Versículo destacado
Jeremías 44:20 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces Jeremías dijo a todo el pueblo, a los hombres, a las mujeres y a todo el pueblo que le había dado aquella respuesta: "
Jeremías 44:20
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
18 Pero desde que dejamos de quemar incienso a la reina del cielo y de derramarle ofrendas líquidas, nos ha faltado de todo y hemos sido consumidos por la espada y por el hambre.
19 Y cuando quemábamos incienso a la reina del cielo y le derramábamos ofrendas líquidas, ¿acaso le hacíamos tortas para adorarla y le derramábamos ofrendas líquidas sin nuestros hombres?
20 Entonces Jeremías dijo a todo el pueblo, a los hombres, a las mujeres y a todo el pueblo que le había dado aquella respuesta:
21 El incienso que quemaron en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén, ustedes y sus padres, sus reyes, sus príncipes y el pueblo de la tierra, ¿no lo recordó el SEÑOR y no le vino a la mente?
22 El SEÑOR ya no pudo soportarlo a causa de la maldad de las acciones de ustedes y a causa de las abominaciones que cometieron. Por eso su tierra quedó desolada, convertida en espanto y maldición, sin habitante, como está hoy.
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Los pecadores descarados pueden decir muchas cosas con orgullo, pero Dios siempre tiene la última palabra. Cuando habla, se demostrará que tiene la razón, y toda persona, incluso la más orgullosa, guardará silencio delante de él. Los profetas pueden ser atacados y rechazados, pero Dios no puede ser derrotado. Aquí Jeremías habla tanto en su propio nombre como en el del Señor, y primero corrige la idea equivocada que el pueblo tenía acerca de sus sufrimientos.
El pueblo decía que su sufrimiento se debía a que había dejado de quemar incienso a la reina del cielo, una falsa diosa. Jeremías afirma lo contrario: les había sucedido por haber practicado ese pecado durante tanto tiempo. Dios había tenido paciencia con su idolatría, y por mucho tiempo ellos parecían prosperar y no experimentar dificultades. Pero cuando su culpa llegó a su colmo, el Señor ya no pudo seguir tolerándola y comenzó a castigarlos (Jeremías 44:20, 22).
Después, algunos hicieron un pequeño cambio externo. No fue tanto que abandonaran sus pecados, sino que sus pecados los abandonaron a ellos. Sin embargo, la culpa de antes todavía estaba en su contra, y sus corazones pecaminosos no habían cambiado. Dios recordó la adoración de ídolos practicada por sus antepasados, sus reyes y sus gobernantes en Jerusalén, y tomó todo eso en cuenta (Jeremías 44:21-23). Su tierra se convirtió en desolación y maldición por causa de aquellos pecados anteriores, no por la pequeña reforma reciente que afirmaban haber hecho. Entender correctamente nuestros sufrimientos debería ayudarnos a ver nuestros pecados con mayor claridad. Cualquier mal que nos sobrevenga se debe a que hemos pecado contra el Señor.
Luego Jeremías se dirige especialmente a las mujeres, de parte del Señor de los ejércitos, el Dios de Israel. Ellas ya habían dado su respuesta, y ahora debían escuchar la respuesta de Dios (Jeremías 44:24, 26). Incluso en Egipto, donde vivía Judá, Dios todavía les hablaba, y ese era un privilegio para ellas. También era su deber escucharlo. Como estaban completamente decididas a continuar en la idolatría, Dios dice que él también estaba completamente decidido a continuar con su acusación contra ellas.
Dios les repite sus propias palabras. Ellos y sus mujeres se habían puesto de acuerdo en su rebelión obstinada. Habían hablado con sus bocas y lo habían llevado a cabo con sus manos, insistiendo en que cumplirían los votos que habían hecho de quemar incienso a la reina del cielo (Jeremías 44:25). Era como si un voto pudiera hacer correcto un pecado o convertir el mal en un deber. Nadie puede usar una promesa para convertir en lícito lo que Dios ha prohibido. Por eso Dios responde con su propio juramento, hecho por su gran nombre.
Él había jurado que desaparecerían los últimos vestigios de religión que quedaban entre ellos. Todavía usaban el nombre del Señor en sus juramentos y decían: «¡Vive el Señor!», mientras adoraban ídolos sin vida. Pero Dios dice que ningún hombre de Judá en Egipto volvería a usar así su nombre (Jeremías 44:26). Si algunos judíos permanecían allí, olvidarían su antigua fe y hablarían como los egipcios. Son verdaderamente miserables aquellos a quienes Dios ha dejado entregados a sí mismos hasta el punto de olvidar su religión. O quizá esto significa que Dios consideraría un insulto el uso que hacían de su nombre, pues afirmaban pertenecerle mientras servían a los ídolos.
Dios también jura que el pueblo que quedaba allí sería destruido (Jeremías 44:27). Dice que velaría sobre ellos para mal, de modo que ningún juicio dejara de cumplirse, hasta acabar con ellos y arrancarlos de raíz. Para los pecadores obstinados, Dios demostrará ser un Juez implacable. Entonces aprenderán de quién permanece la palabra: de él o de ellos (Jeremías 44:28). Ellos decían que estarían a salvo si volvían a adorar a la reina del cielo. Dios decía que se arruinarían a sí mismos. El resultado demostraría quién tenía la razón. Al final, la palabra de Dios permanece, y la palabra del pecador cae.
Sin embargo, unos pocos escaparían de la espada y después regresarían a Judá, aunque serían muy pocos en comparación con los que regresarían de la tierra de los caldeos, es decir, Babilonia (Jeremías 44:28). Esto parece tener el propósito de avergonzar a quienes se jactaban de ser muchos en su pecado. Muchos se habían unido a la idolatría, pero solo unos cuantos sobrevivirían al juicio. Dios también les da una señal de que esas advertencias se cumplirían en su tiempo. Ellos serían destruidos en Egipto, y el faraón Hofra, el rey egipcio que probablemente había fomentado su falsa confianza, sería entregado a sus enemigos, que buscaban quitarle la vida, ya fueran sus propios súbditos rebeldes o Nabucodonosor, rey de Babilonia (Jeremías 44:29). Si el protector en quien esperaban caía, eso sería un paso claro hacia su propia ruina.
Ellos esperaban recibir más ayuda de él que de Sedequías, rey de Judá. Hofra era un gobernante más fuerte y más astuto. Pero Dios dice: «Lo entregaré en manos de sus enemigos, tal como entregué a Sedequías».
La lección es clara. Los consuelos y apoyos en los que más confiamos pueden fallar tan rápidamente como aquellos en los que menos confiamos. Todos dependen de lo que Dios decide hacer de ellos, no de lo que nosotros imaginamos que son.
La Biblia no registra el cumplimiento completo de esta profecía, pero su silencio es suficiente. No volvemos a escuchar nada sobre aquellos judíos en Egipto, así que podemos concluir que allí perecieron, tal como lo había anunciado esta profecía. Ninguna palabra de Dios falla.
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De este capítulo
Jeremías 44:1
"La palabra que vino a Jeremías acerca de todos los judíos que habitaban en la tierra de Egipto, los que habitaban en Migdol, Tafnes, Nof y la región de Patros, diciendo:"
Jeremías 44:2
"Así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: Ustedes han visto todo el mal que traje sobre Jerusalén y sobre todas las ciudades de Judá. Miren, hoy están en ruinas y nadie habita en ellas,"
Jeremías 44:3
"a causa de la maldad que cometieron para provocarme a ira, pues fueron a quemar incienso y a servir a otros dioses, a quienes no conocían ni ellos, ni ustedes, ni sus padres."
Jeremías 44:4
"Sin embargo, les envié a todos mis siervos los profetas, levantándome temprano y enviándolos, diciendo: No hagan esta cosa abominable que aborrezco."
Jeremías 44:5
"Pero ellos no escucharon ni inclinaron su oído para apartarse de su maldad y dejar de quemar incienso a otros dioses."
Jeremías 44:6
"Por eso se derramaron mi furor y mi ira, y se encendieron en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén; y quedaron devastadas y desoladas, como están hoy."
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