Versículo destacado

Job 10:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Mi alma está cansada de mi vida; dejaré mi queja sobre mí mismo; hablaré desde la amargura de mi alma. "

Job 10:1

menu_book El versículo en contexto

1 Mi alma está cansada de mi vida; dejaré mi queja sobre mí mismo; hablaré desde la amargura de mi alma.

2 Diré a Dios: «No me condenes; muéstrame por qué contiendes conmigo».

3 ¿Te parece bien oprimirme, despreciar la obra de tus manos y resplandecer sobre el consejo de los malvados?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí Job toma la apasionada decisión de seguir quejándose. La majestad de Dios lo ha impresionado tanto que se siente incapaz de presentar su caso delante de Él. Por eso decide encontrar algún alivio expresando con palabras su resentimiento. Comienza con un lenguaje fuerte, diciendo, en efecto: «Estoy cansado de mi vida, cansado de este cuerpo y deseoso de librarme de él».

En su momento de debilidad, Job actúa incluso en contra de lo que enseña la naturaleza. Actuaríamos más como seres humanos si actuáramos más como santos. La fe y la paciencia nos impedirían cansarnos de la vida, o tratarla con dureza, cuando la providencia la ha hecho difícil de soportar. Cansarse de la vida de esa manera es, en realidad, cansarse de la corrección de Dios.

Job está cansado de vivir y no ve otra forma de alivio, así que decide quejarse. Decide hablar. No derramará su alma mediante acciones violentas, pero dejará salir la amargura de su alma en palabras violentas. Quienes pierden mucho suelen pensar que tienen derecho a hablar sin restricciones. Las pasiones desenfrenadas, como los deseos desenfrenados, a menudo se justifican diciendo que no pueden evitarlo. Pero ¿para qué sirven la sabiduría y la gracia, sino para mantener la boca bajo control?

Sin embargo, aun aquí habla la corrupción de Job, y también habla la gracia por medio de él. Se quejará, pero se echará la culpa a sí mismo. No acusará a Dios ni lo culpará de injusticia o falta de bondad. No conoce la razón exacta por la que Dios está tratando con él, pero, en términos generales, está dispuesto a suponer que la culpa es suya y a cargar con ella.

Hablará, pero lo que expresa es la amargura de su alma, no su juicio sereno y definitivo. Si habla equivocadamente, no es su verdadero ser el que está hablando, sino el pecado que vive en él. No es su alma, sino la amargura de su alma.

Entonces Job pasa de la queja a la oración. La primera palabra que quiere pronunciar es una petición a Dios, y es una buena petición. Primero pide ser librado del aguijón de sus aflicciones, que es el pecado: «No me condenes. No me apartes de ti para siempre. Si tengo que permanecer bajo la cruz, no permitas que permanezca bajo la maldición. Si tengo que sentir la vara de un Padre, no permitas que me golpee la espada de un Juez. Puedes corregirme, y soportaré eso lo mejor que pueda, pero no me condenes».

Este es el consuelo de quienes están en Cristo Jesús: aunque sufran, no hay condenación para ellos (Romanos 8:1). De hecho, el Señor disciplina a los creyentes para que no sean condenados con el mundo (1 Corintios 11:32). Por eso, esto es lo principal que debemos temer en la aflicción. No importa cómo Dios decida tratar con nosotros, debemos orar: «Señor, no me condenes». Aunque las personas nos condenen, Dios no debe condenarnos.

Job también pide conocer la verdadera causa de su sufrimiento, y esa causa también es el pecado: «Muéstrame por qué contiendes conmigo». Cuando Dios nos aflige, está tratando con nosotros en cierta forma, y siempre hay una razón. Él nunca se enoja sin causa, aunque nosotros a menudo sí lo hacemos. Es bueno conocer la razón, para que podamos arrepentirnos, dar muerte al pecado y apartarnos del mal por el cual Dios está tratando con nosotros. Al buscar esa razón, debemos permitir que la conciencia haga honestamente su trabajo, como sucedió con los hermanos de José (Génesis 42:21).

Luego Job pasa a una queja inquieta sobre la manera en que Dios está tratando con él. Ahora habla verdaderamente desde la amargura de su alma y hasta permite que surjan algunos pensamientos injustos acerca de la justicia de Dios. Piensa que no corresponde a la bondad y misericordia de Dios tratar con tanta dureza a su criatura, imponiéndole más de lo que puede soportar (Job 10:3). «¿Te parece bien oprimirme?», pregunta. Desde luego que no. Lo que Dios condena en los seres humanos (Lamentaciones 3:34-36), Él mismo no lo hará. Job siente como si Dios estuviera oprimiendo a su siervo, despreciando su propia obra y ayudando a sus enemigos. No puede entender qué significa semejante trato. Puesto que esto no puede ser un deleite para la naturaleza de Dios ni un honor para su nombre, pregunta: «¿Por qué actúas así? ¿Qué provecho hay en mi sangre?».

Job no está acusando a Dios de hacer algo malo. Simplemente no puede conciliar la providencia de Dios con la justicia de Dios, y muchas personas buenas se han sentido así. Tendrán que esperar hasta que llegue el día en que todo quede claro. Por eso no debemos permitir que los pensamientos duros acerca de Dios se arraiguen en nuestro corazón, porque después veremos que no había razón para tenerlos.

También piensa que no corresponde al conocimiento perfecto de Dios tratarlo como a un prisionero sobre un potro de tortura, como si hiciera falta atormentarlo para obligarlo a confesar (Job 10:4-6). Dios no ve las cosas como los seres humanos, porque no tiene ojos humanos. Él es Espíritu. Los ojos humanos no pueden ver en la oscuridad, pero la oscuridad no puede ocultarle nada a Dios. Los ojos humanos solo pueden ver un lugar a la vez, pero los ojos del Señor están en todo lugar. No pueden ver a grandes distancias, pero Dios ve todas las cosas. Muchas cosas permanecen ocultas incluso para la vista humana más aguda, aun para la mirada del águila, pero nada está oculto para Dios. Todo está desnudo y abierto delante de Él.

La vista humana puede dejarse engañar por las apariencias, pero Dios ve todo tal como es. Él examina el corazón y es testigo de nuestros pensamientos y motivos. Los ojos humanos perciben las cosas poco a poco; cuando obtenemos una perspectiva, perdemos de vista otra. Dios ve todo al mismo tiempo. Los ojos humanos se cansan y deben cerrarse por la noche, pero el Guardián de Israel nunca duerme ni se adormece, y su vista nunca se debilita.

Dios no juzga como juzgan las personas. En el mejor de los casos, los juicios humanos se basan en lo que se dice y se demuestra, y aun así suelen estar influenciados por los sentimientos, los prejuicios o el interés propio. Pero el juicio de Dios es verdadero, y Él conoce la verdad directamente, no porque alguien se la haya contado. Los seres humanos descubren los secretos investigando, interrogando a los testigos, comparando las pruebas y, a veces, presionando a las personas para que confiesen. Dios no necesita ninguno de esos métodos. Él ve como ningún ser humano puede ver.

Job también sabe que Dios no tiene una vida breve como la de los seres humanos (Job 10:5). «¿Son tus días como los días del ser humano, pocos y llenos de dificultades?», pregunta. «¿Pasan de la misma manera cambiante y limitada?». No. Los seres humanos adquieren sabiduría mediante la experiencia y la observación diaria. Para nosotros, la verdad suele hacerse evidente con el tiempo, así que debemos examinar una cosa y luego otra. Pero no sucede así con Dios. Nada es pasado para Él, y nada es futuro. Todo está presente delante de Él. Los días del tiempo, que miden la vida humana, no son nada comparados con los años de la eternidad, en los que la vida de Dios permanece para siempre.

A Job le preocupa que Dios parezca mantenerlo bajo este sufrimiento por demasiado tiempo. No puede ver una acusación clara ni una salida, como si Dios tuviera que buscar algún pecado oculto antes de dejarlo ir (Job 10:6). Job no está diciendo que Dios lo atormente simplemente para encontrar una razón para condenarlo. Está diciendo que la manera en que Dios lo trata parece dar esa impresión, y que eso deshonraría a Dios.

Su oración es, en efecto: «Señor, si no vas a pensar en mi consuelo, piensa entonces en tu propio honor. Actúa por causa de tu gran nombre y no permitas que la vergüenza caiga sobre el trono de tu gloria» (Jeremías 14:21). Job también siente que sería un mal uso del poder de Dios mantener encerrado a un hombre inocente cuando nadie puede rescatarlo (Job 10:7). Job reconoce que es pecador y ya ha admitido que es culpable delante de Dios. Pero todavía insiste en que no es malvado; es decir, no está entregado al pecado, no es enemigo de Dios ni es un farsante en su fe. No se ha apartado de Dios de manera perversa (Salmos 18:21).

Al mismo tiempo, Job sabe que no hay nadie que pueda rescatarlo de la mano de Dios. Por eso no ve otra opción que permanecer donde está, esperar el tiempo de Dios y ponerse en las manos de su misericordia con humilde confianza. Esta es la lección: algo que debe calmarnos en medio de los problemas es saber que no tiene sentido luchar contra el Dios todopoderoso. Otro consuelo es que, si podemos apelar a Dios como Job lo hace, podemos decir: «Señor, tú sabes que no soy malvado». Tal vez no podamos decir que estamos libres de debilidades o fracasos, pero por la gracia de Dios quizá podamos decir que no somos malvados, y Dios lo sabe, porque conoce nuestro amor por Él.

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