Versículo destacado

Josué 4:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Cuando todo el pueblo terminó de cruzar el Jordán, el SEÑOR habló a Josué y le dijo: "

Josué 4:1

menu_book El versículo en contexto

1 Cuando todo el pueblo terminó de cruzar el Jordán, el SEÑOR habló a Josué y le dijo:

2 Toma del pueblo doce hombres, uno de cada tribu,

3 y mándales: «Tomen de aquí, de en medio del Jordán, del lugar donde los pies de los sacerdotes permanecieron firmes, doce piedras. Llévenlas con ustedes y déjenlas en el lugar donde se alojarán esta noche».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Podemos imaginar fácilmente lo ocupados que estaban Josué y todos los hombres de guerra mientras cruzaban el Jordán. No solo estaban marchando hacia territorio enemigo, sino que lo hacían a plena vista de sus adversarios. Además, tenían que hacer pasar a sus esposas, hijos, familias, ganado, tiendas y todas sus pertenencias por aquel camino extraño y poco transitado. El terreno probablemente era lodoso o pedregoso, difícil para los débiles y aterrador para los temerosos, con un descenso pronunciado hasta el lecho del río y luego una subida igualmente empinada. Cada hombre debió tener la mente llena de preocupaciones y las manos ocupadas en el trabajo; Josué, más que cualquiera de ellos.

Sin embargo, en medio de toda aquella actividad, había que cuidar que se conservara la memoria de esta gran obra de Dios. Esa preocupación no podía posponerse hasta que llegara un momento más tranquilo. Aprendemos que, por muchas responsabilidades que tengamos con nosotros mismos y con nuestras familias, no debemos descuidar lo que le debemos a la gloria y al honor de Dios, porque ese es nuestro trabajo más importante. Dios dio las instrucciones para preparar el memorial. Si Josué lo hubiera hecho por iniciativa propia, podría haber parecido que intentaba asegurar su propio nombre y honor. Pero como Dios mismo lo estableció, el memorial tendría un peso sagrado para las generaciones posteriores.

Las obras maravillosas de Dios deben conservarse en la memoria, y deben emplearse medios sabios para preservarlas. Algunos israelitas que cruzaron el Jordán quizá eran tan indiferentes e ingratos que no sentían interés en recordarlo. Otros quizá estaban tan profundamente conmovidos que pensaban que no hacía falta ningún monumento, porque el corazón y la lengua de cada israelita mantendrían vivo el recuerdo para siempre. Pero Dios conocía la debilidad humana y sabía lo rápido que probablemente olvidarían sus obras. Por eso proveyó una manera de que este acontecimiento fuera recordado por todas las generaciones, incluso por quienes no leerían el relato en las Escrituras. El monumento también respaldaría la verdad de lo ocurrido y serviría como evidencia para las épocas posteriores que pudieran ponerlo en duda.

Debía levantarse un monumento, y Josué, como comandante principal, tenía que dar instrucciones al respecto. Esto ocurrió después de que todo el pueblo hubiera terminado de cruzar el Jordán, sin que quedara atrás ni siquiera la persona más débil. Así, la obra de Dios estaba completamente realizada y todos los israelitas se encontraban a salvo en Canaán. Entonces Dios habló con Josué y le indicó que reuniera los materiales para el memorial. Es razonable pensar, como sugiere el obispo Patrick, que Josué se había apartado para dar gracias de inmediato por aquella gran misericordia, y que allí Dios se encontró con él y le habló. También es posible que Dios hubiera dado estas instrucciones por medio del sacerdote Eleazar, pues Dios había designado a Eleazar para buscar dirección para Josué mediante el juicio del Urim, a fin de que Josué y todo Israel salieran y entraran conforme a su palabra (Números 27:21).

Había que escoger a un hombre de cada tribu para preparar el memorial. De ese modo, cada tribu escucharía la historia de labios de uno de los suyos y también participaría en honrar a Dios. No solo los levitas, sino todo israelita debía contribuir, en el lugar que le correspondiera, a dar a conocer las obras poderosas de Dios (Salmo 145:12). Incluso las dos tribus que ya habían recibido su herencia debían participar en este memorial, porque también habían compartido aquella misericordia.

Las piedras del memorial debían tomarse del centro del cauce, probablemente de entre las muchas piedras grandes que había allí, y lo más cerca posible del lugar donde estaban los sacerdotes con el arca (Josué 4:3, Josué 4:5). Un monumento así habría merecido piedras labradas con esmero y formadas con gran habilidad, pero las piedras del lecho del río eran más apropiadas para mostrar el milagro. Las generaciones futuras debían saber por medio de ellas que el Jordán había sido detenido, porque esas mismas piedras habían sido sacadas de allí. Al establecer señales, Dios siempre escogió lo que era adecuado y significativo, no lo ostentoso o refinado, pues ha escogido las cosas débiles del mundo. Después de cruzar, aquellos doce hombres fueron enviados de nuevo al lugar donde estaba el arca. Se les permitió acercarse a ella para realizar este servicio, aunque los demás no podían hacerlo. Se les dijo: «Pasen delante del arca» (Josué 4:5), es decir, entraran en la presencia del arca, que ahora estaba en medio del Jordán, y sacaran de allí las piedras.

El propósito de estas piedras también fue establecido con claridad: serían una señal y un memorial (Josué 4:6, Josué 4:7). En los años siguientes, motivarían a los niños a preguntar a sus padres cómo habían llegado allí. Probablemente el terreno de los alrededores no era pedregoso, así que las piedras llamarían la atención. Entonces los padres explicarían, tal como ellos mismos habían aprendido, que precisamente en ese lugar el Jordán había sido dividido por el poder todopoderoso de Dios para permitir que Israel entrara en Canaán, como Josué explica con más detalle posteriormente (versículo 22 y siguientes).

De acuerdo con estas instrucciones, el trabajo se realizó. Se sacaron doce piedras del centro del Jordán y se llevaron, a la vista de todo el pueblo, al lugar donde acamparon esa noche (versículo 8). Es probable que las piedras fueran tan grandes como pudieran cargarlas con seguridad y tan parecidas entre sí como fuera posible en tamaño y forma. No podemos saber con certeza si se marcharon con ellas de inmediato o si se quedaron esperando al arca y mantuvieron el paso con su solemne procesión, para honrar su entrada triunfal en Canaán. Al mandarles que levantaran estas piedras, Dios, en cierto sentido, les estaba dando posesión de la buena tierra. Ahora les pertenecía verdaderamente, y debían entrar en ella y tomar posesión. Por eso lo que hicieron aquellos doce hombres se presenta como algo que hizo todo Israel (versículo 8), porque ellos representaban a sus tribus.

En esto podemos pensar en nuestro Señor Jesucristo, nuestro Josué, quien venció el poder de la muerte y secó aquel Jordán, abriendo el reino de los cielos para todos los creyentes. Él designó a sus doce apóstoles, en correspondencia con el número de las tribus de Israel, para llevar el conocimiento de este memorial del evangelio a lugares distantes y a las generaciones futuras.

Probablemente las piedras fueron apiladas tan alto, formando un montón o una columna, que la parte superior podía verse cuando el agua estaba baja. Aun cuando el río estuviera profundo, quizá podían distinguirse bajo el agua clara, o al menos el agua podía romper alrededor de ellas de una manera visible. Entonces los barqueros tendrían que desviarse, como lo hacen alrededor de una roca. De alguna manera, las piedras podían reconocerse y señalaban el lugar exacto donde había estado el arca.

Esto también serviría como un segundo memorial, junto al que se levantaría en tierra firme, en Gilgal, para fortalecer el testimonio y mantener vivo el recuerdo. Cuando Dios da una señal dos veces, el asunto queda confirmado con certeza.

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