Versículo destacado
Job 31:9 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Si mi corazón ha sido engañado por una mujer, o si he acechado a la puerta de mi prójimo; "
Job 31:9
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
7 Si mi paso se ha desviado del camino, si mi corazón ha seguido a mis ojos, y si alguna mancha se ha pegado a mis manos;
8 entonces, que yo siembre y otro coma; sí, que mi descendencia sea arrancada de raíz.
9 Si mi corazón ha sido engañado por una mujer, o si he acechado a la puerta de mi prójimo;
10 entonces, que mi esposa muela para otro, y que otros se inclinen sobre ella.
11 Porque esto es un crimen atroz; sí, es una iniquidad que debe ser castigada por los jueces.
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Aquí Job presenta otras dos señales de su integridad. Primero, sentía un profundo rechazo por el adulterio. Así como no había profanado su propio lecho matrimonial teniendo una concubina ni siquiera había mirado con deseo a una joven, también había tenido cuidado de no profanar el lecho matrimonial de su prójimo. Estaba libre de este pecado, tanto en su corazón como en sus acciones.
No había codiciado la esposa de otro hombre. Su corazón no se había dejado engañar por la belleza de una mujer ni había caído en un deseo impuro por medio de tentaciones como las descritas en (Proverbios 7:6 y siguientes). Esto muestra dónde comienzan esos pecados: nacen de un corazón que ha sido engañado. Todo pecado es engañoso, pero la impureza lo es de manera especial.
Job tampoco había planeado en secreto ninguna acción motivada por la lujuria. Nunca se había quedado esperando en la puerta de su prójimo, buscando una oportunidad para seducir a su esposa mientras su marido estaba ausente, como en (Proverbios 7:19). Tenía muy claro que el adulterio es un crimen grave. Lo consideraba uno de los peores pecados que una persona puede cometer, porque ofende profundamente a Dios y arruina el bienestar del alma.
Job sabía que la culpa del adulterio podía traer consecuencias severas. Si él fuera culpable, su propia familia podría ser avergonzada justamente de la peor manera. Dice: «Que mi esposa muela para otro» (Job 31:10), lo que puede significar que ella quedaría reducida a un servicio duro o expuesta a la vergüenza, según cómo se entienda la frase. Con frecuencia, Dios castiga el pecado de una persona permitiendo que otra persona peque contra ella, como ocurrió en el caso de David (2 Samuel 12:11). Esto no excusa a la esposa infiel, pero sí muestra que Dios sigue siendo justo. Véase también (Oseas 4:13). Quienes no son fieles a sus propias relaciones no deberían sorprenderse si sus familiares o seres cercanos llegan a serles infieles.
Job también sabía que podía ser convertido justamente en un ejemplo público. Dice que el adulterio es una ofensa «que debe ser juzgada» y castigada por los jueces (Job 31:11). Aunque la persona culpable fuera un juez, como lo era Job, la autoridad civil debía castigar ese mal. Incluso en la época de los patriarcas, antes de Moisés, el adulterio era considerado un crimen digno de castigo. Es una obra perversa, y la espada de la justicia debe advertir contra ella.
También sabía que el adulterio podía destruir sus bienes. Dice que es un fuego (Job 31:12). La lujuria es como un fuego en el alma, y se dice que quienes se entregan a ella arden con ese fuego. Destruye lo bueno que hay en una persona, como la convicción y la paz, y deja vacía la conciencia. Además, enciende la ira de Dios, la cual, si no es limpiada por la sangre de Cristo, conduce a la ruina eterna. También puede consumir el cuerpo (Proverbios 5:11) y desperdiciar las posesiones de una persona. Los deseos ardientes traen juicios ardientes. Es posible que Job también estuviera pensando en la destrucción de Sodoma, puesta como advertencia para las generaciones posteriores que vivirían en el mismo tipo de pecado.
En segundo lugar, Job mostró gran bondad hacia sus siervos y los gobernó con gentileza. Tenía una casa grande y la administraba bien. Esto demostraba su sinceridad. Había recibido gracia suficiente para gobernar sus pasiones y sus apetitos, y la Escritura dice que quien domina su propio espíritu es mejor que quien conquista una ciudad (Proverbios 16:32).
Job tenía cuidado de no despreciar la causa de ninguno de sus siervos, hombres o mujeres, aun cuando discutieran con él (Job 31:13). Si no estaban de acuerdo con él, estaba dispuesto a escuchar sus razones. Si lo habían ofendido o alguien los acusaba, les daba una oportunidad justa de defenderse. Si se quejaban de alguna dificultad, no los hacía callar ni les respondía con dureza. Les permitía explicar su versión y corregía los abusos cuando tenían una queja justa. Era bondadoso con ellos no solo cuando le servían bien, sino incluso cuando discutían con él. Este es un ejemplo firme para quienes tienen autoridad sobre otras personas: deben darles lo que es justo y correcto, y tratarlas como quieren ser tratados (Colosenses 4:1; Efesios 6:9). No deben gobernar con severidad ni actuar con orgullo.
Muchos de los siervos de Job murieron mientras lo servían (Job 1:15-17). Los demás se volvieron crueles y desleales con él, y menospreciaron su situación, aunque él nunca había menospreciado la de ellos (Job 19:15-16). Aun así, podía hallar consuelo al saber que, durante sus días de prosperidad, los había tratado bien. Cuando nuestros familiares o siervos nos son quitados, o se vuelven amargados contra nosotros, es un gran apoyo saber en nuestra propia conciencia que cumplimos con nuestro deber hacia ellos.
Job tenía dos pensamientos que lo llevaban a tratar bien a sus siervos. Primero pensaba en Dios como su Juez. Se decía: «Si soy duro con mis siervos, ¿qué haré cuando Dios se levante?». Sabía que tenía un Amo en el cielo ante quien debía responder, uno que se levantaría y vendría a juzgarnos. Por eso debemos pensar en lo que haremos el día en que él nos visite para juzgarnos (Isaías 10:3). Si sabemos que seríamos destruidos si Dios tratara con nosotros estrictamente, debemos ser amables con todas las personas con quienes tratamos.
También pensaba en Dios como el Creador de él y de sus siervos. Cuando se sentía tentado a tratarlos con dureza, negarles justicia o ignorar sus quejas razonables, este pensamiento acudía a tiempo a su mente: «¿Acaso el que me hizo en el vientre no lo hizo también a él?» (Job 31:15). Tanto Job como su siervo eran criaturas, ambos dependían de Dios y ambos habían sido formados por la misma mano. Compartían la misma naturaleza y procedían de un mismo Padre. Cualesquiera que sean las diferencias entre las personas en posición social, capacidad mental, fuerza física o lugar en la vida, el mismo Dios las hizo a todas. Esta es una razón poderosa para no burlarnos de la debilidad natural ni pisotear a quienes están por debajo de nosotros, sino para hacer con los demás lo que quisiéramos que hicieran con nosotros.
Es una regla de justicia que quienes son iguales en dignidad sean valorados y tratados con igualdad. Puesto que existe una semejanza tan clara entre las personas —todas hechas según el mismo diseño, por el mismo poder y para el mismo propósito—, debemos colocarnos en un mismo nivel con aquellos con quienes tratamos. Aunque las condiciones externas sean diferentes, seguimos obligados a hacer con los demás, en todo sentido, lo que quisiéramos que ellos hicieran con nosotros.
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De este capítulo
Job 31:1
"Hice un pacto con mis ojos; ¿por qué, entonces, habría de pensar en una doncella?"
Job 31:2
"Porque ¿qué porción hay de Dios desde arriba? ¿Y qué herencia del Todopoderoso desde lo alto?"
Job 31:3
"¿No es la destrucción para el malvado, y un castigo extraño para quienes practican la iniquidad?"
Job 31:4
"¿No ve él mis caminos y cuenta todos mis pasos?"
Job 31:5
"Si he andado con vanidad, o si mi pie se ha apresurado hacia el engaño;"
Job 31:6
"que se me pese en una balanza justa, para que Dios conozca mi integridad."
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