron con temor. El enemigo tenía carros de hierro, y Judá pensó que era demasiado peligroso atacar. Pero ¿había olvidado Israel al Dios que tiene miles de ángeles semejantes a carros de guerra de su lado (Salmo 68:17)? Delante de él, aquellos carros de hierro habrían sido como paja seca frente al fuego. Dios ya había prometido darles la victoria por medio de su palabra directa en esa misma campaña (Jueces 1:2), y no había hecho ninguna excepción por causa de los carros de hierro. Sin embargo, el temor venció a la fe. No confiaron en Dios cuando las probabilidades parecían estar en su contra, así que retrocedieron ante los carros de hierro en vez de completar la victoria con un último esfuerzo decidido. Ese fracaso tuvo consecuencias dañinas. Estaban avanzando bien, pero permitieron que algo los detuviera (Gálatas 5:7).

Entonces Caleb, el espía fiel y siervo de Dios, recibió Hebrón como posesión. Josué le había entregado esa ciudad diez o doce años antes, según calcula el Dr. Lightfoot, pero Caleb había retrasado la toma de posesión porque estaba ocupado sirviendo públicamente y ayudando a establecer a las tribus. Le importaba más el bienestar de los demás que su propio beneficio, y estaba dispuesto a recibir lo último. Son pocas las personas así, pues la mayoría busca sus propios intereses (Filipenses 2:20-21). Ahora los hombres de Judá se unieron para ayudarlo a tomar Hebrón (Jueces 1:10), y mataron a los hijos de Anac, aquellos descendientes gigantes que vivían allí, para que Caleb finalmente pudiera recibir la ciudad (Jueces 1:20). Así, entregaron Hebrón a Caleb.

Ahora Caleb quería corresponder a la bondad de sus compatriotas, por lo que deseaba que Debir fuera conquistada y entregada a los hombres de Judá. Para acelerar la conquista, ofreció a su hija al hombre que dirigiera el ataque contra aquella ciudad importante (Jueces 1:11-12). Otoniel aceptó valientemente el desafío y obtuvo tanto la ciudad como a la joven (Jueces 1:13). Después, gracias al buen juicio de su esposa y a la petición que ella hizo a su padre, recibió una herencia muy buena para él y su familia (Jueces 1:14-15). Esta misma historia ya se había relatado en (Josué 15:16-19), donde se explica con más detalle.

Simeón también avanzó contra los cananeos dentro de su propio territorio (Jueces 1:17-18). En la parte oriental de su tierra, destruyeron a los cananeos de Sefat y le cambiaron el nombre a Hormá, que significa «destrucción». Añadieron esta ciudad a otras ciudades consagradas a la destrucción que ya habían recibido ese nombre en los alrededores, y con buena razón (Números 21:2-3). Esto quizá fue el cumplimiento completo del voto que habían hecho anteriormente: destruir por completo las ciudades cananeas del sur. En la parte occidental, tomaron Gaza, Ascalón y Ecrón, ciudades de los filisteos. Por el momento quedaron bajo su control, pero como no destruyeron a sus habitantes, los filisteos recuperaron más tarde esas ciudades y se convirtieron en amargos enemigos de Israel. Nada bueno podía resultar de hacer la obra de Dios solo a medias.

Los ceneos también encontraron un hogar dentro de la tribu de Judá. Escogieron esa tribu en vez de cualquier otra porque era la más fuerte y parecía la más segura (Jueces 1:16). Eran descendientes de Jetro, el suegro de Moisés. Es posible que hubieran ido con Israel cuando Moisés lo invitó a acompañarlos (Números 10:29), o que se encontraran con ellos después y se unieran en ese momento, tal como Moisés les había prometido que compartirían las bendiciones de Israel (Números 10:32). Al principio se establecieron en la ciudad de las palmeras, Jericó, una ciudad que nunca debía ser reconstruida. Ese lugar les convenía, pues vivían en tiendas y no tenían mucho interés en construir. Más tarde se trasladaron al desierto de Judá, quizá porque amaban aquel lugar tranquilo y apartado, o porque sentían afecto por esa tribu, que tal vez les había mostrado una bondad especial.

Sin embargo, más adelante encontramos a Jael, que pertenecía a esa misma familia, muy al norte, en el territorio de Neftalí, cuando Sísara buscó refugio en su tienda (Jueces 4:17). Israel mostró bondad hacia los ceneos al permitirles establecerse donde quisieran. Eran un pueblo pacífico, contento con poco, sin importar dónde viviera. Quienes no molestaban a nadie no eran molestados por nadie. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

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