Versículo destacado
Juan 11:45 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces muchos de los judíos que habían ido a ver a María y habían visto lo que Jesús hizo creyeron en él. "
Juan 11:45
¿Qué significa Juan 11:45?
Juan 11:45 muestra que muchos testigos del milagro de Jesús, cuando Lázaro volvió a vivir, reconocieron su poder y creyeron en él. El versículo enseña que las obras de Jesús pueden despertar la fe, incluso en medio del dolor. Ante una enfermedad o pérdida, recordar este relato ofrece esperanza y confianza en su compasión.
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El versículo en contexto
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43 Después de decir esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!».
44 El que había muerto salió, con las manos y los pies atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo y déjenlo ir».
45 Entonces muchos de los judíos que habían ido a ver a María y habían visto lo que Jesús hizo creyeron en él.
46 Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho.
47 Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron al Consejo y dijeron: ¿Qué hacemos? Porque este hombre hace muchos milagros.
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Aquí vemos lo que sucedió después de este gran milagro. Como de costumbre, produjo resultados opuestos. Para algunos, se convirtió en un regalo de vida que los llevó a la fe. Para otros, fue motivo de un endurecimiento y un juicio aún mayores.
Algunas personas quedaron conmovidas y llegaron a creer. Juan dice que muchos de los judíos, al ver lo que Jesús había hecho, creyeron en él. Tenían toda razón para hacerlo, porque aquello era una prueba clara de que Jesús había venido de parte de Dios. Ya habían oído hablar de sus milagros y habían intentado evadir la verdad cuestionando si realmente habían ocurrido. Pero ahora habían visto este milagro con sus propios ojos, y finalmente su incredulidad fue vencida. Bienaventurados los que no han visto y aun así han creído.
Cuanto más vemos de Cristo, más razones encontramos para amarlo y confiar en él. Estos creyentes eran algunos de los judíos que habían ido a ver a María, la hermana de Lázaro, para consolarla. Cuando hacemos cosas bondadosas por los demás, muchas veces nos colocamos en el lugar donde Dios también puede bendecirnos. Al servir a otros, quizá encontremos nuevas oportunidades de recibir el bien de parte de Dios.
Otros se levantaron contra Jesús y se endurecieron aún más en su incredulidad. Algunos testigos presenciales no quedaron convencidos en absoluto. Más bien, fueron a los fariseos, los líderes religiosos judíos y enemigos de Jesús, y les contaron lo que él había hecho. No compartieron la noticia para honrar a Cristo, ni siquiera para que los líderes reflexionaran más seriamente sobre él. Contaron lo sucedido con una intención maliciosa, esperando impulsar a los líderes a actuar contra Jesús.
Este es un ejemplo impactante de una incredulidad obstinada. Se negaron a aceptar la prueba más contundente posible. Es difícil entender cómo pudieron resistirse a semejante evidencia, a menos que el dios de este mundo les hubiera cegado el entendimiento. También muestra un odio profundo. Aunque no quisieran creer que Jesús era el Mesías, uno habría esperado que al menos se ablandaran un poco y dejaran de perseguirlo. Pero si el agua no apaga un fuego, lo aviva aún más. Su informe era verdadero, pero su malicia le dio un matiz perverso. Distorsionar algo verdadero es tan malo como inventar una mentira. En los Salmos, Doeg es descrito como una lengua engañosa, aunque lo que dijo era cierto (Salmo 52:2-4; Salmo 120:2-3).
Los principales sacerdotes y los fariseos, gobernantes y líderes del pueblo, no se enojaron menos al escuchar el informe. Por eso convocaron al consejo, una reunión especial de su órgano de gobierno. Así se cumplió la Escritura que dice que los gobernantes se confabulan contra el Señor (Salmo 2:2). En nombre del bien público, en realidad estaban causando un gran daño. Las cosas que pertenecían a la paz de la nación estaban ocultas a los ojos de quienes debían protegerla.
Este consejo no tenía únicamente el propósito de pedir consejo. También les dio la oportunidad de incitarse unos a otros al odio. Así como el hierro se afila con el hierro, ellos se afilaban mutuamente la ira contra Cristo y su enseñanza. El asunto que tenían delante era qué hacer con Jesús para detener el crecimiento de su influencia. Decían: «¿Qué estamos haciendo? Este hombre hace muchos milagros». Estaban tan alarmados que trataron la resurrección de Lázaro como si un gran ejército enemigo hubiera invadido su territorio.
Admitieron que Jesús había hecho muchos milagros. Al hacerlo, se convirtieron en testigos contra sí mismos, porque reconocían sus señales, pero rechazaban su afirmación. También estaban molestos consigo mismos por no haber actuado antes para acabar con él. Ni una sola vez se preguntaron si debían recibirlo como el Mesías, aunque supuestamente estaban esperando al Mesías y Jesús había dado pruebas contundentes de que él era ese Mesías. En cambio, dieron por sentado que debía ser un enemigo al que había que derribar.
Temían que Jesús y sus seguidores provocaran problemas con los romanos (Juan 11:48). Decían que, si lo dejaban continuar, todos creerían en él, y entonces los romanos vendrían y les quitarían su lugar y su nación. En su mente, no había tiempo que perder. Su temor muestra cuánta confianza tenían en su propio poder. Actuaban como si la obra de Jesús dependiera de su permiso, como si pudieran detener al que ya había vencido a la muerte. Pero el Señor que está en los cielos se ríe de la idea orgullosa de que la débil malicia humana tiene verdadero poder contra él.
Esto también muestra cuánto confiaban en su propio juicio. Creían tener la sabiduría suficiente para predecir lo que sucedería si dejaban a Jesús en paz. Incluso afirmaban que pronto todos creerían en él. Al decirlo, admitían que su enseñanza y sus milagros tenían un poder real y que no era fácil resistirse a ellos. Sin embargo, en otra ocasión esos mismos hombres habían argumentado que ningún gobernante creía en él (Juan 7:48). Lo que más temían era precisamente que la gente creyera en Jesús y que todo su plan se viniera abajo.
El éxito del evangelio es lo que más temen los enemigos de Cristo. Si las almas son salvas, ellos ven su propia ruina. También advertían que, si toda la nación seguía a Jesús, los romanos vendrían contra ellos. Temían perder «nuestro lugar», es decir, el país mismo —especialmente Jerusalén y el templo— o bien sus posiciones de poder y honor allí. Esta era una preocupación real, pues los romanos los vigilaban de cerca y sabían que solo estaban esperando una oportunidad para liberarse del dominio romano.
También era cierto que, si los romanos enviaban un ejército contra ellos, les resultaría muy difícil resistirlo. Sin embargo, esto mostraba una cobardía que uno no habría esperado de los sacerdotes del Señor, si su maldad no los hubiera apartado ya de Dios y de las personas buenas. Si hubieran conservado su integridad, no habrían tenido que temerles a los romanos. En cambio, hablaban como un pueblo sin valor, como los hombres de Judá que le dijeron vergonzosamente a Sansón: «¿Acaso no sabes que los filisteos nos gobiernan?» (Jueces 15:11). Cuando las personas pierden su piedad, también pierden su valor.
Pero ese temor era falso. No había un peligro real de que los romanos se volvieran contra la nación porque el evangelio de Cristo se estuviera extendiendo, pues su enseñanza no dañaba a ningún reino ni provincia, sino que les hacía bien. Los romanos no tenían razón para sospechar de su creciente influencia. Jesús enseñaba a pagar los impuestos al César, no a resistirse al mal, sino a tomar la cruz. En su juicio, el gobernador romano no pudo encontrar ninguna falta en él. En realidad, los sacerdotes corrían más peligro de provocar a los romanos contra la nación judía que Cristo. Los temores fingidos suelen ser una fachada para encubrir planes malvados.
Aun si hubiera existido algún riesgo de ofender a los romanos al permitir que Cristo predicara, eso no habría justificado odiar y perseguir a un hombre bueno. Los enemigos de Cristo con frecuencia han escondido su odio detrás de una supuesta preocupación por el bien público y la seguridad de la nación. Para hacerlo, han llamado alborotadores en Israel a sus profetas y ministros, y han dicho que trastornan el mundo entero. La política mundana suele enfrentar las supuestas razones de Estado con las exigencias de la justicia. Cuando las personas se preocupan más por la riqueza y la seguridad que por la verdad y el deber, esa es una sabiduría de abajo: terrenal, egoísta y diabólica.
Pero veamos lo que ocurrió. Afirmaban temer que permitir que el evangelio de Cristo se extendiera traería destrucción de parte de los romanos, así que se opusieron a él, fuera correcto o no. Al final, su persecución del evangelio provocó precisamente el desastre que temían. Colmaron la medida de sus pecados, y los romanos vinieron, les quitaron su lugar y su nación, y ya no quedó memoria de ellos en aquel lugar. El problema del que intentamos escapar por medio del pecado muchas veces es precisamente el problema que atraemos sobre nosotros. Quienes creen que pueden proteger o impulsar sus intereses mundanos al oponerse al reino de Cristo descubrirán que Jerusalén es una piedra más pesada de lo que esperaban (Zacarías 12:3). El temor del malvado caerá sobre él (Proverbios 10:24).
Entonces Caifás, el sumo sacerdote, pronunció en el consejo un discurso malicioso, aunque también misterioso. La malicia se ve de inmediato. Como sumo sacerdote y presidente del consejo, decidió el asunto antes de que siquiera se discutiera: «Ustedes no saben nada. Su vacilación demuestra su ignorancia, porque esto no es algo que debamos debatir. Se resuelve fácilmente si aceptan la regla de que es mejor que muera un solo hombre por el pueblo» (Juan 11:49-50). Caifás era el sumo sacerdote aquel año. Según el designio de Dios, el sumo sacerdocio correspondía de por vida al heredero varón de la familia de Aarón, y después a su heredero. Pero en aquellos días corruptos, el cargo cambiaba con frecuencia, no por la ley, sino por la influencia que se tuviera ante el poder romano. Aquel año, Caifás llevaba la mitra.
Su consejo básicamente era este: de alguna manera, Jesús tenía que morir. Probablemente sospechaban que Jesús realmente era el Mesías, pero sus enseñanzas iban en contra de sus tradiciones preferidas y de sus intereses mundanos. Además, la idea que Jesús tenía del reino del Mesías chocaba con la de ellos. Así que, fuera quien fuera, tenía que morir. Caifás no dijo: «Háganlo callar», «Encarcélenlo» o «Échenlo de aquí», aunque cualquiera de esas medidas habría bastado para controlar a alguien a quien consideraban peligroso. No; tenía que morir. Quienes se oponen al cristianismo muchas veces han perdido todo sentido de humanidad y han llegado a ser conocidos por su crueldad.
Caifás habla con toda la astucia y malicia de la serpiente antigua. Primero, insinúa su propia sabiduría, como si, por ser el sumo sacerdote, pudiera ver más lejos que los demás, aunque el Urim y el Tumim, los medios sagrados de orientación que usaban los sacerdotes de Israel, se habían perdido hacía mucho tiempo. Con cuánto orgullo dice: «Ustedes no saben nada, porque solo son sacerdotes comunes; pero tienen que permitirme ver más profundamente que ustedes». Es común que las personas con poder impongan sus ideas corruptas a los demás simplemente por la posición que ocupan. Como deberían ser los más sabios y los mejores, esperan que todos den por sentado que lo son.
Segundo, presenta el asunto como algo evidente e indiscutible, como si cualquiera que no estuviera de acuerdo fuera ignorante. Muchas veces, la fuerza hace a un lado la razón y la justicia. La verdad yace en las calles, y cuando está en el suelo, la gente la pisotea aún más. La justicia no puede entrar; y cuando se le impide la entrada, queda completamente excluida (Isaías 59:14).
Tercero, se apoya en una regla política: el bien de toda la comunidad debe estar por encima del bien de una sola persona. Como sacerdotes, dice, es mejor que un hombre muera por el pueblo. Eso es cierto en un sentido correcto: es noble que una persona arriesgue su vida al servicio de su país (Filipenses 2:17; 1 Juan 3:16). Pero matar a un inocente con la excusa de proteger al pueblo es una política propia del diablo. Caifás sugiere hábilmente que el hombre más grande y excelente, aunque sea más importante que cualquier individuo, vale menos que el conjunto de la nación y debería entregar de buena gana su vida para salvarla de la ruina. Pero eso no tiene nada que ver con asesinar a alguien que claramente era una gran bendición, mientras se fingía evitar un peligro que solo existía en la imaginación.
El asunto debió haberse planteado de esta manera: ¿Era prudente atraer sobre ellos mismos y sobre su nación la culpa de derramar sangre, incluso la sangre de un profeta, solo para proteger sus intereses civiles de un peligro que no tenían buenas razones para temer? ¿Era prudente alejar a Dios y su gloria, en vez de arriesgarse a provocar la ira de los romanos, cuando los romanos no podían hacerles ningún daño si Dios estaba de su lado? La política mundana, cuando se guía únicamente por preocupaciones terrenales, puede pensar que está salvándolo todo mediante el pecado, pero al final lo arruina todo.
El significado más profundo del consejo de Caifás no aparece a primera vista. Pero el evangelista nos conduce a él: «No dijo esto por sí mismo» (Juan 11:51-52). No era solamente la voz de su propio odio y de su conveniencia política. En esas palabras también profetizó, aunque sin saberlo, que Jesús moriría por aquella nación. Aquí tenemos un comentario precioso sobre una declaración malvada: el consejo del maldito Caifás quedó integrado en el buen propósito del Dios bendito.
El amor nos enseña a dar a las palabras y acciones de los demás el significado más bondadoso posible cuando podemos hacerlo. Sin embargo, la piedad también nos enseña a sacarles provecho, aun cuando quienes las expresaron no las hayan querido decir de esa manera. Si las personas malvadas, por medio de lo que hacen contra nosotros, son instrumentos de Dios para humillarnos y corregirnos, ¿por qué no podrían ser también la boca de Dios cuando hablan contra nosotros, para enseñarnos y convencernos de pecado?
En el caso de Caifás, hubo una dirección extraordinaria del cielo que lo movió a decir algo cargado de un significado muy profundo. Puesto que el corazón de todas las personas está en las manos de Dios, también lo están sus lenguas. Se equivocan quienes dicen: «Nuestra lengua nos pertenece; podemos decir lo que queramos y no tenemos que rendir cuentas a nadie», o: «Podemos decir lo que queramos, y Dios no puede detenernos con su cuidado y su poder». Balaam no pudo decir lo que quería cuando llegó para maldecir a Israel, y Labán tampoco pudo decir lo que quería cuando persiguió a Jacob.
El evangelista explica y amplía las palabras de Caifás. Muestra que no solo fueron usadas para un buen propósito, sino que Dios las había destinado a ese propósito. Caifás no habló por sí mismo. Si sus palabras fueron una estrategia para incitar al consejo contra Cristo, entonces habló por sí mismo o, más bien, por el diablo. Pero como un oráculo que declaraba el plan y el propósito de Dios en la muerte de Cristo para salvar del pecado y del juicio al Israel espiritual de Dios, no habló por sí mismo. Él no sabía nada de esto ni tenía esa intención. Su corazón solo estaba dispuesto a destruir, como dice Isaías 10:7.
Primero, profetizó, y la verdadera profecía no procede del propio pensamiento de una persona. Pero ¿estaba Caifás entre los profetas? En esta ocasión, sí, aunque era un hombre malo y un enemigo acérrimo de Cristo y de su evangelio. Dios puede usar, y con frecuencia usa, a personas malvadas como instrumentos para cumplir sus propios propósitos, incluso en contra de los planes de ellas. No solo las mantiene sujetas para impedir el mal que harían, sino que también las guía como con un freno para llevarlas a servirle de maneras que jamás escogerían.
Las palabras proféticas en los labios de alguien no son una señal segura de que haya gracia en su corazón. La súplica «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre?» será rechazada por estar vacía.
Segundo, profetizó porque ese año era el sumo sacerdote. Eso no lo hacía apto para ser profeta. No debemos imaginar que la corona sacerdotal concedió por primera vez el don de profecía a la peor cabeza que jamás la llevó. Pero como era el sumo sacerdote y, por lo tanto, una persona de gran notoriedad entre los líderes, Dios quiso poner esta palabra importante en sus labios en vez de hacerlo en los de otro, para que se le prestara más atención o para que ignorarla implicara una culpa mayor. La gente muchas veces presta mucha atención a las palabras de los grandes: «El oráculo está en los labios del rey» (Proverbios 16:10). Por eso, esta declaración divina fue puesta en labios del sumo sacerdote, para que incluso desde su boca quedara confirmada esta verdad: Cristo murió para el bien de la nación y no por haber cometido ningún mal.
Casualmente, era el sumo sacerdote precisamente en aquel año señalado como el año del Redentor, cuando el Mesías, el Príncipe, debía ser quitado, pero no por sí mismo (Daniel 9:26), y él tuvo que reconocerlo. También era aquel año famoso en que el Espíritu sería derramado con mayor abundancia que antes, conforme a la promesa de Joel 2:28-29, citada en Hechos 2:17. Algunas gotas de aquella lluvia bendita cayeron sobre Caifás, como las migajas que, según dice el doctor Lightfoot, caen de la mesa de los hijos para los perros. Ese fue el año en que el sacerdocio levítico, es decir, el sacerdocio del Antiguo Testamento, estaba llegando a su fin. De la boca del hombre que era el sumo sacerdote ese año salió una rendición involuntaria de ese sacerdocio ante aquel que ya no ofrecería animales por aquella nación, como lo habían hecho durante tantos años, sino que se ofrecería a sí mismo y pondría fin a la ofrenda por el pecado. Caifás hizo esta entrega sin saberlo, así como Isaac dio la bendición a Jacob.
Tercero, el contenido de la profecía era que Jesús debía morir por aquella nación. Esto era precisamente lo que todos los profetas habían anunciado, pues ellos dieron testimonio de antemano de los sufrimientos de Cristo (1 Pedro 1:11). La muerte de Cristo debía convertirse en la vida y la salvación de Israel. Con «aquella nación», Caifás se refería al pueblo que se aferraba obstinadamente al judaísmo. Pero Dios se refería a las personas de esa nación que recibirían las enseñanzas de Cristo y lo seguirían: todos los creyentes, los hijos espirituales de Abraham.
La muerte de Cristo, que Caifás estaba tramando en ese momento, se convirtió en la ruina del mismo interés que pretendía proteger, porque trajo sobre ellos un juicio pleno. Sin embargo, también impulsó precisamente la causa que él esperaba destruir, porque Cristo, cuando fuera levantado de la tierra, atraería a todos hacia sí. Esta es una gran profecía: Jesús moriría por otros, no solo para beneficio de ellos, sino en su lugar. Murió por aquella nación porque a ese pueblo se le ofreció primero la salvación por medio de su muerte. Si toda la nación judía hubiera creído en Cristo y recibido su evangelio, habría sido salva para siempre y también habría sido salvada como nación de sus dificultades. La fuente se abrió primero para la casa de David (Zacarías 13:1). Murió por aquella nación para que la nación entera no pereciera, sino que un remanente fuera salvo (Romanos 11:5).
El evangelista también amplía las palabras de Caifás en Juan 11:52: no solo por aquella nación, por mucho que se considerara la favorita especial del cielo, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Aquí debemos notar, en primer lugar, por quiénes murió Cristo. No murió únicamente por la nación judía, pues habría sido poca cosa que el Hijo de Dios emprendiera una obra tan grande solo para restaurar al remanente de Jacob y a los desterrados de Israel. No; él debía ser salvación hasta los confines de la tierra (Isaías 49:6). Tenía que morir por los hijos de Dios que estaban dispersos.
Algunos entienden que esto se refiere a los hijos de Dios que vivían en aquel tiempo, dispersos por el mundo gentil: personas devotas de todas las naciones (Hechos 2:5), que temían a Dios (Hechos 10:2) y lo adoraban (Hechos 17:4). Probablemente eran gentiles temerosos de Dios que no se habían sometido a la ley ceremonial de Moisés. Tenían cierto conocimiento de la religión natural, pero estaban esparcidos entre las naciones, sin reuniones comunes propias ni una forma pública especial de unirse o identificarse. Cristo murió para reunirlos en un gran cuerpo, llamado por su nombre y gobernado por él. Fue como levantar una bandera a la que pudieran acudir todos los que se preocupaban por Dios y por sus almas, y bajo la cual pudieran alistarse.
Otros incluyen con ellos a todos los que pertenecen a la elección de Dios por gracia, quienes son llamados hijos de Dios incluso antes de nacer, porque fueron escogidos de antemano para ser adoptados como hijos (Efesios 1:5).
Estas personas están dispersas por toda la tierra, entre todos los pueblos y lenguas (Apocalipsis 7:9), y a lo largo de todas las épocas hasta el fin del tiempo. En cada generación hay quienes temen a Dios, y Cristo los tenía en mente cuando hizo expiación con su sangre. Así como oró, también murió por todos los que creerían en él.
En segundo lugar, consideremos el propósito de su muerte por esas personas. Murió para reunir a los que andaban errantes y unir en uno a los que estaban dispersos. Vino a llamar cerca a quienes estaban lejos de él y a unir a quienes estaban alejados unos de otros.
La muerte de Cristo es, primero, la gran atracción de nuestros corazones. Por eso fue levantado: para atraer a las personas hacia sí. Cuando las almas se convierten, son reunidas en Cristo como su gobernante y refugio, como palomas que vuelan a sus ventanas, y él murió para hacerlo posible. Con su muerte las compró para sí, y también compró para ellas el don del Espíritu Santo. Su amor al morir por nosotros es el gran imán de nuestro amor.
En segundo lugar, su muerte es el gran centro de nuestra unidad. Él los reúne en uno, como dice Efesios 1:10. Ellos son uno con él, un solo cuerpo, un solo espíritu, y son uno con los demás en él. Todos los santos de cada lugar y de cada época se encuentran en Cristo, como todos los miembros se unen en una cabeza o todas las ramas en una raíz. Por el mérito de su muerte, Cristo reunió a todos los santos en la gracia y el favor de Dios (Hebreos 2:11-13); y por el amor demostrado en su muerte, también llama a cada uno a amar a los demás (Juan 13:34).
El resultado de este debate fue que el consejo decidió matar a Jesús. Desde aquel día, siguieron consultando juntos para darle muerte (Juan 11:53). Ahora entendían la opinión de los demás, y cada uno quedó firme en su propia decisión: Jesús debía morir. Parece que incluso nombraron un comité que se reunía día tras día para seguir trabajando en el plan y escuchar sugerencias sobre cómo llevarlo a cabo. Los malvados empeoran poco a poco (Santiago 1:15; Ezequiel 7:10).
Ya se habían dado dos pasos importantes en su plan lleno de odio contra Cristo. Primero, lo que cada uno había pensado en privado ahora lo acordaban juntos. Eso los fortaleció mutuamente en el mal y los hizo más atrevidos. Las personas malvadas se animan unas a otras a hacer lo malo al comparar sus ideas, y quienes tienen la mente corrompida se sienten mejor cuando encuentran a otros que piensan como ellos. Lo que antes parecía imposible ahora no solo parecía posible, sino también fácil.
Segundo, ahora tenían una excusa que sonaba razonable para hacer lo que habían querido hacer, pero para lo cual antes no tenían motivo. Tal vez no eliminaba su culpa, pero podía disminuir la vergüenza y tranquilizar, si no su conciencia, al menos su conveniencia política, como algunos distinguen astutamente. Muchas personas seguirán haciendo el mal mientras puedan decir algo en su propia defensa. Esta decisión de matarlo, fuera correcta o incorrecta, demuestra que el juicio posterior fue solo una farsa. Ya habían decidido lo que harían.
Entonces Cristo se retiró, pues sabía muy bien lo que el consejo privado había decidido (Juan 11:54). Dejó de aparecer públicamente entre los judíos, especialmente entre los de Judea y Jerusalén. Ya no se desplazaba libremente de un lugar a otro para predicar y hacer milagros como antes, sino que, mientras permanecía en Judea, lo hacía discretamente. De esa manera, los principales sacerdotes pusieron la luz de Israel debajo de una canasta.
Se retiró a una región apartada del país, tan escondida que el nombre de la ciudad casi no aparece en ningún otro lugar. Fue a un sitio cercano al desierto, como si hubiera sido expulsado de entre la gente, o quizá como si anhelara, al igual que Jeremías, un refugio en el desierto (Jeremías 9:2). Llegó a una ciudad llamada Efraín, que algunos creen que era Efrata, es decir, Belén, donde nació y que limitaba con el desierto de Judá. Otros piensan que era Efrón o Efraín, mencionada en 2 Crónicas 13:19.
Sus discípulos fueron con él. Ellos no lo abandonarían en su soledad, y él no los dejaría expuestos al peligro. Allí se quedó y habló con ellos. Supo aprovechar aquel tiempo de retiro para conversar en privado, cuando no tenía la oportunidad de predicar públicamente. Cuando fue obligado a alejarse del templo, siguió acompañado de sus discípulos, que eran su familia, y seguramente sus conversaciones allí fueron muy provechosas. Debemos hacer el bien que podamos cuando no podemos hacer todo el bien que quisiéramos.
¿Por qué se retiró Cristo en ese momento? No fue porque temiera a sus enemigos ni porque dudara de su propio poder. Tenía muchas maneras de salvarse, y no se resistía al sufrimiento ni estaba desprevenido para enfrentarlo. Primero, se retiró para mostrar su desagrado hacia Jerusalén y el pueblo judío. Ellos lo rechazaron a él y a su evangelio, y por eso él retiró justamente de ellos su presencia y su evangelio. El gran Maestro ahora se había retirado a un rincón (Isaías 30:20), y ya no había una manifestación pública de él. Era una señal triste de la profunda oscuridad que pronto caería sobre Jerusalén, porque ella no reconoció el tiempo en que Dios la visitaba.
Segundo, lo hizo para hacer más culpables a sus enemigos por su crueldad. Si su presencia pública era lo que los inquietaba y parecía poner en peligro al pueblo, él vería si su retiro privado los tranquilizaba. Cuando David huyó a Gat, Saúl quedó satisfecho y dejó de perseguirlo (1 Samuel 27:4). Pero estos hombres malvados buscaban quitarle la vida, su vida preciosa.
Tercero, su hora aún no había llegado, así que evitó el peligro. Lo hizo de una manera común a la vida humana, para guiar y animar a sus siervos cuando enfrentan persecución y para consolar a quienes son obligados a vivir en silencio y ocultos, como si estuvieran enterrados vivos. El discípulo no está por encima de su Señor.
Cuarto, su retiro temporal haría más impactante y glorioso su regreso a Jerusalén cuando llegara su hora. Haría más fuertes las aclamaciones de sus amigos cuando lo recibieran en su siguiente aparición pública, al entrar triunfalmente en la ciudad.
La intensa búsqueda de Jesús durante ese tiempo se debió a que la Pascua estaba cerca y la gente esperaba que él viniera como de costumbre (Juan 11:55). La Pascua de los judíos estaba cerca, una fiesta que destacaba en su calendario y que había despertado expectativa desde algún tiempo atrás. Esta era la cuarta y última Pascua de Cristo después de comenzar su ministerio público, y verdaderamente podía decirse, como en 2 Crónicas 35:18, que nunca había habido una Pascua semejante en Israel, porque en ella Cristo, nuestra Pascua, fue sacrificado por nosotros.
Al acercarse la Pascua, muchas personas de todas las regiones del país subieron a Jerusalén para purificarse. Esto puede referirse, en primer lugar, a la limpieza necesaria de quienes se habían vuelto ceremonialmente impuros. Venían para ser rociados con el agua de purificación y cumplir los demás ritos de limpieza exigidos por la ley, porque nadie podía comer la Pascua estando impuro (Números 9:6). De la misma manera, antes de nuestra Pascua del evangelio, debemos renovar nuestro arrepentimiento y, por la fe, lavarnos en la sangre de Cristo para acercarnos al altar de Dios.
O, en segundo lugar, puede referirse a una purificación voluntaria, a apartarse mediante el ayuno, la oración y otros actos de devoción. Muchos que tomaban la religión más en serio que sus vecinos pasaban algún tiempo de esa manera antes de la Pascua, y escogían Jerusalén porque allí podían participar en los servicios del templo. Con ese mismo espíritu, debemos prepararnos con cuidado y establecer límites alrededor del lugar donde esperamos encontrarnos con Dios.
La pregunta que hacían demostraba mucho interés: «¿Qué piensan ustedes? ¿No vendrá a la fiesta?» (Juan 11:56). Algunos creen que la hicieron personas que querían el bien de Cristo y esperaban que viniera para escuchar sus enseñanzas y ver sus milagros. Quienes habían llegado temprano del campo para purificarse estaban deseosos de encontrarse con Cristo, y quizá se apresuraron por esa razón. Así que, mientras estaban en el templo, el lugar de su purificación, preguntaban qué noticias había de Cristo. Si hasta las personas más devotas mostraban respeto por Cristo, eso era una clara reprensión para los principales sacerdotes y un testimonio contra ellos.
Pero es más probable que quienes preguntaban fueran sus enemigos, con la esperanza de encontrar una oportunidad para arrestarlo. Al ver que la ciudad se llenaba de personas devotas procedentes del campo, se preguntaban por qué no lo habían encontrado entre la multitud. En vez de ayudar a quienes venían a purificarse, como era su deber, estaban tramando contra Cristo. ¡Qué profundamente había caído la comunidad judía cuando los sacerdotes del Señor llegaron a ser como los sacerdotes de los becerros, una trampa en Mizpa y una red tendida sobre el Tabor, ansiosos por derramar sangre! (Oseas 5:1-2). En vez de celebrar la fiesta con pan sin levadura, ellos mismos estaban llenos de la levadura agria del odio más perverso.
Su pregunta, «¿No vendrá a la fiesta?», también muestra dos cosas. Primero, era un ataque malicioso contra Cristo, como si fuera a mantenerse alejado de la fiesta del Señor porque tenía miedo de exponerse. Si otros se mantienen alejados por falta de piedad, nadie le presta atención. Pero si Cristo se aparta para protegerse, aunque Dios desea misericordia y no sacrificio, convierten eso en una ofensa contra él, del mismo modo que usaron contra David la ausencia de su lugar en la mesa, aunque Saúl solo buscaba una oportunidad para clavarle una lanza contra la pared (1 Samuel 20:25-27). Es triste ver cómo se usan ordenanzas santas para fines tan impíos.
Segundo, la pregunta muestra cuánto temían perder su oportunidad. «¿No vendrá a la fiesta? Si no viene, nuestros planes se vienen abajo y estamos acabados, porque no podemos enviar a nadie al campo para encontrarlo y traerlo». Temían no dar con su objetivo. Las órdenes de las autoridades para arrestarlo eran muy estrictas (Juan 11:57). El consejo supremo, el Sanedrín, emitió un aviso público en el que ordenaba que, si alguien en la ciudad o en el campo sabía dónde estaba, debía informarlo para que pudieran arrestarlo. Lo trataron como a un delincuente que había huido de la justicia; probablemente prometieron una recompensa para quien lo encontrara y un castigo para quien lo escondiera. De ese modo, lo presentaron ante el pueblo como un hombre peligroso, un fugitivo al que cualquiera podía golpear. Saúl emitió una proclamación semejante contra David, y Acab contra Elías. Así se ve cuán decididos estaban a perseguirlo y con qué insistencia impulsaban su plan, incluso en un momento en que, si hubieran tenido algún sentido de la piedad o del deber de su cargo, habrían actuado de otra manera.
Perspectivas de IA cristiana
Este versículo nace en un lugar de duelo. Muchos habían llegado junto a María para acompañarla en la pérdida de su hermano, y allí vieron a Jesús acercarse al dolor sin tratarlo como algo pequeño. … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Este versículo nace en un lugar de duelo. Muchos habían llegado junto a María para acompañarla en la pérdida de su hermano, y allí vieron a Jesús acercarse al dolor sin tratarlo como algo pequeño. Vieron sus lágrimas, escucharon su llamado y presenciaron la vida regresando a Lázaro. Para ellos, la fe no surgió de una idea abstracta, sino de encontrarse con un Dios que se hace presente en medio de una casa herida. “Creyeron en él” no significa que todo quedara resuelto de inmediato ni que el sufrimiento dejara de ser real. Significa que, en medio de la confusión, reconocieron en Jesús una esperanza digna de confianza. También es importante notar que no todos respondieron de la misma manera; los versículos siguientes muestran oposición y temor. La evidencia del amor de Dios puede conmover a unos y despertar resistencia en otros. Juan 11:45 sostiene una esperanza serena: el dolor compartido puede convertirse en lugar de revelación. A veces la fe comienza así, al ver que Jesús no permanece distante ante las lágrimas y que su presencia puede abrir un futuro donde parecía haber solamente final.
Juan 11:45 presenta una respuesta significativa al signo de la resurrección de Lázaro: muchos de los judíos que acompañaban a María vieron lo que Jesús hizo y creyeron en él. El texto relaciona la fe … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Juan 11:45 presenta una respuesta significativa al signo de la resurrección de Lázaro: muchos de los judíos que acompañaban a María vieron lo que Jesús hizo y creyeron en él. El texto relaciona la fe con un acontecimiento concreto y con un testimonio compartido; no se trata de una idea abstracta, sino de reconocer quién es Jesús a la luz de su obra. El verbo “creyeron” señala una respuesta de confianza, aunque el Evangelio de Juan también muestra que la fe puede enfrentar oposición y necesitar una comprensión más profunda. De hecho, los versículos siguientes revelan que otros líderes, ante el mismo signo, no creen, sino que buscan detener a Jesús. La distinción clave es que el milagro no obliga mecánicamente a todos a creer: revela la gloria de Jesús y deja al descubierto la orientación del corazón y las decisiones de quienes lo presencian. En su contexto narrativo, este versículo funciona como una afirmación de que la señal cumplió un propósito: conducir a las personas hacia Jesús. Para Juan, la verdadera meta no es admirar el poder extraordinario, sino confiar en la identidad y la misión de aquel que da vida.
Este versículo muestra una fe que nace al ver a Jesús acercarse al dolor humano y actuar con poder. Muchos habían ido a acompañar a María en su duelo; no llegaron buscando una experiencia religiosa, … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Este versículo muestra una fe que nace al ver a Jesús acercarse al dolor humano y actuar con poder. Muchos habían ido a acompañar a María en su duelo; no llegaron buscando una experiencia religiosa, sino compartiendo una pérdida. Allí presenciaron lo que Jesús hizo, y esa experiencia cambió su manera de entender quién era él. También hay una lección práctica: la fe puede crecer en medio de una comunidad que acompaña con presencia sincera. María no enfrentó su dolor completamente sola, y quienes estuvieron cerca pudieron reconocer la obra de Jesús. A veces, la manera más clara de reflejar el evangelio no es tener respuestas perfectas, sino permanecer, servir y permitir que las acciones hablen con verdad. El texto no presenta la creencia como presión ni como espectáculo. Ellos vieron, discernieron y creyeron. Jesús no necesitó manipular sus emociones; su compasión y su poder fueron suficientes. Eso invita a distinguir entre una fe centrada en Cristo y una religión basada únicamente en palabras, apariencia o costumbre. En resumen, Juan 11:45 recuerda que el dolor compartido puede convertirse en un lugar de encuentro con Dios, y que una vida transformada puede abrir los ojos de otros sin imponerles una decisión.
Juan 11:45 muestra una fe que nace al presenciar la obra de Jesús en medio del dolor. Muchos habían ido a acompañar a María, probablemente cargando duelo, preguntas y la impotencia propia de una pérdida. … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Juan 11:45 muestra una fe que nace al presenciar la obra de Jesús en medio del dolor. Muchos habían ido a acompañar a María, probablemente cargando duelo, preguntas y la impotencia propia de una pérdida. Allí no recibieron una explicación abstracta sobre la muerte: vieron a Jesús llamar a Lázaro fuera del sepulcro. El milagro se convirtió en una señal; no solo reveló poder, sino la identidad de Aquel que trae vida donde parecía haber terminado toda esperanza. El versículo dice que creyeron «en él». La fe bíblica no consiste únicamente en admitir que ocurrió algo extraordinario, sino en reconocer a Jesús y depositar en él la confianza. También es significativo que Juan diga «muchos», no todos. El mismo signo que abrió corazones provocó oposición en otros. La presencia de Dios no elimina la libertad humana ni obliga una respuesta uniforme. Desde la perspectiva de la eternidad, Lázaro volvió a la vida mortal; Jesús estaba anunciando algo más profundo: que la muerte no tendría la última palabra. La señal apunta hacia su propia muerte y resurrección, donde la esperanza deja de depender de una circunstancia favorable y queda arraigada en su persona.
Aplicación para la restauración de la salud
Juan 11:45 muestra que muchas personas, al presenciar lo que Jesús hizo, llegaron a creer en él. Este versículo reconoce el impacto que una experiencia significativa y el acompañamiento de otros pueden tener en la vida interior. En momentos de ansiedad, depresión o duelo, la presencia de una comunidad segura puede disminuir el aislamiento y ofrecer esperanza realista. Escuchar el testimonio de alguien que ha atravesado sufrimiento no elimina automáticamente el dolor, pero puede abrir espacio para la confianza y la posibilidad de cambio.
Desde la psicología, compartir experiencias con personas confiables favorece la regulación emocional, fortalece el sentido de pertenencia y ayuda a identificar recursos para enfrentar las dificultades. La fe puede complementar estos procesos al ofrecer significado, conexión espiritual y una visión de la persona que va más allá de sus síntomas. Sin embargo, creer no significa negar el trauma, apresurar la recuperación ni interpretar toda crisis como falta de fe. Puede ser saludable combinar oración y comunidad con psicoterapia basada en evidencia, atención médica cuando sea necesaria y hábitos concretos como dormir regularmente, respirar de manera pausada y mantener contacto social. La sanidad emocional suele desarrollarse gradualmente, acompañada por relaciones compasivas y apoyo profesional.
Aplicaciones erróneas comunes que debes evitar
Este versículo describe que muchas personas creyeron al ver lo que Jesús hizo; no establece que toda persona deba reaccionar igual ni que la fe pueda producir milagros a voluntad. Es dañino usarlo para presionar a alguien a creer, condenar sus dudas, atribuirle falta de fe por seguir enfermo o prometer sanidad, prosperidad o soluciones inmediatas. También puede convertirse en evasión espiritual cuando se citan milagros para silenciar el duelo, el trauma, la depresión o la necesidad de tratamiento. La fe y la atención psicológica o médica no son enemigas. Conviene buscar apoyo de un profesional de salud mental con licencia cuando hay tristeza persistente, ansiedad intensa, recuerdos traumáticos, aislamiento, alteraciones del sueño o pensamientos de hacerse daño. En una crisis o peligro inmediato en Estados Unidos, corresponde llamar al 911 o al 988. Esta interpretación no sustituye atención clínica, pastoral ni de emergencia.
Preguntas frecuentes
¿Por qué es importante Juan 11:45?
¿Qué significa Juan 11:45?
¿Cuál es el contexto de Juan 11:45?
¿Cómo puedo aplicar Juan 11:45 a mi vida?
¿Qué enseña Juan 11:45 sobre la fe en Jesús?
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De este capítulo
Juan 11:1
"Había un hombre enfermo llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y de su hermana Marta."
Juan 11:2
"(Esta María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro estaba enfermo.)"
Juan 11:3
"Por tanto, sus hermanas mandaron a decirle: «Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo»."
Juan 11:4
"Cuando Jesús lo oyó, dijo: «Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que por medio de ella sea glorificado el Hijo de Dios»."
Juan 11:5
"Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro."
Juan 11:6
"Así que, cuando oyó que estaba enfermo, permaneció dos días más en el mismo lugar donde estaba."
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Aviso importante: Esta guía bíblica no sustituye la atención profesional de salud mental. Si estás experimentando síntomas de una crisis, comunícate con la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis o busca ayuda profesional inmediata.
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