Versículo destacado

Job 21:17 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" ¡Cuántas veces se apaga la lámpara de los malvados! ¡Cuántas veces viene sobre ellos su destrucción! Dios distribuye dolores en su ira. "

Job 21:17

menu_book El versículo en contexto

15 ¿Qué es el Todopoderoso para que le sirvamos? ¿Y qué provecho tendremos si le oramos?

16 Miren, el bien de ellos no está en su propia mano; el consejo de los malvados está lejos de mí.

17 ¡Cuántas veces se apaga la lámpara de los malvados! ¡Cuántas veces viene sobre ellos su destrucción! Dios distribuye dolores en su ira.

18 Son como paja ante el viento y como tamo que la tormenta se lleva.

19 Dios reserva su iniquidad para sus hijos; le retribuye, y él lo sabrá.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Job ya había descrito la prosperidad de los malvados. Ahora usa esa realidad para responder a lo que sus amigos afirmaban acerca de su ruina segura en esta vida. En efecto, está diciendo: «Díganme, ¿con qué frecuencia se ve realmente que se apaga la lámpara de los malvados? ¿Acaso no se ve también, y con igual frecuencia, que su vida arde hasta consumirse por sí sola?» (Job 21:17). A veces, quienes viven en pecado abierto terminan sus días con honor y comodidad. Esto basta para debilitar el argumento de sus amigos y demostrar que el éxito exterior no es una medida segura del carácter de una persona.

Luego Job relaciona esto con la santidad y la justicia de Dios. Aunque los malvados prosperen durante todos sus días, no debemos suponer que Dios siempre dejará su pecado sin castigo. Mientras todavía prosperan, son como la paja y el tamo delante de un viento tempestuoso (Job 21:18). Son ligeros, vacíos y de poco valor, tanto ante Dios como ante las personas sabias y buenas. Ya están destinados a la destrucción y siempre están expuestos a ella.

Aunque pasen toda su vida en medio de riquezas, Dios está acumulando su culpa para sus hijos (Job 21:19). A su debido tiempo, hará recaer esa culpa sobre sus descendientes, después de que los padres hayan muerto. El opresor acumula bienes para sus hijos con el fin de hacerlos personas importantes, pero Dios acumula para ellos el pecado del padre, y eso puede convertirlos en mendigos. Él lleva un registro cuidadoso de los pecados de los padres, como dice Deuteronomio 32:34, y en el momento preciso los castigará justamente, aun cuando las riquezas que llevan la maldición queden en manos de los hijos.

Aunque los malvados prosperen en este mundo, tendrán que responder en el venidero. Al final, Dios les dará conforme a sus obras (Job 21:19), aunque su maldad no sea castigada de inmediato. Tal vez ahora no sean llevados a temer la ira venidera. Incluso pueden tranquilizarse con la esperanza de vivir en paz mientras continúan pecando. Pero sentirán esa ira el día en que se revele el justo juicio de Dios. «Sus ojos verán su destrucción» (Job 21:20); es decir, finalmente se verán obligados a contemplar aquello que se negaron a creer. Los que ahora no quieren ver la verdad la verán entonces (Isaías 26:11). Los ojos que cerraron ante la gracia de Dios serán abiertos para contemplar su juicio.

Job dice: «Beberá de la ira del Todopoderoso», y esa será su copa. Compárese con Salmos 11:6 y Apocalipsis 14:10. Estas pocas palabras describen de manera terrible la miseria de los pecadores perdidos. Permanecen bajo la ira del Dios todopoderoso, quien manifiesta tanto su enojo como su poder en la destrucción de ellos. Si eso es lo que les espera en el mundo venidero, de poco les servirá su prosperidad en este mundo. ¿Qué placer tendrá después en su casa? (Job 21:21). Nuestro Salvador mostró cuán poco consuelo tenía en el más allá el hombre rico que terminó en el infierno. El recuerdo de las cosas buenas que había recibido en vida solo aumentaba su sufrimiento, al igual que el temor de que sus cinco hermanos, que habían quedado en su casa, lo siguieran a aquel lugar de tormento (Lucas 16:25-28). Las ganancias del mundo le servirán de muy poco a quien ha perdido su alma.

Job explica entonces esta diferencia en el trato exterior mediante la sabiduría y el gobierno de Dios (Job 21:22). La idea de que alguien pueda enseñarle conocimiento a Dios resulta absurda. Tampoco nos corresponde juzgar sus caminos ni culparlo por su manera de actuar. Nadie puede decirle cómo debe gobernar el mundo, a qué pecador debe perdonar o a quién debe castigar. Él tiene tanto el derecho como el poder de juzgar a los encumbrados. Los ángeles en el cielo, así como los príncipes y magistrados en la tierra, responden ante Dios y deben recibir de él su sentencia. Él los gobierna y los usa como le parece. Por tanto, no tiene que rendirnos cuentas ni recibir consejos de nosotros.

Él es el Juez de toda la tierra y hará lo correcto (Génesis 18:25; Romanos 3:6). Lo que en su providencia puede parecer contradictorio puede llegar a obrar en conjunto, no solo en armonía, sino también para cumplir sus propios propósitos.

Job muestra después cuán poca diferencia hay entre un malvado que muere con dolor y otro que muere en paz, pues ambos terminarán en el infierno si finalmente se pierden. También compara la pequeña diferencia entre alguien que muere de manera repentina y otro que muere lentamente, ya que ambos pronto se encontrarán en la tumba. La distancia entre el tiempo y la eternidad es tan grande que, si el infierno es el destino final de todo pecador, importa muy poco que uno llegue allí cantando y otro suspirando.

Las personas mueren de muchas maneras. Como suele decirse, hay una sola manera de entrar al mundo, pero muchas maneras de salir de él. Algunos nacen rápida y fácilmente, mientras que otros llegan al mundo mediante un parto difícil y prolongado. De la misma manera, algunos mueren con mucho más terror que otros. Puesto que la muerte del cuerpo es el nacimiento del alma a otro mundo, bien puede compararse el dolor en el lecho de muerte con los dolores del parto.

Un hombre muere de repente, con todas sus fuerzas, sin estar debilitado por la edad o la enfermedad (Job 21:23). Está tranquilo y cómodo, sin pensar que la muerte está cerca ni temerla. Al contrario, porque sus pechos están llenos de leche y sus huesos están humedecidos con médula (Job 21:24), es decir, porque está sano, fuerte y en buenas condiciones, espera vivir muchos años más con alegría y placer.

Sin embargo, la muerte puede llevárselo en un instante. Es común que las personas mueran cuando están en la plenitud de sus fuerzas, cuando gozan de mejor salud, cuando menos esperan la muerte y cuando creen estar más seguras de ella. Muchos han estado bien y han muerto en la misma semana, o incluso el mismo día, la misma hora o el mismo minuto. Por eso, nadie debe sentirse completamente seguro. Siempre debemos estar preparados.

Otro hombre muere lentamente, después de sufrir mucho dolor y miseria (Job 21:25). Muere con amargura en el alma, como el propio Job estaba sufriendo en ese momento, y nunca come con placer. No tiene apetito ni disfruta la comida a causa de la enfermedad, la edad o una profunda tristeza. Quienes gozan de buena salud y siempre comen con placer tienen muchas razones para estar agradecidos. Y quienes a veces no pueden comer de esa manera tienen pocas razones para quejarse cuando recuerdan cuántas personas nunca disfrutan de sus alimentos.

Esta diferencia desaparece en la tumba. Allí se encuentran por igual los ricos y los pobres, los sanos y los enfermos (Job 21:26). Todos yacen juntos en el polvo, y los gusanos los cubren y se alimentan de ellos.

Así que, si un malvado muere en un palacio y otro muere en un calabozo, ambos se encontrarán en la compañía de los muertos y los condenados. El gusano que nunca muere y el fuego que nunca se apaga serán los mismos para los dos. En comparación con eso, las diferencias en la manera en que vivieron y murieron son pequeñas y apenas dignas de preocupación.

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