Versículo destacado

Juan 11:33 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Cuando Jesús la vio llorando, y vio llorando también a los judíos que habían venido con ella, se estremeció en espíritu y se turbó. "

Juan 11:33

¿Qué significa Juan 11:33?

Juan 11:33 muestra que Jesús no fue indiferente al dolor causado por la muerte de Lázaro. Al ver llorar a María y a los presentes, se conmovió profundamente y se turbó. El versículo revela su compasión humana y su rechazo al sufrimiento; por eso, quienes enfrentan una pérdida pueden confiar en que Dios comprende su dolor.

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menu_book El versículo en contexto

31 Entonces los judíos que estaban con ella en la casa y la consolaban, al ver que María se levantaba apresuradamente y salía, la siguieron, diciendo: «Va al sepulcro para llorar allí».

32 Cuando María llegó adonde estaba Jesús y lo vio, cayó a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto».

33 Cuando Jesús la vio llorando, y vio llorando también a los judíos que habían venido con ella, se estremeció en espíritu y se turbó.

34 Y dijo: «¿Dónde lo pusieron?». Ellos le dijeron: «Señor, ven y ve».

35 Jesús lloró.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos la tierna compasión de Cristo por sus amigos que sufrían y cómo compartió su dolor. Se manifestó de tres maneras. Primero, se conmovió profundamente y se turbó en su espíritu. Segundo, preguntó con bondad dónde habían puesto a Lázaro. Tercero, lloró.

Jesús vio a María llorando por la pérdida de su querido hermano, y a los judíos que habían venido con ella llorando por la pérdida de un buen vecino y amigo. ¡Qué retrato de este mundo, este valle de lágrimas! La naturaleza misma nos enseña a llorar cuando la muerte se lleva a quienes amamos, y la providencia nos llama a lamentarnos. Es probable que las propiedades de Lázaro pasaran a sus hermanas y las ayudaran mucho. Sin embargo, María y Marta realmente deseaban que su hermano volviera a vivir, sin importar lo que hubieran recibido a causa de su muerte.

La religión también nos enseña a llorar con los que lloran, como estos judíos lloraron con María. Todos formamos parte de un mismo cuerpo, y eso debería llevarnos a sentir el dolor de los demás. Quienes aman de verdad a sus amigos comparten tanto sus alegrías como sus sufrimientos. La amistad consiste en compartir los afectos (Job 16:5).

Aquí también vemos la gracia y la compasión del Hijo de Dios hacia quienes se encuentran en la aflicción. En toda la angustia de ellos, él también se angustia (Isaías 63:9; Jueces 10:16). Cuando Cristo los vio a todos llorando, gimió en su espíritu y se turbó. Permitió que la situación lo afectara profundamente, pero sin pecar. Esto puede significar que mostró su desaprobación ante el exceso de su dolor, como en Marcos 5:39, donde cuestionó su lamento ruidoso. O puede significar que sintió la triste condición de la vida humana y el poder que la muerte ejerce sobre el ser humano caído.

Estaba a punto de enfrentarse a la muerte y al sepulcro con todo su poder, y se preparó para esa lucha. Tomó sobre sí el peso de nuestros dolores para poder ocuparse con mayor firmeza de nuestra miseria y sufrimiento. O, lo que parece más natural, esto fue su amorosa compasión por sus amigos afligidos. Fue la profunda manifestación de compasión que el pueblo afligido de Dios anhela (Isaías 63:15). Cristo no se limitó a aparentar preocupación. Se conmovió interior y sinceramente por la condición de ellos. Los falsos amigos de David solo fingían compasión para ocultar su odio (Salmo 41:6), pero nosotros debemos aprender de Cristo a amar y compadecernos sin fingir.

También se dice que estaba turbado. La expresión significa que él mismo se turbó. Tenía todos los sentimientos propios de la naturaleza humana, pues debía ser semejante a sus hermanos en todo, pero los mantenía bajo perfecto control. Sus emociones nunca se elevaban a menos que él decidiera permitirlo. Nunca se turbaba si no escogía hacerlo por una buena razón. Podía tomar el dolor y luego dejarlo. Su compasión era voluntaria, al igual que su sufrimiento.

Su preocupación también se manifestó en la amable pregunta que hizo acerca de los restos de su amigo muerto: «¿Dónde lo han puesto?». Él ya sabía dónde habían sepultado a Lázaro, pero aun así preguntó. Primero, habló como un verdadero ser humano, aun cuando estaba a punto de mostrar poder divino. Se adaptó a las maneras humanas. Como dijo Agustín, no lo preguntó por ignorancia, sino que actuó como si no lo supiera. Segundo, preguntó dónde estaba el sepulcro para que los judíos incrédulos no pudieran afirmar que había algún engaño o acuerdo entre él y Lázaro.

Tercero, quizá preguntó para aliviar el dolor de quienes lloraban, dirigiendo sus pensamientos hacia algo grande. Era como si dijera: «No vine solamente a dar el pésame y a añadir unas cuantas lágrimas inútiles a las de ustedes. Tengo otra obra que realizar. Llévenme al sepulcro y sigamos adelante». Concentrarnos seriamente en nuestro trabajo suele ser el mejor remedio para un dolor que ha ido demasiado lejos. Cuarto, esto muestra el cuidado especial que tiene de los cuerpos de sus santos mientras descansan en el sepulcro. Él sabe dónde están sepultados y los vigilará. Hay un pacto no solo con el polvo, sino también una protección sobre él.

Finalmente, este cuidado se manifestó en sus lágrimas. Los demás no se limitaron a decirle dónde estaba el cuerpo. Le dijeron: «Ven a ver», y lo llevaron directamente al sepulcro, para que aquello que viera lo conmoviera todavía más profundamente. Mientras iba hacia la tumba, como si siguiera al cuerpo, Jesús lloró (Juan 11:35). Es un versículo muy corto, pero enseña muchas cosas. Muestra que Jesucristo fue verdadera y plenamente humano, con un alma capaz de sentir alegría, tristeza y otras emociones. Dio prueba de su humanidad y de su misericordia como hombre antes de dar prueba de su poder divino.

También muestra que fue un hombre de dolores, familiarizado con el sufrimiento, como había sido anunciado (Isaías 53:3). Nunca leemos que se riera, pero en más de una ocasión leemos que lloró. Así nos enseña que se puede vivir una vida dolorosa en el amor de Dios, y que quienes siembran para el Espíritu deben sembrar con lágrimas. Las lágrimas de compasión les quedan bien a los cristianos y los hacen parecerse más a Cristo. Para quienes sufren es un consuelo que sus amigos se compadezcan de ellos, especialmente un amigo como el Señor Jesús.

Las personas interpretaron sus lágrimas de distintas maneras. Algunas les dieron un significado bondadoso y sincero, lo cual era bastante natural. Dijeron: «Miren cuánto lo amaba». Les sorprendía que Cristo pudiera sentir un afecto tan intenso por alguien que no era un pariente cercano y con quien no había vivido durante mucho tiempo. Jesús había pasado la mayor parte de su tiempo en Galilea, lejos de Betania. Debemos seguir este ejemplo y mostrar amor a nuestros amigos, tanto mientras viven como cuando mueren. Debemos lamentar la muerte de quienes duermen en Jesús como personas que aman, pero no sin esperanza, tal como los hombres piadosos que sepultaron a Esteban (Hechos 8:2). Nuestras lágrimas no benefician a los muertos, pero sí honran su memoria.

Estas lágrimas mostraron el amor especial de Cristo por Lázaro. Sin embargo, él ha dado una prueba aún más clara de su amor por todos los santos, porque murió por ellos. Cuando solo derramó una lágrima por Lázaro, la gente dijo: «Miren cuánto lo amaba». Cuánto más deberíamos decirlo de aquel por quien entregó su vida: «Miren cuánto nos amó». No hay amor más grande que este.

Otros hicieron un comentario áspero e injusto, como si sus lágrimas demostraran que no podía ayudar a su amigo (Juan 11:37). Dijeron: «¿No podía este hombre, que abrió los ojos del ciego, haber impedido que Lázaro muriera?». Con esas palabras insinuaban discretamente dos cosas. Primero, pensaban que, puesto que la muerte de Lázaro le causaba tanto dolor a Jesús, él lo habría impedido si hubiera podido. Como no lo hizo, estaban dispuestos a concluir que no había tenido el poder para hacerlo. La gente razonó de la misma manera cuando Jesús estaba muriendo, diciendo que no podía salvarse porque no bajaba de la cruz. Olvidaron que el poder de Dios siempre actúa conforme a la sabiduría de Dios. Él no actúa simplemente según lo que quiere hacer, sino conforme al propósito de su voluntad, y nosotros debemos descansar en eso.

Si mueren los amigos de Cristo, a quienes él ama, o si su iglesia, a la que él ama, es perseguida y afligida, no debemos atribuirlo a una debilidad de su poder o de su amor. Debemos concluir que él ve un camino mejor. Segundo, insinuaban que quizá el milagro anterior también era cuestionable. Si no hacía este milagro, pensaban, tal vez nunca había abierto realmente los ojos del ciego. Por lo menos, esperaban que esto demostrara que su poder era limitado y que, por lo tanto, no era verdaderamente divino. Cristo respondió rápidamente a quienes murmuraban de esa manera al resucitar a Lázaro, una obra mayor. Demostró que podía haber evitado la muerte de Lázaro, pero decidió no hacerlo porque tenía la intención de glorificarse aún más.

A continuación vemos cómo Cristo se acercó al sepulcro y cómo se preparó el camino para este milagro. Al acercarse a la tumba, volvió a gemir interiormente (Juan 11:38). Gimió porque estaba turbado por la incredulidad de quienes hablaban con duda acerca de su poder y lo culpaban por no haber impedido que Lázaro muriera. Le dolía la dureza de sus corazones. Nunca gimió tanto por su propio dolor y sufrimiento como por los pecados y la insensatez de las personas, especialmente por los de Jerusalén (Mateo 23:37).

También lo conmovieron los nuevos lamentos de las hermanas afligidas, que probablemente lloraron con mayor intensidad al llegar al sepulcro. Su tierno corazón fue profundamente tocado por el llanto de ellas. Algunos piensan también que gimió porque, para responder al deseo de sus amigos, estaba a punto de devolver a Lázaro a este mundo pecaminoso y atribulado, alejándolo del descanso al que acababa de entrar. Eso sería una bondad para Marta y María, pero para Cristo era como sacar a alguien de un puerto seguro y enviarlo otra vez a un mar tempestuoso. Si Lázaro hubiera permanecido allí, Cristo pronto habría ido a reunirse con él en el otro mundo. Pero, una vez que Lázaro volviera a la vida, Cristo pronto lo dejaría atrás en este mundo.

Cristo también gimió al experimentar la triste condición de la naturaleza humana, sujeta a la muerte, de la cual estaba a punto de liberar a Lázaro. De este modo se dispuso a invocar a Dios en la oración que estaba por hacer, para ofrecerla con gran clamor y lágrimas (Hebreos 5:7). Los ministros, cuando son enviados a levantar almas muertas por medio de la predicación del evangelio, deben sentir profundamente la condición miserable de aquellos por quienes predican y oran. Deben gemir interiormente al pensar en ella.

Luego se describe la tumba donde yacía Lázaro. Era una cueva, y una piedra cubría la entrada. Probablemente las tumbas de la gente común se excavaban como las nuestras, pero las personas de cierta posición eran sepultadas en cámaras funerarias, como Lázaro y, más tarde, el propio Jesús. Es probable que esta costumbre entre los judíos se conservara por imitación de los patriarcas, quienes sepultaron a sus muertos en la cueva de Macpela (Génesis 23:19). El cuidado que mostraban por los cuerpos de sus seres queridos fallecidos demostraba que esperaban la resurrección.

Pensaban que el funeral terminaba cuando la piedra era rodada hasta la tumba o colocada sobre ella, como la piedra puesta en la entrada del foso donde arrojaron a Daniel (Daniel 6:17), de modo que nadie pudiera cambiar el desenlace. Esto mostraba que los muertos habían sido separados de los vivos y habían tomado el camino del que no regresarían.

Probablemente la piedra también tenía una inscripción funeraria. Los griegos la llamaban un memorial, porque servía tanto para recordar a los muertos como para advertir a los vivos; nos recordaba algo que todos necesitamos tener presente. Los latinos la llamaban monumento, de una palabra que significa «advertir», porque traía consigo una advertencia.

Entonces se ordenó quitar la piedra (Juan 11:39). Jesús quería que la quitaran para que todos los presentes pudieran ver que el cuerpo realmente estaba muerto en la tumba y para dejarle espacio para salir. Quería dejar claro que se trataba de un cuerpo real, no de un fantasma o un espíritu. Hizo que algunos de los presentes quitaran la piedra para que fueran testigos del olor de la descomposición, demostrando que el hombre estaba verdaderamente muerto.

Esto también representa bien la manera en que un alma es levantada a la vida espiritual. Todo comienza cuando se quita la piedra, cuando se eliminan los prejuicios y se abre espacio para que la palabra llegue al corazón y haga allí su obra.

Marta se opuso a que abrieran la tumba: «Señor, ya debe oler mal», porque llevaba cuatro días muerto. Ya llevaba cuatro días en la tumba. Probablemente notó el olor mientras movían la piedra y por eso exclamó. Esto muestra con qué rapidez cambia el cuerpo humano. Cuatro días es poco tiempo, pero cuánto puede cambiar un cuerpo cuando queda sin alimento, y mucho más cuando queda sin vida. Después de unas setenta y dos horas, los cuerpos muertos avanzan naturalmente hacia la descomposición. Los judíos decían que, para el cuarto día después de la muerte, el cuerpo había cambiado tanto que ya no se podía estar seguro de que fuera la misma persona. Cristo resucitó al tercer día porque no debía ver corrupción.

Es más difícil saber exactamente qué quiso decir Marta con esas palabras. Algunos piensan que habló por el debido respeto al cuerpo muerto y que, como ya había comenzado a descomponerse, no quería que lo mostraran públicamente. Otros creen que habló preocupada por Cristo, temiendo que el olor del cuerpo le resultara ofensivo. Algo muy repugnante se compara con un sepulcro abierto (Salmo 5:9).

Si algo hubiera sido impuro o desagradable, Marta no habría querido que su Maestro se acercara. Pero Jesús no era una de esas personas delicadas que no soportan un mal olor. Si lo hubiera sido, nunca habría venido a este mundo humano, que el pecado había convertido en un lugar inmundo y corrompido (Salmo 14:3).

La respuesta de Cristo también muestra que Marta hablaba desde la incredulidad y la desconfianza. En efecto, estaba diciendo: «Señor, ya es demasiado tarde para hacer algo. Su cuerpo ha comenzado a descomponerse, y este cuerpo muerto no puede volver a vivir». Había dado por perdido a su hermano, considerándolo fuera de toda ayuda y esperanza, pues nadie había sido resucitado después de que su cuerpo comenzara a descomponerse. Cuando se nos acaba la fuerza y sentimos los huesos secos, estamos listos para decir: «Se desvaneció nuestra esperanza». Sin embargo, sus palabras llenas de duda hicieron que el milagro fuera más claro y glorioso. Demostraron que Lázaro realmente estaba muerto, y no en un estado de desmayo. Una persona podría fingir estar muerta, pero no podría fingir el olor. Al decir que aquello no podía hacerse, Marta terminó dando mayor honra al que sí lo hizo.

Entonces Cristo reprendió con ternura la debilidad de la fe de Marta (Juan 11:40): «¿No te dije que, si creías, verías la gloria de Dios?». Esa afirmación no había quedado registrada antes, pero probablemente la pronunció cuando ella dijo: «Señor, yo creo» (Juan 11:27). Basta con que haya quedado registrada aquí, donde vuelve a repetirse. Nuestro Señor Jesucristo nos ha dado toda la seguridad posible de que la fe sincera terminará contemplando con gozo la ayuda y el poder de Dios. Si confiamos en la palabra de Cristo y dependemos de su poder y fidelidad, veremos la gloria de Dios y nos alegraremos en ella.

Necesitamos que se nos recuerden con frecuencia estas misericordias seguras que Cristo ha usado para animarnos. Él no respondió directamente a las palabras de Marta ni le dio una nueva promesa acerca de lo que haría exactamente. En cambio, le indicó que se aferrara a lo que ya había dicho. Tendemos a olvidar rápidamente lo que Cristo ha hablado, y necesitamos que su Espíritu nos lo recuerde: «¿Acaso no te dije esto y aquello? ¿De verdad piensas que alguna vez retiraré mi palabra?».

Entonces quitaron la piedra en obediencia al mandato de Cristo, aunque Marta se había opuesto (Juan 11:41). Una vez que Marta se tranquilizó y dejó a un lado su objeción, siguieron adelante. Si queremos ver la gloria de Dios, debemos permitir que Cristo actúe a su manera. No debemos decirle qué hacer, sino rendirnos a él. Ellos quitaron la piedra, y eso era todo lo que podían hacer. Solo Cristo podía dar vida. Lo que los seres humanos pueden hacer es preparar el camino del Señor, enderezar los lugares ásperos y, como en este caso, quitar la piedra.

Después siguió el milagro. Las personas, atraídas por el hecho de que quitaran la piedra, se reunieron alrededor de la tumba. No estaban allí para devolver polvo al polvo y tierra a la tierra, sino para ver salir del polvo al polvo y de la tierra a la tierra una vez más. Sus esperanzas se despertaron, y nuestro Señor Jesucristo se dispuso a realizar su obra.

Primero se volvió hacia su Padre vivo en el cielo, como ya lo había llamado antes (Juan 6:17). La postura que adoptó tenía significado. Levantó los ojos, mostrando exteriormente que su mente estaba elevada y señalando a quienes lo rodeaban de dónde provenía su poder. Esto también nos da un ejemplo que seguir (Juan 17:1). No debemos burlarnos de ese gesto, pero lo principal que se nos pide es elevar el corazón al Dios del cielo. La oración es el alma que se eleva a Dios y dirige sus deseos y movimientos hacia el cielo. Jesús levantó los ojos como quien mira por encima de la tumba donde yacía Lázaro y más allá de todas las dificultades que esa situación implicaba, hasta fijarlos en el poder ilimitado de Dios. Debemos hacer como Abraham, quien no se concentró en su propio cuerpo, ya muerto, ni en la esterilidad de Sara. No se quedó contemplando esos obstáculos; por eso se fortaleció en la fe y no dudó de la promesa de Dios (Romanos 4:20).

Las palabras de Cristo a Dios estaban llenas de confianza, como correspondía a su persona: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado». Aquí nos enseñó con su propio ejemplo. Primero, al orar debemos llamar Padre a Dios y acercarnos a él como hijos que van a su padre, con humildad y respeto, pero también con santa confianza. Segundo, en nuestras oraciones debemos alabar a Dios y, al pedir nuevas misericordias, recordar con gratitud sus bondades anteriores. Dar gracias glorifica a Dios, a diferencia de las palabras egocéntricas del fariseo: «Dios, te doy gracias». La acción de gracias es una expresión apropiada para incluir en nuestras oraciones.

Pero aquí la acción de gracias de Cristo también mostró cuán plenamente sabía que el milagro ocurriría, pues lo realizaría en acuerdo con su Padre. En efecto, estaba diciendo: «Padre, te doy gracias porque en este asunto tu voluntad y la mía son la misma, como siempre». Elías y Eliseo resucitaron muertos como siervos, al pedirlo. Cristo resucitó a los muertos como Hijo, con autoridad. Tenía vida en sí mismo y poder para dar vida a quien quisiera. Habló de esto como una acción propia cuando dijo: «Voy a despertarlo» (Juan 11:11). Sin embargo, también habló de ello como algo que había obtenido por medio de la oración, porque su Padre lo había escuchado. Es probable que ofreciera esta oración cuando gimió dos veces en su espíritu (Juan 11:33; Juan 11:38), en una oración silenciosa, con gemidos que no podían expresarse con palabras.

Cristo presenta este milagro como una respuesta a la oración por dos razones. Primero, quiso humillarse. Aunque era Hijo, aprendió la obediencia al pedir y recibir. Su corona mediadora —es decir, su autoridad como aquel que se interpone entre Dios y las personas— le fue dada en respuesta a su petición, aunque le pertenecía legítimamente (Salmo 2:8; Juan 17:5). Oró por la gloria que tenía antes de que existiera el mundo, aunque nunca la había perdido y podía reclamarla por derecho.

Segundo, se complació en honrar la oración, convirtiéndola en la llave que abría incluso los tesoros del poder y la gracia de Dios. De esta manera nos enseña a entrar en la presencia de Dios por medio de la oración, acercándonos al lugar santo con una fe viva.

Después, seguro de que su oración había sido respondida, Cristo expresó con gratitud que aceptaba esa respuesta: «Te doy gracias porque me has oído». El milagro todavía no había ocurrido, pero la oración ya había sido contestada, y él celebró antes de la victoria. Nadie más puede tener una certeza como la que Cristo tenía. Sin embargo, por la fe en la promesa de Dios, nosotros también podemos anticipar la misericordia antes de que llegue, regocijarnos en esa esperanza y darle gracias a Dios por ella.

En las oraciones de David, el mismo salmo que comienza pidiendo misericordia a menudo termina dándole gracias por ella. Las misericordias recibidas como respuesta a la oración deben recordarse de manera especial con gratitud. Más allá del regalo mismo, debemos considerar una gran bondad que Dios siquiera haya tomado en cuenta nuestras pobres oraciones. Y cuando veamos las primeras señales de que una oración está siendo respondida, debemos recibirlas con agradecimiento desde el principio.

Así como Dios nos responde con misericordia antes de que llamemos y mientras todavía estamos hablando, nosotros debemos responderle con alabanza aun antes de que conceda nuestra petición. Debemos darle gracias mientras él todavía está pronunciando palabras buenas y consoladoras.

Cristo también mostró una confianza serena en que el Padre le respondería en todo momento (Juan 11:42): «Yo sé que siempre me oyes». Nadie debía pensar que este favor especial se le había concedido solo en aquella ocasión y que nunca volvería a tenerlo. El mismo poder divino lo acompañó durante toda su obra, y él no hizo nada que no supiera que estaba de acuerdo con la voluntad de Dios. «Te di gracias —dice— por haberme oído en este asunto, porque estoy seguro de que me oyes en todo».

Observa aquí el honor que nuestro Señor Jesús tenía en el cielo: el Padre siempre lo escuchaba. Tenía acceso al Padre en toda ocasión, y siempre lograba lo que presentaba ante él. Podemos estar seguros de que su posición delante del Padre no es menor ahora que ha ido al cielo. Esto debe animarnos a depender de su intercesión, es decir, de que él hable al Padre a nuestro favor, y a poner todas nuestras oraciones en sus manos, porque el Padre siempre lo escucha.

Observa también la confianza que tenía en esa posición. «Yo lo sabía», dice. No vaciló ni dudó en absoluto. Estaba completamente convencido de que el Padre se complacía en él y obraba con él en todo. Nosotros no podemos tener esa misma certeza personal que él tenía. Pero sí sabemos que cualquier cosa que pidamos conforme a su voluntad, él nos oye (1 Juan 5:14-15).

¿Por qué hizo Cristo esta declaración pública antes de realizar el milagro? Él dice que lo hizo por causa de las personas que estaban allí, para que creyeran que el Padre lo había enviado. La oración puede proclamar el mensaje de Dios.

Primero, respondió a las objeciones y calumnias de sus enemigos. Los fariseos y sus seguidores afirmaban perversamente que él hacía milagros mediante un acuerdo con el diablo. Para demostrar lo contrario, se dirigió abiertamente a Dios. Usó la oración, no amuletos mágicos ni los murmullos secretos de quienes trataban con espíritus malignos (Isaías 8:19). Elevó sus ojos y su voz en público, mostrando su conexión con el cielo y su dependencia del cielo.

Segundo, fortaleció la fe de quienes estaban dispuestos a seguirlo, para que creyeran que el Padre lo había enviado, no para destruir la vida de las personas, sino para salvarlas. Moisés demostró que Dios lo había enviado haciendo que la tierra se abriera y tragara a unos hombres (Números 16:31). Elías demostró que Dios lo había enviado haciendo descender fuego del cielo para consumir a unos hombres. La ley mostraba un camino de temor y muerte, pero Cristo demostró su misión resucitando a un muerto.

Algunos entienden esto como una señal de que, si Cristo hubiera dicho claramente que lo hacía por su propio poder, ciertos discípulos débiles, que todavía no comprendían su naturaleza divina, habrían pensado que estaba reclamando demasiado y quizá se habrían ofendido. Esos pequeños todavía no podían recibir una enseñanza tan profunda, así que él habló de su poder como algo recibido y concedido. Habló de sí mismo con humildad para hablarnos a nosotros con mayor claridad. Como dice Jansenius: «No consideró tanto su propia dignidad como nuestra salvación».

Entonces se volvió hacia su amigo muerto en la tumba. Clamó con voz fuerte: «¡Lázaro, sal fuera!».

Podía haber resucitado a Lázaro mediante un acto silencioso de poder, por medio de la obra invisible del Espíritu de vida. En cambio, lo llamó con voz fuerte. Esto mostró el poder que estaba actuando para levantar a Lázaro y cómo estaba haciendo surgir algo nuevo. Él habló, y sucedió. Clamó en voz alta para mostrar cuán grande era la obra y cuán grande era el poder que la realizaba. También fue como si se preparara para atacar las puertas de la muerte, como los soldados que gritan al entrar en batalla.

Era apropiado que clamara al hablarle a Lázaro. Primero, el alma que iba a ser llamada de vuelta estaba lejos. No estaba, como imaginaban los judíos, flotando cerca de la tumba, sino que había ido al hades, el mundo de los espíritus. Es natural hablar en voz alta cuando se llama a alguien que está lejos. Segundo, el cuerpo que iba a ser levantado estaba como dormido, y normalmente hablamos fuerte cuando queremos despertar a alguien.

Clamó con voz fuerte para que se cumpliera la Escritura (Isaías 45:19): «No he hablado en secreto, en un lugar oscuro de la tierra». Esto también señalaba de antemano otras obras maravillosas, especialmente las demás resurrecciones que Cristo realizaría. Este llamado fuerte era una imagen del llamado del evangelio, por medio del cual las almas muertas son sacadas de la tumba del pecado. Cristo ya había hablado de esa resurrección (Juan 5:25) y de su palabra como el medio por el cual ocurre (Juan 6:63), y ahora presenta una muestra de ella.

Por medio de su palabra les dice a las almas: «Vive»; sí, les dice: «Vive» (Ezequiel 16:6). «Levántate de entre los muertos» (Efesios 5:14). Cuando Ezequiel profetizó sobre los huesos secos, el Espíritu de vida de Dios entró en ellos (Ezequiel 37:10). Quienes usan los mandatos de la palabra —volverse a Dios y vivir— para demostrar que el ser humano tiene poder por sí mismo para convertirse y renovarse, podrían usar igualmente este llamado a Lázaro para demostrar que Lázaro tenía poder para resucitarse a sí mismo.

Esto también apunta al sonido de la trompeta del arcángel en el día final, cuando quienes duermen en el polvo despertarán y serán llevados ante el gran tribunal. Entonces Cristo descenderá con un clamor, con una orden semejante a esta: «¡Salgan!» (Salmo 50:4). Llamará al cielo para que entregue sus almas y a la tierra para que entregue sus cuerpos, a fin de juzgar a su pueblo.

Este llamado fuerte fue breve, pero, por el poder de Dios, derribó las murallas firmes de la tumba. Llamó a Lázaro por su nombre, «Lázaro», como llamamos por su nombre a quienes queremos despertar de un sueño profundo. Dios le dijo a Moisés, como señal de su favor: «Te conozco por tu nombre». Nombrarlo muestra que la misma persona que murió resucitará en el día final. El que llama a las estrellas por su nombre también puede distinguir por nombre a sus estrellas que yacen en el polvo de la tierra, y no perderá a ninguna de ellas.

Llamó a Lázaro a salir de la tumba, hablándole como si ya estuviera vivo y solo necesitara salir. No dijo: «Vive», porque él mismo debía darle vida. En efecto, dijo: «Muévete», porque cuando vivimos espiritualmente por la gracia de Cristo, debemos levantarnos y avanzar. La tumba del pecado y de este mundo no es lugar para quienes Cristo ha vivificado; por eso deben salir.

El resultado fue exactamente el que él se proponía: «El que había muerto salió» (Juan 11:44). El poder acompañó la palabra de Cristo para reunir otra vez el alma y el cuerpo de Lázaro, y entonces él salió. El milagro no se describe por su causa oculta, como para satisfacer nuestra curiosidad, sino por su resultado visible, para fortalecer nuestra fe.

¿Alguien pregunta dónde estaba el alma de Lázaro durante los cuatro días posteriores a su muerte? La Escritura no nos lo dice. Sin embargo, hay buenas razones para pensar que estaba en el paraíso, en gozo y bendición. Puede preguntarse si fue una crueldad devolverlo al cuerpo, que puede sentirse como una prisión. Pero, aun si hubiera sido así, no fue un perjuicio para él, porque se hizo para honrar a Cristo y para el bien de su reino; del mismo modo, no fue una pérdida para Pablo permanecer en la carne cuando sabía que partir y estar con Cristo era mucho mejor.

Si alguien preguntara si Lázaro, después de haber resucitado, podía describir lo que ocurrió cuando su alma salió de su cuerpo y volvió a él, o contar lo que vio en el otro mundo, la respuesta más probable es que ambas experiencias estaban más allá de su propia comprensión. Habría tenido que decir, como Pablo, que no podía saber si estaba en el cuerpo o fuera de él, y que lo que había visto y oído no podía expresarse. En este mundo de los sentidos no podemos formarnos ideas claras acerca del mundo espiritual, mucho menos comunicárselas a los demás. Por eso, no intentemos ser más sabios de lo que está escrito. Todo lo que la Escritura dice sobre la resurrección de Lázaro es esto: el muerto salió.

Algunos han señalado que, aunque la Escritura habla de muchas personas que fueron resucitadas y que, sin duda, volvieron a vivir entre los demás, no registra una sola palabra pronunciada por ninguna de ellas, excepto por el Señor Jesús. Este milagro ocurrió rápidamente. Nada se interpuso entre la orden de Cristo, «Sal fuera», y el resultado. Él habló, y sucedió de inmediato. Así será en la resurrección: en un instante, en un abrir y cerrar de ojos (1 Corintios 15:52). El Todopoderoso puede hacerlo al instante. Entonces llamarás, y Dios responderá, como Lázaro respondió al llamado: «Aquí estoy».

También ocurrió de manera perfecta. Lázaro fue restaurado por completo; salió de la tumba con la misma firmeza con la que antes se había levantado de su cama. No fue resucitado solo para cumplir un propósito breve, sino para volver a vivir como viven los demás seres humanos. Algunos consideran que también fue parte del milagro que saliera todavía envuelto en sus ropas funerarias, con las manos y los pies atados y el rostro cubierto con un lienzo, conforme a la costumbre judía de sepultar a los muertos. Salió con las mismas ropas con las que había sido enterrado, para que todos pudieran ver que realmente era él y no otro hombre, y que no solo estaba vivo, sino que tenía suficiente fuerza para moverse aun con las vendas funerarias puestas.

El lienzo que cubría su rostro también demostraba que verdaderamente había estado muerto, porque, de no haberlo estado, lo habría asfixiado en menos de cuatro días. Cuando los presentes lo desataron, pudieron tocarlo y comprobar que era realmente Lázaro, convirtiéndose así en testigos del milagro. Aquí aprendemos cuán poco nos llevamos al salir de este mundo: solo una mortaja y un ataúd. En la tumba no hay cambio de ropa; solo hay un conjunto de ropas funerarias. También aprendemos en qué condición estaremos allí. ¿Qué sabiduría puede haber donde los ojos están cubiertos? ¿Qué obra puede realizarse cuando las manos y los pies están atados? Así será en la tumba, adonde todos vamos.

Cuando Lázaro salió, todavía enredado en sus ropas funerarias, seguramente quienes estaban junto a la tumba quedaron asombrados y aterrados. Nosotros también lo estaríamos si viéramos levantarse a un cuerpo muerto. Pero Cristo, para hacer más familiar aquel prodigio, les dio algo que hacer: «Desátenlo». Debían quitarle las ropas funerarias para que pudiera usarlas como ropa de diario hasta llegar a su casa. Después iría allí por su propia cuenta, vestido de esa manera, sin guía ni ayudante. Así como Enoc y Elías, en el Antiguo Testamento, dieron señales claras de una vida futura e invisible —uno en la época de los patriarcas y el otro en la época de Moisés—, la resurrección de Lázaro en el Nuevo Testamento tenía el propósito de confirmar la enseñanza acerca de la resurrección.

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Heart
Corazón Inteligencia emocional
Este versículo muestra a Jesús frente al dolor sin apartarse ni apresurarlo. Ve a María llorando y también a quienes la acompañan; no observa el sufrimiento desde lejos, sino que se deja tocar por él. … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Este versículo muestra a Jesús frente al dolor sin apartarse ni apresurarlo. Ve a María llorando y también a quienes la acompañan; no observa el sufrimiento desde lejos, sino que se deja tocar por él. Su espíritu se estremece y se turba. En esa reacción hay una verdad profundamente humana: el amor verdadero no permanece indiferente ante la muerte, la pérdida y las lágrimas de otros. Jesús no reprende el llanto ni ofrece una explicación rápida. Antes de hablar de esperanza, entra en el peso del momento. Su conmoción revela que Dios no mira el duelo con frialdad ni considera exageradas las lágrimas. La fe bíblica puede contener preguntas, temblor y tristeza intensa sin dejar de ser fe. También aparece aquí una compañía silenciosa: María no está sola, y Jesús permanece presente en medio de una escena que todavía no ha sido resuelta. El milagro vendrá después, pero primero está la compasión. Este pasaje reconoce que hay dolores que necesitan ser acompañados antes de ser explicados. En Jesús, el corazón humano encuentra a alguien que ve, se conmueve y no abandona a quienes lloran.

Mind
Mente Sabiduría teológica
Juan 11:33 presenta a Jesús frente al dolor humano, no como un observador distante, sino como alguien profundamente conmovido. El texto señala dos veces el llanto: el de María y el de los judíos que … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Juan 11:33 presenta a Jesús frente al dolor humano, no como un observador distante, sino como alguien profundamente conmovido. El texto señala dos veces el llanto: el de María y el de los judíos que la acompañan. Esa repetición vincula el sufrimiento personal con el duelo comunitario. La expresión «se estremeció en espíritu y se turbó» traduce verbos griegos intensos; pueden comunicar agitación interior, indignación o profunda conmoción. No conviene reducirlos a una simple tristeza sentimental. El contexto añade una tensión importante. Jesús sabe que va a resucitar a Lázaro, pero ese conocimiento no elimina la realidad del dolor presente. La fe en la vida y la resurrección no convierte el duelo en algo superficial ni exige una serenidad artificial. En Jesús se ve que la esperanza futura y el llanto presente pueden coexistir. Algunos intérpretes entienden su turbación principalmente como compasión ante la muerte; otros perciben también una confrontación con el poder destructivo de la muerte y con la incredulidad que rodea la escena. El versículo, por sí solo, no resuelve todos esos matices, pero sí afirma con claridad que el Hijo de Dios entra emocionalmente en el sufrimiento humano. Su conmoción revela que la muerte es un enemigo, no el diseño final de la vida.

Life
Vida Vida práctica
Juan 11:33 muestra a Jesús entrando de verdad en el dolor de quienes están frente a él. No observa la escena desde una distancia fría: ve llorar a María, ve llorar a los judíos que … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Juan 11:33 muestra a Jesús entrando de verdad en el dolor de quienes están frente a él. No observa la escena desde una distancia fría: ve llorar a María, ve llorar a los judíos que la acompañan y permite que esa tristeza lo conmueva profundamente. El texto comunica que la fe cristiana no exige esconder las lágrimas ni actuar como si la pérdida no doliera. También revela algo importante sobre el carácter de Jesús: su compasión no es superficial. Se estremece y se turba ante el sufrimiento humano. Hay en él una respuesta santa frente a la muerte, la injusticia y todo lo que rompe la vida. Por eso, acompañar a alguien en duelo no consiste siempre en explicar lo sucedido o apresurar una solución. A veces consiste en permanecer cerca, reconocer el dolor y no minimizarlo con frases fáciles. Esta escena sostiene dos verdades a la vez: Jesús tiene poder sobre la muerte, y aun así llora con quienes sufren. La esperanza bíblica no elimina la sensibilidad; la vuelve más honesta y resistente. En la vida cotidiana, la compasión práctica empieza por mirar, escuchar y compartir la carga antes de intentar arreglarla.

Soul
Alma Perspectiva eterna
Juan 11:33 revela una verdad profundamente consoladora: Jesús no observa el sufrimiento humano desde una distancia fría. Al ver a María y a los demás llorando, se estremece en espíritu y se turba. Su presencia … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Juan 11:33 revela una verdad profundamente consoladora: Jesús no observa el sufrimiento humano desde una distancia fría. Al ver a María y a los demás llorando, se estremece en espíritu y se turba. Su presencia ante la muerte no es la de quien ofrece explicaciones rápidas, sino la de quien entra plenamente en el peso de la pérdida. Este versículo también impide una espiritualidad superficial. La fe en la resurrección no elimina las lágrimas ni convierte el duelo en falta de confianza. Jesús sabe que Lázaro vivirá, y aun así permite que el dolor de ese momento lo afecte. La esperanza eterna no vuelve pequeño el sufrimiento presente; le da un horizonte sin negarlo. El estremecimiento de Jesús puede expresar tanto compasión profunda como una santa oposición a todo lo que la muerte ha causado en la creación. En él, Dios se acerca al lugar donde el amor humano se rompe. No explica el misterio desde lejos: lo carga y, poco después, actúa frente a la tumba. Quédate un momento con esto: la sensibilidad de Jesús ante las lágrimas también forma parte de la revelación de quién es Dios. La eternidad cambia el destino de la muerte, pero no desprecia el dolor que todavía existe.

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Juan 11:33 presenta a Jesús frente al dolor de Marta, María y la comunidad: al ver su llanto, se estremeció y se turbó. Este pasaje muestra que la fe no exige esconder las emociones ni aparentar fortaleza. Jesús reconoce el impacto del duelo y se acerca a quienes sufren con compasión. Desde la salud mental, validar el dolor puede reducir la vergüenza y ayudar a procesar experiencias difíciles, incluida la pérdida, la ansiedad, la depresión o el trauma.

La respuesta de Jesús también recuerda que las emociones intensas no son necesariamente una señal de fracaso espiritual. Pueden ser respuestas humanas a situaciones abrumadoras. Resulta útil nombrarlas con honestidad, respirar despacio, mantener rutinas básicas de sueño y alimentación, buscar apoyo seguro y limitar el aislamiento. La oración y la comunidad de fe pueden acompañar este proceso, sin sustituir la atención de un profesional de salud mental cuando los síntomas persisten, afectan el funcionamiento diario o incluyen desesperanza.

Este versículo no promete una vida sin sufrimiento; ofrece la imagen de un Dios presente y compasivo en medio de él. Reconocer el dolor, recibir apoyo y avanzar paso a paso puede ser una expresión de fe y también de cuidado responsable.

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Este versículo no enseña que el llanto, la tristeza o la conmoción espiritual sean señales de poca fe. Tampoco autoriza a decirle a alguien en duelo que “deje de llorar”, que todo ocurre por una razón, o que orar debería eliminar de inmediato el dolor. Usarlo para exigir silencio emocional puede convertirse en positividad tóxica y evasión espiritual, especialmente cuando se minimizan trauma, depresión, ansiedad o pérdidas reales. La compasión de Jesús muestra que la presencia y el lamento pueden coexistir con la esperanza. Si el sufrimiento persiste, afecta el funcionamiento, incluye desesperanza intensa, autolesiones o pensamientos de suicidio, se necesita evaluación de un profesional de salud mental; ante peligro inmediato en Estados Unidos, corresponde llamar al 911 o al 988. La fe puede acompañar el tratamiento, pero no sustituye atención clínica, diagnóstico ni medicamentos indicados.

Preguntas frecuentes

¿Por qué es importante Juan 11:33?
Juan 11:33 es importante porque muestra la profunda compasión de Jesús ante el dolor humano. Al ver llorar a María y a los judíos que la acompañaban, Jesús se estremeció y se turbó. Este versículo revela que Jesús no es indiferente al sufrimiento; entra en la tristeza de quienes lloran. También prepara el relato de la resurrección de Lázaro y ayuda a entender que la fe cristiana reconoce tanto el poder de Jesús como su cercanía emocional.
¿Cuál es el contexto de Juan 11:33?
El contexto de Juan 11:33 es la muerte de Lázaro, hermano de María y Marta, en Betania. Jesús llega después de que Lázaro ha estado en la tumba varios días. María llora delante de Jesús, y los judíos que la acompañan también lloran. Al observar esa escena, Jesús se estremece en espíritu y se turba. Poco después, conversa con quienes están allí y resucita a Lázaro, mostrando su autoridad sobre la muerte.
¿Qué significa que Jesús se estremeció en espíritu y se turbó en Juan 11:33?
La expresión “se estremeció en espíritu y se turbó” comunica una reacción intensa de Jesús frente a la muerte y al sufrimiento. El versículo no presenta a un Jesús distante o frío, sino profundamente conmovido. Los estudiosos explican estos términos con distintos matices, pero el sentido central es claro: Jesús enfrentó esta escena con dolor y seriedad. Su reacción confirma que el duelo humano importa y que Dios no observa nuestro sufrimiento con indiferencia.
¿Qué enseña Juan 11:33 sobre las emociones de Jesús?
Juan 11:33 enseña que Jesús experimentó emociones reales y respondió con compasión al dolor de otros. Aunque sabía que iba a resucitar a Lázaro, no trató las lágrimas de María y de los demás como algo insignificante. Esto muestra que conocer la esperanza futura no elimina automáticamente la tristeza presente. Para quienes atraviesan un duelo, el versículo puede recordarles que llorar no contradice la fe y que Jesús comprende profundamente el dolor humano.
¿Cómo puedo aplicar Juan 11:33 a mi vida?
Puedes aplicar Juan 11:33 aprendiendo a reconocer el dolor propio y el de otras personas con compasión. En vez de apresurarte a dar explicaciones o minimizar el duelo, puedes escuchar, acompañar y permitir que las lágrimas tengan espacio. El ejemplo de Jesús también invita a llevar honestamente el sufrimiento delante de Dios. Este versículo no promete que toda tristeza desaparecerá de inmediato, pero sí muestra que Jesús se acerca a quienes están heridos.

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